Las cartas del poeta Javier Heraud

Enteramente y eternamente / Cartas (1958-1963) Javier Heraud
Javier Heraud
Edición: Cecilia Heraud
Editorial Lumen, Lima, Perú, 2023


Justamente a sesenta años de su asesinato por una lluvia de balas en Puerto Maldonado, departamento de Madre de Dios, se ha publicado en Lima la correspondencia del Poeta joven del Perú y revolucionario Javier Heraud (1942-1963). Precedido por un prólogo del crítico y estudioso de la literatura peruana Ricardo González Vigil y una introducción, con sus respectivas notas explicativas, realizada por la compiladora Cecilia Heraud, hermana del poeta, quien anota que “debido a los ensañados proyectiles contra su indefensa barca, los pájaros volaban despavoridos de rama en rama, de árbol en árbol”. El poeta ya había escrito: “Simplemente sucede que no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles”, pero Javier amó la vida, la poesía, el cine y a la humanidad.

A través de sus cartas podemos acercarnos no sólo al poeta, de innegable vitalidad y entrega, “sino también al hijo de Victoria y Jorge, al sobrino de la Quitita, al nieto de la Mamama, al amoroso hermano de Gustavo, al leal amigo de Dégale, al eterno enamorado de Adelita, al cómplice compañero de Katiusha, al sesudo lector, al caminante, al cinéfilo, al camarada admirador de la Revolución Cubana y de Fidel, al guerrillero”. Con su muerte nació el mito del fenomenal poeta precoz y el luchador social que dio su vida para liberar al Perú de la desigualdad y las injusticias, actitud que lo ha convertido en símbolo y ejemplo para las generaciones posteriores hasta la actualidad, aunque para los sectores más conservadores sería un subversivo traidor a su clase.

La publicación de Enteramente y eternamente / Cartas (1958-1963) / Javier Heraud, reúne la correspondencia completa del autor de El río (1960), Viajes imaginarios (1961), Estación reunida (1961), En espera del otoño (1961), Poesías completas (1973), entre otros poemarios; se debe a su hermana Cecilia Heraud que se ha convertido en la indesmayable difusora de la obra del poeta, de esta manera podemos asomarnos al ser humano en toda su complejidad. A través de las cartas de Heraud descubriremos a ese joven bondadoso, sensible ante las severas críticas de su amigo Dégale, con quien mantuvo una constante e intensa correspondencia; morir de amor ante la ruptura de con Adela, su siempre Adelita; el mismo joven que supo llorar desconsolado al leer noticias de la matanza de comuneros en Puno, según contó el poeta César Calvo. Su sensibilidad social y política lo llevó al convencimiento del camino revolucionario para transformar la injusta sociedad peruana y “contribuir a la felicidad del mundo con esto que ahora hago: es decir, con mis poemas… para levantar el espíritu, ya tantas veces muerto”. (Carta a Dégale, 3 de febrero de 1963).

El libro contiene también facsímiles de cartas, poemas, postales desde diversos lugares, dirigidas a familiares y amigos, en una de esas comunicaciones solicita que le escriban a Moscú, mientras está sentado un tren que lo transportaba a la capital de la ex URSS, anota también su paso por Viena, Madrid, París donde quiso estudiar cine, en una de esas cartas cuenta que estaba “leyendo marxismo, a Lenin, a Stalin, etc. Me he dado cuenta de soy marxista-leninista y de que la única revolución posible es la del proletariado.” Y afirma también que la URSS “es algo maravilloso, extraordinario”. En 1962 parte a Cuba a estudiar cine mediante una beca conseguida por el Centro Federado de la Universidad de San Marcos; con el poeta viajaron otros cien estudiantes, pero en La Habana comprobaron que no había estudios de Cine, las becas no existían. Fidel Castro los visitó y les invitó a viajar por territorio cubano para conocer los logros de la revolución. Al término de esta gira fueron invitados a quienes lo quisieran a participar en entrenamiento guerrillero y los demás podrían estudiar en la universidad. “Según narra Javier en su poema ‘Explicación’, cuarenta aceptaron la primera opción. Él fue uno de ellos”. En 1963 desde Cuba parte a Europa, de ahí fue a Brasil para luego viajar a Bolivia, punto de encuentro de los cuarenta amigos que se entrenaron en la sierra cubana. Ingresaron después por Madre de Dios para iniciar las acciones guerrilleras.

Por sus cartas sabemos hoy que Javier Heraud era un joven con una ternura inconmensurable, y para quienes aman su poesía, un poeta de versos claros y sencillos que adquieren la contundencia de su mensaje con el paso del tiempo. La muerte del poeta sigue siendo un ejemplo a la juventud que sueña con un Perú diferente, justo y solidario. “Enteramente y eternamente” constituye un acertado homenaje al Poeta Joven del Perú.

Un nuevo nombre en la novela negra cubana

Asesinato en el bosque de La Habana
Rigoberto Menéndez Paredes
Editorial, Atlantis, España, 2023


Una de las mejores sensaciones que se vive cuando se lee es descubrir nuevos escritores. Quienes me conocen saben que desde muy joven, cuando todavía yo mismo era un principiante en el mundo de las letras, me dediqué a leer cientos de manuscritos de mis amigos y de todo aquel escritor joven que se me atravesara en el camino. Así pude elaborar lo que algunos llamaron el mapa de una generación en varios de mis artículos y en un par de mis libros de ensayos. Así tuve el privilegio de preparar antologías con nombres de desconocidos que años después serían considerados nombres imprescindibles de las letras cubanas. Un ejemplo que recuerdo con mucho cariño, es mi antología El ojo de la noche, donde publiqué por primera vez en sus vidas cuentos de escritoras que hoy están a la cabeza de la narrativa escrita por mujeres en Cuba y en la diáspora.

Esa misma sensación de descubridor me acaba de pasar con este libro: Asesinato en el Bosque de La Habana, del historiador y antropólogo Rigoberto Menéndez Paredes, a quien conocí en Cuba cuando dirigía el Museo Casa de los Árabes en La Habana Vieja y con quien siempre tuve largas charlas sobre el mundo árabe en el cual yo me había especializado como periodista. Un mundo que, por cierto, es el escenario de trasfondo en el que se mueven los personajes de esta obra.

Es una excelente novela negra. Y es su primera novela, pero es de una calidad admirable y, dentro del género, una apuesta más que interesante por la diferencia que ofrece al actual escenario del género en la isla. Ha publicado esta novela estando incluso fuera de todos los circuitos literarios tradicionales, sin los apoyos que usualmente reciben otros autores. Y es un nombre, en definitiva, que no circula en ninguna de los grupos, tendencias, escuelas, que tanto abundan en el mundo promocional de las letras cubanas- Me alegra entonces decir que he descubierto un nuevo nombre y, claro está, me alegra que ese nuevo nombre sea el de un viejo amigo.

