Categoría: El divan de narrativa

Es viejo ese lobo. Primer relato

“Es viejo ese lobo.
Tostaron su cara los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China le han visto bebiendo su frasco de gin.”
Rubén Darío (“Sinfonía en gris mayor”)

“No sé cuál de los dos escribe esta página”.
Jorge Luis Borges (“Borges y yo”)

 

Mi amigo de toda la vida, Emilio Muñoz, acaba de confesarme que le han diagnosticado lupus y que en concreto la enfermedad está localizada en los pulmones. Le habían hecho una larga batería de pruebas de sangre, placas radiográficas, tomografía y hasta una operación en la cual le abrieron el costado izquierdo dos veces para extraerle una pequeña muestra del tejido pulmonar.  “Del tamaño de una friturita de pollo de las que se venden en los McDonald’s”, le dijo el cirujano cuando le preguntó de qué tamaño había sido la tajada. Anduvo cuatro días en el hospital con un tubo plástico, de unas ocho a diez pulgadas de largo, metido desde debajo de la axila izquierda y conectado a una máquina, con el fin de sacarle aire y para que no colapsaran aquellos órganos. El médico general, el neumólogo, el reumatólogo, los patólogos que analizaron los resultados coincidieron en el dictamen: lupus eritematoso sistémico.

Meses atrás empezó a sentirse extenuado con mucha facilidad. Apenas subía los escalones de la escuela donde trabaja, o jugaba un poco con los hijos y los nietos (eran coetáneos), caminaba dos o tres cuadras, y ya se sentía como si hubiese ascendido al pico de una montaña. Necesitaba una pipa de oxígeno para recuperarse. Desde hacía algún tiempo venía deseando conseguir el retiro pero, cada vez que lo comentaba con la esposa, ella saltaba como si la hubiese picado una avispa. Siempre le soltaba lo mismo: “¿y cómo vamos a seguir viviendo?” “¿de mi salario y de la pensión que te den? “Por favor, Emilio, no te dejes caer ahora.”

En realidad todo le molestaba. La ropa que se ponía y el acto de vestirse. Caminar. Alzar los brazos. Andar de prisa. Afeitarse. Por las mañanas, cuando se doblaba para colocarse los calcetines le dolían el pecho y la espalda. Al regreso del trabajo llegaba a la casa apenas arrastrándose. Las piernas no lo acompañaban. Tenía que tomar hasta dos, tres, cuatro pastillas anti-inflamatorias antes de marcharse el trabajo. El efecto le duraba unas ocho horas, al cabo de las cuales su cuerpo se convertía en una zona de desastre, adolorido desde el cuello hasta las uñas de los pies, jadeante, deprimido. A veces tosía. “A lo mejor es una bronquitis”, opinaba.

Emilio hallaba consuelo cuando se dejaba caer en un asiento reclinable que había colocado frente a la cama matrimonial. “Estoy viejo, hecho una mierda, no valgo nada, quiero el final, quiero el final”. Musitaba la letanía que le oyó repetir a Nicolasito, su compañero del presidio a finales del siglo pasado. Nicolasito esperaba ansioso a que viniera el oficial de guardia para informarle que estaba en libertad, que podía recoger sus pertenencias, que la madre lo esperaba a la entrada de la penitenciaría.

Murió un par de décadas más tarde. Emilio conservaba de él un cuadro que reproduce una firma abakuá, rayas blancas y negras sobre fondo negro y blanco cruzándose en todas las direcciones. Lo tiene colgado en el cuarto como parte de su privacidad, junto al cartel turístico sobre Santiago de Cuba. “¡¿Cuánto nos cuesta el alba?!” También repetía ese verso de Nicolasito, lo llevaba colgado en la punta de la lengua desde que se enteró que el lobo había marcado territorio en sus pulmones. La definición de la enfermedad lo dejó desconcertado y se puso a indagar.

