Hablando de tu mundo en lengua foránea

La pregunta me llegó cuando conocí por primera vez la existencia de una literatura indígena precolombina en América, y por el mismo camino encontré el Popol Vuh, sus historias y su propia historia reveladas en la versión de Adrián Recinos publicada por el Fondo de Cultura Económica de Mexico. El hermoso relato Quiché me hizo caer en cuenta de la necesidad que tenemos de aprender a contar nuestras historias en lenguas foráneas para asumir la tarea de mantener vivas las culturas, en nuestro caso migrantes, pero que en el caso anterior fueron destruidas en la pretensión de un primitivismo y atraso del colonizado, que nunca fueron ciertos.

La complejidad del problema se manifiesta en el nuevo aislamiento. En el último siglo, el inglés se convirtió en el idioma de la ciencia, la política y los negocios, creando una suerte de nuevas identidades culturales que intentan también abarcar el arte en todas sus manifestaciones. Cuando en 2013 Gregg Roberts pronunció en la conferencia de la sociedad asiática del idioma chino en Boston su ahora famosa frase “el monolingüismo es el analfabetismo del siglo XXI” quería referirse a la comodidad que supone el monolingüismo anglo para las comunidades hablantes del inglés, no se refería al monolingüismo del migrante, que por obvia razón es también analfabeta. Lo complejo nos llega a quienes vivimos en los mundos euroamericanos a los que hemos migrado, y queremos expresar los elementos que se mantienen vivos en nosotros de nuestra cultura y para lograrlo necesitamos expresarnos, en nuestro caso en Ingles. 

En el oficio de docente y escritor este planteamiento es la realidad del dia a dia, tan asi que termina en un inconsciente de dos circunstancias consecutivas; una, la de quien migró y establece un universo aislado que le permite sobrevivir, otra la de la segunda generación de los anteriores, quienes de manera paulatina van perdiendo el idioma ancestral hasta llegar a negarlo, o en caso contrario, aceptar la necesidad de recuperar ese “espejo enterrado” que les permita reconstruir lo ancestral. Ahora tenemos una tercera vía, la del inmigrante letrado que llega con el propósito de conquistar el mundo desde el idioma dominante. 

Pero, ¿Y que si ese conquistador del mundo es escritor y para peor un poeta que quiere apoderarse de él escribiendo sus versos en la lengua que está tratando de dominar?; ¿estaremos visualizándolo en algo equivalente al “traduttore, traditore” de sí mismo?, ¿estará interpretándose basado en que el conocimiento de ese yo le permite superar las barreras de la literalidad y fidelidad del texto?, creo que sí, que existe la necesidad de ser nosotros mismos quienes pintemos nuestros mundos en las palabras, a pesar de la imposibilidad de abarcar de manera completa en otro idioma, sin importar cual sea, el significado de aforismos, proverbios, adagios y demás construcciones lingüísticas que con frecuencia no tienen  equivalentes literales apropiados y cambian de manera demasiado frecuente la comprensión de lo mismo. Por eso insisto en estar pisando un terreno de arenas movedizas que se hace comparable al de la traduccion sin serlo de manera literal. Umberto Eco señalaba que comprender (para el traductor) no significa ser capaz de decir siempre lo mismo, sino casi lo mismo. El escritor que quiera expresar su mundo en lengua foránea estará en una tarea similar a traducirse y querrá decir lo mismo, o casi lo mismo.

Todo porque debemos hacer consciente que lo cultural, histórico y social, son factores determinantes de la estructura del pensamiento de cada región del mundo, estamos ante una realidad diferente, y es a esa otra interpretación del mundo a la que queremos contarle desde nuestra orilla de la realidad, las particularidades que queremos expresar.  Hay necesidad de estar inmersos en los elementos denotativos y connotativos que puedan marcar la diferencia entre los dos mundos y lenguas, una desde la que trabajamos, otra, la adquirida, que es en la que confiamos haber logrado suficiente conocimiento, y hacia donde intentamos enviar el mensaje.

