Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.
Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.
Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.
Redacción de OtroLunes
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Cleopatra Martínez
Amado tuvo una disputa sorda y feroz con su amante oficial. Rechazó las objeciones de la periodista a su profesión de consultor sentimental. Según ella, no es la necesidad económica la que lo impulsa a revolcarse con cualquier pesarosa, sino una insufrible tendencia a prostituirse. El resultado es que Amado decidió acabar de una vez y para siempre con esa relación miserable e infeliz. Mandó a la periodista al diablo. Una vez que cerró la puerta tras ella, se lavó las manos con alcohol, las secó minuciosamente y tomó el violín. Era un tesoro, comparado con el cual el resto de la creación palidecía. Ninguna mujer valía lo que su Amati. Que Dios tenga en su gloria al polaco y que le suministre los mejores violines del paraíso, se dijo. Para calentar, hizo todos los ejercicios elementales de Kaiser. A las doce de la noche emprendió la interpretación del método de Mathieu Crickboom, desde el volumen primero hasta el tercero. El cuarto lo dejó a un lado: se trataba de disfrutar, no de padecer. A partir de la cuarta posición Amado se reconocía inepto. A las tres de la mañana ya se sintió listo para tocar su selección completa de sonatas. Gozó a Mozart y a Weber, e incluso llegó a entonar coherentemente la Sonata número 12 de Paganini. Los vecinos habían comenzado a tirar piedritas a las cinco de la mañana, pero Amado no les prestó atención. Que se pongan tapones de cera en los orificios de la audición, como yo, cuando ellos me incordian con sus fiestas dementes. Satisfecho de sí mismo, guardó el Amati a las diez de la mañana. Doce horas de violín lo habían dejado dispuesto a luchar contra los batallones enteros de filisteos. Si fuera necesario, se pondría con su atril japonés, sus partituras, su Amati, su cara de rabino de Eilat y un sombrero en el desacansillo de las escalinatas del Parque Juárez: con seguridad ganaría lo suficiente para alimentar a Gervasio y despreocuparse de las metafísicas de la alimentación. Ninguno de los músicos pobres venidos de Naolinco o Xico podrían hacerle sombra con sus violines fabricados a serruchazos. Se lanzó a la cama como a un limpio estanque en el río de su infancia.
Cuando despertó, vio que Gervasio se removía inquieto en su acuario. El menú de tortilla desmenuzada parecía no agradarle mucho. Sería necesario comprarle alimento especial. En el Chedraui vendían una especie de papilla de tiburón y merluza que quizás acabara con la melancolía del amigo pez.
Salió a comprar la papilla, comió una explosiva y pasajera torta de jamón de queso y chile chipotle, retornó a casa, asperjó el alimento sobre el agua, y sin ver si Gervasio se alegraba, volvió a la calle disfrazado de Polifemo, sin otra esperanza que repetir la rutina de siempre: tomar un café en La Parroquia, ir a cine, volver a casa, hacer unas cuantas escalas en el violín y tener los deleites sicarios de pensar en Ranita, de modo que durmiera bien, para salir a trotar por los senderos del Macuiltépetl al día siguiente ligero de secreciones. Cumplió con ir a La Parroquia donde vio a los de siempre diciendo lo mismo de hace diez años. Por fortuna se encontró con una mujer que le pidió un cigarrillo y dijo llamarse Cleopatra Martínez. El rostro apetecible, la piel blanca y japeada como una manzana de Durango, sus deliciosos ojos claros, su preciosura, opacaron por unas cuantas horas la tristeza sin tregua que estaba enfermando al amoroso por culpa de Rana, por la distante añoranza de Margarita y por el resto de las mujeres que todavía, ay, le faltaban por conocer, trabajar y disfrutar.
Cleo estaba deprimida –ajá, se dijo Amado: mujer deprimida no habrá en esta tierra mientras la flor de la vida aliente en mi pecho y los bichitos de amor sigan navegando rumbo al sitio a donde nunca han de llegar– porque su actual enamorado estaba recluido en Pacho, a causa de un crimen no demasiado trágico ni demasiado leve: le había astillado el tabique nasal a su muy erudita progenitora, quien lo denunció menos perezosa que tarda, solicitando una indemnización equivalente al monto total de los sueldos malhabidos por su hijo en un año de insolencia y antesalas.
–Me siento muy sola –dijo–. Mañana voy a visitarlo a Pacho y me quema la angustia. ¡Ay! –suspiró y el suspiro fue un flechazo al hígado de Amado, que no puede sino sufrir males ajenos, sobre todo cuando son mujeres las pesarosas–. ¡Ay, necesito compañía!