El Manual Merck de Información Médica para el Hogar (Barcelona: Océano Grupo Editorial, describe dos casos distintos:

a)      “El lupus eritematoso discoideo es una enfermedad crónica y recidivante caracterizada por manchas redondas rojas de bordes bien definidos sobre la piel. Su causa se desconoce, y es más frecuente en el sexo femenino y más aún en mujeres de alrededor de 30 años de edad. El abanico de edades es mucho más amplio que el habitual para el lupus eritematoso sistémico”.

b)      “El lupus eritematoso sistémico es una enfermedad autoinmune con episodios de inflamación en las articulaciones, los tendones y otros tejidos conectivos y órganos”.

En la misma página se explican las características del lupus:

  • Erupción facial.
  • Erupción cutánea.
  • Sensibilidad a la luz solar.
  • Llagas en la boca.
  • Líquido alrededor de los pulmones, el corazón u otros órganos.
  • Artritis.
  • Disfunción renal.
  • Número reducido de glóbulos blancos o de plaquetas.
  • Disfunción de los nervios o del cerebro.
  • Positividad en los análisis de sangre de los anticuerpos antinucleares; además, en algunos casos, positividad de unos anticuerpos más específicos como son los anti-ADN de doble cadena.
  • Anemia.

Podía identificarse con varias de ellas: la inflamación y el líquido en los pulmones, la hinchazón de los tobillos, el bajón de los glóbulos blancos, la artritis generalizada, el resultado  positivo en las pruebas de los análisis, la anemia.

Igualmente se preguntó si existía una historia registrada de la enfermedad, desde cuándo se la conoce, quiénes la habían estudiado inicialmente, por qué incluso la habían bautizado con tal nombre y qué otros rasgos de identidad la caracterizaban. Se marchó a la biblioteca y allí dio con un par de documentos adicionales, ambos muy interesantes. Primero halló un artículo titulado “History of the Disease Called Lupus”, de Brian Potter, publicado en el Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, Volume 48 Issue 1, 1993: 80-90. Luego encontró un libro: The Lupus Book. A Guide for Patients and Their Families (Oxford University Press, 2009), Fourth Edition, del doctor Daniel J. Wallace, profesor del Centro Médico Cedars-Sinaí y de la Escuela de Medicina David Geffen de la Universidad de California en Los Ángeles.

Previsiblemente, Potter se remonta a la antigüedad para señalar que en latín la palabra cáncer o sea cangrejo se utilizaba para referirse a las ulceraciones corrosivas y porque las venas inflamadas que rodean a ciertos tumores se parecen a las patas de los cangrejos. Lupus (lobo) aparece en el siglo XIV como un término médico empleado para señalar una enfermedad ulcerosa y aclara que mientras el cáncer afecta cualquier tejido del cuerpo, el lupus siempre se refería a una enfermedad de la piel.

Wallace establece que el lupus de desarrolla cuando el cuerpo se convierte en alérgico a sí mismo, que es lo opuesto a lo que sucede en los casos de SIDA o de cáncer. Con el lupus, subraya, el cuerpo reacciona excesivamente ante un estímulo y empieza a producir demasiados anticuerpos o proteínas dirigidas contra el tejido del propio cuerpo. Por eso se la clasifica de enfermedad autoinmune, concluye.

Aquí Emilio hizo una pausa en la lectura. Se repitió estas palabras: “autoinmune”, “alérgico a sí mismo”, o sea que el enemigo es parte de uno mismo y está, en términos coloquiales, colado dentro, una especie de huésped antagonista que por lo demás es invencible, o según le dijo el reumatólogo, una enfermedad incurable aunque manejable. No tenía Emilio, sin embargo, como también lo había notado yo, sarpullido en las mejillas ni en la nariz, ni cicatrices en forma de disco, ni picazón en la piel. Sin embargo, sus pulmones sí estaban marcados, bastante. De manera que su forma particular de lupus resultaba invisible. Se sabe quién es, dónde está y qué hace sin que podamos expulsarlo ni derrotarlo, tan solo atacarlo sin piedad, vigilándolo constantemente, a veces reduciéndolo a su mínima expresión dañina, sabiendo uno que se le pueden ganar batallas aunque no la guerra. Siempre va a permanecer ahí donde quiso instalarse. Sin lugar a dudas Emilio no llevaba en su cara la marca del lobo, o lo que Wallace denomina ese sarpullido en forma de mariposa tan parecido a los detalles faciales del animal.

