En el filme Tiempo de revancha (1981) del director argentino Adolfo Aristaraín, concurrieron varios factores que llamaron de inmediato la atención del público y de la crítica y lo hicieron merecedor de reconocimientos nacionales e internacionales. Entre otros, los Premios Cóndor al mejor actor, mejor director y mejor guión original de la Asociación Argentina de Críticos de Cine, el Primer Premio del Festival de Cine de La Habana y el Gran Premio de las Américas del Festival Mundial de Cine de Montreal.
Con una duración de 112 minutos, Tiempo de revancha muestra excelencia en la ejecución de principio a fin. Comenzando por los créditos, en dos planos sucesivos, en los cuales no se ve el rostro del protagonista, se pone en evidencia, sin diálogos, la ambigüedad del título seleccionado y el suspense de la época (1980’s) en la que ocurre la acción.
Si tuviera que elegir rápidamente un aspecto singular de la película, diría que, sin dudas, estamos en presencia, inconsciente o conscientemente de parte del director y/o del guionista, de una transposición al cine de un relato de Hemingway al estilo de “The Killers” o “The Old Man and the Sea”.1
En la primera secuencia, las calles del centro de Buenos Aires, están colmadas de gente que admira las vidrieras llenas de mercancías y Santa Claus de juguete mientras la banda sonora registra el canto de villancicos alegóricos a la Navidad por un coro de niños que desbordan cristiana inocencia en los rostros.
En la segunda secuencia, el ojo de la cámara se desplaza hacia las afueras de la ciudad, un barrio exclusivo en el cual se yergue frío, gris y distante, un altísimo edificio de oficinas. Un hombre –que la cámara muestra de espaldas- camina en pos del edificio. Unos segundos después, se le verá, solitario y huraño, como una fiera recién enjaulada, ascender dentro del igualmente frío, gris y distante elevador de paredes de cristal. Ambas secuencias, son un ejemplo de lo que Ernest Hemingway, en su literatura, preconizaba como “economía de medios”, es decir, la búsqueda de la palabra exacta, la ubicación de cada palabra en el lugar adecuado del texto, el empleo de la matemática del lenguaje que sumará y multiplicará el número de lectores.
El hombre que vimos ascender en el elevador es Pedro Bengoa (actor Federico Luppi)2. Tiene fijada una entrevista con los ejecutivos de la corporación Tulsaco que decidirá su futuro, si vuelve al oficio de dinamitero en las minas de cobre tras cinco años de inactividad laboral y recupera el control sobre su destino personal, o sigue siendo un sujeto que carece de poder sobre su vida, trabajo y familia.
En busca de dinero para subsistir, al aceptar el trabajo de dos años con Tulsaco –dueña de cuarentaidós empresas en el país-, Bengoa, conscientemente, ha dado inicio al ‘blanqueo” de su pasado de líder sindicalista y defensor de los derechos de los trabajadores por la actual versión de ente “sin empleo, apolítico y carente de ideología social”.
Con la esposa, se traslada en tren a la Patagonia, donde está enclavada la mina. La atmósfera en la cantera donde trabaja es de tensión, han ocurrido muertes entre los mineros por descuidos en la colocación de las cargas de dinamita necesarias para hacer volar a los grandes bloques de piedras.
Bengoa se desempeña como un eficaz capataz de obras, duro y exigente, pero a la vez cuidadoso de la salud de sus hombres, características que hicieron de él en el pasado un dirigente gremialista como se encarga de recordarle un jefe de la mina: “usted tiene pasta de líder, Bengoa”.
Un momento de clímax ocurre cuando un ingeniero le ordena colocar más carga de dinamita de la necesaria, Bengoa se niega y la respuesta del ingeniero es una lección práctica de la lucha de clases: “Si no lo hace usted, lo hace otro”. A partir de ese momento Tiempo de revancha se aleja de los parámetros de los filmes de humor negro y se torna un filme de denuncia social, sobre todo cuando la explosión, como vaticinara Bengoa, causa la muerte de dos mineros y como reacción golpea al ingeniero que ordenó aumentar las cargas de dinamita3.
