
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Patricia Suárez? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Patricia Suárez, el ser humano y Patricia Suárez, la escritora, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
La persona
Nací en Rosario en 1969; esto es una ciudad de provincias y pasé toda la niñez durante la Dictadura Militar que duró de 1976 a 1983. Mi familia materna son judíos sefardíes que tenían una gran zapatería, el negocio familiar, y mi familia paterna eran campesinos italianos que arribaron en la edad mediana a la ciudad. Las disputas y recelos familiares eran constantes, y yo fui criada para seguir adelante con el negocio, que tantos disgustos daba a mis padres. Apenas pude, traicioné la idea. Desde que tengo 10 años soy infatigable lectora –tengo la teoría de que siendo tiempos tan álgidos en la Argentina, mis padres me compraban libros para tenerme entretenida de una manera que no fuera saliendo a la calle a “varonear”, a jugar- y supongo que ya entonces, asomaba mi vocación, cuando escribía lo que yo llamaba “los best sellers”, historias inspiradas en Nancy Drew y Los Hardy Boys. Hice el secundario, bachiller nacional, en una escuela metodista americana y estudié cuatro años de la carrera de Psicología sin llegar a graduarme.Tuve, lo que se podría llamar, una crisis vocacional. Quería escribir, porque para mí era o es, la versión activa de la lectura –algo hay que hacer con todo lo que la lectura agita en tu cabeza y forma palabras, imágenes, personajes, situaciones, mundos…- y creí que debía hacerlo a como dé. No sé si pensaba en ser escritora: esa profesión me parecía tan fuera de lo común como ser astronauta. Pero me propuse que trabajaría de lunes a viernes en la zapatería y escribiría los sábados por la tarde…
La escritora
De ahí en más, decidí escribir, que era algo que amaba, y había puesto a Antón Chejov como santo patrono e iluminador de mi profesión. Yo me decía: Si él, escribiendo un cuento por día, mantenía a padres y hermanos, yo, que no tengo que mantener a nadie, tengo que poder. Tuve dos maestros que me marcaron por completo: Hebe Uhart y Mauricio Kartún. Una narradora y un dramaturgo, los dos géneros que más amo. Desde 2003 vivo en Buenos Aires, en las proximidades del barrio de San Telmo o en San Telmo mismo, porque es un barrio que me gusta –casco histórico de la ciudad- y estoy a dos cuadras del parque donde alguna vez llegaron por primera vez los españoles. Yo tomo cafecito en un bar que se llama El Hipopótamo o en Moka y pienso Hace 500 años aquí los querandíes se la hicieron bien difícil a don Pedro de Mendoza…
No me considero una persona creyente religiosa, de hecho soy atea, y tampoco milito políticamente. Mi religión y mi hacer política está en mi escritura, en los textos, y en los temas que me interesan tratar en los textos. Suelo dar talleres de escritura, aunque no me hace sentir cómoda eso de impartir un “know how” de la literatura, pero sí compartirlo de manera informal con amigos y colegas. Escribo en el diario Clarín con regularidad; en el suplemento de Mujer tengo una columna que trata de Las aventuras de Caty Kharma, una mujer joven a la que le pasa un poco de todo. Y, lo principal, la lectura y la escritura, son mi verdadera religión: sigo siendo una lectora apasionada y una compradora de libros compulsiva…
De una cultura impresionante y otras razones
La literatura latinoamericana actual, como se ha hecho evidente en los más recientes eventos literarios donde nuestras letras es centro del debate, está haciendo en los últimos 30 años una especie de ajuste de cuentas sobre la realidad nacional de cada país, algo que también, aunque a su modo, hizo el boom y el post-boom. ¿Qué sucede en ese sentido en la narrativa argentina?