La conclusión era simple: uno puede cargar con la bestia tatuada en el rostro o encarnada debajo de la piel, es decir, en el corazón, en los riñones, en el cerebro o en los pulmones.  Lo admite Wallace en las páginas iniciales: “el enemigo es…nuestras células” (los puntos suspensivos son míos, para añadirle drama al subtítulo de un tratado de medicina). Al llegar a este punto, le vino como anillo al dedo una cita de Sally Fitzgerald, tomada de su ensayo The Habit of Being (1980). Está en un artículo/ensayo de la doctora Elena V. Barnes dedicado a una famosa escritora norteamericana que fue paciente de lupus: “Flannery 0’Connor peleó valientemente bajo las difíciles limitaciones impuestas por un lupus eritematoso diseminado, una peligrosa enfermedad de origen metabólico, incurable aunque controlable por medio de esteroides, que agota las energías de sus víctimas, las cuales deben de seguir un régimen de vida extremadamente cuidadoso y restringido”.

Barnes menciona a otra especialista en 0’Connor, Dorothy Tuck McFarland, quien a su vez especifica lo siguiente: “el lupus provoca que el cuerpo produzca anticuerpos que atacan sus mismos tejidos, y afecta el torrente sanguíneo, las articulaciones y los órganos internos”. [“Misfit as Metaphor: The Question and the Contradiction of Lupus in Flannery 0’Connor’s A Good Man is Hard to Find]

Lo que le irrita más a Emilio es que le hayan descubierto el lobo al comienzo de la vejez. Tiene sesenta y un años. “¿Por qué no se dieron cuenta más temprano?”; o mejor, “¿Por qué no se la detectaron cuando tenía más vigor y no ahora cuando recién se estrena en el eufemismo de la tercera edad?”

De acuerdo con Wallace se han reportado casos de lupus en recién nacidos aunque también en individuos de edad avanzada, 89 años. Pueden diagnosticarlo en niños de tres. Después de los 45 o de la menopausia es poco común, pasado los setenta se hace extremadamente infrecuente. El período bravo se ubica entre los 15 y los 45 y afecta muchísimo más a las mujeres, que constituyen el 90% de los pacientes. Por eso la caracterizan como “enfermedad de mujeres”, y en los Estados Unidos la sufren, particularmente, las afroamericanas, las hispanas y los asiáticos.   Tuvo que aprender que el lupus es también una enfermedad simuladora, una especie de actriz versátil que incorpora con altísima eficiencia histriónica distintos personajes, todos macabros: diabetes, angina de pecho, artritis, insuficiencia renal, lo que le inspire su talento y repertorio. Confunde a los médicos más sabios, no saben con quién en realidad están tratando, sus máscaras son perfectas y pueden pasar sin detección toda una vida. Es una criminal capaz de burlarse de los detectives más brillantes, de confundir, de escaparse, de sembrar la duda entre sus posibles captores, que no saben cómo abordarla ni tampoco tienen la certeza de estar realmente frente a la verdadera culpable. Incluso, nunca hay dos lupus iguales, es decir, jamás hay dos pacientes que manifiesten síntomas idénticos.

