

Recibí la noticia de la muerte de mi padre. Muchos vinieron a darme el pésame, me palmearon y lo agradecí también de ese modo hipócrita que nos inculcaron, de decir que nos solidarizamos con el dolor de alguien sin comprenderlo siquiera, y me quedo a la espera de los detalles, pero sólo han dicho que murió en los Estados Unidos donde vivió desde que tengo uso de razón. No lo tuve más que unas pocas veces, no crecí junto a él, ni lo vi más que en fotografías o muy pocas veces cuando visitó el país y se entretuvo con los demás porque nada teníamos en común. Imaginé que lo sentiría de un modo muy particular, porque entonces ya no existe ese que nos engendra, un tipo con el mismo nombre pero con más edad que vivió esos años como muchos emigrantes y había hecho familia a espaldas de nosotros y tenía hijos que eran hombres a quienes vi por fotos y jamás se interesaron, ni escribieron más que un par de notas y hablaban inglés y se habrían muerto con sólo visitarme en aquella cuartería, me lo dijeron y me puse un poco triste por lo que nunca existió o porque uno merecía tener un padre desde niño y no lo tuvo o por las historias de rencor contra un padre, pero ni siquiera hubo el rencor, sino esa nota que dice tu padre ha fallecido, aunque es una nota vieja, de varios días de atraso donde dicen que ha muerto de un infarto masivo mientras cenaba, ha muerto fulminado sin tener ese tiempo que suele otorgarse para morir, no lo supo o tuvo el tiempo justo de saberlo al caer y no sólo habría echado a perder una cena exquisita, sino los planes de aquellos que serían medio hermanos y no tenían el menor interés en relacionarse con un hermano de acá, mayor y furibundo, que no supieron que escribía historias, pues de haberlo sabido el desprecio sería mayor.
Y ahora que había muerto alguien dijo que seguramente heredaría una parte de sus bienes, que debía reclamar, pero no lo hice, no tenía más derecho que el de no dirigirle la palabra más de un par de veces desde que fui adulto y aunque ahora mire su fotografía y note el tremendo parecido, los ojos azules, la mirada cínica y desamparada, como si hubiera sido yo quien ha muerto o una parte de mí muere muy a mi pesar cuando muere mi padre, no importa que este no lo tome en cuenta, no crea en más hijos que los que ha tenido después o sea un modo de borrarme, de arrepentirse, un temor oculto a encontrarse con los ojos de alguien que se parecen y al que ha negado, pero cuando me lo dijeron sentí algo de tristeza y curiosidad porque había muerto, pero era casi esa misma curiosidad que cuando sé que alguien desaparece para siempre y ya no estará y me imagino cómo sería y aquellos que lo ven no lo pueden creer, no admiten que precisamente ahora vaya a morir, pero es tan fulminante que no hay nada qué hacer, es una nota muy precisa y algo fría, una nota escrita rápidamente con letra como cagada de mosca y de alguien que recibió la noticia por teléfono, me lo dicen y creo que es muy lamentable que haya muerto, porque ya no podré decirle lo que me jode un padre así, lo que ya no me jode o dejó de interesarme, pero cuánto habría de infeliz en un padre como ese o su temor a encontrarnos y admitir que nunca se ocupó por rencor a mi madre o porque su segunda mujer me detesta y detesta a todos los cubanos a quienes cree simples y vulgares y muy poca cosa, cómo saber si era que lo dominaba en todo y él termina aterrorizado y con muy mala leche o le daba lo mismo, hay a quienes les da lo mismo la familia y los hijos, como entonces casi me dio lo mismo su muerte, bebí a su costa, me fumé un porro en el pasillo y luego me acosté calculando que hacía varios días que había muerto y no lo supe y era como si no lo estuviera, no al menos para mí, ni para los que no lo sabrán y ya no lo recuerdan por el tiempo que lleva en ese país, cada vez las personas que lo conocieron son más viejas y por lo tanto más olvidadizas y ya no lo recuerdan, no como era cuando murió delante de mis hermanos como dice la nota, murió junto a toda la familia como si ya en la nota se me dijese que no cuento para nada, eres un outsider para nosotros, creen decir, es un modo de ir arrinconando, pero ahora está mi desprecio por esos hijoputas y escribo de ellos, escribo de mi padre que muere a muchas millas de distancia, escribo de mi padre sin rencor, pero con la molestia del olvido, a sabiendas de que será inútil cuanto haga porque ya no hay vuelta atrás, ha muerto alguien con mi nombre y mi apellido en un país que desconozco, ni siquiera he visto la nieve, ni a las gentes con sus regalos navideños en los fines de año, no he visto las grandes avenidas, ni los museos, ni las prostitutas neoyorquinas, ni la calle 42, no he visto los sex bar.