Todo podrá ser Amado, menos enemigo de las desvalidas y abandonadas. Tataranieto de un caballero muy afamado, nuestro protagonista no puede luchar contra el destino y el linaje espiritual. Por ello, decidió acompañarla en su pena y en su cena.
La llevó a comer en La Casona. Ella, naturalmente, no quiso aceptar que él pagara (afortunadamente, pues el dinero no le hubiera alcanzado), como debía ser, sino que, a cambio de los treinta pesos del importe, sugirió:
–En vez de pagar la cuenta te propongo que compres una botella de vino del Rihn y vayamos a tomarla en mi casa.
Llegaron al lugar, no muy lejos del centro, por un rumbo de calles empedradas que le recordaron al soñador una estrofa de Juan Ramón Jota, esa siniestra avenida/por donde nadie ya peca/bajo el árbol de la vida. Cleo respondió a la agresión poética con un hum y abrió la puerta de su casa. Le hizo recorrer la edificación, bastante extraña, longitudinal, cuarto tras cuarto, con un patio que culminaba en un ángulo superagudo y un pequeño basurero con testimonios de pasadas celebraciones. Luego se sentaron sobre una piel ruda, que parecía de vaca alopécica. Cleopatra puso en el equipo la inevitable pieza de Ravel y preguntó:
–¿La conoces?
–No- mintió el amantísimo. Cleo fingió quedarse extasiada, escuchando los coros del paraíso, y Amado no pudo evitar el lugar común:
–El leit-motiv del Bolero es la metáfora musical más perfecta del asedio amoroso. –¿Entonces sí conoces la pieza?
–Sí.
–¿Por qué dijiste que no?
–Por presumir de ignorante.
-Bah, dijo Cleopatra, eres un intelectual. Sólo eso me faltaba.
Amado se lanzó a construir una teoría sobre cómo llegó Ravel a componer su pieza cimera, sin percatarse de que Cleo había quedado hierática, en un éxtasis de contemplación, arrasado el rostro por lágrimas, como si la pieza le estuviera lastimando las carúnculas lacrimales y los géneros sutilísimos del alma, y sólo condescendía a bajar para prender un nuevo cigarrillo y endilgarse un buen trago de vino de Coatepec –pues el dinero de Amado no alcanzó para el del Rihn –, de modo que hacia el final de esa esquizofrenia musical, el cenicero estuvo lleno, la botella vacía y la mente del Profesor Móribus distante de comprender el rumbo del evento, y viendo que la criatura había quedado fija en su pose y que no exisitía otra cosa que hacer, el desorientado obedeció a su instinto más tozudo y comenzó a acaricirle las piernas sin que ella aparentara darse cuenta. Salió por fin de su transporte y comenzó a hablar, con los ojos vacíos, como si estuviera frente al espejo. Dijo que cuando abandonó a Remo Varrón –su primer amante, escritor, y por lo tanto maniático– hizo el descubrimiento más preciado que puede tener una mujer: la autodeterminación, que es la forma más alta de la libertad, y que ello le permitió tener sanos amores con Mijail, un violinista ruso, alto, genial, fuerte, y con un locutor de radio que se creía San Juan Bautista, de rostro bello y sereno, pero un auténtico degenerado.
Amado contempló a Cleopatra con cariño de oncólogo. Creyó encontrar que, tras la efusión, había asumido una entereza incluso tan extremosa como el dislate anterior, pero halló en la estatua el enorme defecto del habla, con la que insistía en explayarse sobre la autodeterminación, repitiendo insistentemente las mismas ideas en diferentes frases, que llevaban a la inferencia, no muy consoladora, de que la mujer sentíase dueña del universo y de todos sus dones.
–Soy una mujer libre, disfruto de vivir al día y amo a todos los hombres que considero dignos de mi lecho.
–Yo también soy un solitario, y quisiera estar enamorado.
Cleo lo miró con sorna.
–Pues yo no quiero estar enamorada. Eso es para entidades inferiores.
