
Eduardo Espina (Uruguay, 1954) – Foto: Cortesía Círculo de Poesía – Revista Electrónica de Literatura.
De noche la distancia parece sólo oscuridad, tiniebla que no separa sino por los ojos.
.. Y amanece el error. La luz separa.
Pedro Salinas
Razón de Amor, 1936
El error mismo de varias épocas es haber creido que sólo dice aquello que está iluminado.
Eduardo Espina
Valores Personales, 1983
Según declaraciones del propio autor (comunicación personal), el tema elaborado en su libro La Caza Nupcial parte de “la insatisfacción resultante de la proyección de un deseo expresado”. Esto se debe al hecho reconocido por Espina que la búsqueda iniciada con la expresión del deseo no lleva más que a un ensaltamiento de éste último. La meta final del deseo que se entrelaza en los versos de Eduardo Espina es el encuentro con el Yo, es decir, la visualización de una realidad íntima apartada del entorno. Este deseo, no obstante, lleva más que a un reencuentro con el Otro, al depender la existencia del Yo de la relación con su contrapuesto y viceversa. Esto es, ni el Yo ni el Otro pueden ser construidos al margen de la inseparable pareja que forman. Es por ello el deseo una “caza nupcial”, en otras palabras, una “caza” (o búsqueda del Otro) que lleva a un intento de unión necesaria (“nupcias”), como en el mito platónico, entre dos entidades de mutua dependencia. Como señalara Benveniste, el Yo nunca es autónomo, sino que se define en el orden simbólico del Otro en que resurge. El deseo nunca se cumple y no debe cumplirse para de ese modo seguir vivo:
dejándome a duras cometer
tal felicísimo fratricidio que
luego del ego por desleerlo
nos deslie como nudo y no (60)
En su búsqueda de una identidad, Espina descubre que toda realidad es relativa, definida en la propia relación entre el Yo que busca y el Otro que lo circunda, ya que realidad y lenguaje, individuo y sociedad, son inseparables:
que a su melopea de tan paradógica porción
dejara ajar la invisibilidad o la imagen vacía
del portarretratos al desdoblar las dedichas
las muy dichas como perogrulladas, puesto
que peor mentira no habría que la verdad de
mis lamentos, donde a rieso de tantos y de
salirme del alfabeto escarbo por los litorales
de la libídine rasgando tus sílabas y lo silbo
frente al espejo del lenguaje que se asombra
con sorna del usual vocabulario que tampoco
porque este embeleso de palabras no es todo (84)
Según Lacan, la constitución del Yo depende de sus relaciones con el Otro. La primera etapa de tal constitución proviene precisamente de su identificación dialéctica con el Otro, por la que la identidad del Yo queda permanentemente estructurada, adoptando la identidad visual ofrecida por el Otro. Una etapa posterior a esta determinación social del Yo viene con la adquisición del lenguaje. En este punto, la identidad imaginaria del Yo pasa a incorporarse a sistemas lingüísticos preexistentes. De este modo, la identidad individual se transforma en una identidad universal creada y sustentada en el interior de un amplio espectro de fuerzas, es decir, el lenguaje:
el recuento … somos nosotros buscando otro sino
…
una nueva ansia de rosas que nos rasque
y una bicoca que no caduque, ay sí (81)
Con la aparición del lenguaje, el Yo queda completamente envuelto en una red de significación. Al no darse el significado previamente a la alineación sintagmática de los significantes, éste puede interpretarse como la alineación sintagmática misma. El significante se libera de su obligación de representar el mundo de los objetos reales, quedando por el contrario como una indicación de la separación del Yo de la realidad.
nombre que tan lejos te pone que ya estás
en un pais adonde ruedas a la redoma del
destierro (108)
Una consecuencia de la falta de correspondencia entre lenguaje y realidad es que el significado es siempre provisional – nunca se resuelve en una pura indicación de lo real. Cada significado funciona a su vez como un significante, es decir, es conmutable. El lenguaje, pues, aisla al Yo de lo real, confinándolo por siempre al dominio de la significación. Una vez que el Yo ha entrado al orden simbólico, sus necesidades orgánicas pasan por la red de significación y se transforman de tal manera que es imposible satisfacerlas por completo. La única satisfacción posible se encuentra en la postergación de la realización del deseo..
El lenguaje llega al hablante más o menos como una totalidad, sus elementos definidos diferentemente en relación los unos con los otros. La experiencia del Yo, como hablante de una lengua, va estructurada por ese lenguaje en el que participa. De esta forma, el lenguaje marca una Otredad radical en el corazón del Yo. Ya que la lengua no se refiere ni a la realidad de los objetos ni a la del Yo, ésta causa una completa ruptura con el mundo fenomenológico. Con su entrada al orden simbólico, el Yo pasa a ser un significante en el campo del Otro, es decir, se define en una estructura lingüística que determina toda su existencia cultural.