Creo que en los últimos diez años entró en la escena literaria la historia argentina en todas sus formas. Desde la historia crítica de la Dictadura Militar y su saldo de 30mil desaparecidos y cientos de niños apropiados, a historias de la vida cotidiana que revelan una idiosincracia del argentino. Estas historias, por suerte, afrontan con solidez diversos géneros: la novela romántica cuenta a su modo la historia argentina; en el género policial se alude a crímenes de la historia argentina; el género del terror volvió a aparercer y creció el genéro de crónicas periodísticas o nuevo periodismo, que es un poco lo mismo de toda la vida pero vuelto a etiquetar para hacer atractivo no sólo al tema, sino a la subjetividad y la voz del periodista.
Quiroga, Roberto Arlt, Borges, Cortázar… nombres que, más allá de su “argentinidad”, configuran el imaginario de una lengua común. ¿Es posible burlar tamaña influencia a la hora de crear mundos propios buscando eso que todo escritor busca: su propio estilo, el sello que pretende dejar en ese voluminoso libro plural e infinito que es la literatura?
Es imposible escapar de la tradición. Hay que leerla y estudiarla, y después cada cual y cada quién verá si la acepta o la traiciona. Aquí, nadie entra a una carnicería a pedir un corte de carne para hacer Bbq, sino asado. Nadie pide ribs, sino costillas de cerdo. O sea, hay una traidición, como el mate, y después están los caminos propios que tienen que ver con el coraje y la creatividad.
La obra de un escritor está hecha de recuerdos, de situaciones precisas en el tiempo que llegaron a marcarlo espiritualmente, de lugares (el patio de una casa, una ciudad, etc…). Tu vida, puede decirse, ha sido una vida casi puramente argentina: ¿cómo crees ha marcado esa territorialidad, ese destino: “ser argentina y haberte formado mayormente en claves argentinas”, la literatura que escribes?
En realidad, como dije antes: soy tan lectora que eso me dio una especie de cosmopolitismo de papel. Eso, más viajar e Internet, a veces hace que me contamine un poco de lo foráneo. No obstante, en la mayoría de las obras de teatro que escribo, estoy muy atenta al habla de los personajes (y por eso suelen estar mal escritas y no sólo por ignorancia mía), y ese habla fue escuchada de boca de mis abuelas, o de familiares, de amigos, de amigos actores… Muchas historias que escribo tienen que ver con el idiolecto familiar y otras son sencillamente historias de la historia, como el librito de Cleopatra para jóvenes que escribí hace unos años.
Cuando se llega ya tiempo en los caminos de la literatura, los escritores suelen verse como seres aislados, independientes, pero se olvida que existió un tiempo esencial de formación en el que recibimos muchas influencias de amigos, maestros, instituciones. ¿Qué recuerdas de esos, tus primeros años?
Era muy tímida y no me animaba a ir a un taller literario porque, como todo principiante, creía que iba a contar intimidades de mi vida que prefería no se supieran. Y ojo, que yo era una chica común, no un espía de la KGB. Me pasé de los 21 a los 25 años rompiendo todo lo que escribía –cosa que hoy digo que está muy mal, porque siempre es más sencillo corregir que crear- de la gran rabia que me daba la decepción. Escribía espantoso. Conocí por esos años a un escritor, Elvio Gandolfo, que me mostró que era posible escribir bueno y bien y que se podía vivir, sino de la escritura, siendo escritor. Más tarde tomé los talleres particulares que arriba mencioné, con Hebe Uhart y Mauricio Kartún y que fueron verdaderamente iluminadores.
Según las circunstancias socio-políticas actuales, tal parece que los escritores latinoamericanos (y en especial, los cubanos) seguiremos siendo abatidos por esa polaridad compromiso social– escritor casi como una condicionante de la existencia. Es como si la discusión entre Camus y Sartre sobre el papel del escritor, de la que ya muy pocos se acuerdan en la actualidad, siga siendo una constante vital para el caso del escritor y el intelectual en América Latina. ¿Cuál es tu posición ante este “dilema”?