Mostraba despreocupadamente el nacimiento de sus humildes y torturantes senos, estaba sentada en flor de loto sobre la piel de vaca alopécica, exactamente frente a Amado, que seguía acariciándole las piernas e intentaba por todos los medios mantener viva la conversación, temeroso de que el silencio rompiera con el buen ritmo de lo que estaba en camino. Cuando Cleo fijó los ojos en el techo y dijo estar sintiendo que una fuente de energía se hallaba próxima, Amado supo que era el momento de ir en busca del más allá. Metió cautamente las manos hasta el fondo, tanteando el nacimiento de sus pantaletas y en el instante en que ya las tenía asidas con las primeras falanges, Cleo dijo:
–A mí me pasa lo que a José Donoso, estoy habitando un lugar sin límites, pero no puedo salir a la luz–. Y luego, como percatándose del proceso en marcha, agregó:
-Detente, no vayas más allá.
–No me doy por vencido –dijo enternecido y toez (suplico disculpar las licencias de nuestro protagonista: “toez” según nuestro erudito es el sustantivo que corresponde al adjetivo “tozudo”) por la dura roca de su indiferencia –. La vio apurar las últimas gotas de vino, ponerse de pie y avanzar con pasos de Isadora Duncan rumbo a la Acrópolis, apagar las luces y prender una vela. Volvió a sentarse, en la misma posición, y a ponerse en trance budista.
–La energía crece –dijo. Amado repitió “la energía crece” y con habilidad de mago logró apoderarse de la pantaleta casi sin que Cleo se diera cuenta, tras lo cual hizo buen uso de sus dedos índice y medio. Extremó la pericia y la circunspección, pues la perla bruna y brillante de Cleopatra era esquiva, apretada y avara. Cleo avanzó un suspiro que podía entenderse como de resignación y entrega al destino. Sin brusquedad apartó los dedos indiscretos, se puso de nuevo de pie y fue a sentarse a la mesa del comedor, donde colocó un codo a manera de pensador. Quince minutos estuvo en aquella actitud y Amado fue lo suficientemente caballeroso para darle espacio a que sacara las cuentas, pusiera su cabeza en claro y tomara la determinación pertinente. Mientras tanto y por si acaso servía de algo la ayuda visual, el amantísimo procedió a desnudarse, (¡Ay, hijo!, ¿de dónde sacas que las mujeres se excitan mirando a un hombre desnudo? Bruckner y Finkielkraut ya probaron experimentalmente lo contrario) poniendo en la ceremonia un granito no muy ostentoso de picardía y arte dancístico –que también había sido bailarín contemporáneo en sus años mozos nuestro heróico consultor y sabía caminar con donaire cuando la situación lo requería–. Terminada la segunda estación, la misma Cleo fue quien se acercó, se tendió al lado del Profesor Móribus y ofreció su cuerpo a las atenciones, sin dar indicios de que estuviera padeciendo o disfrutando de emoción alguna. Súbitamente y como si hubiese tomado una decisión mortal, tornó su rostro sublime hacia donde estaba don Pomponcio, asió el mango y se prendió del pomo con su boquita de rosa imperial, (¡Típico, típico!: la mujer mira la bragueta y cae de rodillas como ante la imagen misma del Señor) chupándolo juiciosamente y con deleite de pecado capital, tan sin preámbulos, que más que placer fue el asombro –. Tal vez intenta demostrar que todo su discurso sobre la autodeterminación, la libertad y la falta de represiones, no es sólo teoría, sino una praxis vital, distante de toda retórica, se dijo Amado, tratando de acallar a la señora conciencia.
Hela ahí, pues, como una vampirita anónima chupe y chupe, con demasiado énfasis pero sin arte, sin placer, como si estuviera en competencia con la opinión que tenía sobre sí misma. Cuando el engendro femenino apartó su rostro, Amado pudo entrever en el claroscuro la sombra de un gesto risueño que quería tal vez decir, “¿Viste?, che, así somos las mujeres ejecutivas, directo al corazón de la noche”. En ese instante el Doctor Móribus sintió un olor hostigante –¿atún enlatado, caviar ruso, hydrosaurus gerimoia?– que le preocupó, mas no lo suficiente, que en cuestión de prioridades el placer venal estaba antes que cualquier reserva olfativa. Entonces, guardándose las reticencias, Amado se vio forzado a reciprocar y para ello inclinó su cuerpo a contracorriente y buscó su flor de calabaza, incluso más olorosa de lo socialmente aceptable, (reía más que las fuentes/ olía más que las rosas) y en esas estuvo hasta que la criatura comenzó a arquearse y a suspirar. ¡Lista!, gritó por fin, y Amado imaginó que el grito era como el silbido de una cafetera, como una campana llamando a misa, como el sonido de la torta alquímica en el momento en que se logra el oro de los pertinaces y supo que ahora se trataba de pasar a otra cosa, la tercera estación. De modo que le buscó la tapadera, girar hacia la izquierda, pero ella, con un movimiento veloz, en lugar de dar la cara, lo que dio fue las galas de estribor y le entregó no su coñito chapoteante como el hocico de la peor bestia de Cthulhu, sino un apretadísimo anillo cuya doncellez parecía fuera de toda duda.