Estamos hablando del escritor o académico que están inmerso en una nueva cultura; dada la diferencia en las características mentales y culturales de los pueblos, aquí nos ubicamos frente a nosotros mismos, compartiendo dos culturas que pretendemos conocer quizas con suficiente profundidad. Para el hombre de la calle una de las circunstancias resultante del Inglés y el Español como lenguas en contacto es el Spanglish o Espanglish, el fenomeno es pluricultural, su carácter multirracial en el estatus de bilingüismo, y se convierte en una forma de adaptación a la forma de vida americana en especial cuando se hace literario, creativo o comercial; el estilo coloquial del lenguaje le permite llegar a un mayor número de lectores.

Para completar el panorama, en mi caso se trata de un lector y escritor de poesía aunque incursione en la narrativa por obligación de supervivencia. La experiencia estética al escribir el poema implica, según Borges, la preexistencia del mismo en nosotros, y lo descubrimos en cada paso de la construccion del mismo. El poema está en mí, es experiencia mística y por tanto no puedo inventarlo, solo lo descubro a partir de cada cosa que me ha llevado a ser mi yo; y ese yo esta armado de cada cosa que he vivido, de la leche materna que mamé,  y las enseñanzas de la escuela primaria, pero soy inmigrante. Claro que puedo reinventarme, pero los pasos para lograrlo son a veces esquivos, a eso me refiero cuando digo que somos traductores de nuestras propias vivencias.

Las soluciones encontradas han sido al menos tres. O escribes en el idioma de la nacionalidad adquirida, quizas la forma ideal de superar el aislamiento y en mayor medida posible a menor edad de la inmigracion o emigración, como prefieran; o seguimos escribiendo en el idioma materno; o ejercemos la poesía en una mescla de ambos, fenómeno frecuente en el momento. Apuesta arriesgada por la que me he decidido y solo ahora comienzo a exhibir en público; aunque no estoy hablado del Spanglish que en realidad es una cuarta vía. Hacer versos intercalando el español y el ingles me ayuda a completar el mensaje, pero requiere un público bilingüe que puede darte garrote con mayor eficiencia, pero te deja mas satisfecho de lo que escribiste.

Este es un ejemplo:

Soneto con intersecciones I

Junio 2020

De aquí a las cuatro de la tarde
estaré esperando el fin del mundo
y evitando el tener que ser,
el tener que estar viviendo.
I do not want to be
Anyway.
Hasta las cuatro habré de ser un viviente en la espera,
estaré tratando de no ser aquí,
de no estar hasta que tu aparezcas, sola
y comience en mi la vida de nuevo.
I want to become
In an alien by himself creator.
I want to create you.
Luego llegarás y la tortura tendrá fin,
el mundo obligatorio tendrá fin.
Estaremos respirando juntos.
I do not want to be somebody being
I do not want to wait
Anyone.
La espera residirá sus odiosos recodos,
el mundo de las musas inasibles,
el de los versos perfectos.

Un cementerio de hombres vivos

Guillermo «Coco» Fariñas, José Ángel Pardo (exprisionero político y escritor) y Armando de Armas durante la presentación de la novela.

La literatura carcelaria en Cuba tiene una ilustre tradición que va, al menos, de Martí a Montenegro, pasando por Pablo de la Torriente Brau y Arenas, extendiéndose así, entre otros, por vía de Jorge Valls, Ana Lázara Rodríguez, Huber Matos, Ángel Cuadra, Ernesto Díaz-Rodríguez y Rafael Saumel.

Se suman a la ilustre lista Regis Iglesias, Ricardo González Alfonso y Raúl Rivero. Más reciente, Jorge Luis García Pérez, Antúnez, y Guillermo «Coco» Fariñas.

La preponderancia presidiaria en la letra impresa no sería patrimonio de la isla, aunque la isla, ya saben, lleve su propio peso infernal. Como he escrito antes la novela moderna, expresión de libertad, pudiera deber su nacimiento a la prisión o, mejor, al hecho de que los escritores que la prohijaron pasaran por la experiencia de la prisión. Lo que por cierto no dice mucho de la modernidad como un periodo de libertades sin precedentes cual se nos ha hecho creer. La existencia de la novela moderna ilustraría las inextricables relaciones entre bien y mal; esas donde bien sirve para mal y, lo más interesante, donde mal sir ve para bien. De hecho, no ya la novela moderna, sino la historia misma de la literatura universal debe más al mal que al bien, a la guerra que a la paz.