La subjetividad tiene una estructura inherentemente bipolar, ya que no hay Yo hablante sin oyente que responda; no hay Yo sin el otro. El Yo debe descubrir que su identidad es esencialmente ilusoria, debe reconocer su alejamiento y sufrir la brecha (“béance”) frustrante que lo separa de su identidad alienante. Una vez reconoce este hecho, puede también reconocer que el objeto de sus deseos pertenece a un Otro imaginario: de hecho, el Yo debe reconocer que su deseo está inherentemente alejado de sí mismo.
A la misma conclusión llegaba Peirce al entender que el Yo sólo posee un conocimiento indirecto de la realidad: las representaciones mentales son las únicas capaces de ofrecerle un posible acceso a la realidad. El autoreconocimiento por parte del Yo sólo se da mediante significantes que a su vez dependen de otros significantes. El significado no es otra cosa que el desplazamiento de un término por otro. En palabras de Derrida, no hay formas positivas, sólo aquellas que se establecen de modo relacional:
lo que sale además de la
pereza de ser fábulas allí
de boca y contentamiento,
al osar del soaré y de eso,
el espesor de las palabras
regresa groso al lenguaje (61)
Debido al entramado en que Yo y lenguaje se ven envueltos, el deseo de autoreconocimiento de Eduardo Espina le lleva a una necesaria preocupación por los medios simbólicos. Su obra no va dirigida hacia un Otro o Yo concretos sino más bien a la compleja red de relaciones que existen entre el lenguaje y una realidad naciente. Entendiendo que la función simbólica se encuentra en un plano intermedio entre lo puramente mental y la realidad, Espina trata de investigar nuestra creciente propensión a crear la verdad y la decreciente obligación a encontrarla en la solidez del mundo.
Como ya reconociera Cassirer, el lenguaje simbólico es en general una función de mediación por la que se articula todo posible area de percepción y discurso. Como también señalara Ricoueur, el dominio simbólico expresa el carácter no inmediato de la forma en que aprehendemos nuestro mundo. Visto desde este ángulo, los esquemas simbólicos que se siguen unos a otros en el proceso de construcción del Yo realmente imparten direcciones específicas en lo que concierne al Yo y su relación con el mundo. La simbolización es pues el común denominador de todos los modos posibles de formar objetos y de dar sentido a la realidad.
Esto lleva a Espina a abandonar el concepto de la percepción como reflejo de cosas reales. Objeto y sujeto son meramente el resultado de una elaboración y no van dados con anterioridad. Al hablar de la realidad, no puede referirse al mundo en sí o a la situación ontológica del Otro, como si fueran propuestas que pudieran ser presentadas sin hacer referencia a la labor simbólica. Le es necesario hacer referencia al tipo de realidad que el Yo construye dentro de los límites de lo que puede decirse, pensarse o hacerse en un marco simbólico:
de tormentas en el lenguaje del que escribe
una image oral para nombrarla con el elán
que en la lengua pone orlas de habladurías
y hablo de aquella tan breve como una tos (103)
Una vez admitido el hecho de la no existencia de entidades últimas independientes del observador, sólo se puede optar por explorar perspectivas que se originan en esos mismos modelos simbólicos que caracterizan las relaciones del Yo con su alrededor. El signo deja de ser un mero envoltorio accidental de la idea para pasar a ser un órgano necesario y esencial. No sólo sirve para comunicar el contenido completo y específico de un pensamiento, sino que es además un instrumento por el cual se desarrolla y se define completamente el contenido mismo.
La arbitrariedad del signo permite una codificación más fructífera de la realidad y también constituye una cierta separación entre Yo y lenguaje, al poder éste modelar su relación con la realidad de diferentes formas. Es en esta capacidad metalingüística donde se encuentra el último recoveco de libertad del Yo, una salidad de su prisión simbólica. Ahora bien, al no existir mundos factuales sin la capacidad simbólica para formar relaciones significativas, la variedad de lenguajes debe también corresponderse con múltiples estructuras.
