Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(IX)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

*****

Cleopatra Martínez 

Amado tuvo una disputa sorda y feroz con su amante oficial. Rechazó las objeciones de la periodista a su profesión de consultor sentimental. Según ella, no es la necesidad económica la que lo impulsa a revolcarse con cualquier pesarosa, sino una insufrible tendencia a prostituirse. El resultado es que Amado decidió acabar de una vez y para siempre con esa relación miserable e infeliz. Mandó a la periodista al diablo. Una vez que cerró la puerta tras ella, se lavó las manos con alcohol, las secó minuciosamente y tomó el violín. Era un tesoro, comparado con el cual el resto de la creación palidecía. Ninguna mujer valía lo que su Amati.  Que Dios tenga en su gloria al polaco y que le suministre los mejores violines del paraíso, se dijo. Para calentar, hizo todos los ejercicios elementales de Kaiser. A las doce de la  noche emprendió la interpretación del método de Mathieu Crickboom, desde el volumen primero hasta el tercero. El cuarto lo dejó a un lado: se trataba de disfrutar, no de padecer. A partir de la cuarta posición Amado se reconocía inepto. A las tres de la mañana ya se sintió listo para tocar su selección completa de sonatas. Gozó a Mozart y a Weber, e incluso llegó a entonar coherentemente la Sonata número 12 de Paganini. Los vecinos habían comenzado a tirar piedritas a las cinco de la mañana, pero Amado no les prestó atención.  Que se pongan tapones de cera en los orificios de la audición, como yo, cuando ellos me incordian con sus fiestas dementes. Satisfecho de sí mismo, guardó el Amati a las diez de la mañana. Doce horas de violín lo habían dejado dispuesto a luchar contra los batallones enteros de filisteos. Si fuera necesario, se pondría con su atril japonés, sus partituras, su Amati, su cara de rabino de Eilat y un som­brero en el desacansillo de las escalina­tas del Parque Juárez: con seguridad ganaría lo suficiente para alimentar a Gervasio y des­preocuparse de las metafísicas de la alimentación. Ninguno de los músi­cos pobres venidos de Naolinco o Xico podrían hacer­le som­bra con sus violines fabricados a serruchazos. Se lanzó a la cama como a un limpio estanque en el río de su infancia.

Cuando despertó, vio que Gervasio se removía inquieto en su acuario. El menú de tortilla desmenuzada parecía no agra­darle mucho. Sería necesario comprarle alimento especial. En el Chedraui vendían una especie de papilla de tiburón y merluza que qui­zás acabara con la melancolía del amigo pez.

Salió a comprar la papi­lla, comió una explosiva y pasajera torta de jamón de queso y chile chipotle, retornó a casa, asperjó el alimento sobre el agua, y sin ver si Gervasio se alegraba, volvió a la calle dis­frazado de Polifemo, sin otra esperanza que repetir la ruti­na de siem­pre: tomar un café en La Pa­rro­quia, ir a cine, volver a casa, hacer unas cuantas escalas en el violín y tener los deleites sicarios de pensar en Ranita, de modo que durmiera bien, para salir a trotar por los senderos del Macuiltépetl al día siguiente lige­ro de secreciones. Cumplió con ir a La Pa­rroquia donde vio a los de siempre diciendo lo mismo de hace diez años.  Por for­tuna se encontró con una mujer que le pidió un cigarrillo y dijo llamarse Cleopa­tra Martí­nez. El rostro apetecible, la piel blanca y japeada como una manzana de Durango, sus deliciosos ojos cla­ros, su precio­sura, opaca­ron por unas cuan­tas horas la tristeza sin tregua que estaba enfer­mando al amo­roso por culpa de Rana, por la distante añoranza de Marga­rita y por el resto de las mujeres que toda­vía, ay, le faltaban por cono­cer, trabajar y disfrutar.