Las lecciones de la lucha de clases continúan. La empresa no quiere que durante la investigación se filtren detalles que puedan inculpar a Tulsaco. Han comenzado a sobornar a los trabajadores de la mina, cuando le llega el turno a Gamboa, un jefe le dice: “Eso ya está arreglado, todo el mundo tiene su precio”.
Según sea la acción que tome, Gamboa tiene ante sí dos caminos: (1) le es fiel a su pasado de líder sindical, se rebela y radicaliza aún más la lucha contra la corporación minera explotadora o (2) acepta el dinero extra y junto con el soborno se pliega a los intereses de la patronal.
El tándem director-guionista Aristaraín-Soriano, no estuvo ajeno a la difícil decisión a la que estaba abocado Gamboa. En su ayuda, crearon un inesperado twist que dará lugar a una nueva película, o a una nueva mirada y/o relectura de lo que estaba sucediendo en la primera mitad del filme4.
Aparentemente, asistimos, atónitos, a la claudicación de Gamboa cuando acepta la paga extra a cambio de silencio. Pero, poco después, tiene lugar un diálogo con Bruno (actor Ulises Dumont) su viejo amigo que “le abre los ojos” sobre el trabajo de dinamiteros que realizan para Tulsaco: la duda roe a Gamboa mientras sostiene en la mano un trozo de piedra, no hay tal cobre, la explotación minera no existe, la Tulsaco es una corporación fraudulenta que se dedica a recibir créditos de bancos sobre la base de mantener una explotación de cobre en la Patagonia.
Bengoa planea una acción contra la Tulsaco. Más que una nueva lección de la lucha de clases, es una página arrancada del refranero español: “ladrón que roba a ladrón, merece cien años de perdón”. El plan de Bengoa es atrevido y absurdo, o ambas cosas a la vez, en todo caso, digno de un filme de humor negro: consiste en quedarse atrapados por el tiempo que sea necesario dentro de un nicho de piedras luego de ocurrida la explosión, al ser rescatados, fingirse mudos y con lesiones sicológicas post-traumáticas para cobrar $300,000 dólares por indemnización a la Tulsaco.
Para confirmar que está dispuesto a todo, Bruno encaja un cigarrillo encendido en su brazo: “lo aguanto todo sin hablar”. Pero luego, a punto de producirse la explosión, intenta salir del recinto de piedras y le cuesta la vida. Bengoa, solitario y a oscuras, clama por auxilio. Una vez que es rescatado, empieza el plan. Fría, metódicamente, sin importarle las repercusiones de su proceder, mes tras mes, en la Patagonia o en Buenos Aires, Bengoa, para los mineros y sus jefes, e incluso para su esposa, finge haber quedado mudo5.
A pesar de la angustia y el sufrimiento que le acompañarán en los diferentes exámenes médicos, sesiones con los polígrafos de la policía o las audiencias del juicio, “lo aguanta todo sin hablar”. Todo sea por salir vencedor, reivindicar la imagen de buen sindicalista frente a los malvados patronos, todo sea por el dinero o todo mezclado a la vez.
Más de una vez acerca al brazo desnudo la punta del cigarrillo encendido para confirmar su convicción. Sabe que si “falla”, si emite una sola nota sonora cuando médicos, empresarios, policías, abogados, fiscales, compañeros de trabajo y familiares “le tiran de la lengua”, estará perdido, precipitará su caída definitiva y al doblar la esquina le esperará un disparo, un coche veloz salido de la nada o una docena de años de cárcel.
Es en este proceso de mudez lacerante donde Tiempo de revancha deja de ser un filme de humor negro y se convierte en una película de perfil trágico. Gamboa no cederá un milímetro aunque la corporación entera de Tulsaco está contra él desde el principio.