Chejov decía que él hacía política escribiendo y yo adhiero a esa forma de pensar. La realidad es que no tengo tiempo para comprometerme como se debe en política, es decir, para hacerlo sencillo: antes de postear algo que leí en el muro de un amigo a favor o denunciando a tal o cual maniobra política, debería chequear si aquello que se dice es cierto. Porque si no estaría actuando negligentemente, que es una de las formas del mal. Entonces, si me pongo a chequear que es verdad y que es un hoax, o a debatir de manera abigarrada con quien no piensa como yo, o ataca mi forma de pensar, etc, ¡me llevaría toda la mañana!!! Creo que esta tarea le corresponde a los políticos que para eso dan su vida a ese arte, para bien y para mal, para ayudar hasta donde pueden a las personas o para corromperse. Es una ingenuidad del votante pensar que un político “es” aquello que vemos, la integridad hecha persona. Aun los más honestos deben pactar con otros colegas u opositores para formar una coalición y/o lograr que alguien pague sus campañas. Yo quiero ser una buena escritora y si deseo mover a la gente a pensar en la violencia de género, el bullyng, el autoritarismo, el nazismo, la trata de blancas, la extorsión familiar (temas que he tratado) ¿qué es mejor: que logre escribir de una manera que sin lugar a dudas emocione a la gente por su estilo y que la deje mascando la amargura de las víctimas? ¿Sabe alguien lo difícil que es escribir, lo difícil que es emocionar a un lector, la cantidad de horas de lectura e investigación que hay detrás, los borradores y las innumerables versiones que lleva un texto? ¿O acaso ayudaré más yendo a cuanta marcha hay para protestar por leyes o decretos que ni siquiera sé a ciencia cierta qué tramado político tienen detrás? Y por si fuera poco, el artista debe ser como el santo, desconfiar hasta de la limosna. Ni la cultura ni el arte forman parte de la agenda de un político y, desgraciadamente, cuando un artista es demasiado requerido por un gobierno, es porque a sabiendas o no, está siendo utilizado para brindar un mensaje específico, muchas veces demagógico.
Cerrando este bloque, una pregunta obligada: Patricia Suárez, como ser social, como argentina, ¿qué piensa de la convulsión política que en los últimos años y hasta hoy divide el país?
Estamos viviendo una situación horrible, de odios, y yo creo que gran parte del mal, del enfrentamiento entre argentinos, es el concepto de grieta que promocionó Laclau, un filósofo argentino que reside en Inglaterra. La idea base era sostener que la sociedad está partida en dos y que –por lo que oí últimamente sostienen que prácticamente nació con la Revolución de Mayo- y no hay conciliación posible entre las partes. Este concepto de grieta fue utilizado hasta el hartazgo por el gobierno que pasó y nos dejó dos media Argentina, que no hacen una Argentina entera. Todo se volvió maniqueo, o sea, una persona no tiene derecho, parece, a ser moderada, criticar unas cosas de unos o de otros. O “ellos o nosotros”, y todos vivimos en el mismo país, criamos hijos argentinos, pagamos nuestros impuestos, sufrimos la inseguridad, etc. Me crié en una sociedad de dirigentes radicales y más adelante, socialistas. Vi mi ciudad crecer en muchos aspectos y luego a la provincia de Santa Fe; trabajé para colaborar con eso y creo en el socialismo demócrata. Nunca fui kirchnerista, ¿eso me convierte en una mala persona?
De su obra y otros ámbitos
Me gustaría comenzar con la idea de ubicar a los lectores en algunos aspectos de tu obra; es decir, qué dirías a una persona interesada en tus libros, para definir los sueños que tenías al escribirlos y, a la vez, intentar que lo compren. Comencemos: yo menciono el título de alguno de tus libros y tú intentas dar esa definición en no más de un párrafo por obra.
Historia de Pollito Belleza (1999): Es el primer libro para chicos que escribí; tuve la suerte de enviarlo al premio Rulfo de RFI en 1997 y que saliera premiado y editado en Venezuela, por Monte Avila dos años después
Valhala (2003): Fue mi primera obra de teatro; la escribí asistiendo a los talleres de Mauricio Kartún y partía de un cuento que había escrito bastante tiempo atrás y que se llamaba Eucaliptos muertos y quemados por el rayo. Me dio tanto trabajo hacerla, que juré nunca más volver a escribir teatro… Y ya ven.