La épica estaría en el origen de la literatura, pues sin épica no habrían surgido los cantares de gesta, ni epopeyas como la Ilíada y la Odisea de Homero, o la Epopeya de Gilgamech, ni toda la posterior producción de obras literarias que, habiendo hecho de la humanidad una especie mucho menos pedestre, se deberían más a la saga que a la ciega, a la sangre que a la siembra.

El padre de la novela moderna no es otro que Don Miguel de Cervantes y Saavedra; pero la madre no es otra que la cárcel. Una estrafalaria relación en que la madre preña al padre. Mamá cárcel proporciona, penetra, preña a Papá Cervantes con un chorro, caudal de experiencias, la experiencia como semen, que parirá la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en 1605, pero antes, en 1599, Mateo Alemán había parido la primera parte del Guzmán de Alfarache, un relato en prosa que por su realismo sin desdeñar lo psíquico podría ser el germen de la novela moderna; modelo en el cual se inspiraría Cervantes para la eficaz construcción del Quijote. Cervantes y Alemán se conocían entre sí y, a su vez, eran viejos conocidos en los ambientes del bajo mundo de Sevilla y, tanto el uno como el otro, habían ido a parar con sus huesos a la prisión sevillana. Alemán estuvo en la cárcel allá por 1580 y, en una segunda ocasión, allá por 1602. Luego, Alemán también sería penetrado, preñado por la experiencia presidiaria para parir su Guzmán de Alfarache.

Después, así, de Sade a Dostoyevski, de Wilde a Verlaine, de Santos Chocano a William Burroughs, las rejas parecerían propiciar a las letras en el mundo occidental.

Fariñas hace su aporte con la novela testimonial Cementerio de hombres vivos, Iliada Ediciones, Berlín, 2022. Para empezar, camino a la cárcel en un carro jaula, un “calor agobiante lo comenzó a maltratar: las planchas metálicas estaban muy calientes por el sol, afuera, y cuando se cansó de quitarse el sudor, pues los brazos le pesaban mucho, empezó a beber su propio sudor”.

Y continúa ya en el interior de la célebre cárcel de Manacas -cuyos paisajes achicharrados por el sol, aterran al novato en el talego como anticipo de lo que se va a encontrar dentro-, con una paliza a un preso que se niega a compartir con el asesino de su hermano:

“El apodado subteniente Verruga Aplanadora se le plantó frente al preso, a una distancia de un metro y medio más o menos, mientras los otros siete guardias lo comenzaron a rodear completamente, estrechando el círculo. El acosado, ante la inminencia del ataque, comenzó a voltearse para poder ver a los dos guardias que tenía a sus espaldas y, en cuanto dejó de mirar al subteniente Verruga Aplanadora, este le descargó un golpe del bastón de marabú directo a la cabeza, exactamente entre la oreja izquierda y ese mismo ojo, a la vez, que otro de los uniformados le asestaba un fuerte golpe a su pierna derecha, al nivel de la rodilla. Golpes aquellos que le hicieron perder el equilibrio y caer al suelo. Fue ese derrumbe como la señal para que todos, como máquinas de golpear, se ensañaran con él. Llegó un momento en que ya no reaccionaba a los golpes, parecía que había perdido el conocimiento. Entonces, el capitán Diosdado que estaba atento a todo lo que sucedía, les gritó; ─Paren y échenle un poco de agua, para que vuelva en sí… Ahí, el capitán Diosdado se le acercó y le preguntó con cinismo: ─Recluso Ampudia, ¿usted tiene enemigos aquí o va a compartir con Arroyo? A lo que aquel joven, llorando, pero con una mezcla de impotencia y dolor, le acotó: ─Sí, tengo enemigos aquí, y no voy a compartir con Arroyo. Bruscamente, el oficial se volvió a alejar mientras ordenaba al subteniente Verruga Aplanadora: ─Denle otra tanda, pero esta vez que sea hasta que se les cansen los brazos a ustedes. La pateadura continuó con mayor intensidad y rabia que la anterior. Ya se veía a los guardias sudorosos y jadeantes de tanto golpear”.