Y así fue como concluyeron, felices el uno y la otra, aunque acaso menos dichosa la señora, que tras el acto se removió e hizo amagues de dar a entender que mejores contentamientos le habían propinado Varrón, Mijail y el Bautista, aunque de todos modos pareció disfrutar del abrazo posterior y en tal circunstancia y manera siguieron hablando hasta que ya nada los unió, pero en el interregno Cleopatra declamó párrafos enteros de La vida es sueño, lo que llevó al ingenuo de Amado a gritar por enésima vez que había encontrado a la mujer de su vida, entusiasmo que le permitió recoplilar nuevo ánimo para iniciar un segundo encuentro y cuarta estación. Que comenzó dándole besos supuso de amor a los que siguieron el uso de su bastón de tuerto con el que le recorrió todo el cuerpo a la ninfa haciéndole cosquillas, que motivaron un veloz y sospechoso viaje al baño, un regreso apresurado y renovados y suculentos besos adonde terminan las últimas venas del penas, nobleza obliga, Amado volvió a dar ósculos profundos, prolongados e intensos, en donde lo ameritaba la situación, mientras la trabajaba con los sutiles dedos de aurora. Nuevo suspiro trascendente de Cleopatra, que dio la señal para el segundo gran encuentro de las almas. Que fue terminado con gusto y razón suficientes, manque la dama siguiera insistiendo que había faltado algún ingrediente, con lo que Moon estuvo entre sí de acuerdo, pues, y luego analizando la situación se daría cuenta, todo había sido extremada y francamente fácil. Pero en fin, la ilusión tenía algo de porvenir y acaso rescatara a Amado de los Santos Dionisio Luna del bache de su vida, de los recuerdos nostalgiosos y las tristezas y malas recidivas que le habían dejado pasados amores, no todos tan mercaderes como el profesional del amor quiso hacerse creer a sí mismo. Y una vez agotadas las fuentes, era necesario hacer algo para llenar los vacíos. Bañémonos, dijo Cleopatra Martínez inspirada, bañemonos al ritmo de Malher, qué te parece la idea. No era mala ocurrencia, que el agua purifica y revive, como pudieron comporbarlo inminentemente, en particular el consejero, que tenía del agua, los baños, las cascadas y los ríos muy buenos recuerdos, a los que convocó el aromoso, al tiempo que hundía su rostro en la espesura, agora con mayor placer, pues el olorcillo atunesco había sido sustituido por otro más amable como de alga azulverdosa recién sacada del mar. Le enterró pues el rostro en la dulce guarida, sentado en el piso del baño, poniéndole ambas manos en los respectivos blanquísimos tafanarios de la sílfide, y Cleopatra de nuevo recurrió a su mejor hieratismo, con los ojos fijos en el azur del altísimo infinito y el cuerpo simulando cariátide, el agua le bajaba por el rizado cabello, escurriéndo seno abajo por el canal, rumbo al ombligo de prima donna y concluía en el racimo de la vida cuyo zumo mejor destilaba en labios del esforzado andante. Y cuando tras varios estremecimientos Cleo salió de su mutismo e inmovilidad, decidió bañar por completo al profesional del amor con una barra de color rosado que generalmente se usa para lavar ropa fina y que se llama jabonsote, que lo dejó oloroso a sirvienta saludable y pulcra, en el amanecer xalapeño.
Al despedirlo, no con un beso promisorio y cómplice, sino con un sorprendente apretón de manos y un gesto en los labios que bien pudo ser de desprecio o burla, ella estuvo a punto de cerrarle la puerta en la magna nariz de judío de Eilat, pero él, detallista y simbólico hasta la pesantez, decidió dejarle como prenda una canción compuesta especialmente para la celebrar la noche y que cantaría a capella, cosa que Cleo no supo apreciar en toda su grandeza: le dijo que se apurara a salir, pues dentro de cuatro horas debía estar a las puertas de la prisión de Pacho para hacerle visita conyugal a su amante del mes.