A partir del descubrimiento del cadáver decapitado de un inmigrante en el Bosque de La Habana, en la Cuba próspera, pero desigual y convulsa políticamente de finales de la década del 40, el detective privado Marcelo Gorayev, antiguo miembro del cuerpo de investigadores de la policía habanera, se zambulle en el escenario de la diversidad económica y comercial de la capital, especialmente en aquellos negocios vinculados a los inmigrantes árabes o “turcos”, como se les llamaba a muchos aunque no fueran turcos, y va descubriendo hilos secretos de pudrición social que se cuelan en el mundo empresarial habanero, en el ámbito sórdido de los prostíbulos  de Centro Habana y La Habana Vieja, en la simulación de glamour de las clases altas vinculadas a la política, en el poder subterráneo, pero poderosamente corruptor de la nomenclatura militar en el tráfico de todos tipo de productos, sanos, insanos e incluso humanos.

Pero ojo: aunque esta novela se va bien atrás, a una Cuba que muchos han convertido en una caricatura, en especial porque han seguido la propaganda de la Revolución Cuba cuando hablaba del “La Habana como prostíbulo de las américas» y de una nación totalmente podrida y perdida… pese a eso… una de las virtudes de Asesinato en el bosque de La Habana es que no hay tales estereotipos: Rigoberto Menéndez Paredes, sabe de lo que habla porque es historiador, conoce la verdadera cara oscura de esa Habana y la verdadera cara luminosa de esa Habana… no le hace el juego a ninguna propaganda ni ideología política y habla de una Cuba compleja, problemática, desigual, con corrupción, prostitución, desempleo, violencia, pero también habla de esa otra Cuba orgullosa de su historia, luminosa, consciente y en estado de lucha por mejorar dentro de la democracia los problemas del país, entre ellos la corrupción, la prostitución, el desempleo, la violencia.

El detective Marcelo, en contrapunto sentimental con la prostituta Pantorrillas Dulces, mostrará el entorno humanísimo de una ciudad que, pese a todas esas penumbras de la sociedad, pese a todas las injusticias, se empeña en defender los valores éticos y la solidaridad humana que, para orgullo de los cubanos, se convirtió en uno de los sellos de identidad de nuestra gente. La fraternidad, la fidelidad, el honrar la palabra empeñada, el amor, aunque fueran vapuleados cada día por los enormes conflictos económicos, sociales y políticos de la época, brillaban con una luz propia entre tanta tiniebla. Ese es el ambiente, la atmósfera que se percibe muy certeramente descrita en esos escenarios del mundo marginal y comercial habanero donde el detective se empeñará en descubrir al que decapitó a ese paisano suyo.

Con todos los elementos de una novela negra: intriga, pesquisas, amenazas, peligro, bocas selladas por el miedo, enigmas que surgen como las malas yerbas en todas partes donde el detective hurga, a los aciertos de esta novela hay que sumar el que me parece más interesante: la construcción de un protagonista sólido, creíble psicológicamente, inolvidable. Uno de esos personajes que se recuerdan mucho tiempo después de haber cerrado la última página del libro. Debo decir que este autor muestra en estas páginas ser un gran creador de personajes, pues al protagonista le siguen otras figuras construidas con mano muy precisa, desde el inspector Ortiz que pone en manos de Marcelo Gorayev este caso hasta esa dulce y medrosa doña Filena, casera del detective que se convierte en una figura leitmotiv dentro de la trama y el final de la novela.

Finalmente es admirable el nivel de trabajo con el idioma: la narración de acciones muy precisa, la dialogación vívida y justa de lo necesario para no dejar escapar pistas, la descripción minuciosa o sutil cuando es necesario. Una conjunción que nos trasmite la sensación de estar viendo lo que leemos, como sucede en los mejores libros de este género. Asesinato en el bosque de La Habana, de Rigoberto Menéndez Paredes, entra ya sin ninguna duda en la lista de las más notables novelas del género negro en Cuba.    

Más allá del realismo sucio

Última rumba en La Habana
Fernando Velázquez Medina
Ediciones Furtivas, Miami, 2022


El capillismo, los grupúsculos, el amiguismo… en resumen, la falta de seriedad y de rigor analítico que convierten el terreno literario en un territorio de feudos excluyentes vienen asolando las letras cubanas y los estudios literarios cubanos desde hace décadas. Ese fenómeno, que antes de 1959 se manifestaba de un modo menos letal que hoy (recordemos, por ejemplo, que Lezama y Virgilio eran dos pesos pesados en un mismo ring, pero se respetaban y reconocían profundamente), con la llegada de la Revolución y de su tan cacareado Programa Cultural adquirió categoría de enfermedad terminal (ahora con el añadido de las descalificaciones por razones ideológicas) y, pasadas las décadas y ya con el agravante del éxodo casi masivo de miles de intelectuales, artistas y escritores, ha llegado a convertirse en una pandemia.

He dicho varias veces que me parece vergonzoso que los señores feudales de la literatura cubana, es decir, los que desde puestos de poder cultural tanto en la isla como en el exilio, se vanaglorian de ser las voces autorizadas para definir qué vale o qué no vale en las letras cubanas, desconocen olímpicamente autores y obras con motivaciones que considero realmente malsanas, al tiempo que maniobran en sus ensayos, en sus revistas, en sus congresos y en cuanta plataforma se les ponga a tiro para elevar a sus olimpos personales a ciertos autores menores, con obras menores y en la mayoría de los casos muy cuestionables en sus aportaciones y calidad, y convertirlos en diosecillos a los que se supone que debamos leer.

Esta novela, por ejemplo, Última rumba en La Habana, de Fernando Velázquez Medina, es una de esas excelentes e imprescindibles novelas cubanas que han sido ninguneadas por esos señores en sus sesudos análisis. Por suerte, la buena literatura se impone y esta novela ha sido elogiada incluso por escritores que no suelen elogiar a nadie… y han sido elogios justificados… entiéndase: no han sido palabras para complacer a un colega, a un amigo, a un miembro del gremio… Quien lo dude, lea las certeras palabras del escritor español Antonio Muñoz Molina, que aparecen en esta edición.

