El envés del azogue

Sobre el poemario Tiempo de balcones, de Luis Moreno

Mari Carmen García Tejera

 

Tiempo de balcones
Luis Moreno
Fundación Valparaíso, Colección Beatrice nº 19, Madrid, 2015.

 

luis-moreno-librario-poesia-OtroLunes40Con Tiempo de balcones, Luis Moreno (Madrid, 1966) obtuvo el Premio “Paul Beckett” de Poesía otorgado por la Fundación Valparaíso con sede en Mojácar (Almería). Casi diez años antes -en 2005- su primera obra poética, Defensa de la noche había sido galardonada por la Diputación de Soria con el Premio “Gerardo Diego”. Obra reducida y espaciada, sí, pero que, en todo caso, revela un meticuloso quehacer, un demorado y artesanal cultivo de la palabra poética, tal como se nos ofrece en éste su segundo poemario.

Dividido en tres secciones -“El envés del azogue”, “Los días estrechos” y “Confianza del náufrago”-, Tiempo de balcones, nos enseña que la mirada del poeta poco o nada tiene que ver con la superficial visión que proyectamos sobre la realidad: la metáfora del balcón que da título a la obra (y también al poema que cierra la primera sección) resulta abrumadoramente ilustrativa. Los balcones, ciertamente, ensanchan y enriquecen nuestra visión del mundo; nos sirven para lanzar nuestro yo hacia el exterior… porque estamos acostumbrados a mirar desde dentro hacia afuera. Pero estos poemas nos proponen ir más allá de ese enfoque que con demasiada frecuencia proyectamos sobre lo que nos rodea: superando las barreras de la mera apariencia nos invitan a contemplar esa “verdad trasvisible”, a volver del revés la realidad palpable. “No busca la palabra la claridad del agua. / Busca la transparencia de la piedra, / lo nítido alojado en el fracaso, / el envés del azogue”. Afirmación paradójica que -puesta en práctica en las composiciones que nos ocupan- nos ofrece una diferente percepción de todo lo que configura nuestro entorno, tanto de algunos espacios cotidianos (Puente de los Franceses, por ejemplo) como de cualquier manifestación artística (esa visión deconstruida de Tiépolo, esa inquietante contemplación del Bosco…).

Pero esta singular propuesta poética nos invita a dar una nueva vuelta de tuerca: el balcón no sólo sirve para que podamos abrir nuestra mirada al mundo; es también el instrumento que permite que el mundo exterior  penetre en nosotros, se adueñe de nuestro interior, porque “…hay una luz reciente que se asoma / a los ojos nublados y los salva.” Así pues, el poeta nos introduce en una nueva dimensión por la que, en lugar de proyectar nuestra mirada hacia el mundo, nos dejamos invadir por él: “Y me dejo mirar por esta brisa / que reconcilia al mundo con los hombres; / y me dejo mojar:”. De esta forma, cuando es la realidad la que contempla al ser humano, transforma  su propia esencia, trastoca su yo más íntimo, lo descubre como persona.

De este modo, empapado de naturaleza, de vida, Luis Moreno logra hacerse dueño del tiempo (y de su propio tiempo, de su transcurrir): ”Tiene dejes de nómada la vida. / Su canción es hermosa mientras dura;”. Y así, nos descubre cuál es la función esencial de la vida: mirar hacia adelante (“Vivir es anhelar / más vida, conservando / el norte relativo de cualquier certidumbre.”), incluso con el fardo de la memoria a cuestas: “Somos aún cuanto hemos ido haciendo/ página a paso, lágrima a sonrisa, /sin desandarnos, siéndonos presente;”.

Nos hallamos ante un poemario profundamente meditado, que encierra una personal visión de la propia existencia y también del devenir humano. Pero su hondura filosófica, la densidad de sus planteamientos no está reñida con la condición esencial del poema: una estructura rítmica ágil, bien conseguida, que logra  armonizar la profundidad de los contenidos con la levedad del verso. Un libro de poemas que -siguiendo el título de uno de ellos- podríamos sintetizar afirmando que se resuelve en “Una palabra lúcida”.