Luego la sobrevivencia, el aprendizaje del protagonista, Juan «El Johnny» González Febles, a manos de un catedrático de presidio:

«Mire, y con el mayor respeto hacia usted, le pregunto: ¿usted hoy separó los gusanos que tenía el arroz y no se los comió? ─Sí, Chispa, así mismo hice. Es que me dio mucho asco. ─Usted hace lo que quiera, pero en la prisión esos gusanos son proteína animal, y se comen. ─Es que me dieron mucho asco, de verdad. ─Mire, Licenciado, en una prisión vivimos momentos buenos y otros muy malos. Usted debe prepararse para todos los tipos de momentos, para que pueda sobrevivir y salir. ─Está bien, Chispa, trataré de seguir su experiencia. ─No, no, Licenciado, no es tratar, es obligarse a hacerlo, o si no, no va a sobrevivir aquí dentro”…

El libro agarra, garra presidiaria, y no te suelta al mejor estilo de las novelas negras, o de suspense, pendiente el lector de la próxima puñalada, de la próxima paliza, de desentrañar el misterio, los motivos por los que el protagonista, un intelectual que ha vivido en una burbuja, alejado de los bajos fondos, hasta ahora ciego por las melopeas marxistas, fiel al fidelismo, ha ido a parar al cementerio de los hombres vivos, pendiente el lector del próximo acto de trujanismo –por trujano, que es una corrupción de la palabra Trajano, del emperador Trajano, quien, afirman, era enfermo a los efebos, a sodomizar efebos-.

“Febles pudo observar cómo sacó su afiladísima cuchilla y se le fue acercando al joven Marquiño que, al ver el brillo de aquella arma blanca, comenzó a gritar desesperadamente, quizás pensando que iba a ser apuñaleado, que fue lo mismo que creyó Febles. Sin embargo, el Gordo del Cerro se arrodilló junto a él y comenzó a cortarle las ropas con la cuchilla. Primero, se dedicó a cortar la camisa sin mangas de color gris azuloso del uniforme reglamentario. Cuando le sacó toda la pieza superior del cuerpo, se vio una piel blanquecina y, para que no pudiera continuar gritando, la tela de la camisa se le introdujo a la fuerza, hecha un nudo, en la boca. A partir de ahí se dejó de escuchar la aterrorizada voz de Marquiño. Tras eso, el mandante se dedicó a picarle el pantalón corto del uniforme carcelario y, cuando tuvo en sus manos cada una de las 70 piezas en que lo rajó, entonces, con mucho cuidado para no dañarle su piel blanquísima, también le ripió el tacacillo. Todos pudieron ver el pene fláccido y los testículos de color rojizo de aquel que pronto sería abusado sexualmente. Febles permanecía incólume, viendo todo aquello, que le parecía algo onírico y hasta alucinante. Los violadores sabían lo que hacían, y por eso el Gordo les dijo, imperativamente: ─Bien, ya lo tenemos desnudito como vino al mundo. Ahora vamos a ahogarlo, para que pierda fuerzas y poder comérnoslo con más facilidad y sin que haga mucha resistencia. Al decir eso, tomó toda la ropa rota de Marquiño y la envolvió apretándola con fuerza entre sus manos, hasta transformarla en una especie de almohadilla de tela con la que comenzó a presionarle nariz y boca al muchacho, para que no le pudiese llegar bien el aire a sus pulmones. El agredido pataleaba y se contraía, e intentaba zafar sus aprisionados brazos, como si casi se llegara a ahogar. Pero, con mucha meticulosidad, el Gordo del Cerro siempre le quitaba a tiempo la improvisada almohadilla de tela, dejándolo tomar unas cortas bocanadas de aire, que eran bloqueadas nuevamente, algo que se transformó en un proceso repetitivo y cercano al cansancio. Poco después, Marquiño perdió todas sus fuerzas y ya no hubo que sujetarlo: estaba desmayado y tirado encima del piso desnudo. Entonces, el mandante se puso de pie y, con voz triunfante, les comunicó a sus matones: ─Arrástrenlo ahora y llévenmelo para el Jolonguero. Yo soy el primero que se va a singar a este pichón de maricón. Cuando yo termine con él, lo sacan del Jolonguero, se lo llevan para las duchas y allí se lo comen ustedes ─Les miró a la cara a cada uno de sus cómplices e hizo un gesto imperativo”.