Amado emprendió el regreso a su casa pensando cuán sorprendentes resultaban ser las mujeres que en los últimos tiempos había tenido la buena o la malafortuna de encontrar y meditando si no sería conveniente dejar a un lado la profesión de consultor y dedicarse a afinar, con la ayuda de Fritz Kreisler, ciertos problemas de digitación que le impedían superar el estadio de eterno aprendiz.
En llegando fue a conversar con Gervasio al tiempo que le daba de comer la bendita papilla comprarda en el Chedraui y que el sirénido pareció despreciar del todo.
–“Yo he logrado eliminar por completo el sentimiento de culpa”, repetía Cleopatra. ¿Tú crees, Gervas, que eso sea posible?
Gervasio vio caer impunemente al fondo la papilla y se dedicó a mirar a su amo.
–Es una de esas tipas que presumen de todo lo que hacen y que siempre parecen estar diciendo “mira, mira cómo disfruto”. También se interesa en demostrar que no tiene metas, nada le interesa y quiere ser una persona común, sin importancia, una mediocre. “Sólo espero ser feliz y hacer felices a mis amigos”, eso dice. Tal vez tenga razón. Eso de aspirar a la excelencia y a la genialidad es terrible. Sólo los hombres grandes se suicidan. ¿Crees que eso sea cierto? ¿O será al contrario?
Ahora Gervasio lo mira de reojo. (¡Cretino!, gritó la señora Antiparra, todos los peces miran siempre de reojo).
–¿Sabes, Gervais? Cleopatra vive sola, trabaja como modelo publicitaria, huyó hace veinte años de su casa con el insoportable de Varrón, y después de abandonarlo, se dedicó al hedonismo.
A Gervasio evidentemente no le interesa el chisme. Por primera vez se acercó a oler la papilla, poniendo su cuerpo de saeta en ángulo de 45 grados con respecto al fondo de su pecera, y rápidamente huyó hasta el otro extremo.
–¿No te gusta? Se llama Tetrapez y contiene harina de pescado, avena, trigo, camarón, aceite de hígado de bacalao, vitaminas y minerales. Come, come. Tal vez llegues a ser un tiburón o una ballena azul.
Gervasio no se dejaba convencer.
–Dice que la primera vez que se encerró con el Bautista duraron catorce horas haciendo el amor, ¿qué opinas de eso? Un exceso, sin duda, un atentado contra la salud. Es la primera mujer que conozco que se refiere a su cuca con naturalidad, evidentemente aprendida en los libros. Dice, por ejemplo, “cuando mi coñito no quiere, por nada del mundo se moja”, o “mi coño sólo suelta su jugo cuando hay cariño y atracción física, buena energía compartida”.
Gervasio empujó la papilla con los traslúcidos labios. Amado fingió no mirarlo. Pensó acaso que su amigo consideraba el comer asunto en exceso íntimo como para hacerlo en público.
–Tiene el rostro de la Simonetta Vespucci de Pietro de Cosimo y hasta creo que podría lucir un collar de oro adornado con una serpiente viva.
Gervasio parecía haber abierto la boca para engullir aquel alimento de locos.
–En fin, te dejo solo.
Antes de entrar en su habitación le gritó:
–Y no te preocupes, que pronto voy a conseguirte una peza que sea de tu calidad y clase y que tenga la belleza del alma que considera Fray Luis de León indispensable para acrisolar el amor verdadero–. Amado se detuvo a pensar–: Ah, y que no sea feminista. Y si te causa problemas existenciales, nos la comemos y buscamos otra y luego otra y otra, hasta que demos con tu amor ideal, que espero no sea una peza filipina excesivamente cara y sofisticada, eh, ¿qué tú dices?
Gervasio esperó que Amado diera la espalda para barrer con su cola aquella porquería de papilla. Pronto Amado estuvo de regreso y entendió la razón de la turbiedad del agua–. ¿No te gusta? ¿Quieres volver a tu dieta mexicana de costumbre? Bueno, sea–. Y procedió a desmenuzar una tortilla no del todo fresca y a asperjarla sobre la superficie del agua–. Me regresé a contarte algo que considero importante. Algo que había guardado. Es lo siguiente.
Gervasio se puso de perfil, convirtiéndose apenas en una línea con ojos a lado y lado.
–Cleopatra tuvo la desfachatez de sentarse en la taza y orinar frente a mí, a medida que seguía hablando. ¿Qué te parece? ¿Una mujer que hace eso en su primera cita no es de fiar? ¿Ha perdido por completo el encanto de la sutileza? ¿La borro definitivamente de la lista?
Gervasio asintió y comenzó a masticar su tortilla.