Sólo hay una cosa más solitaria que morirse sin que se entere nadie, y es morirse sin enterarse uno mismo de lo que está ocurriendo, sin que el que muere se entere de su propia disolución y término. Nadie cuenta con la propia muerte cuando no hay señas de alguna enfermedad, hace planes que no va a cumplir donde involucra a terceros que no lo supieron porque suelen dejarse para el final esos encuentros que no se realizarán, esos planes para un futuro que ya no será, porque alguien —acaso Dios― nos deja vivos sólo hasta la fecha, no importa lo que uno haya creído, sino porque todo pareciera prefijado y es cuando comienzan las habladurías acerca de quien muere de repente. No es a uno a quien debieran suceder estas muertes, como esos amigos que tuvimos y desaparecieron de súbito y queda el recuerdo de la voz y su modo de andar y el rostro que tuvo entonces y que no se repetirá a pesar de ciertos parecidos, alguien que hasta la fecha estuvo entre nosotros.
Uno suele hablar de las tragedias de los otros sin darle demasiada importancia, pero no sospeché que escribiría los detalles, aún a mi pesar y en contra de lo que ellos llaman la prudencia, la sensatez, las convenciones morales, escribiría incluso para indignación de unos cuantos que antes fueron mis amigos o fingieron serlo y también para aquellos que se fueron adicionando.
Uno puede cruzarse con alguien muy querido que dejó de ver hace tanto y no reconocerle, ni siquiera pensó que esa persona era aquella, va por demasiados lugares olvidado y olvidando para que precisamente ahora la encontrara, pero si no puede ser, digo, pero si no puedo tener esa suerte, aunque era la misma Teresa, ahora de treinta y siete, el pelo castaño, los ojos color miel, una lujuria trepidante que no puede ocultar cuando cruza exactamente frente a mí y digo es ella y menciono su nombre, porque pude no reconocerla o no llamarla o ella no mirar o decir se equivoca y habría dicho oh, disculpe, suelo equivocarme, pero allí estaba todo presto a ocurrir, quién iba a decirlo, le he dicho y sé que es una de esas tonterías que uno dice cuando el chofer ha parqueado y ella me hace señas, nos reconocemos y abrazamos varias veces y ella dice te he visto varias veces por la tele, y te reconozco a pesar de las barbas y he dicho qué es de tu vida, cuando he querido decir te has casado y es Teresa quien dice por qué no vienes a mi casa esta noche, porque en definitiva creí entender que era su fiesta de cumpleaños o la fiesta de alguien de su familia y yo podía ir un rato antes de que comenzara el encuentro de escritores, y entonces digo que sí, que iré, cuando pude haberme negado, haber preguntado con total desfachatez, pero te has casado y qué hago una noche en que celebran la fiesta de alguien, qué hago si todo ha sido una mera casualidad, o es que las casualidades pueden ser borradas o en todo caso siempre tuve la curiosidad de encontrarla, o era más que una mera casualidad y habría querido rememorar esos encuentros clandestinos cuando ella era muy joven o es que no podía evitarlo o no quise o no me interesaba demasiado la inauguración de un encuentro donde suelen decirse discursos alambicados y hay mucha gente con sus poses de tipos duros, es decir una verdadera estupidez.
Me pregunto si una parte de nuestras vidas consiste en ir ocultando cosas a los demás, incluso a aquellos con los que convivimos, como si al ocultarlo del resto lo hacemos más improbable, un hecho casi de ficción. Y allí estaba nuevamente esa otra Teresa García, suplantando a la verdadera, esa que no pude dejar de mirar entonces, veinte años atrás, pero si estás como antes, dice uno fingiendo, uno va por uno de los pasillos de la escuela con los gestos impostados del profesor, pero mirando con cierta discreción los muslos durísimos de las alumnas, no está permitido, las leyes y las resoluciones proscriben cualquier acercamiento lascivo a una estudiante, no importa que ella tenga diecisiete, porque aún son alumnas, nadie puede verlas como a mujeres apetecibles, no está permitido, es una inconveniencia cualquier acercamiento excesivo, pero esos uniformes tan cortos, el olor de las muchachas en flor de los internados, sin percibir cómo van acercándose hasta que ya no puedes ante esos pechos núbiles, esos pubis angelicales, esas lenguas sutiles, uno puede ir convirtiéndose en ese otro que el resto no ve o no ha querido ver, o simula que no ha visto para no convertirse en cómplice, llega incluso a esa primera vez temblando como un novato ante una de esas muchachas (Teresa García) que aceptó aquel encuentro después de muchas conversaciones, pero cómo iba a pensar que usted, pero uno insiste ya en terreno resbaladizo y no se detiene, porque no hay nada más importante que la Teresa de entonces, la que no sabía qué vendría después sino aquella, con sus muslos tersos y su mirada de miel y el olor a muchacha recién conquistada, porque a pesar de todo siempre estuve dispuesto a los riesgos de una relación fallida, demasiado vil, dirán algunos, pero es que no estuvieron o al menos no de cuerpo y alma en un lugar como aquel, no es simplemente un internado sino que uno deja de ver al resto de las mujeres y sólo están las muchachas, esas curvas sinuosas, esos pechos turgentes.
Ahora se han fugado esas muchachas que dejaron de serlo, cada una con una historia vivida, con sus desavenencias y sus maridos, sus rencores, pero entonces cuán lejos estaban de esa noche.
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