El problema con los comunistas no es que sean malos, el problema es que además aspiran por todos los medios a que aplaudas su maldad, no es que controlen tu cuerpo, sino que pretenden controlar tu alma. Así ante uno de los tantos alardes de inminencia de invasión americana, piden a los presos: ─De eso ocurrir, ¿podemos contar con ustedes, los presos que se sientan revolucionarios y patriotas? Que levanten la mano los que de ustedes estén dispuestos a defender voluntariamente a nuestra Revolución Socialista.

Y ante tal desfachatez González Febles no levanta la mano y comienza con este gesto de rebeldía su doloroso derrotero hacia la disidencia, el entendimiento de la naturaleza demoniaca del sistema de los marxistas en el mejor sitio para entenderlo, el cementerio de los hombres vivos.

Allí en ese cementerio, mientras espera en una especie de proceso kafkiano a que alguien le aclare por qué ha ido a parar con su asombrada ósea a una tumba entre rejas, Febles es testigo de los más grandes abusos por parte de la guarnición, abusos y corrupción, al punto que algunos de aquellos matones endurecidos, pero con ciertos códigos de honor carcelarios, parecerían en comparación con sus custodios auténticos caballeros medievales. Proveniente de una prominente familia de profesionales médicos, alumno ejemplar en la ejemplar Lenin, licenciado en Filología y editor de un importante medio oficialista Febles permanece ahora en la ergástula convertido en un Caso Especial de la Oficina Especial del Alto Mando Histórico de la Revolución, qué es esa misteriosa y macabra mandancia, qué interés podría tener esa entidad en un aplicado pero simple hombre de letras, en qué ofendió a los históricos, histéricos, de la oficial oficina, qué tiene que ver en ello, si es que algo, su esposa Winnie –nombre que ostenta probablemente en honor a la terrorista Winnie Mandela, mujer de Mandela, muy de moda en la isla por aquellos años-, qué tiene que ver el vástago que viene en camino y del cual se entera el ex editor durante una visita a la cárcel de su madre donde, además, se entera que la Winnie ha abandonado el hogar tras dejar una sentida nota, qué pasa con Winnie, ¿es víctima o villana?, qué pasa con el vástago, ¿es hijo de la víctima o del verdugo?

Para enterarse, Febles, que ya no se fía del fidelismo y se ha crecido con valor estoico en medio de la ordalía, ha de llegar vivo o medio vivo hasta el final de la historia y, junto a Febles, el lector, quien entre apuñalamientos y palizas, estupros y trujanismos, inmerso en un estupor devenido estertor que emana y se extiende como lepra entre las letras, no podrá así apartarse del libro hasta saciar su sed de enigma; de solucionar el enigma.

Al final Febles será otro y el lector también.  


La novela Cementerio de hombres vivos fue presentada en la Casa del Preso,
en Miami, el 1 de abril de 2023.

Puede adquirir la novela aquí: Cementerio de hombres vivos – Guillermo Fariñas – Ilíada Ediciones, 2022

Promesas incumplidas

El día en que cumplí 75 años tomé varias decisiones que entonces me parecieron trascendentales en mi vida. La primera de ellas fue que a partir de aquel momento comenzaría a envejecer. (No crean que no; esto tiene su miga). El segundo de mis propósitos aquel inolvidable día de febrero consistió en dedicar parte de mi tiempo libre a uno de los deportes cuya práctica me ha apasionado mucho siempre y que nunca pude dominar como lo habría deseado. El tercer reto, el más difícil de asumir, era algo que, por diversas razones, venía desde hacía tiempo madurando en mi mente: había llegado la hora de abandonar el oficio de escritor y dedicar mi vida a alguna tarea más agradecida que la de inventar historias para ser leídas por otros.