Cleo estaba deprimida –ajá, se dijo Amado: mujer deprimida no habrá en esta tierra mientras la flor de la vida aliente en mi pecho y los bichitos de amor sigan navegando rumbo al sitio a donde nunca han de llegar– porque su actual enamorado estaba recluido en Pacho, a causa de un crimen no demasia­do trágico ni demasia­do leve: le había astillado el tabique nasal a su muy erudita proge­nitora, quien lo denunció menos pere­zosa que tarda, solicitando una indemnización equivalente al monto total de los sueldos malhabidos por su hijo en un año de insolencia y antesalas.

–Me siento muy sola –dijo–. Mañana voy a visitarlo a Pacho y me quema la angus­tia. ¡Ay! –suspiró y el suspi­ro fue un flechazo al  hígado de Amado, que no puede sino sufrir males ajenos, sobre todo cuando son mujeres las pesarosas–. ¡Ay, necesito compañía!

Todo podrá ser Amado, menos enemigo de las desvali­das y abandonadas. Tataranieto de un caballero muy afamado, nuestro protagonista no puede luchar contra el destino y el linaje espiritual. Por ello, decidió acompañarla en su pena y en su cena.

La llevó a comer en La Casona. Ella, naturalmente, no quiso aceptar que él pagara (afortunadamente, pues el dinero no le hubiera alcanzado), como debía ser, sino que, a cambio de los treinta pesos del im­porte, sugirió:

–En vez de pagar la cuen­ta te propongo que compres una botella de vino del Rihn y vaya­mos a tomarla en mi casa.

 

 

Llegaron al lugar, no muy lejos del centro, por un rumbo de calles empedradas que le recordaron al soñador una estrofa de Juan Ramón Jota, esa siniestra avenida/por donde nadie ya peca/bajo el árbol de la vida. Cleo respon­dió a la agresión poética con un hum y abrió la puerta de su casa. Le hizo recorrer la edificación, bastante extraña, longitudi­nal, cuarto tras cuarto, con un patio que cul­minaba en un ángulo superagudo y un pequeño basurero con testimonios de pasadas cele­braciones. Luego se sentaron sobre una piel ruda, que pare­cía de vaca alopécica. Cleopa­tra puso en el equipo la ine­vita­ble pieza de Ravel  y preguntó:

–¿La conoces?

–No- mintió el amantísimo. Cleo fingió quedarse extasia­da, escuchando los coros del pa­raíso, y Amado no pudo evitar el lugar común:

–El leit-motiv del Bole­ro es la metáfora musical más perfecta del asedio amoro­so.          –¿Enton­ces sí conoces la pieza?

–Sí.

–¿Por qué di­jiste que no?

–Por presumir de igno­rante.

-Bah, dijo Cleopatra, eres un intelectual. Sólo eso me faltaba.

Amado se lanzó a construir una teoría sobre cómo llegó Ravel a componer su pieza cimera, sin percatarse de que Cleo había quedado hierática, en un éxtasis de contempla­ción, arrasado el rostro por lágrimas, como si la pieza le estuviera lastimando las ca­rúnculas lacrimales y los géneros sutilísimos del alma, y sólo condescendía a bajar para prender un nuevo cigarri­llo y endilgarse un buen trago de vino de Coatepec –pues el dinero de Amado no alcanzó para el del Rihn –, de modo que hacia el final de esa esquizofrenia musical, el cenicero estuvo lleno, la botella vacía y la mente del Profesor Móribus distante de comprender el rumbo del evento, y viendo que la criatura había quedado fija en su pose y que no exisitía otra cosa que hacer, el deso­rientado obedeció a su instin­to más tozudo y comenzó a acaricirle las piernas sin que ella aparentara darse cuenta. Salió por fin de su transporte y comenzó a hablar, con los ojos vacíos, como si estuviera frente al espejo. Dijo que cuando abandonó a Remo Varrón –su primer amante, escritor, y por lo tanto maniático– hizo el descubrimiento más preciado que puede tener una mujer: la autodeterminación, que es la forma más alta de la libertad, y que ello le permi­tió tener sanos amores con Mijail, un violinista ruso, alto, genial, fuerte, y con un locutor de radio que se creía San Juan Bautista, de rostro bello y sereno, pero un autén­tico degenerado.

