

Hace muy poco tiempo, a mi regreso de la Feria del Libro de Guadalajara, recibí un sinnúmero de llamadas y notas de amigos que se inquietaban porque debí viajar en el tren donde ocurrió un lamentable accidente con la pérdida de vidas que hoy son más de quince y una enorme cantidad de heridos graves y menos graves, pero ya se sabe que viajé en ómnibus y solo a mi llegada lo supe y lamenté esas muertes y el dolor eterno de los familiares, esos muertos que no conocí, esos familiares que sufrirán lo indecible aunque espero que sus seres queridos estén con Dios y en infinita paz.
Quizás escribas de esto, me dicen, quizás hay aquí una novela, porque casi todo el mundo parece creer que efectivamente detrás del dolor y de lo posible y lo que fue o pudo ser están las novelas, esos inventos que ya llevan siglos y a los que la gente aún dedica una enorme cantidad de su vida y si pensamos en la inmensa cantidad de editores, críticos, profesores o viciosos lectores, se cuentan por millones quienes se ocupan de ese algo posible o probable, ese infundio, esa mentira o esa extraña verdad que son las novelas, ese mundo otro que admitimos, que aceptamos golosamente y que nos llena de un raro placer y que no toma en cuenta las truhanerías de escritores o editores o críticos de pocos escrúpulos y ya no importa la condición del escritor, ni sus compromisos políticos o sus creencias, o sus preferencias sexuales, pues del lado del lector que es como suelo ubicarme, me interesan más las enjundias de los textos, aquello que vivimos como cierto a pesar de todo y creemos y queremos creer y admitimos, sin importarnos que su autor sea un asco de tipo, si habré visto a algunos personajillos del oportunismo cuando colean o se pliegan a peores causas y sin embargo el lector lo ignora, no es importante, nadie sabe demasiado lo que hacía Proust en sus últimos años, o lo saben a medias o quizás no sea lo que nos contaron, ni qué tanto fue la vida de Kafka, por solo hablar de ejemplos de autores conocidos y no de aquellos que nos parecen un verdadero mito como el invisible Thomas Pynchon a quien nadie parece haber visto ni siquiera en las editoriales, por lo que me declaro amantísimo de las novelas y no de las poses de quienes las escriben, no es cierto que la mayoría de los escritores sean malas personas, malas o buenas no hacen la literatura aunque presumo que la mayoría de los grandes son solo individuos y eso qué, puede uno preguntarse, no me importa otra cosa que esa historia y además sé que no es cierto, sé que es solo probable o hace guiños a alguien como yo mismo hice y haré, pero si del dolor se saca muy buena literatura puede haber una gran novela sobre esos hechos, pero ya me ha sucedido, una vez, en 1989 me avisaron que mi hermano había fallecido en un accidente ferroviario como este y ya no fui el mismo, no tenía ese hermano con quien discutir, no estaban su voz, sus gestos, su modo de andar por el mundo y aunque uno sabe que la gente se muere y uno desaparecerá cualquier día aún escucho el absurdo de que nuestra obra sobreviva, en definitiva ya no estaré a pesar de todo y no puedo comprender que ese sea un fin en sí para alguien, lo importante viene siendo el propio acto de la escritura, la alarma que me ocurre mientras no escribo y a veces creo que no escribiré más a pesar de ser el mismo Guillermo Vidal de siempre, de repente quedo en vilo y no sé qué vendrá o sé y no encuentro las palabras y me digo que ya antes lo hice y también cuánto lamento haber escrito aquello y Solangel, mi esposa, dice que siempre es lo mismo, siempre dices que no sabes qué harás aunque sé que hay colegas tan rigurosos, novelistas que planifican hasta los capítulos y saben todo cuanto vendrá, pero a mí no me ocurre, me sorprende cada día esta locura benigna que no puedo dejar, sin sentirme peor, más enfermo aún como si alguien ―acaso Dios― me exigiera esa parte, las ficciones que no dejan de ser meras poses de autor, mucha gente busca con avidez rayana en la locura a las novelas y aún peor a los corrillos literarios y es capaz de hacer acto de presencia cuando uno se ve obligado a dar la cara en algún sitio, como una feria, acaso es también una feria de circo, acaso todas lo son y sirven para que lo vean a uno medio azorado andar de un lado a otro y los lectores más chismosos digan ahí va o hasta lo miren con admiración y es como si omitieran que a ese autor le dan cólicos y se sienta en el baño como cualquiera y siente hambre y le pegan cuernos o él los pega o discute hasta la ira más ponzoñosa y compra un sándwich, quiero decir que alguien que escribe novelas es tan humano como quien no las escribe y va a morir cualquier día y no es más importante porque se lo crea o esté su nombre en las revistas y periódicos sino tiene a alguien que lo amara de verdad, una madre o una mujer o simplemente alguien y ahora que voy cerrando este delirio, este texto sin pies ni cabezas que el lector bien intencionado armará a su antojo o desechará, que muy sensato sería, recordé que quizás algún día logre sacarme el dolor por la muerte de mi hermano y la muerte de esas criaturas cuyos nombres solo aparecen una sola vez en la prensa y es solo para anunciar su muerte, seres que uno habría preferido vivos y con sus afanes y los regalos que traerían para familiares y amigos como yo mismo traía entonces una guitarrita para mi hijo más pequeño en una de mis manos y libros y regalos para que algunos se sintieran felices y pude haber quedado allí entre el amasijo de hierros retorcidos y cadáveres cercenados, pude ser uno de ellos o uno de los horrorizados testigos de la tragedia que no hacemos más que lamentar, pero que ya alguien con esa extraña virtud me ha dicho puedes escribir un libro y sí, quizás sea posible o probable que se escriba, pero ya no será aquel infierno de voces que claman en medio de la noche por los suyos, sino otra historia, la que uno se ha inventado y vive y subyace en cada escritor o viene de pronto cuando menos lo esperamos, eso que nada tiene que ver con las poses y los corrillos, sino con los textos, que el lector disfrutará o padecerá en solitario creyendo que sí, que es cierto, que es probable, que era lo que necesitaba encontrar ese día.
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