En realidad, lo de ponerme viejo era pura retórica. Desde el momento mismo del nacimiento, la vida consiste en eso, en envejecer con cada día que pasa; es un proceso que  se detiene sólo con nuestro último aliento en este mundo. De manera que hay que tomárselo con espíritu deportivo. Por otra parte, tampoco me preocupa demasiado, pues lo que tenga que ocurrir ocurrirá. Mantengo mi plan de guardar definitivamente el coche en algún momento tras haber cumplido los 85, de manera que iré acercándome a la fecha con filosofía, con la mayor tranquilidad de la que sea capaz por ese tiempo.

Sobre el propósito relacionado con el deporte, la verdad es que traté de cumplirlo; pero no pudo ser: el verano pasado mi cuerpo se encargó de recordarme que no todos los retos pueden ser vencidos en cualquier recodo del camino. Como leí hace mucho tiempo en algún sitio, cada cosa tiene su momento y existe un momento para cada cosa. Hay trenes que pasan una sola vez en la vida, y para mí este es, o fue, uno de ellos. De manera que el verano pasado no tuve más remedio que acogerme al refrán de “donde dije digo, digo Diego”. Y a otra cosa, mariposa.

La tercera de mis promesas…, pues va a ser que no. Tarde o temprano hay que rendirse a la evidencia: el escritor que ama su oficio nunca deja de serlo. Y yo, después de aquel 75 cumpleaños, me metí en una novela con la que había soñado desde los inicios mismos de mi carrera. Se titula Triunfo sin gloria y se desarrolla en los años finales de la guerra de independencia en Cuba y la intervención norteamericana en la contienda. Trabajé muy duro con el texto, pero ya está listo. El libro verá la luz la primavera de este año con la editorial Huso, de Madrid. Aprovecho para exhortar a mis lectores a adquirirlo y leerlo. Me atrevería a decir que les resultará interesante y novedoso. Quizás hasta les guste.

Lo peor es que ya he comenzado a pergeñar una nueva ficción, y que hay otra que viene asomando en lontananza. Me explico: Anduve durante varias semanas sin pensar siquiera en ninguna otra historia. Me acercaba de vez en cuando al ordenador y, con una gota de resignación y otra de tristeza, revisaba los muchos textos comenzados y abandonados allí. Luego les volvía la espalda. Hasta un atardecer, de hace unas pocas fechas, en que salí a dar un paseo por el bosque de pinos que crece junto a mi casa y me detuve un rato a contemplar el crepúsculo marino en el Levante español. La mar, crispada como casi siempre a esa hora, farfullaba a unos metros de mí. De repente, las ideas más inesperadas comenzaron a dar vueltas dentro de mi cabeza. Desde aquel atropellado carrusel, algunas revolotearon un rato y siguieron su camino hacia quién sabe dónde. Otras, sin embargo, se empecinaron en quedarse conmigo. Como si giraran a mi alrededor y no dentro de mí, yo extendí la mano y las guardé en un rincón de la memoria. Eran temas nuevos, imágenes frescas que llamaban fuertemente a mi puerta. Y ahí siguen, insistiendo con mayor vehemencia cada vez.

Hoy puedo decir que las conservo en la mente, que han echado raíces y comenzado a crecer. Y que pugnan por volverse tramas. Están fuertes, quizás incluso demasiado, comparadas con mi estado general de salud, que ya no es el de antes. ¿Seré capaz de darles forma y convertirlas algún día en un relato digno de llamarse novela? Prometo intentarlo y hacer lo imposible para ello. ¿Lograré escribirlas? Pues no lo sé.

Relatos de un valenciano

o… ¿Cómo quedar atrapado en un continente propio?

Cartel de anuncio de la presentación de 2022 a la que hace referencia el autor en este artículo.

Me parece que los lectores andamos siempre buscando que un libro nos sorprenda, nos provoque sonrisas, encantos, que nos mueva y nos saque de quicio. Por eso es que andamos buscando libros para que ese nuestro horizonte de expectativa se rompa desde las primeras páginas que ofrece.