(Continuará…)

Los hijos de Rivas

 

Antología personal de cuentos de José Gabriel Ceballos.Este cuento se publica a modo de promoción del libro.
Los interesados en adquirir un ejemplar de este libro
o de otros libros de este autor pueden hacerlo directamente
en: Ediciones Simurg

Desde muy chicos los hijos del sepulturero Rivas supieron ha­blar con los muertos. Siendo tan niños, les habrá bastado con pasar el cerco ruinoso que había entre su casa y el camposanto. Por la misma razón que los niños pueden conversar con los objetos, con los animales, con los seres creados por su fantasía, ellos habrán aprendido a hacerlo con los muertos. Leer más…

Jinetera

Yousi Mazpule, escritora cubana

Jinetera es la primera novela de la escritora cubana Yousi Mazpule, residente en Estados Unidos. Acaba de ser publicada en la editorial Eriginal Books, que la destaca entre otros libros de su catálogo por una razón muy especial: ha sido escrita en inglés.

“Hay más de 50 millones de latinos en Estados Unidos, en su mayoría de origen mexicano, puertorriqueño y cubano,  aunque hay representación de casi  todas las nacionalidades de habla hispana. Sin embargo, los latinos de segunda generación hablan y escriben en inglés como primera lengua. Leer más…

La cueva

 

Sobrevivientes, libro de cuentos de Esther Andradi.Este cuento se publica a modo de promoción del libro.
Los interesados en adquirir un ejemplar pueden hacerlo
directamente escribiendo a este email:
dfbteamart@bluewin.ch

XXIII

Por esas cosas del destino a mis dieciocho años viví con nue­ve hombres en una casa ocupada. Era una casa con paredes internas de color verde y azul que le llamaban la cueva. A media cuadra de la cueva estaba la comisaría. Esa casa de paredes verdes y azules perteneció alguna vez a los sindicatos oficiales y los jóvenes que éramos entonces la habíamos tomado como re­fugio. Leer más…

La sangre del Tequila (IX)

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí ofrecemos entonces a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

*****

Irene Ramblas vivía en la colonia Guadalupe Inn, pero yo la conocí en el sur profundo: el Sanborns de avenida Canal de Miramontes y Acoxpa, una tarde que regresaba de entregar mi colaboración en aquel periódico de Izquierda, allá lejos, en el norte de la ciudad. Yo traía algo más de veinte pesos y decidí entrar al Sanborns para liquidar un capricho: unos dulces de chocolate que allí había visto en otras ocasiones (al menos podía comprar dos con mi presupuesto y algo me sobraría). Cuando fui a pagar, un gesto de mi brazo derecho hacia atrás hizo que el codo de este golpeara, aunque leve, el seno derecho de una mujer que estaba detrás de mí, dispuesta también a pagar su compra. Esto, claro, lo supe cuando me volví a ver contra qué había golpeado mi codo. Le pedí disculpas. Sonrió, no se preocupe, dijo. Me avisó que mi chamarra —de azul oscuro—tenía una mancha como de aceite en la espalda, por si no lo sabía. Debía ser del asiento del último microbús que había tomado. Pero esto no se lo dije: por el porte, era una mujer no entendida en peseros; era mejor ocultar la desproporción por el momento; o quizá fue pena u orgullo lo que me llevó a no decirlo, no táctica. Le di las gracias. No me entendió, “¿mandé?”. Le dije cuatro o seis cosas sobre mi nacionalidad respondiendo a su pregunta, y tratando de pronunciar con más claridad. Ella había comprado unos dulces, caros, según me fijé en las etiquetas que lo anunciaban tras los cristales de la vidriera. Uno se imagina que los nombres corresponden al tipo de persona física, o al menos al estereotipo de persona con que uno los asocia. Por ejemplo, ¿cómo imaginar que alguna mujer llamada Sinforosa no sea obesa, lenta, lerda tal vez? Irene… Yo siempre me hice la idea de que una mujer llamada Irene debía ser morena, trigueña, pero jamás rubia de rosado refulgente y de cabello casi platinado, como tú. Y más: nunca pasó por mi mente que una mujer con este nombre tuviera gestos tan dulces, mirada tan lánguida por instantes desde esos ojos almendrados. “Sinforosa en latín significa ´desdichada´”, me aclaró Irene cuando ya nos encaminábamos hacia la puerta de salida. Estuve seguro de que ella estaba segura de que yo intentaba conquistarla. Estábamos cumpliendo con las reglas establecidas, de mutuo, tácito acuerdo. La despedí en el parqueo. Su carro era un Shadow rojo, quizás de par de años atrás. Desde allí pude señalarle, más o menos al busto, hacia el edificio donde yo vivía.