Amado contempló a Cleopatra con cariño de oncó­logo. Creyó encontrar que, tras la efusión, había asumido una entereza incluso tan ex­tremosa como el dislate ante­rior, pero halló en la estatua el enorme defecto del habla, con la que insistía en expla­yarse sobre la autodetermina­ción, repitiendo insistente­mente las mismas ideas en diferentes frases, que lleva­ban a la inferencia, no muy consoladora, de que la mujer sentíase dueña del universo y de todos sus dones.

–Soy una mujer libre, disfruto de vivir al día y amo a todos los hombres que consi­dero dignos de mi lecho.

–Yo también soy un soli­tario, y quisiera estar enamo­rado.

Cleo lo miró con sorna.

–Pues yo no quiero estar enamorada. Eso es para entida­des inferiores.

Mostraba despreocupada­mente el nacimiento de sus humildes y torturantes senos, estaba sentada en flor de loto sobre la piel de vaca alopéci­ca, exactamente frente a Amado, que seguía acariciándo­le las piernas e intentaba por todos los medios mantener viva la conversación, temeroso de que el silencio rompiera con el buen ritmo de lo que estaba en camino. Cuando Cleo fijó los ojos en el techo y dijo estar sintiendo que una fuente de energía se hallaba próxima, Amado supo que era el momento de ir en busca del más allá. Metió cautamente las manos hasta el fondo, tantean­do el nacimiento de sus panta­letas y en el instante en que ya las tenía asidas con las primeras falanges, Cleo di­jo:

–A mí me pasa lo que a José Donoso, estoy habitando un lugar sin límites, pero no puedo salir a la luz–. Y luego, como percatándose del proceso en marcha, agregó:

-Detente, no vayas más allá.

–No me doy por venci­do –dijo enternecido y toez (suplico disculpar las licencias de nuestro protagonista: “toez” según nuestro erudito es el sustantivo que corresponde al adjetivo “tozudo”) por la dura roca de su indiferencia –. La vio apurar las últimas gotas de vino, ponerse de pie y avanzar con pasos de Isadora Duncan rumbo a la Acrópolis, apagar las luces y prender una vela. Volvió a sentarse, en la misma posi­ción, y a ponerse en trance budista.

–La energía  crece –dijo. Amado repitió “la energía crece” y con habilidad de mago logró apoderarse de la pantaleta casi sin que Cleo se diera cuenta, tras lo cual hizo buen uso de sus dedos índice y medio. Extremó la pericia y la circunspección, pues la perla bruna y brillante de Cleopatra era esquiva, apretada y avara. Cleo avanzó un suspiro que podía entenderse como de re­signación y entrega al desti­no. Sin brusquedad apartó los dedos indiscretos, se puso de nuevo de pie y fue a sentarse a la mesa del come­dor, donde colocó un codo a manera de pensador. Quince minutos estu­vo en aquella actitud y Amado fue lo suficientemente caballeroso para darle espacio a que saca­ra las cuentas, pusiera su cabeza en claro y tomara la determinación perti­nente. Mientras tanto y por si acaso servía de algo la ayuda vi­sual, el amantísimo procedió a desnudarse, (¡Ay, hijo!, ¿de dónde sacas que las muje­res se excitan mirando a un hom­bre desnudo? Bruckner y Fin­kielkraut ya probaron expe­ri­mentalmente lo contrario) poniendo en la ceremonia un granito no muy ostentoso de picardía y arte dancístico –que también había sido baila­rín contemporáneo en sus años mozos nuestro heróico consultor y sabía caminar con donaire cuando la situa­ción lo requería–. Terminada la se­gunda estación, la misma Cleo fue quien se acercó, se tendió al lado del Profesor Móribus y ofreció su cuerpo a las atenciones, sin dar indi­cios de que estuviera pade­ciendo o disfrutando de emo­ción alguna. Súbitamente y como si hubiese tomado una decisión mortal, tornó su rostro sublime hacia donde estaba don Pomponcio, asió el mango y se prendió del pomo con su boquita de rosa imperial, (¡Típico, típico!: la mujer mira la bragueta y cae de rodillas como ante la imagen misma del Señor) chupándolo juiciosa­mente y con deleite de pecado capital, tan sin preámbulos, que más que placer fue el asombro –. Tal vez intenta demostrar que todo su discurso  sobre la autode­terminación, la libertad y la falta de repre­siones, no es sólo teoría, sino una praxis vital, distan­te de toda retó­rica, se dijo Amado, tratando de acallar a la seño­ra conciencia.