Las memorias de Ygor (2004): Una novela juvenil que se basa en los principios de la revolucion Francesa de Igualdad, Fraternidad y Libertad, y en la cual Ygor (el jorobado de Frankestein, que en realidad es nomás un personaje de Mel Brooks y no de Mary Shelley) parte a la Revolucion para ser igual a los demás
Perdida en el momento (2004): Es la novela con la cual gané el Premio Clarin. Cuenta la historia de una chica que, abatida por la crisis del 2001 en la Argentina, viaja a Nueva York con la ilusión de hacerse escritora, aunque lo único que consigue es llegar a camarera de un YMCA y por eso comete un acto terrorista…
Esta no es mi noche (2005): Fue una compilación de cinco años de cuentos, muchos de ellos premiados en distintos concursos. Es un libro que quiero mucho y se vende poco, la tensión típica entre escritor y editor, ¿no?
El tapadito (2005): Una obra de teatro que parte de una ficción en la cual Adolf Eichmann que siendo prófugo por crímenes de guerra nazis, vivió en San Fernando, Buenos Aires, es víctima de un intento fallido de una costurera judía que ha querido vengarse …
Album de Polaroids (2008): Originalmente, Caminando sobre vidrio molido, pero al editor no le gustaba el título. Sobre un hombre que huye precipitadamente de su casa.
LUCY (2010): Una novela de género chick lit
Ligera de equipaje (2012): Un libro de poemas –el último y creo que el último que escribiré porque la poesía se me fue de una manera extraña y definitiva, como quien pierde el gusto por el café o las aceitunas o el queso- sobre la peripecia amorosa
El ángel de la muerte: una obra de teatro no estrenada sobre los últimos días de Josef Mengele en Brasil y editada en la revista Hispamérica de la Universidad de Maryland.
Un fenómeno común en las letras latinoamericanas es la fuerte presencia de una fuerte literatura escrita por mujeres, siendo los más notables los casos de Argentina, Cuba y México, donde esas obras no son tan dependientes de las corrientes de feminismo, luchas por las libertades sexuales, etc., en las que suelen inscribirse buena parte de la escritura “femenina” en otros países. Ello no significa que se abandone esa lucha natural de la mujer creadora por hacer valer su voz, su mirada sobre la realidad, pero, como me dijo hace unos años Liliana Heker: “el acto de escribir no tiene sexo, lo que varía es la formación cultural y la perspectiva desde la que se asume un tema”. ¿Cómo has asumido tú, como mujer, el acto de escribir?
Yo creo que no se puede escribir sin dejar de estar atravesado por el sexo que uno tiene y qué cosa hizo respecto de sus opciones. La mayoría de mis personajes son mujeres o son hombres que viven atemorizados o atemorizando a las mujeres, como son muchos hombres que conozco o he conocido. También me parece bien contar historias de secretas de la vida de las mujeres, cosas que la historia con mayúscula mantiene ocultas o no quiere salgan a la luz. Yo no olvido que vivo en una sociedad con enorme cantidad de mujeres que padecen violencia de género y donde no hay un día que no haya una mujer asesinada por su cónyuge, su ex cónyuge, su padre, su novio, su hermano, un degenerado o un borracho que justo pasaba por la esquina. Todos los días desaparece una chica o un chico que es secuestrado por tratantes de blancas y lo llevan a prostituirse a sitios de los que no vuelven jamás. No quiero decir con esto que una mujer deba hacer una literatura de denuncia todo el tiempo, pero sí que una escritora debe ser consciente de la sociedad en la que está parada. Hace poco leí en facebook una polémica, muy breve por cierto, sobre por qué una editorial importante había editado primero un libro de entrevistas a escritores argentinos (masculinos todos) y según anuncian, después vendrá uno de entrevistas a escritoras. Por qué en las antologías siempre hay más hombres que mujeres, por qué en los teatros oficiales hay más obras de hombres que de mujeres… Y yo pienso esto: vivimos en un país femicida, que mata a sus mujeres, ¿vamos a pretender que el lector común -verbi gratia que los editores editen- lea con regularidad a escritoras?