Cuando llegué al apartamento miré la espalda de la chamarra. Sin duda, era una mancha de grasa, de la gruesa.  Del asiento de ese microbús que venía, ruidoso, avanzando pesarosamente por todo Canal de Miramontes como un tanque de guerra averiado, a oscuras en el interior.

La mañana del día siguiente me la pasé esperando la llamada que me había prometido Irene Ramblas. El teléfono del apartamento era de cable, como casi todos entonces y como todos entonces sin identificador de llamadas. De modo que yo, si estaba esperando llamada, debía sufrir los ataques de despecho de algunas de las ex de Mario Trejo que, al descolgar yo, me insultaban creyendo que era él, a quien habían hallado por fin en el apartamento. Me daban temblores cuando descolgaba el teléfono, esperando insultos que, dichos en mexicano, casi nunca entendía del todo.  Irene me llamó quizás veinte minutos después de las once del día, “antes de la doce, como me comprometí”, fue su saludo.

 

La colonia Guadalupe Inn, en el sur cercano, tiene trazos que me recordaban la Narvarte y, por consiguiente, mi estadía en la casa del armónico culo de Ruth Tagle, adonde me asomé luego, cuando ella no estaba, para entregarle mi deuda a la doméstica, aquella Gorda buena que me prestara el importe de mi taxi de escape. Mas, la Guadalupe Inn, que abarca un tramo del lado norte de la avenida Río Churubusco, posee más empaque, sus árboles son más frondosos, sus edificaciones más sólidas, sus calles más anchas y polivalentes —algún cantero, algún camellón ajardinado—, y luce más húmeda la Guadalupe Inn, y más humana por tanto.

Mis primeros encuentros sexuales con Irene Ramblas fueron en el apartamento de Villa Coapa, esas noches en que venía de vuelta de sus trabajos en el INI (Instituto Nacional Indigenista), donde ella y tantos otros cobraban buenos salarios y recibían viáticos, muchas veces sustanciosos, para mantener indios a los indios. Desde el primer ayuntamiento Irene me pidió que le hiciera, después de las entradas convencionales, el sexo anal (mantendré el término “anal” para mejor comprensión, si bien me sumo a la definición de la destacada y a la vez comedida pornógrafa mexicana Sonia Alanís, quien lo define como sexo “rectal”, creo que con mucha razón), algo para lo que yo no estaba preparado; en este aspecto yo era, digamos, virgen. Siempre me pareció que con esta variante del sexo, desde mi posición de varón, cometía una suerte de feminicidio.

Quizás fueron seis u ocho noches —hasta la prima madrugada, ella mantenía que quería dormir en su casa, aunque este recorrido era extenso, o bueno: todos sus recorridos no eran para nada cortos—las que hicimos el sexo y conversamos opíparamente allí en el apartamento de Mario Trejo. Ella, que dominaba el francés, inglés y catalán —además de un exhaustivo español y a la perfección el mexicano—, maestra en Historia del Arte y en Filosofía y Letras, coincidía en la frialdad —espiritual— que abrumaba el apartamento, en las luminosas y por tanto descollantes reproducciones de las obras de Salvador Dalí, en el afán cuadricular que hacía monótono a este y tantos apartamentos de la ciudad de México.

Su casa en la Guadalupe Inn tenía dos pisos, con una escalera interior que trazaba un arco y por un lado no tenía pasamanos, lo cual me pareció peligroso; pero Irene me replicó que era algo común y que asimismo daba Movimiento al conjunto.