Precisamente eso me acaba de suceder, pues en la pasada reunión de Centroamérica Cuenta que se realizó en Guatemala, durante la tercera semana de mayo, me solicitaron presentar El español extraviado del escritor Paco Inclán. Fue publicado recientemente por la editorial Sophos y discutido durante ese congreso, encabezado por el escritor, hoy exiliado de su país, Sergio Ramírez.

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Mi biblioteca

…lo bueno de una biblioteca es ir eligiendo lo importante
y por eso en ella está dibujada nuestra vida.

Me siento derrotado por mi biblioteca. La miro, toco los lomos de mis libros adorados y me doy cuenta de que muchos ya no podré leerlos. Varios están conmigo hace más de tres décadas. ¿Por qué los conservo? Son parte de mi paisaje íntimo y me tranquiliza verlos ahí. La acumulación tiene diferentes motivos. Uno es el hábito de tener toda la obra de un autor que me gusta y en varios idiomas. Un caso típico es Lawrence Durrell, El cuarteto de Alejandría. Lo tengo en inglés en dos ediciones diferentes y en español en otras dos. O Rimbaud, cuyas ediciones se acumulan. Una de ellas, una bonita traducción de Jomi García Ascot. De Graham Greene tengo 53 libros en español e inglés con dos primeras ediciones: The Human Factor y El doctor Fischer de Ginebra. Edición de autor importante que veo y no tengo, la compro. ¿Pretendo llegar a una especie de biblioteca perfecta? Hay motivos profundos: una biblioteca es muchas cosas, pero sobre todo es un retrato íntimo de su propietario. Para mí lo más hermoso y grande de la vida es la literatura y, dentro de la literatura, la novela. Mi adolescencia transcurrió leyendo novela latinoamericana. Quise ser Tres tristes tigres, Rayuela, La tía Julia y el escribidor, Sobre héroes y tumbas, La región más transparente, Cien años de soledad, Casa de campo, Boquitas pintadas, Lazos de familia, Juntacadáveres, Un mundo para Julius, Pedro Páramo, El recurso del método, Gabriela, clavo y canela, Silvio en El Rosedal, La nieve del almirante, Agosto, Paradiso… No sólo quería leerlas y emularlas, quería ser esas novelas. Mi sueño de escribir proviene de ahí. Formar parte, aunque fuera de un modo modesto, de ese conjunto llamado “literatura latinoamericana”.

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Una ciudad dentro de otra ciudad

Foto: Enmanuel Castells Carrión

…universo vivencial donde abunda la gente que ama, sufre, lucha y sobrevive,
pese a la mierda de las calles, el estiércol de los perros, la basura acumulada en las esquinas,
las aguas albañales empozándose en los baches.

Piensa que Centro Habana no es una ciudad y lo es. Una ciudad dentro de otra ciudad. Un mundo distinto repta entre sus calles enlodadas de mierda humana, estiércol animal, aguas albañales y escombros. Es una ciudad que se derrumba y nace de sus cenizas mojadas: Ave Fénix que da a la otra Habana el toque de resistencia contra la adversidad y la miseria del hombre que toda gran urbe debe tener. Ciudad interior con leyes turbias, grises, como turbias y grises son las vidas de sus habitantes, latiendo con un ritmo distinto a las de quienes disfrutan de la luminosa modernidad corrupta de los barrios para extranjeros y embajadores en Miramar y Playa; distinto a la de quienes pasean y aman y sufren bajo el contraste de un casco histórico renovado al estilo de las viejas con coloretes para encanto del turismo y desencanto de quienes deben abandonar lo que fueron sus casas y costumbres y recuerdos por más de cuarenta años para irse a mutilar sus vidas en los palomares rusos del reparto Alamar; distinto, incluso, a la marinera vida de Regla y Casablanca; a la ancestral monotonía de Guanabacoa; a la orientalidad creciente del Cotorro y San José de las Lajas, cada día más cargadas de emigrados de las provincias en donde Colón puso sus plantas en esta isla en el primero de sus viajes.