Aunque la inscriben algunos en el realismo sucio, que coloca a Fernando entonces junto a autores como Pedro Juan Gutiérrez o Zoé Valdés, Última rumba en La Habana, más que seguir lo establecido por ese modo de abordar narrativamente una realidad propone una incursión casi antropológica en la depauperación humana del cubano, debacle sociológica que se produce bajo el influjo desolador de la depauperación económica, política y social de un sistema, y por extensión, de una isla y de sus habitantes. La historia de esta muchacha, una jinetera cuyo sueño mayor es emigrar, es la historia de una búsqueda de las esencias perdidas en la propia vida de esa protagonista… una búsqueda que la conducirá a un final aplastante: no hay nada que encontrar, porque todo -las ilusiones, los sueños, la existencia misma- ha sido destruido por las circunstancias históricas que le ha impuesto esa sociedad represiva y asfixiante que gravita como un fantasma amenazante sobre todo.

Última rumba en La Habana, en simples palabras, es una novela que resume un trauma nacional construyendo un mundo espejo mediante una incursión dramática a la cotidianidad cubana más conocida, la de la marginalidad, y dando vida  a un personaje modélico de ese sello que algunos llaman cubanidad, los marginales en un sistema que condena a todos a vivir en los límites de la marginalidad: es decir, lejos de la ética, de los valores humanos, de la solidaridad… animalia que comparte las facetas más oscuras y miserables de una ciudad y un país hundido en un eufemismo político, “el período especial en tiempos de paz”, lanzándose unos a otros zarpazos y dentelladas en sus intentos desesperados por sobrevivir en esa selva deshumanizada que es Cuba desde 1959.

En el plano lingüístico es asombrosa la capacidad de Fernando Velázquez Medina de moverse entre registros muy diversos que confieren a esta novela una riqueza sonora y un colorido único, pero ante todo, la convierte en un muestrario abierto de todos esos matices que algunos estudios literarios definen como marcas de lo cubano: la carnavalización del idioma;  la juguetona zambullida en el doble sentido mediante la picardía de la gente; el humor paródico para caricaturizar ciertas situaciones del día a día; la critica mordaz, irónica, ácida a las circunstancias  más asfixiantes en las cuales hay que sobrevivir, y la mirada apacible de la sabiduría popular en la reinterpretación de ciertos mitos nacionales, de ciertas etapas históricas, de ciertos sucesos o personajes de la realidad social impuesta por ese proceso llamado Revolución.    

Otro logro de Última rumba en La Habana: sin dejar de ser un panorama casi fílmico de los bajos fondos de una ciudad, La Habana, y de esa larguísima estela de perdedores que se mueven en sus rincones más sórdidos, condenados al silencio, a la resignación, a la complicidad falsa o a la huida, esta es una novela que teatraliza con mano muy cuidadosa ese supuesto alto nivel cultural con el que la Revolución dotó a los cubanos: las referencias literarias, musicales, del cine y del arte en boca de los personajes principales, recordemos, perdedores todos ellos, se convierten en el más afilado contrapunteo crítico que va descascarando las capas falsas de pintura del metarrelato histórico revolucionario que aparece en esta novela como telón de fondo y como ojo siniestro que todo lo ve.

Última rumba en La Habana es, sin duda alguna, una novela mayor, una obra imprescindible en cualquier estudio literario sobre la narrativa cubana.

Tras las huellas de la arcadia

Y me llamaron Ashé
Walter Lingán
Editorial Adarve, España, 2022


Walter Lingán tiene ya un largo recorrido en el oficio de narrar ficciones, así como en el activismo cultural que inició en la década de los años 70 y prosiguió en Alemania, a donde inmigró en 1982. Una larga lista de publicaciones ha ido consolidando una valiosa e interesante producción narrativa que espera aún una valoración de la crítica especializada. La variada producción temática de este escritor abarca desde el género fantástico, como la novela Un cuy entre alemanes, hasta el realismo social como en Koko Shijam, El libro andante del Marañón, y funde en su obra una visión actual del país, así como también la impronta de un escritor peruano de la “diáspora”.

En su reciente novela, Y me llamaron Ashé, (Editorial Adarve. Madrid. 2022. 472 pág.), Lingán vuelve al realismo para recuperar y rememorar esa arcádica infancia y el niño que habita en cada uno de nosotros. El regreso a San Miguel de Pallaques (Cajamarca-Perú) está teñido tanto de la infaltable nostalgia que afina la vena poética del narrador como de la visión crítica e irónica del pasado que en muchos pasajes coquetea con un tono carnavalesco. Recordando San Miguel y el año de su nacimiento Ashé, 1952, dice el narrador/protagonista:

“…que en aquel entonces era una aldeíta encimada en la Cordillera de los Andes. Por esos años el Perú era gobernado por un regordete general que respondía al nombre de Manuel Odría, un militar golpista… (pág. 15).

El ejercicio de memoria con que el narrador/protagonista (Ashé) irá reconstruyendo su pasado y el de su pueblo sobre el fluir de sus recuerdos va a navegar entre dos aguas: el recuerdo poetizado de un tiempo pasado y una visión crítica del momento que le toco vivir, ambos condimentados de un humor blanco que no resta fuerza a la denuncia social, tono acorde con la visión del niño o el adolescente que lo experimentó, pero que es narrado desde un tiempo posterior a los hechos, a la manera de una autobiografía. Esa reconstrucción es también la de San Miguel, que vive y crece como un personaje más, y es un referente constante en la novela. Así también está descrita la épica de los campeonatos de fútbol donde los héroes alcanzan la gloria del triunfo o sufren los reveces de la derrota.

“Esos trofeos eran disputados a sangre y a goles. Infinidad de veces volaban pedazos de uñas de los pies acompañados con pedazos de cuero sangrante. Como nunca perdimos, con esos trofeos llenamos la sala de la señorita Olga Linares”. (Pág. 44)

Por como suelen aflorar los recuerdos, el tiempo en la novela no es lineal. La narración va y viene siguiendo el curso asociados a hechos, anécdotas o personajes, pero los días y los meses transcurren, las inquietudes de la infancia van quedando atrás y con la llegada de la adolescencia van aparecen otras nuevas. El surgimiento del deseo, el descubrimiento del amor, las penas del desamor hacen carne en los personajes trastocando su mundo y transformando el humor blanco de la niñez en la picaresca de los aprendices de adultos.

“Uf, por primera vez la miré y descubrí lo rica que era. Puta madre, qué guapa que es la Colorada, pensé mientras la observaba, le hacía ojitos. Y ella también parecía mirarme, pero en realidad yo no era objeto de sus ojos”. (Pág. 200)

Surge también otra épica, la del héroe apasionado que ha de vencer a las fuerzas que se oponen a que su amor se consume. “Nada detiene a un Homo sapiens enamorado”, dice el narrador al ver cómo la familia de la nada desaprueba su relación con la “Colorada” y la someten a una severa vigilancia que el enamorado debe burlar para poder conquistarla.