Bebía Irene Ramblas. Whisky. Coñac. Las cubalibres. Me  invitaba. “Una cubita… un guisquicito”. Poco después de llegar a México dejé de beber, me concentré en la batalla —incluía siempre en mi respuesta.

 

Dañada por la inconsistencia, la deslealtad, el propósito hegemónico en fin de los hombres, Irene Ramblas se refugió en el amor con las mujeres desencantadas, como ella. ¿Qué pensaría yo de esto que ella me confiaba precisamente porque confiaba en mi “juicio”?, me preguntó esa noche de viernes cuando planeábamos que a la mañana siguiente me recogería para irme a vivir a su casa.

Las mujeres son todas, por naturaleza, bisexuales. Se aman a sí mismas como género. Se envidian la belleza porque saben, aun inconscientemente, que son lo más hermoso, lo más concluyente del reino animal, incluido el humano. Se besan en la mejilla al encontrarse o despedirse. Se abrazan hasta el aprieto. Se toman de las manos desde niñas, se celebran. Cuando dos mujeres hacen el sexo no hay posesión, solo un intercambio de placeres o de fe; ninguna posee en exceso a la otra, se poseen, se disfrutan como dos geranios. No existe lo que podría establecer la diferencia: la penetración,  y de este modo el posesor, la poseída.

Esto era lo que yo creía, y esto fue lo que le respondí a Irene Ramblas ese viernes en la noche cuando ya, sin duda, nos conocíamos como cualquier anillo y su dedo.

 

Muchas de las casas en esta ciudad no tienen la entrada principal con mira a la calle; hay que llegar a ellas por algún pasillo, pasadizo, garaje, zaguán, etcétera, y en la mayoría de los casos luego de pasar un portón, una verja. El frente de la casa de Irene Ramblas, en la Guadalupe Inn, sin embargo, da la acera. En la planta baja está la sala, a la izquierda; a un lado de la escalera un tramo libre hasta un estudio cuyas ventanas miran hacia el patio —donde, aparte de las flores, la sublimidad alcanza varios tonos de verde, rematados por un fresno gigantesco, una jacaranda, una higuera justamente exuberante—; o lleva, tomando hacia la izquierda, hacia la cocina, tan exuberante como la higuera. Los tres cuartos (recámaras) se hallan arriba, con un baño per cápita y uno de ellos, donde Irene y yo habremos de dormir, tiene balcón a la calle. Otra habitación de la planta alta es para ver la televisión, escuchar música, etcétera. Todo los clósets con que nació la casa, más algunos desarmables que se hallan en uno y otro sitio, están desbordados de avaricia: vestidos, estolas, chales, pantalones, blusas, zapatos, pelucas, collares, pañuelos, indumentarias de infinitos tipos y de varias latitudes y épocas que Irene Ramblas  ha conservado (y hoy sigue comprando otras, como para guardar para el futuro).

De bregar amoroso cosmopolita, Irene, de 49 años, ha vivido en varios países y viajado por otros tantos, desde Chile hasta Bulgaria, pasando por España, Cataluña exactamente, hasta Francia, en París,  Grecia y Estados Unidos, en Texas.

 

Ese sábado de la mudanza hacia la casa de Irene (mi quinto intento de abandonar Villa Coapa; por pudor omito los dos anteriores) la acompañó Marisela, así con s, quien al presentárseme me hizo dudar de nuevo acerca de mi apreciación sobre la fonética y la escritura de los nombres. Me imaginaba que las Mariselas, con s, serían todas mujeres livianas, rubias, o blancas más o menos, livianas, decía, y un tanto esbeltas como mínimo. Las Maricelas, con c, que en esta ciudad abundan, podrían darse el lujo, en mi opinión, de ser más voluminosas. Esta Marisela, a quien le pregunté si se escribía con s o con c inmediatamente después de que Irene me presentó con ella, era una mujer achaparrada, morena oscura, de peso medio, dinámica en su andar lento. De quizás unos 27 o 30 años. Tampoco yo imaginaba que alguna Marisela podría ser doméstica.