Al final, sale vencedor, el juez falla favorable a la demanda. Gamboa recibe $300, 000 dólares de compensación, compra un boleto de avión y atraviesa feliz las calles del centro de Buenos Aires entre villancicos navideños, tiendas abarrotadas de mercancías y Santa Claus de juguete en los escaparates. Al llegar al hotel, por primera vez en meses, se permite diez minutos de descarga emotiva y de relación amorosa. Se encierra en la habitación con su esposa para burlar la posible escucha clandestina de los micrófonos ocultos de la Tulsaco, “sella” el timbre de la puerta con esparadrapo, pone la radio a todo dar, abre los grifos del lavamanos y se desnuda bajo la ducha con la esposa.
Tal vez en un filme de Hollywood de 1950’s, el final de Tiempo de revancha, sería un “happy end”: Gamboa y la esposa se van a una isla paradisíaca de los Mares del Sur a disfrutar del dinero ganado en buena lid a la Tulsaco. Pero el filme se desarrolla en la Argentina de 1980’s, una junta militar se hizo cargo del poder (1976-1984), declaró el estado de emergencia nacional y procedió a dar un viso de legalidad al “coup d’ etat, a las torturas y a los miles de desaparecidos bajo el eufemismo de Proceso de Reorganización Nacional.
Se entiende ahora con más claridad por qué el título elegido de Tiempo de revancha, por qué tanto mutismo, la pérdida del habla, diálogos lacónicos entre los personajes, por qué la música de suspense contrapunteada por las explosiones de la dinamita, por qué tantos muertos en una lejana mina de la Patagonia, por qué un monopolio solicita créditos a los bancos y al estado para explotar una mina de cobre a sabiendas de que no existe el mineral, por qué el director y el guionista eligieron una narrativa visual directa, elocuente y parca a la vez, realista y llena de símbolos como queriendo significar mucho con poco. En fin, por qué tanta corrupción.
He dejado para el final la secuencia que decide el destino de Pedro Bengoa.
Los finales del cine de humor negro suelen cerrar trágicamente con la muerte del personaje central, pero no por ello dejan de ser inusuales, sorpresivos e ingeniosos en la ejecución. Es el caso de Tiempo de revancha, Bengoa no muere como todos esperamos sino que se auto mutila y de nuevo sale a relucir la comparación con la tragedia griega.
En “Edipo rey” de Sófocles, Edipo se saca los ojos al saber que ha sido parricida y cometido incesto con la madre ¿Cuál será la auto mutilación que escogerán para Gamboa el dúo director-guionista Aristaraín-Olivera en Tiempo de revancha al percatarse que la corporación Tulsaco ha convenido en darle muerte?
La respuesta, aún sin entrar en los detalles, es un verdadero y genial “master twist cinematográfico”.
Sabemos que la Tulsaco no se va a quedar “cruzada de brazos” como la gran perdedora, buscará, a su vez, cualquier excusa o fallo del enemigo para llevar a cabo su “tiempo de revancha”. Por eso, no nos extraña que Bengoa salga a la calle con el maletín donde guarda el dinero y un auto avance de forma paralela a la suya. La puerta trasera del auto se abre, desde dentro, alguien deja caer sobre la acera, como un bulto de basura, el cadáver del minero que testificó a su favor en el juicio. Bengoa se asusta, el auto parte y se apresura a regresar al hotel.
La esposa no está en la habitación, se mete en el baño y se mira en el espejo. Sobre el lavamanos, la filosa navaja con la que lo hemos visto afeitar innumerables veces durante el filme. Una vez más, aferra la navaja entre las manos, pero esta vez no se jabona antes con la brocha sino que acerca una toalla al rostro.
En el recuerdo, escucha las palabras que sellaron el pacto de silencio entre él y Bruno en la mina antes de la explosión: “lo aguanto todo sin hablar”. Saca la lengua, mirándose fijamente en el espejo, se la corta por la mitad de un tajo. Sin más, se superponen inmediatamente los créditos finales de Tiempo de revancha. La cámara vuelve a asomarse a la calle como al principio del filme, la gente en las aceras va y viene delante de los escaparates con mercancías y Santa Claus de juguete y la banda sonora deja escuchar un villancico de Navidad entonado a coro por un grupo de niños que desbordan cristiana inocencia en los rostros.