Junto con la épica del deporte convive con una épica por obtener una educación que les permita lograr la superación personal y un futuro mejor; desde los esfuerzos por conseguir los útiles escolares mínimos para la primaria y secundaria en San Miguel, hasta buscar los recursos para estudiar en una universidad en Lima a donde Ashé es mandado luego del sonado escándalo por haber “robado” a la “Colorada”.

“Después fuimos a su habitación que tenía en la vivienda universitaria. Mira, hermanito, aquí puedes estudiar, pero que alguien te de para los pasajes. Aquí, como sea la pasamos. Mira, en este cuartito dormimos cinco, estamos apiñados, tú ya no alcanzarías, hermano. Todo está en que tengas alguien que te apoye…”. (Pág. 368)

Y me llamaron Ashé es también la historia de un migrante provinciano en la capital, sus avatares son los mismos de todos aquellos que intentan probar fortuna en Lima, pero estos avatares no son contados desde la crudeza que pudo tener en el momento que ocurrieron, sino que han sido destilados y curados con el bálsamo del tiempo transcurrido, esa curiosa alquimia los torna en recuerdos añorados, parte indesligable de una existencia que cobra sentido en el ejercicio del recuerdo y que son suficientes para justificar una existencia. San Miguel de Pallaques es el cordón umbilical que une y da sentido a todos los personajes, el escenario constante de la novela, independientemente del lugar donde suceden los hechos narrados, la arcadia a la que todos desean volver o intentan recuperar, el gran retablo de las ensoñaciones colectivas, la indeleble impronta grabada en cada uno de ellos. Con esta novela, Walter Lingán pinta su aldea para crear un universo y tender un dulce camino de retorno a la infancia.

Sobre Breve historia de todas las cosas

Presentación del libro Breve historia de todas las cosas, de Marco Tulio Aguilera Garramuño, en la Feria Internacional del Libro Universitario 2023.

Breve historia de todas las cosas
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Ilíada Ediciones, Alemania, 2023


Marco tiene la sangre liviana por nacionalidad y un poco densa de su propia cosecha.

Se da a entender en inglés, en francés, en alemán y en algunos otros idiomas, y también maneja con relativa prestancia el español.

El placer que a lo largo de los años he encontrado en la novelística de Marco es, en mi caso, primera y mayormente un disfrute plástico, debido al maremoto verbal que suelen ser sus obras, pobladas de una imaginería y de una potencia léxica desbordada que las convierte en enormes frescos para ver; he disfrutado de esa capacidad de Marco, que en otros momentos le he reconocido públicamente, para desmenuzar las situaciones, para triturar las sicologías, para recorrer milimétricamente cada curva de los resortes que jalonan sus relatos, a veces hacia ninguna parte, pero que mientras vive la narración te va embadurnando de los uno y mil espesores de los que se compone este mundo que se ha dicho que es ancho y ajeno.

En su conjunto, las obras de Marco a veces me ha parecido que devienen en una especie de tratados, y si no tratados, sí en un nutridísimo índice de referencias sobre filosofía, historia, música, artes en general, antropología, religión y, por supuesto, de literatura. Esta característica no es otra cosa que el resultado natural primero del amplio espectro cultural en el que Marco se maneja, pero también del minucioso trabajo de investigación con el que satura cada una de sus piezas literarias y que durante muchos años hemos sido testigos que Marco desarrolla para enraizar sus relatos en algo lo más cercano posible a la realidad que profusamente nos circunda. En este sentido, todas las novelas y relatos de Marco habrían de llevar el subtítulo de Fragmento de Breve historia de todas las cosas. Aunque, ciertamente, y sería bueno que el propio Marco nos comentara en su momento al respecto, me parece que su línea narrativa no siguió el camino marcado por esta novela. Tengo la impresión de que esta novela fue una especie de gong estruendoso que anunció la aparición de Marco en el escenario de la narrativa latinoamericana y que luego apagó su sonido para dar paso a una voz muy distinta, que es creo yo es la que terminó por conformar la tesitura más definitiva de la novelística de Marco Tulio Aguilera Garramuño.

Por otro lado, desde aquellos ayeres en que pergeñaba la Breve historia de todas las cosas, Marco cedía a los hábitos del metarrelato, esa confesión de parte que, lejos de desbaratar por deconstrucción la magia narrativa, la ahonda, la complejiza, la vuelve más fantástica, no en el sentido técnico de literatura fantástica sino en el sentido general de ficción vs. realidad (estoy recordando que el índice de este libro, por ejemplo, refiere a Zaratustra Pereira, “personaje que murió por misticismo y también por el descuido del narrador”. Ejemplos de la obra hablándose a sí misma los encontraremos a lo largo de la novela, sobre todo en casos referidos al personaje que lleva la voz narradora y que de vez en vez responde como narrador a comentarios o cuestionamientos de los personajes). Y hablando de lo fantástico, el lector notará que esta obra, que hemos dicho no se inscribe como tal en el género de literatura fantástica, no deja de trasudar acá y allá y más allá los efectos de lo que se denominaría realismo mágico, que en aquellos ayeres era casi imposible soslayar a la hora de escribir literatura en América Latina. La grandilocuencia, ciertas maravillas y prodigios, discurso y referentes que pasan como por un potente amplificador, todo ello en su conjunto forman un telón de fondo propio y esencial del modo en que se cuenta aquí, de principio a fin, la historia de todas las cosas, lo cual evidentemente  arranca al relato de las amarras ordinarias de la mera relación realista y lo convierte en un relato de ficción con todas sus letras y con todas sus implicaciones interpretativas, es decir, el planteamiento de la ficción como clave hermenéutica para aproximarse a la comprensión de la realidad pura y dura.

Cuando el lector se asome a la Breve historia de todas las cosas habrá de tener presente, además, que está ante el trabajo de un veinteañero, que crecía por añadidura en esos tiempos bajo la inmensa sombra de Gabriel García Márquez. El solo título de la obra que aquí presentamos genera una sensación oximorónica al contrastarlo con la edad que tenía su autor. Marco nació en 1949. Cuando apareció esta novela tendría 25 o 26 años, y su novela se llamaba nada menos que Breve historia de todas las cosas. Eso es, digamos, por cierto, un signo del temperamento, la psique, la personalidad o el estilo o como se llame de Marco Tulio Aguilera Garramuño, ave de tempestades y enemigo de medianías. Y por supuesto que San Isidro de El General, el locus nodal de esta novela, tiene vocación de ser un aleph borgiano, como todo proyecto literario auténtico. Marco Tulio veinteañero quería ya que su novela fuera un signo del cosmos, quería que el lector que se asomara a ella pudiera ver el universo, o una imagen del universo, o una imagen del mundo del hombre, o una breve historia de todas las cosas.