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La Habana, un cielo azul y un redondel

Abre la mañana el sol sobre mis ojos, la luz en mi mano se espuma.
Canto virginal de pájaro reposa en sombra de edificios.
Pobre chamaco, cuenta neumáticos sobre el pavimento.
Su triste sol es oscura paridad del silencio
.

Rafael Vilches

Esta es una tierra de miseria y miserables. Amanece como cualquier día; es, en esta ciudad y este país, un día más. Bostezas. Te estiras. Te asomas al balcón antes de salir a la calle y el cielo sigue ahí, azul y despejado. No hay otro cielo tan azul como este, el de La Habana.

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Chéjov / Solás

Humberto Solás, cineasta cubano (La Habana, 1941- 2008)

“¿Te encargás de cuidar a Solás? Vos sabés, que esté confortable
y que no haya queja alguna de su parte”. 

Quiero contar dos historias unidas por un libro. El libro es el instrumento de la memoria, mientras que los hechos se han vuelto muy vagos, aunque insistentes, pues vuelven con cierta frecuencia como un repaso de batallas perdidas.  Ese objeto tan particular es ciertamente humilde, un volumen titulado Obras (relatos y teatro) de Antón Chéjov, publicado en Moscú, probablemente en 1980 (el año de una nota al pie del traductor, porque el libro no tiene fecha de impresión), por la Editorial Progreso.  Trato de encontrar información en internet, pero apenas hay algo en Wikipedia y en un blog, como si la editorial fuera una vergüenza de la era soviética que debería esconderse bajo la alfombra.  Probablemente tenía propósitos propagandísticos, pero también puso al alcance de los lectores en español libros clásicos en ediciones bastante bonitas y baratas.  Esas Obras de Chéjov fue lo único que compré de Editorial Progreso y lo hice en tiempos de poca plata, cuando empezaba la universidad, no quería estudiar ninguna carrera convencional y soñaba con el oficio de escritor.  Era uno de los tantos libros soviéticos que se vendían en una pequeña librería llamada Germinal.  El libro lo leí con devoción.  Los cuentos tenían ilustraciones en blanco y negro y la sección de teatro incluía los programas de La gaviota, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos, así como fotos de la puesta en escena original.  Así empezó mi devoción por Chéjov.

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La tristeza de las bibliografías

Yo aconsejaría, ante todo, la lectura y la lectura hedónica, la lectura del placer,
no la triste lectura universitaria, hecha de referencias, de citas, de fichas.

Jorge Luis Borges, 1978.

Borges siempre resulta eficiente como generador de contenido, sobre todo en el tema de la lectura. Su manidísimo lema, sentencia, cita, sobre que no se puede obligar a nadie a leer porque la lectura es una forma de la felicidad y la felicidad no se impone, va dando vueltas por las redes con su foto, y muchos se cobijan bajo la sentencia del argentino para excusar sus pocas lecturas o sus lecturas deficitarias.

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Los puentes urbanos

«Es mi puente un poeta que me espera
con su quieta madera cada tarde.
Y suspira y suspiro, me recibe y le dejo
solo, sobre su herida su quebrada…»

Puente de los Suspiros [1960, vals]
Chabuca Granda

Los puentes en las ciencias humanas, pero sobre todo en la literatura, han servido, y sirven, con frecuencia como metáfora de unión entre dos entes que están separados, por naturaleza o por destino. Se habla del puente entre dos culturas antagónicas, del puente entre dos etapas históricas, de los puentes culturales que toda ciudad cosmopolita construye de manera permanente hacia lo que la va invadiendo. Desde el punto de vista arquitectónico, los puentes urbanos tienen en muchas ciudades una función ante todo práctica, es decir, sirven para unir dos espacios que, de otra manera, quedarían aislados, porque los separa un canal, un río o un abismo, o el mar de automóviles de una gran vía. Y hete ahí que, en el caso de los puentes peatonales, estos incluso llegan a ser útiles para salvar vidas humanas, aquellos sobre grandes avenidas o la Panamericana Sur, por ejemplo, que invitan al apurado citadino temerario de las grandes urbes a no cruzar a pie pistas de alta velocidad, sino a utilizarlos.

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