Por supuesto, los hombres me saltaron con que nada tiene que ver una cosa con otra, pero yo no estoy tan segura. Lo único que creo que es que debería haber más mujeres en cargos directivos: dirigiendo teatros y dirigiendo editoriales.
El mayor cambio en tu carrera literaria, que parece brusco si se mira desde afuera, fue tu decisión de empezar a escribir teatro, aún cuando te iba muy bien en la narrativa. Me gustaría que hablaras a nuestros lectores sobre qué motivó ese interés y cómo se produjo esa zambullida en un género tan apasionante como el teatro
Ay, ay, el teatro me conquistó pero no quiero abandonar la narrativa. Me suceden dos cosas: primero, que el teatro es social. Hay un director, un actor, técnicos y todos opinan sobre el texto y ayudan a mejorarlo. En ese sentido uno no está tan solo y exigido como en la narrativa.
Pero lo principal que me sucede y es un placer inenarrable, es que cuando yo escribo teatro, yo vivo con los personajes. Los oigo, los veo, comprendo sus formas de pensar y sus sentimientos, y me hago amiga de ellos. A veces, hasta cito lo que dice un personaje mío, para explicar algo. Y sí, es una experiencia medio borde o sobrenatural, según como se vea, pero nadie dijo que los artistas estamos completamente cuerdos, ¿no?
Un suceso curioso que merece ser contado: dos novelas tuyas han sido llevadas a un terreno tan difícil como el de la mensajería para celulares, los SMS. Háblame de una experiencia como esa, tan inusual dentro de nuestro gremio.
Me atraía el desafío (la paga no llegaba a 100 dólares por novela) y la telefonía para la que escribí Movistar, quería ser pionera en eso y estaba muy entunsiasmada. Escribí dos novelas de corte romántico. Cuarenta capítulos de SMS de menos de mil caracteres cada uno, escritos en correcto castellano y sin ninguna abreviatura. Estaban dirigidos (año 2005 y 2006) al público que en ese entonces se mensajeaba todo el tiempo: chicos de 19 a 25 años de edad. Había además una página web en la que ellos podían mandarme lo que pensaban: como yo escribía usando la primera persona, creían que lo que le pasaba al personaje, me pasaba a mí. Y me daban consejos.
Era muy gracioso, lamento que se haya terminado.
Fue un gran aprendizaje como lo es Las aventuras de Caty Kharma que escribo cada viernes en el suplemento Mujer de Clarín. Hay que imaginar aventuras, personajes, y ponerle humor. A esta altura, Caty es como una amiga muy parecida a mí y entonces es más sencillo escribir.
Como llevo siguiendo tu trabajo como narradora y como columnista (gracias a tus colaboraciones habituales en tu columna, aquí en la revista), me ha llamado mucho la atención de ese puente que pareces querer tender siempre entre “lo argentino” y “lo universal” para que tu literatura rompa el provincianismo que usualmente suele tener alguna zona de nuestra literatura latinoamericana. ¿Cómo rompe Patricia Suárez, la creadora, esas barreras que impone muchas veces la territorialidad de culturas tan poderosas como la argentina?
Cuando yo empecé a escribir, mi sueño, era que me leyera todo el mundo. No la academia de Letras argentinas, la Facultad de Letras, ni el Mercado Español, ni los vascuences en especial, ni nada de todo eso. Yo quiero que me lea todo el mundo y hablo español. Cuando escribo uso el español de mis lecturas y por supuesto, como soy argentina, hay muchos modismos argentinos.
Reconoces haber escrito, al menos, cuatro libros de poesía. ¿Cuándo llega la poesía a usurpar el escenario donde reina la Patricia narradora, que es justamente la más conocida por sus premios y sus publicaciones en importantes editoriales?