El lector de Breve historia de todas las cosas va a encontrar, pues, desde el principio una historia totalmente entretenida, dinámica, con un desfile interminable de tipologías de todo género, como si la entrada al mundo de este libro fuera la entrada a un circo descomunal, lleno de vocerío y de explosiones y de fuegos artificiales y de actos hiperbólicos, no un circo de tres pistas sino de muchas más pistas, de las muchas pistas que tiene la vida, y de las entretelas y  de los mil entresijos de esas pistas, en un tono jacarandoso, chispeante, muy ingenioso e imaginativo y bullanguero, en el cual, sin embargo, podemos presentir alguna nota patética en tanto que es una novela sobre la vida, que mucho tiene de dolor y de amargura. La imaginería desbordada que avanza página tras página termina por entregarnos, por supuesto, sin estridencia telenovelera ni moralismos fundamentalistas, el dibujo de un valle de lágrimas, que es casi siempre el dibujo que termina por arrojar cualquier intento de escribir una historia de todas las cosas, aunque el cierre de libro y el balance general de su lectura nos lleva más bien una puerta abierta a la esperanza.

Desgarrador grito de la vida agonizante

Inquisición Roja
Rafael Vilches Proenza
Ilíada Ediciones, Alemania


En unos pocos meses se celebrará en Israel el día nacional de rememoración del Holocausto o Yom HaShoah. Horas de introspección solemne durante las cuales se honra la memoria de los más de seis millones de judíos víctimas del nazismo. Le ideología nazi y el comunismo comparten nefastas similitudes. Entre las más notables figuran los campos de concentración en sus distintas modalidades. Nombres como Auschwitz o Treblinka resuenan a atrocidad y muerte en la memoria colectiva. La Unión Soviética de Stalin, condenó a millones a campos similares o peores, conocidos como Gulag en la inhóspita Siberia. La tiranía tropical no falló en imitar a sus progenitores ideológicos. No es secreto la admiración de Fidel Castro por Adolf Hitler cuya autobiografía fue libro de cabecera y que impúdicamente plagió en su panfleto La historia me absolverá

Las UMAP (Unidades militares de apoyo a la producción) fueron quizás el más cruento de todos los experimentos de esta índole que el castrismo puso en práctica. Casi todos los que nacimos en Cuba después de 1959, experimentamos alguna clase de reclusión, distanciamiento de nuestra familia y privación de libertad enclaustrados en algún tipo de centro de educación, reeducación, trabajo forzado o castigo. Claros ejemplos fueron las escuelas en el campo (ESBEC e IPUEC), brigadas de apoyo al trabajo (BET), y demás contingentes de trabajo forzado en la agricultura. No obstante, las UMAP fueron sin duda el ápice de la represión contra aquellos que no se sometieron al molde del “hombre nuevo” impuesto por el castrismo.

Mientras devoraba las páginas de Inquisición Roja, en varias ocasiones tuve que regresar desde la helada Europa hasta los campos de Cuba y corregir las imágenes de los cadavéricos seres en trajes rayados, trocándolos por otros en uniformes color sucio, menguados y acosados por el calor, el hastío y la inanición en medio de plantaciones de caña de azúcar. El autor es consciente de dichos infames paralelos y nos lo recuerda constantemente con sagacidad, particularmente en la dolorosa cadencia de las marchas y los amontonamientos humanos en asfixiantes vagones de tren donde las víctimas son transportadas quizás con menos compasión que a reses con destino al matadero.

Escribir sobre temas arquetípicamente traumáticos tiene sus riesgos. Se puede pecar por exceso al exacerbar lo cruento en detrimento de la sensibilidad de los personajes o quizás la mitificación de la deshumanización extrema. En Inquisición Roja sucede todo lo contrario. La novela crece de adentro hacia afuera, léase desde la psiquis y sensibilidad aplastada de sus personajes, quienes hilvanan la historia casi como objetivo secundario pero inevitable: Olivia se revela cada vez más como un espectro en la fatídica implosión Hernán quien no solo pierde a su amada y sus miembros, también la razón. Esta es una historia difícil de leer, pero es indispensable. Sean estrictamente históricos o no los sucesos que se entretejen en la trama, son completamente plausibles en medio del espanto de la realidad de aquellos años terribles dentro de la pesadilla que han sido las últimas seis décadas. Supuestos crímenes como el homosexualismo, profesar una religión, la identificación con corrientes políticas, culturales y sociales fuera de lo establecido son el muro contra el que violentamente se estrellan los personajes. Encima de ellos, al igual que las recurrentes auras tiñosas que sombríamente sobrevuelan a los condenados, están los militares, quienes matan, violan, torturan y devoran lo que les queda de moral y de vida.

Mi mayor regocijo es que el gran secreto militar que debieron ser las UMAP es hoy un visible estigma de dolor en la memoria histórica cubana. Un cráter que a diferencia del Holocausto judío no ha sido exhumado y expuesto en su verdadera dimensión ante los ojos del mundo. Las víctimas de las UMAP no poseen un museo o lápida en ninguna parte. Nadie puede recordar los nombres de los que murieron, perdieron la razón, o salieron marcados para siempre. Los cubanos no hemos podido proclamar aún “Nunca más” como pueden hoy decir las víctimas de los nazis que aún viven o sus descendientes. Inquisición Roja, aunque una obra de ficción es una suerte de fidedigna piedra angular en la erección de nuestro mausoleo para todos aquellos que sufrieron la bota de los “Fifo Cagá,” bien logrado personaje que encarna el arquetipo del esbirro militar -y cuyo nombre no es nada casual- quien termina siendo devorado por la propia maquinaria que tanto defendió. Como es harto sabido el diablo devora a sus hijos.


Puede adquirir el libro aquí: Inquisición roja – Novela – Rafael Vilches Proenza

¿Algunos circunstanciales traspiés o una involución?

Involución
Andrés Rodríguez
Estados Unidos, 2023

«La peor forma de desigualdad es tratar de hacer que las cosas desiguales sean iguales»
Aristóteles  

Los cimientos de la cultura occidental están siendo ablandados desde planeamientos pretendidamente científicos, que no lo son. Y están permitiendo la emergencia de ideologías, moralidades y una estructura del ecosistema social, destructores de la histórica aglutinación social: el más evidente la familia nuclear, de padres responsables enseñando a sus hijos. Además, sus propuestas están disminuyendo visiblemente la población de los países industrializados y su potencial biótico, mientras aumenta la población de países árabes, africanos, latinoamericanos.