 

 

Hela ahí, pues, como una vampirita anónima chupe y chupe, con demasiado énfa­sis pero sin arte, sin placer, como si estuviera en competen­cia con la opinión que tenía sobre sí misma. Cuando el engendro femenino apartó su rostro, Amado pudo entre­ver en el claroscuro la sombra de un gesto risueño que quería tal vez decir, “¿Viste?, che, así somos las mujeres ejecuti­vas, directo al corazón de la no­che”. En ese instante el Doctor Móribus sintió un olor hostigante  –¿atún enlatado, caviar ruso, hydrosaurus gerimoia?– que le preocu­pó, mas no lo suficiente, que en cuestión de prioridades el placer venal estaba antes que cualquier reserva olfativa. Entonces, guardándose las reti­cencias, Amado se vio forzado a reciprocar y para ello inclinó su cuerpo a con­tracorriente y buscó su flor de calabaza, incluso más olo­rosa de lo socialmente acepta­ble, (reía más que las fuen­tes/ olía más que las rosas) y en esas estuvo hasta que la criatura comenzó a arquearse y a suspirar. ¡Lista!, gritó por fin, y Amado imaginó que el grito era como el silbido de una cafetera, como una campana llamando a misa, como el sonido de la torta alquími­ca en el momento en que se logra el oro de los pertinaces y supo que ahora se trataba de pasar a otra cosa, la tercera estación. De modo que le buscó la tapadera, girar hacia la izquierda, pero ella, con un movimiento veloz, en lugar de dar la cara, lo que dio fue las galas de estribor y le entregó no su coñito chapo­teante como el hocico de la peor bestia de Cthulhu, sino un apretadísimo anillo cuya doncellez parecía fuera de toda duda.