Irene había parqueado el Shadow como lo hiciera mi amigo Mario Trejo aquel primer día que llegué al apartamento: con un tramo de la carrocería sobre la acera, solo que ahora la porción sobre esta no era de la parte delantera, sino de la trasera, con el maletero (cajuela) abierto, mirando hacia la puerta de entrada del apartamento. Mientras Marisela limpiaba e Irene le indicaba, estuve unos minutos mirando hacia afuera, hacia el maletero abierto, y me hice un juramento: si esta vez me salía mal de nuevo, me iría a cualquier sitio, hacia un cuarto de azotea si era menester: ya me dolía que Mario Trejo por mi causa continuara trastabillando con sus cuantiosas conquistas. Con lo que me pagaban en ese periódico de Izquierda donde el propio Mario me había conseguido la colaboración semanal—una reseña literaria, un texto erótico de tres cuartillas y otro con la misma extensión acerca de  historia de la literatura (estos últimos sobre todo referidos a escritores, ismos, tendencias que se avinieran con la ideología del periódico)— podría subvivir en un cuartucho, alimentarme como quien vive en un cuartucho y aun enviar algo mensualmente para la subvivencia de mi familia en La Habana.

Aunque era sábado, Irene debía asistir a una reunión del INI a las dos de la tarde. Llegó con Marisela a la nueve de la mañana y a las once esta aún se hallaba limpiando el apartamento, que debía quedar, le dijo Irene, “como una joya”. Habían traído una aspiradora (en la ciudad de México yo ocasionalmente había visto alguna—antes nunca en mi vida), un aparato que quizás inventara algún pariente lejano de quien concibió las alfombras de piso (el nepotismo); un aparato cuya carencia sufrí durante estos seis o siete meses cuando debía limpiar el piso alfombrado con una escoba en esos intervalos, unos más largos que otros, en que no llegaba desde la Del Valle la limpieza exprés programada por Mario con su doméstica.

Todas mis pertenencias cupieron cómodamente en el maletero y aun quedó espacio para la aspiradora. Cuando el carro terminó aquella cuadra de Acoxpa para incorporarse a Canal de Miramontes miré hacia atrás, hacia los edificios, hacia los árboles de sabor triste que los rodeaban, y juré en silencio que allí solamente volvería salvo fuerza mayor o razón especial. Cuando retiraba mi vista de ese sitio, esta chocó con Marisela, que miraba hacia un lado por la ventanilla izquierda del asiento trasero. Marisela nunca sabrá que en ese momento la miré, y mucho menos que al mirarla sentí que hacía con ella la empatía de los desamparados.

También me había sentido desamparado cuando noté el entusiasmo de Irene al llegar, al enseñarle a Marisela las distintas habitaciones del apartamento, indicarle dónde en su opinión había que limpiar, fregar, abrillantar con más pasión. Ella, Irene, entonces mostraba esa especie de frenesí que se expresa cuando se está a punto de iniciar un nuevo giro en la vida, “una vida nueva”, dicen, aun a sabiendas de que es el inicio de  un seguro hastío; mas, como les ocurre a quienes se van a casar —o vivir bajo el mismo techo mediante cualquier vía previa—, conscientes, por el ejemplo sus padres y hasta de los primeros terrícolas que así lo hicieron según noticias, que están realizando un hecho fallido por adelantado, van sin embargo a la consumación, como si este fuera el destino ineludible; o será porque lo es, libido —no eros— mediante.

Desde mi asiento de copiloto, miraba el ritmo de las rodillas, sobre todo de la derecha, de Irene Ramblas al embragar, acelerar, pisar el pedal del freno. Ella ya estaba vestida, con un traje sastre de falda, color crema, para la reunión de las dos de la tarde. Sus rodillas, rosáceas, encarnadas, brillaban con algún juego de luces del sol según el avance del carro. Ese, el ritmo de sus rodillas al pedalear, pugnaba por negar todo lo que he dicho en el párrafo anterior.