La intelectualidad humanística actual, buenista e igualitarista, exalta derechos obviando deberes. Y tiende a proponer vías revolucionarias, incineradoras, como solucionadoras de problemas. Ahora, además proponen una igualdad social que no tiene base científica alguna. Una cosa es igualdad ante la justicia o que los gobiernos no tengan privilegios con unos u otros, otra que cosa es que nos concibamos biológica y culturalmente iguales.

La naturaleza no tiende a la igualdad sino a crear opciones diversas, especies, a complejizar los ecosistemas y luego a seleccionar. Hay que evitar este igualitarismo irreal y enfermizo y el populismo derivado que inunda los discursos intelectuales. Porque todos los seres humanos somos desiguales, únicos e irrepetibles.  No somos una masa de idénticos pececitos sino una convergencia de individuos pensantes, cada uno bien definido y con cerebro tendiente a lo centrífugo. Respetando al individuo común, pero resaltando al individuo excelso, podemos construir sociedades evolutivas.

Podemos considerar que las sociedades humanas son imperfectas pero perfectibles, casi siempre en una disyuntiva en que pueden lo mismo derivar hacia situaciones desintegradoras, necrosantes, anabólicas, centrípetas, o hacia una reorganización evolutiva. Toca a nosotros, seres pensantes, escoger por donde avanzar. Podemos evolucionar, pero también dejarnos llevar por mecanismos internos retardatorios, de procrastinación, de no aceptar fluidamente el cambio y cuando la gangrena social se hace presente, clamar por bisturí o dinamita.

El rejuego absurdo y genocida de la historia, ha implicado una y otra vez que cuando se acumulan demasiados tóxicos en el cuerpo social, surgen autonombrados salvadores imprescindibles, que nos lanzan a acelerones “revolucionarios” que desensamblen “el Capitalismo” y luego se autodesignan como guardianes de la justicia redistributiva, donde ellos, los justicieros, se separan ciertos privilegios. A eso han llamado justicia y progreso. Progreso que es regreso y justicia que es pura estulticia. Así es que desvencijan el cuerpo social y pasan a solucionar problemas tal como hicieron los tribales: matando y muriendo.

Los cubanos hemos estado sometidos a estas presiones por decenios y no podemos menos que comparar. Eso que ocurrió allá, a pequeña escala, lo podemos ver los estudiosos cubanos ahora en otras latitudes y dimensiones. En la Cuba de los 30s-50s, la intelectualidad se declaró casi en pleno revolucionaria. Aquella alquimia,  prometiendo transformar el plomo en oro, produjo las actuales heces y fangos.

Los que sufrimos los impactos de la revolución cubana y ahora observamos lo que está ocurriendo en Estados Unidos no podemos dejar de comparar…y… asombrarnos. Vemos como se educa a la juventud norteamericana siguiendo principios colectivistas e igualitaristas, muy lejanos al ethos con que se fundó el país, cuestionables como nucleadores de una sociedad industriosa, evolutiva y saludable. La sociedad norteamericana se está dejando erosionar y degradar desde adentro, con la anuencia o la complicidad de políticos, líderes, académicos, intelligentsia, empresarios cortoplacistas, que entre otras cosas facilitan, permiten u observan callados la emergencia de una China que visiblemente se convierte en un enemigo potente. Para colmo, las propuestas “sociológicas” generalmente son muy contrarias a cómo funcionan los ecosistemas naturales. Y, sin embargo, sociedad, ciudad o vivienda,  son también ecosistemas.

La estructura de la nación norteamericana, fue establecida por sus padres fundadores sobre bases individualistas e industriosas, absorbiendo lo mejor del pensamiento social hasta entonces (parlamentarismo, liberalismo, industrialismo)

La academia e intelligentsia evidencian poco conocimiento de la historia y de cómo opera la naturaleza, los ecosistemas naturales. Al menos, respóndanme a lo siguiente: ¿Occidente está dando algunos circunstanciales traspiés o está en involución? 


Puede adquirir el libro en este link: Involución – Andrés Rodríguez – 2023

Antihéroes y perdedores de todo tipo

La leyenda del río
Frank Correa
Iliada Ediciones, 2022

Si Santiago, el personaje de El viejo y el mar, de E. Hemingway, estuvo 84 días sin pescar un pez que lo sacara de apuros; Rascacio, el protagonista de La leyenda del río, de Frank Correa, cumplió 100 días sin encontrar nada en el fondo del mar, aunque “Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, aguzado por el hambre de la familia y la premonición de hallar algo que cambiara su destino.”   

Quizás el 84 no es alegórico a la desdicha del viejo Santiago ni el 100 insinúa la odisea diaria del joven Rascacio, quienes sobrellevan la pobreza y la desesperanza con valor y tenacidad, pero apuestan por resolver su dilema; sobre todo Rascacio, que “Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro… / andaba en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas”.    

Han pasado 70 años entre la edición de El viejo y el mar -el homenaje de Hemingway a los pescadores de Cojímar- y La leyenda del río -Ilíada Ediciones, Berlín, 2022-, el homenaje de Frank Correa a Jaimanitas y sus gentes, víctimas del igualitarismo programado por la oligarquía que arruinó a Cuba, donde vivió y escribió Ernest Hemingway hasta que los guerrilleros tomaron el poder.  

Estas novelas cortas coinciden en el tema -el mar y la pesca-, en el afán de aventuras y en imaginación, así como en los párrafos breves, la longitud de las frases, la música interna de las palabras y el ritmo del conjunto. Divergen en el tiempo, en el propósito de cada autor y en las peripecias de los personajes. El protagonista de Hemingway es un anciano solitario empeñado en romper su mala racha y demostrar su valía; el viejo pesca y evoca a Dios y sus aventuras en las costas de África y de las Islas Canarias, pues es natural de Lanzarote, como Gregorio Fuentes, el capitán del yate Pilar, de Hemingway. Mientras Rascacio, el héroe de La leyenda del río, es más buzo que pescador de altura: “Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas”, como otros pescadores tamizados por la ficción.

En la página 11 de La leyenda del río, al describir “la casucha” de Rascacio, el autor hace un guiño al gran narrador americano: “Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel “El viejo y el mar” de la Marina Hemingway…a doscientos metros en la otra orilla”.

