
No es un film agradable ni que deje indiferente.
No es una comedia divertida al estilo de Con faldas y a lo loco, por ejemplo,
cuyo rodaje fue un calvario para Marilyn Monroe y todo el equipo del film.
No es una película para visionar mientras se mascan palomitas de maíz.
Blonde, la película del neozelandés Andrew Dominik, está derramando a su alrededor tanta tinta como ira. Buena parte de la crítica especializada ha sido inmisericorde con ella, la ha machado por tierra, mar y aire, algunos sectores de la progresía la han vendido como panfleto de la ultraderecha antiabortista norteamericana, y otra buena parte, por el contrario, se ha rendido ante esta película rompedora e iconoclasta no apta para todos los paladares. El cadáver exquisito de Marilyn Monroe sigue dando sus réditos económicos muy a pesar suyo, aunque Blonde haya sido calificada como un fracaso estrepitoso, el mayor descalabro de la plataforma Netflix que ya recibió el proyecto con reticencias. Blonde se convierte así en una película maldita, vituperada por críticos y espectadores, algunos de los cuales se indignan por esa visión tremendista de la vida de uno de los iconos cinematográficos de todos los tiempos, porque hay muy poca luz en esas casi tres horas de proyección y demasiadas sombras, o elevada a los altares por otros muchos otros críticos y espectadores a los que la película les llega al alma y la consideran una obra de arte, un film vanguardista. No creo recordar una película de la que se hayan dicho tantas cosas negativas como positivas, y todas ellas fundamentadas.
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