Fue una zona de experimentación.
Pero –conté algo arriba- siento que es algo que se terminó.
Que la poesía se escribe con otra parte de la cabeza y del alma, y con otras técnicas y que ya no es para mí.
Otra pregunta obligada: ¿es la literatura infantil y juvenil ese género menor del que tanto se burlan muchos escritores “serios”? ¿Qué diferencias hay entre la Patricia Suárez que escribe para niños y esa otra que escribe “para adultos”?
Ay, ay. Cuando escribo para niños, soy una niña. Me encanta eso, es el lugar donde más me divierto y donde todo puede pasar. Que un sapo vuele, que un ñu se coma un león, que un pollito sea rey de la selva. Me gusta escribir inteligentemente y con humor, para chicos. Y cuando visito escuelas o conozco chicos, me doy cuenta que por haberme leído, me consideran una igual a ellos. No una escritora a quien pueden pedirle consejos sobre la lectura y el estudio, sino una nena que está deseando salir de la escuela rápido para irse a jugar y leer y pintar con los amigos. Y comer dulce de leche.
Las tecnologías y ese fenómeno que se llama blogosfera, al cual has aportado con tu blog “Discreto encanto”. ¿Llegaste a escribir, como nos pasó a muchos, alguna obra en aquellas ruidosas pero encantadoras máquinas de escribir? ¿Qué ha variado de entonces a hoy para ti, en cuanto a tu relación con esa esquina de la modernidad?
Empecé un blog en el 2005 porque no podia dormir. La idea era poner ahí todo lo que no encontraba en Internet. Lo escribía de noche. Habré puesto algún poema, algún cuento. Pero no tenía el objetivo de ser una bitácora de mi literatura, sino de la ajena.
Yo soy una agradecida de que exista Internet. Me parece una burrada absoluta la gente que aun reniega del email, de las redes sociales, etc. Y todavía será mejor cuando exista con el principio que fue creada: que todo lo que haya ahí, sea gratis. Tengo todas buenas experiencias –conseguir trabajos, conocer amigos, participar de un club de lectura, comprar libros en sitios en web, conseguir libros en portales, ver películas por Netflix, escuchar música en Spotify, tener entrevistas o clases con gente por Skype, enviar obras de teatro a medio universo (las publico en Facebook, muchas veces cuando aun son un work in progress, para que la gente las lea y me dé su opinión, cosa que la gente, generosa y amablemente hace y le estoy muy agradecida); y por supuesto también he tenido alguna mala experiencia: un texto que no dí, aparece en un portal para lectura de todo el mundo; algún stalker que te acosa y cosas así…
Cuando nos encontramos en estos espacios de la virtualidad literaria, hace ya unos años, en nuestros mensajes de entonces hablamos de algunos sueños que queríamos cumplir; sentíamos que nos faltaba luchar mucho para lograrlos. Miro tu currículum y veo, con orgullo, que has logrado mucho, a través del trabajo constante y la calidad de tu obra. ¿Qué sueño literario te queda aún por cumplir?
Ay, ay. A mí escribir me enamora.
A veces me pregunto: ¿estoy en el camino correcto? Y hace un par de años que empecé a responderme: Sí: soy la persona que quería ser cuando tenía 10 años.
Y eso es para mí la felicidad.
Me gustaría escribir y publicar muchos más libros, si tengo la suerte de tener vida, y montar muchas más obras de teatro y que cada vez mayor cantidad de gente me lea y me vea y todos sientan que compartieron un rato con una amiga, que se sintieron acompañados y consolados.
Yo creo que escribo para devolver la tabla de salvación que fue para mí la lectura, cuando era niña.
Finalmente, pregunta socorrida, pero siempre necesaria: ¿qué escribes actualmente?
Empecè una novela, aun sin título, sobre una familia campesina, inspirada en la historia de mi abuela. Es una historia que ya escribí en el teatro, El escorpión, pero ahora la narración cobró vuelo propio. Cruzo los dedos que logre terminarla.