Para “hallar algo que cambiara su destino”, Rascacio, como los héroes de la tragedia griega, se mueve y sufre en silencio sus reveses, expresa sus anhelos y emociones, observa al mar y explora al río “en cuadrículas”, comparte con pescadores y buzos, acompaña a su mujer a hospitales en ruinas para abortar al segundo hijo, a lo cual renuncia tras el análisis de sangre y dialogar con el feto y con una anciana sensata. En medio de su búsqueda y ensueño, “…sintió miedo de morir, como un símbolo de la lucha del hombre contra el hambre”. 

En La leyenda del río, como en las tragedias griegas, hay un coro de rostros y voces que no canta ni repite augurios sobre la mutación del buzo pues son, como el protagonista, parte del drama y testigos de huracanes, derrumbes, exhumaciones, huelgas, prisiones… En esa “lucha coral” los diálogos son precisos y los personajes vigorosos: Margot la espiritista, Luisa ojos secos, los pescadores Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui, Joaquinito, Elías y Alfredo Bocañanga; el judoca Miguelito el melón, el capitán La sombra, el trovador Héctor tortilla, Papo el negro y Pascual el inventor.

Según el autor, “La soledad del buzo… supera a La soledad del corredor de fondo y a la de Robinson Crusoe antes de llegar Viernes, los dos únicos libros que Rascacio había leído…” Al decir de Amir Valle, esa soledad deviene en tragedia: “…a partir de un sorprendente hallazgo se genera una exquisita y apasionante historia de absurdos cotidianos, extremismos ideológicos y bajas pasiones humanas. Un juego de espejos perfecto para mostrar las caras oscuras y los entresijos más corrompidos de una sociedad supuestamente paradisíaca en la que sus criaturas deambulan como fantasmas perdidos en busca de la luz al final del túnel”. 

No hay artificios en la escritura de este autor, quien se nutre de las experiencias propias y recrea sucesos y personajes de su entorno,  narrados de forma casi ingenua pero con palabras precisas y una sutil estrategia de seducción que usa el humor y el absurdo al desgranar la doble vida, el vacío existencial, el éxodo, la locura y otros problemas. Esa apuesta por el realismo es palpable también en sus crónicas y poemas.

Las novelas y relatos de Frank Correa, como las del gran Pío Baroja, no parten de la quietud, sino del movimiento de los personajes, realistas pero no costumbristas, vitales y ajenos a juicios morales o patrióticos a pesar del entorno maniatado por la ideología, el nacionalismo y la coacción. La movilidad narrativa es tan cinematográfica como testimonial, bordea las piruetas existenciales de los personajes y la rispidez del discurso político que modela todo lo social. Si Un jugador sin corona es un juego literario sobre tramas reales que atrapan al lector, La leyenda del río parte de un pueblo, un río y un hombre cuyo afán de cambio en un entorno rudo y represivo nos seduce y conmueve.    

Frank Correa se inició en las letras con el libro de relatos La elección, el poemario La puesta necesaria y la novela El tren, que logró el Premio La Casa por la ventana. En 1991 ganó los concursos de cuentos “Regino E. Boti”, “Ernest Hemingway” y “Tomas Savigñon”; en 2011 publicó Pagar para ver en Latin Heritage Foundation, y en 2012 obtuvo el Premio Novela de gaveta “Franz Kafka” con Larga es la noche y el Premio de la Fundación Nuevo Pensamiento Cubano a su novela La mujer del escritor.

Estas obras revelan su oficio para armar historias, la destreza en el montaje de los diálogos y la capacidad para fabular sus circunstancias y apropiarse del desarraigo, el lenguaje y la enajenación de personajes tan vitales y auténticos que parecen salir del papel y montarse en un tren, en un camión, una balsa o volver a la cárcel como le pasó al propio Frank antes de emigrar de Guantánamo a La Habana como albañil y reciclarse luego como cronista independiente.

En La leyenda del río, como en otras piezas narrativas de Frank Correa, hay un trasvase continuo de temas y personajes que se nutren entre sí, cambian de escenario y confunden los límites, seres en fuga, combatientes olvidados, jugadores de juegos prohibidos, policías, borrachos, ciegos y pícaros, jineteras (prostitutas) que malviven o “vuelan” a otros “paraísos”, antihéroes y perdedores de todo tipo que desacralizan la épica del poder en aquella isla atrapada por discursos fallidos.

Tras las huellas de la arcadia

Y me llamaron Ashé
Walter Lingán
Editorial Adarve, Madrid, 2022

Walter Lingán tiene ya un largo recorrido en el oficio de narrar ficciones, así como en el activismo cultural que inició en la década de los años 70 y prosiguió en Alemania, a donde inmigró en 1982. Una larga lista de publicaciones ha ido consolidando una valiosa e interesante producción narrativa que espera aún una valoración de la crítica especializada. La variada producción temática de este escritor abarca desde el género fantástico, como la novela Un cuy entre alemanes, hasta el realismo social como en Koko Shijam, El libro andante del Marañón, y funde en su obra una visión actual del país, así como también la impronta de un escritor peruano de la “diáspora”.

En su reciente novela, Y me llamaron Ashé, (Editorial Adarve. Madrid. 2022. 472 pág.), Lingán vuelve al realismo para recuperar y rememorar esa arcádica infancia y el niño que habita en cada uno de nosotros. El regreso a San Miguel de Pallaques (Cajamarca-Perú) está teñido tanto de la infaltable nostalgia que afina la vena poética del narrador como de la visión crítica e irónica del pasado que en muchos pasajes coquetea con un tono carnavalesco. Recordando San Miguel y el año de su nacimiento Ashé, 1952, dice el narrador/protagonista:

“…que en aquel entonces era una aldeíta encimada en la Cordillera de los Andes. Por esos años el Perú era gobernado por un regordete general que respondía al nombre de Manuel Odría, un militar golpista… (pág. 15).

El ejercicio de memoria con que el narrador/protagonista (Ashé) irá reconstruyendo su pasado y el de su pueblo sobre el fluir de sus recuerdos va a navegar entre dos aguas: el recuerdo poetizado de un tiempo pasado y una visión crítica del momento que le toco vivir, ambos condimentados de un humor blanco que no resta fuerza a la denuncia social, tono acorde con la visión del niño o el adolescente que lo experimentó, pero que es narrado desde un tiempo posterior a los hechos, a la manera de una autobiografía. Esa reconstrucción es también la de San Miguel, que vive y crece como un personaje más, y es un referente constante en la novela. Así también está descrita la épica de los campeonatos de fútbol donde los héroes alcanzan la gloria del triunfo o sufren los reveces de la derrota.

