La cancelación cultural en la era de lo olíticamente correcto

La cancelación cultural ha sido un mecanismo muy útil en casi todos los sistemas de gobierno en los que el poder político ha impuesto una única concepción de la sociedad como columna vertebral para establecer el pensamiento social. Aunque ha ocurrido también en el capitalismo (las dictaduras de derecha básicamente), ha sido una práctica recurrente en los regímenes de izquierda no capitalistas.

Lamentablemente, la mayoría de los análisis actuales apuntan al resurgimiento de esta práctica como fenómeno en lo que se conoce como “sociedad mundial”. Se culpabiliza en mayor parte a la teoría de la expansión internacional de lo políticamente correcto como la causa esencial de la cancelación cultural en temas relativamente nuevos en el discurso político y diplomático universal, como los derechos de las minorías (de raza, género, sexo, etnia, nivel social, etc), como la revalorización del derecho de existencia de regímenes considerados tradicionalmente no democráticos, y como la reformulación de las tradicionales raíces de las culturas madres tal cual las conocemos hoy (occidental, oriental, originarias, etc.)…

Es, en definitiva, un asunto que se discute casi cotidianamente en las sociedades democráticas, con Europa, Canadá, Estados Unidos, Japón y Australia a la cabeza. En América Latina, África y las naciones pobres en vías de desarrollo o subdesarrolladas en Asia la discusión social sobre este asunto varía por épocas de acuerdo al signo de los gobiernos.

Lo que llamamos Cancelación Cultural en Europa y Estados Unidos (en Cuba es otra cosa) es el resultado desviado del empoderamiento de sectores de la sociedad que habían permanecido sin voz en esas sociedades durante muy largo tiempo. Es un proceso que comienza con la expansión de internet y las posibilidades de romper el monopolio de los medios de comunicación, que trae al ruedo de las discusiones del pensamiento social nuevos actores de todas las áreas de la sociedad y de casi todos los estratos sociales. Por ejemplo: en Estados Unidos y México tuvieron bastante protagonismo en las reivindicaciones de las libertades de identidad sexual personas trans de las comunidades indígenas, y el caso más comentado entonces fue el de “las Muxes”, una identidad transgénero milenaria. Y cuando hablo de “resultado desviado” es que la resistencia que la propia sociedad y el pensamiento tradicionalista hicieron a esas propuestas reivindicativas, convirtieron las reivindicaciones en batallas sociales… y eso ocurre en un contexto en que se entiende la batalla como ganadores y perdedores y ahí comienza la cancelación… En el caso de las Muxes, por ejemplo, se llegó a llevar a los tribunales a humoristas que incluían al trans Muxe en sus monólogos o chistes… Recuerdo que varios colegas escritores se manifestaron preocupados porque, a ese paso, las suegras podrían protestar y llevar a los humoristas a los tribunales porque eran siempre pasto de burlas en los chistes y eso, según el discurso extremista de la cancelación, podría considerarse denigración de la mujer.

Siempre en estos casos pongo un ejemplo: en la actualidad, el teatro bufo cubano, sufriría la cancelación cultural. Sus personajes todos son estereotipos: el negrito, el chino, el gallego, la mulata… Y las cancelaciones culturales son de todo tipo: en el caso de las asumidas por la compañía Disney se trata de la utilización de estereotipos cómicos, no de burlas… incluso son personajes entrañables para las comunidades que ellos mismos representan… Me llamó mucho la atención que cuando ciertos grupos de defensa de los derechos raciales pidieron la cancelación cultural de “Lo que el viento se llevó” la mayoría de los actores negros y la familia de la criada negra, la actriz Hattie MacDaniel, se manifestaron en contra porque gracias a esta actuación, que fue premiada en 1940 con un Oscar a su actuación como la criada “Mammy”, se había logrado visibilizar al negro dentro del entramado del cine, y a partir de ahí se empezó a ganar espacio dentro del protagonismo en que los medios reflejaban al negro en la cultura norteamericana… Es un asunto tan complejo que irse a los extremos puede derivar en errores graves.

Un ejemplo claro: El monopolio de entretenimiento Disney ha optado por reforzar la seguridad en su plataforma de streaming Disney plus, retirando del catálogo infantil y estableciendo un filtro de edad más rígido, películas clásicas como Dumbo, Peter Pan, El Libro de la Selva o Los aristogatos. Según el comunicado, la compañía tomó la decisión de prohibir esas películas en las cuentas de los niños, siguiendo la opinión de un grupo de expertos externos, compuestos por organizaciones líderes que abogan por las comunidades que representan y son la vanguardia en impulsar el cambio narrativo en los medios y el entretenimiento. En Dumbo, un grupo de cuervos usa estereotipos para representar a afroamericanos; un problema parecido se da en El libro de la selva, mientras que Peter Pan es criticada por la forma en que representa a los nativos americanos y Los aristogatos por la imagen en que representa a los asiáticos. En uno de mis comentarios en video, en mi canal de Youtube, dije que el dilema es que usar un estereotipo social y burlarse de ese estereotipo social son dos cosas distintas, pero ese es el mundo de extremismos de toda índole que estamos viviendo.