Y así fue como concluyeron, felices el uno y la otra, aunque acaso menos dichosa la señora, que tras el acto se removió  e hizo amagues de dar a entender que mejores conten­tamientos le habían propinado Varrón, Mijail y el Bautista, aunque de todos modos pareció disfrutar del abrazo posterior y en tal circunstan­cia y mane­ra siguieron hablando hasta que ya nada los unió, pero en el interregno Cleopatra decla­mó párrafos enteros de La vida es sueño, lo que llevó al ingenuo de Amado a gritar por enésima vez que había encontrado a la mujer de su vida, entusias­mo que le permitió recoplilar nuevo ánimo para iniciar un segundo encuentro y cuarta estación. Que comenzó dándole besos supuso de amor a los que si­guieron el uso de  su bastón de tuerto con el que le reco­rrió todo el cuerpo a la ninfa haciéndole cosquillas, que motivaron un veloz y sospecho­so viaje al baño, un regreso apresurado y renov­ados y sucu­lentos besos adonde terminan las últimas venas del penas, nobleza obliga, Amado volvió a dar ósculos profun­dos, prolongados e intensos, en donde lo ameritaba la si­tuación, mientras la trabajaba con los sutiles dedos de aurora. Nuevo suspiro trascendente de Cleopatra, que dio la señal para el segundo gran encuentro de las almas. Que fue terminado con gusto y razón suficientes, manque la dama siguiera insistien­do que había faltado algún ingredien­te, con lo que Moon estuvo entre sí de acuerdo, pues, y luego analizando la situación se daría cuenta, todo había sido extremada y francamente fácil. Pero en fin, la ilusión tenía algo de porvenir y acaso res­catara a Amado de los Santos Dionisio Luna del bache de su vida, de los recuerdos nostalgiosos y las tristezas y malas recidivas que le habían dejado pasados amores, no todos tan mercaderes como el profesional del amor quiso hacerse creer a sí mismo. Y una vez agotadas las fuentes, era necesario hacer algo para llenar los vacíos. Bañémonos, dijo Cleopatra Martínez inspi­rada, bañemonos al ritmo de Malher, qué te parece la idea. No era mala ocurrencia, que el agua purifica y revive, como pudie­ron comporbarlo inminen­temen­te, en particular el consejero,  que tenía del agua, los baños, las cascadas y los ríos muy buenos recuerdos, a los que convocó el aromoso, al tiempo que hundía su rostro en la espesu­ra, agora con mayor placer, pues el olorcillo atunesco había sido sustituido por otro más amable como de alga azul­verdosa recién sacada del mar. Le enterró pues el rostro en la dulce guarida, sentado en el piso del baño, poniéndole ambas manos en los respectivos blanquísimos tafa­narios de la sílfide, y Cleo­patra de nuevo recurrió a su mejor hieratis­mo, con los ojos fijos en el azur del altísimo infinito y el cuerpo simulando cariátide, el agua le bajaba por el riza­do cabello, escu­rriéndo seno abajo por el canal, rumbo al ombligo de prima donna y con­cluía en el racimo de la vida cuyo zumo mejor destilaba en labios del esforzado andante. Y cuando  tras varios estremecimientos Cleo salió de su mutismo e inmovilidad, decidió bañar por completo al profesional del amor con una barra de color rosado que general­mente se usa para lavar ropa fina y que se llama jabonsote, que lo dejó oloroso a sirvien­ta saludable y pulcra, en el amanecer xala­peño.

Al despedirlo, no con un beso promisorio y cómplice, sino con un sorprendente apre­tón de manos y un gesto en los labios que bien pudo ser de desprecio o burla, ella estuvo a punto de cerrarle la puerta en la magna nariz de judío de Eilat, pero él, detallista y simbólico hasta la pesantez, decidió dejarle como prenda una canción compuesta espe­cialmente para la celebrar la noche y que cantaría a cape­lla, cosa que Cleo no supo apreciar en toda su grandeza: le dijo que se apurara a sa­lir, pues dentro de cuatro horas debía estar a las puer­tas de la prisión de Pacho para hacerle visita conyugal a su amante del mes.

Amado emprendió el regreso a su casa pensando cuán sorprendentes resultaban ser las mujeres que en los últimos tiempos había tenido la buena o la malafortuna de encontrar y meditando si no sería conveniente dejar a un lado la profesión de consultor y dedicarse a afinar, con la ayuda de Fritz Kreisler, cier­tos problemas de digitación que le impedían superar  el estadio de eterno aprendiz.

En llegando fue a conver­sar con Gervasio al tiempo que le daba de comer la bendita papilla comprarda en el Chedraui y que el sirénido pare­ció despre­ciar del todo.

–“Yo he logra­do eliminar por com­pleto el sentimiento de cul­pa”, repetía Cleopatra. ¿Tú crees, Gervas, que eso sea posible?

Gerva­sio vio caer impunemente al fondo la papi­lla y se dedicó a mirar a su amo.