“Esos trofeos eran disputados a sangre y a goles. Infinidad de veces volaban pedazos de uñas de los pies acompañados con pedazos de cuero sangrante. Como nunca perdimos, con esos trofeos llenamos la sala de la señorita Olga Linares”. (Pág. 44)

Por como suelen aflorar los recuerdos, el tiempo en la novela no es lineal. La narración va y viene siguiendo el curso asociados a hechos, anécdotas o personajes, pero los días y los meses transcurren, las inquietudes de la infancia van quedando atrás y con la llegada de la adolescencia van aparecen otras nuevas. El surgimiento del deseo, el descubrimiento del amor, las penas del desamor hacen carne en los personajes trastocando su mundo y transformando el humor blanco de la niñez en la picaresca de los aprendices de adultos.

“Uf, por primera vez la miré y descubrí lo rica que era. Puta madre, qué guapa que es la Colorada, pensé mientras la observaba, le hacía ojitos. Y ella también parecía mirarme, pero en realidad yo no era objeto de sus ojos”. (Pág. 200)

Surge también otra épica, la del héroe apasionado que ha de vencer a las fuerzas que se oponen a que su amor se consume. “Nada detiene a un Homo sapiens enamorado”, dice el narrador al ver cómo la familia de la nada desaprueba su relación con la “Colorada” y la someten a una severa vigilancia que el enamorado debe burlar para poder conquistarla.

Junto con la épica del deporte convive con una épica por obtener una educación que les permita lograr la superación personal y un futuro mejor; desde los esfuerzos por conseguir los útiles escolares mínimos para la primaria y secundaria en San Miguel, hasta buscar los recursos para estudiar en una universidad en Lima a donde Ashé es mandado luego del sonado escándalo por haber “robado” a la “Colorada”.

“Después fuimos a su habitación que tenía en la vivienda universitaria. Mira, hermanito, aquí puedes estudiar, pero que alguien te de para los pasajes. Aquí, como sea la pasamos. Mira, en este cuartito dormimos cinco, estamos apiñados, tú ya no alcanzarías, hermano. Todo está en que tengas alguien que te apoye…”. (Pág. 368)

Y me llamaron Ashé es también la historia de un migrante provinciano en la capital, sus avatares son los mismos de todos aquellos que intentan probar fortuna en Lima, pero estos avatares no son contados desde la crudeza que pudo tener en el momento que ocurrieron, sino que han sido destilados y curados con el bálsamo del tiempo transcurrido, esa curiosa alquimia los torna en recuerdos añorados, parte indesligable de una existencia que cobra sentido en el ejercicio del recuerdo y que son suficientes para justificar una existencia. San Miguel de Pallaques es el cordón umbilical que une y da sentido a todos los personajes, el escenario constante de la novela, independientemente del lugar donde suceden los hechos narrados, la arcadia a la que todos desean volver o intentan recuperar, el gran retablo de las ensoñaciones colectivas, la indeleble impronta grabada en cada uno de ellos. Con esta novela, Walter Lingán pinta su aldea para crear un universo y tender un dulce camino de retorno a la infancia.

Rara avis de la actual narrativa cubana

Mouche
Margarita García Alonso
Ediciones Exodus, Miami, 2022

Hacía mucho tiempo no leía una novela tan original, tan rompedora, tan distinta. Una novela que, al tiempo que construye un complejísimo mundo de traumas humanos, atrapa al lector y lo va conduciendo por un singular mundo que me hacía recordar esos universos propios tan vivos que construyeron, por sólo citar dos casos antagónicos, los autores de Alicia en el país de las maravillas, el polémico Lewis Carroll o de El reino de este mundo, el gran Alejo Carpentier.

Hablo de Mouche, de Margarita García Alonso, publicada por Ediciones Exodus en Miami.

Lo primero que llamó mi atención es el particular uso del absurdo cotidiano para definir la psicología de su protagonista: Linsana Mouche, inmigrante ilegal, niña, sonidista, cantante, cuya obsesión es grabar sonidos, entender sonidos, singularizarse a través de ese mundo distinto… Se trata de un absurdo que vincula aspectos muy del día a día, los sueños, por ejemplo, las alucinaciones postraumáticas luego de un accidente, las muy selectivas miradas que esta muchacha lanza sobre esos otros que la rodean, llámense Hermes o Martín, Sabetodo De La Cuadra o Laumi… Es, y es lo que más importa, un absurdo que podemos experimentar todos, está ahí, lo vivimos, lo encontramos en cada paso que damos, pero solamente llegará a nosotros (como llega a Linsana) si decidimos ver nuestra realidad también con esas perspectivas. Un absurdo natural, nada forzado, que brota alrededor del personaje y, en muchas ocasiones, llega a definirlo.

Lo segundo es la capacidad de traslación, una especie de don de ubicuidad mediante el cual la protagonista logra revivir casi al mismo tiempo ante nuestros ojos diversos momentos del pasado y presente de ese conflicto existencial que ella va viviendo: salto de un ojo inquieto podríamos decir, con esa ligereza y esa agilidad expresiva que simula el aleteo de una mosca (porque Mouche es mosca en francés y ese apellido en la protagonista es un leitmotiv con el que la escritora juega en toda la novela)… sus amigos, su familia, momentos definitorios en su existencia, van a surgir a lo largo de la trama como pequeños manantiales  de sentido que nos ayudarán a responder o, al menos, a entender las preguntas que Linsana se va haciendo. Y esa capacidad de movimiento escénico, montado sobre las alas de ese particular absurdo del que hablábamos antes, y además enriquecido gracias a un virtuosismo narrativo que nos permite ver lo que vamos leyendo, imprime aún más distinción a esta novela.

El tercer aspecto es justo ese virtuosismo. Margarita García Alonso demuestra en esta obra que es una excelente poeta. Y es que el aliento poético de cada escena, las descripciones que hace Linsana de los escenarios que frecuenta, sus contradicciones humanas mostradas a través de ese lenguaje específico tan elegíaco que tiene el mundo del sonido van edificando capítulo a capítulo el corpus lírico que define la personalidad compleja, soñadora, rebelde,  de Linsana Mouche.

Complementan el mundo de esta novela, y de su peculiar protagonista, referencias sutiles y casi siempre volátiles a Cuba, alusiones a los traumas del exilio, insinuaciones sobre el complicado reto de comprender y fundirse en otras culturas, puntadas críticas a la deshumanización que envenena el espíritu de ciertas sociedades europeas… Pero lo que importa es la lucha del personaje porque se produzca esa caída de las máscaras, esa insistencia suicida en vivir ahogados en las convenciones sociales, esa doblez de la especie humana que ella observa curiosamente como una mosca posada en una repisa.