Recientemente tenemos el caso más conocido de la cancelación cultural por racismo, en este caso lanzada por la población blanca: Disney hizo una sirenita mulata… y la población blanca puso el grito en el cielo, se pidió que no se proyectara esa película… pero cuando los niños la vieron en todo el mundo vieron a una sirena, no vieron a una mulata…

En el caso de Cuba, un país donde lo ideológico establece las normas, sigue siendo un tema de menor importancia, que es asumido por el gobierno solamente cuando conviene a sus estrategias de proyección internacional del proyecto social “Revolución Cubana”.

La cancelación cultural, en el caso de Cuba, no responde a la pérdida del límite de justas reivindicaciones sociales, como sucede en otras partes del mundo, sino a los lineamientos político/culturales establecidos en el Programa Cultural de la Revolución que, como sabemos, parten de lo establecido inicialmente por Fidel Castro en sus “Palabras a los intelectuales” para todos los ámbitos de la sociedad y del pensamiento social, y que se delinean muy claramente en los estatutos de las distintas organizaciones y estructuras de dirección cultural que configuran el entramado cultural cubano.  Así, aunque disfrazada de humanismo revolucionario, la cancelación cultural no se ha manifestado tanto en el bloqueo de obras y autores específicos (que también ha existido a lo largo de 6 décadas) como en el de impedir el estallido social o el descontento social por problemáticas que el programa político/social de la Revolución considera deben resolverse mediante decretos y por las vías establecidas por el Estado… por eso no es de extrañar que no se acepte en el discurso político/gubernamental la existencia, por ejemplo, del racismo como fenómeno social y se suaviza el asunto como “manifestaciones en la sociedad”, o de la homofobia, o de la violencia de género… 

Es un tema que se ha debatido bastante y, en mi opinión, de modo bastante profundo y profesional. Son bien recordados los espacios de discusión en la sede de la revista Criterios, en programas de diálogo sobre esos asuntos propuestos por Desiderio Navarro. También, y con la participación de especialistas latinoamericanos, se realizaron discusiones en la Casa de las Américas… El problema es que, como sabemos, estos espacios eran permitidos e incluso fomentados por la dictadura como catalizador de opiniones hacia las instituciones que, a fin de cuentas, debían ser las responsables de ofrecer respuestas y soluciones a esos problemas puntuales… En este sentido, los cubanos vivimos un suceso que es un botón de muestra muy claro de lo que digo: las cancelaciones culturales múltiples que ocurrieron en distintas áreas de la cultura cubana en los sesentas y setentas, en lo que se conoció como Quinquenio Gris (al que otros llaman Período Gris porque ocupó desde la mitad del 70 y hasta mediados del 80) se convirtieron en un problema para las autoridades cubanas en la llamada Guerrita de los Emails, de 2007, cuando un amplio grupo de intelectuales y escritores de la isla y la diáspora cruzaron mensajes de correo electrónico manifestando preocupación y alarma por los homenajes que, en espacios importantes de la televisión cubana (que, como se sabe, es controlada por el Partido Comunista) se le hicieron a tres antiguos represores del Quinquenio Gris… Para frenar la avalancha de quejas que se les iba de las manos se resolvió organizar reuniones de catarsis en las cuales las instituciones debían canalizar y resolver las persistencia de las heridas y del problema de esas cancelaciones y censuras. Como sabemos, nada cambió. O sí, para peor. 

He dicho en otros espacios que vivimos en un mundo donde para defender, supuestamente, los derechos de minorías marginadas, se comienza a marginar a quienes no pertenecen a esas minorías. Algunos hablan ya de dictaduras de las minorías y eso cuando se vive en una sociedad de derechos, es muy peligroso. El derecho a la queja, el derecho a protestar contra algo que no nos gusta, es un derecho de todos. Si aceptamos eso, entonces tendrá que ser igual de relevante la queja la comunidad LGTBI cuando pretende cambiar en las escuelas la perspectiva con que debe enseñar las diferencias de la orientación sexual y esa otra queja de otras minorías, mayormente denominaciones religiosas de distinto credo, que no desean que sus hijos reciban ese tipo de perspectiva educacional.

Me resulta preocupante que el modo en que se procede hoy, en todos los extremos y espectros de esta discusión social, apunta a un solo camino, el asesinato de la historia de la humanidad. Como la historia misma ha demostrado, la aniquilación irracional de las diferentes perspectivas con que se ha construido esa historia y el modo en que ha sido reflejada en la cultura no es la solución. Siguiendo ese camino llegaremos a querer borrar cualquier indicio que nos recuerde esas meteduras de pata que como humanidad perpetramos en el pasado, por ejemplo, ese horror que fue la esclavitud, pero también esos horrores que fueron el genocidio nazi o los más de 45 millones de muertos provocados por la Revolución Cultural en China. La historia se analiza y de ella se aprende, no se borra. No es eliminando esas visiones, aún cuando sean arcaicas, retrógradas, incorrectas políticamente, el modo de empezar a construir una nueva visión. Es analizando desde las libertades del presente, el atraso humano, ético que esas otras visiones pudieran representar. Enseñando a las nuevas generaciones a no burlarse de lo distinto, a respetar las diferencias, a convivir con la diversidad en igualdad de derechos. Una sociedad abierta, plural y sobre todo inclusiva solo será posible mediante la aplicación en la sociedad, y en nuestra cabeza, de una palabra que en estos tiempos brilla por su ausencia: tolerancia.