–Es una de esas tipas que presumen de todo lo que hacen y que siem­pre parecen estar diciendo “mira, mira cómo disfruto”. También se interesa en demostrar que no tiene metas, nada le inte­resa y quiere ser una persona co­mún, sin impor­tan­cia, una mediocre. “Sólo espero ser feliz y hacer feli­ces a mis amigos”, eso dice. Tal vez tenga razón. Eso de aspirar a la excelencia y a la geniali­dad es terrible. Sólo los hombres grandes se suicidan. ¿Crees que eso sea cierto? ¿O será al contra­rio?

Ahora Gervasio lo mira de reojo. (¡Cretino!, gritó la seño­ra Antiparra, todos los peces miran siempre de reojo).

–¿Sa­bes, Gervais? Cleopatra vive sola, trabaja como modelo publicitaria, huyó hace veinte años de su casa con el inso­portable de Varrón, y después de abandonarlo, se dedicó al hedonismo.

A Gerva­sio eviden­temente no le inte­resa el chisme. Por primera vez se acercó a oler la papi­lla, poniendo su cuerpo de saeta en ángulo de 45 grados con res­pecto al fondo de su pecera, y rápidamente huyó hasta el otro extremo.

–¿No te gusta? Se llama Tetrapez y contiene  harina de pescado, avena, trigo, camarón, aceite de hígado de bacalao, vitaminas y minerales. Come, come. Tal vez llegues a ser un tiburón o una ballena azul.

Gervasio no se dejaba convencer.

–Dice que la primera vez que se encerró con el Bautista duraron catorce horas haciendo el amor, ¿qué opinas de eso? Un exceso, sin duda, un atentado contra la salud. Es la primera mujer que  conozco que se refiere a su cuca con naturalidad, eviden­temente aprendida en los li­bros. Dice, por ejemplo, “cua­ndo mi coñito no quiere, por nada del mundo se moja”, o  “mi coño sólo suelta su jugo cuan­do hay cariño y atracción física, buena energía compar­tida”.

Gervasio empujó la papilla con los traslúcidos labios. Amado fingió no mirarlo. Pensó acaso que su amigo consideraba el comer asunto en exceso íntimo como para hacerlo en público.

–Tiene el rostro de la Simo­netta Vespucci de Pietro de Cosimo y hasta creo que podría lucir un collar de oro adorna­do con una serpiente viva.

Gervasio parecía haber abierto la boca para engullir aquel alimento de locos.

–En fin, te dejo solo.

Antes de en­trar en su habitación le gri­tó:

–Y no te preocupes, que pronto voy a conseguirte una peza que sea de tu calidad y clase y que tenga la belleza del alma que considera Fray Luis de León indispensable para acrisolar  el amor verdadero–. Amado se detuvo a pensar–: Ah, y que no sea feminista. Y si te causa problemas exis­tenciales, nos la comemos y buscamos otra y luego otra y otra, hasta que demos con tu amor ideal, que espero no sea una peza filipina excesi­vamen­te cara y sofisticada, eh, ¿qué tú dices?

Gervasio esperó que Amado diera la espalda para barrer con su cola aque­lla porquería de papilla. Pronto Amado estuvo de re­greso y entendió la razón de la turbiedad del agua–. ¿No te gusta? ¿Quieres volver a tu dieta mexicana de costumbre? Bueno, sea–. Y procedió a desmenuzar una tortilla no del todo fres­ca y a asperjarla sobre la superficie del agua–. Me re­gresé a contarte algo que considero importante. Algo que había guardado. Es lo si­guien­te.

Gervasio se puso de per­fil, convirtiéndose apenas en una línea con ojos a lado y lado.

–Cleopatra tuvo la desfachatez de sentarse en la taza y orinar frente a mí, a medida que seguía hablando. ¿Qué te parece? ¿Una mujer que hace eso en su primera cita no es de fiar? ¿Ha perdido por completo el encanto de la sutileza? ¿La borro definiti­vamente de la lista?

Gerva­sio asintió y comenzó a masti­car su tortilla.

 

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.