En su intento de búsqueda de una identidad propia, Espina se ve forzado a concluir que todo éxito en la construcción del Yo debe tener su base en la capacidad de crear y usar un sistema simbólico significativo: La lengua no es un mero espejo de un orden de significado preexistente, sino más bien un generador de significación. La escritura da a luz a un mundo previamente inexistente:
de la escritura que a tu ostra se asemeja
saliendo de esta necesidad de naufragos
aparecidos (43)
Asumiendo que el conocimiento es la captación mediada – no inmediata – de la realidad, debe suponerse que es también simbólica, pues depende de los símbolos, que son el medio de alcanzar el conocimiento. La elaboración del Yo ocurre al organizar diversos universos, visiones del mundo o tipos de realidad. La acción simbólica, ejecutada al nombrar, fija conglomerados perceptuales mucho antes del serles atribuidos signos verbales adecuados para su descripción:
o palabras para hallar lo que callan
del ocaso (122)
Todo proceso expresivo es realmente simbólico, ya que es metabólico y contribuye a la formación de sistemas de relaciones abiertos que no impide una (re)creación de la realidad. Los símbolos conforman un sistema de esquemas en que se encuentran ordenadas culturalmente las formas y categorías por las que el Yo se relaciona con la naturaleza, analizándola a su vez y prestando atención – o ignorando – tipos de relaciones o fenómenos, que por lo tanto encauzan su razonamiento:
la voluntad atrapa bellezas
pero la imagen es continua (94)
La capacidad de dar forma a la realidad procede de una misma función simbólica. Esto lleva a su vez a que el lenguaje pueda también someter al Yo al caos o imponerle excesivas restricciones. En otras palabras, no sólo se establecen las fronteras de lo conocible sobre la base de aquello que los símbolos descubren, sino que al mismo tiempo se cancelan areas cognitivas, al definirse límites de significación más allá de los cuales es imposible pensar. Para salir de la prisión simbólica en que se encuentra el Yo, es necesaría una crisis, i.e. la suspensión de aquellas estrategias que se han convertido en obstáculos internos o en fuente de intolerable confusión. La poesía “ilegible” de Eduardo Espina tiene como meta el crear tal crisis. Al poner en duda la validez del lenguaje como medio normalmente incuestionable de captación de la realidad, lleva al autor/lector a entrever mundos apartados del lenguaje. Es sin embargo una mera ilusión, ya que el supuesto quebrantamiento del lenguaje no crea más que otro lenguaje, que por su complejidad se convierte, por su barroquismo, en el foco de atención del autor/lector.
La ruptura con el lenguaje propuesta por Espina como posible alcance de una identidad es también una llamada al quebrantamiento con las relaciones sociales establecidas. La función simbólica es un complejo que establece modos primarios de relacionarse con otros sujetos y objetos. En opinión de Wittgestein, muchas de estas premisas no tienen un significado totalmente transparente, sino que están arraigadas en el sistema complejo de la práctica social. Una vez que un paradigma simbólico ha sido articulado dentro de un marco de referencia, ciertas consideraciones que cuestionan su validez heuristica generalmente se consideran infundadas. Incluso la prevalencia de ciertas formas de percepción se apoyan sobre un esquema simbólico sin el cual la realidad no podría establecerse de forma adecuada y el Yo tendría que enfrentarse con un mundo tan amenazador e impredecible como la página en blanco que ilimitada aguarda el pulso del poeta.
Los paradigmas simbólicos funcionan como la base de la que se derivan modos concretos de conocimiento. Los paradigmas no son contenedores pasivos de experiencia, sino más bien principios activos por los que el Yo lleva a cabo su proceso de formación y unificación de la realidad naciente. Dado un paradigma simbólico, la interpretación de los datos de la experiencia lleva simultaneamente a la constitución de fenómenos que se originan a partir de ese paradigma:
y di que no hay claro por dar brillo
al diluvio desgarbado que conozca
tantos mentires en la misma lengua
cuando con doncella fama faciendo
la gran dicharachera a sus carnadas (137)
Si bien la realidad es demasiado compleja y enigmática para ser conocida y construida al azar, al tener recurso a esquemas simbólicos primarios, el Yo facilita su captación. Esto lleva a que el acto de interpretar la realidad no pueda más que simplemente extender la estructura del paradigma cultural existente, siendo incapaz de alterarlo. Todo marco simbólico, incluso si es elemental o primitivo, es útil para enfrentarse con un mundo potencialmente caótico. El caos de las impresiones inmediatas adopta cierto orden y claridad al ser penetrado mediante expresiones lingüísticas. En este entorno de significantes, las impresiones del mundo adquieren una nueva permanencia, al adquirir una nueva articulación intelectual. Ahora bien, tales simbolizaciones elementales son al mismo tiempo potencialmente normativas, ya que establecen las premisas por las que se decide qué entidades contiene o no el mundo. Al proponer una ruptura con el mundo del lenguaje, desdibujando el único entramado capaz de construir una realidad viable, Espina nos desplaza al inhóspito terreno del sinsentido. Como apunta Verdesio, “un emisor que no hace uso de las estrategias discursivas aceptadas en su comunidad interpretativa y un receptor que no está programado para decodificar determinado tipo de estructura significante. En esta situación de enunciación, el autor, aceptando su propia decoloración y la marginalidad de su situación enunciativa, prosigue su búsqueda personal, a machetazo limpio, entre la maleza que él mismo ha creado” (Verdesio: 1994: 121).
Toda comunidad de hablantes podría entenderse como una comunidad de creyentes en el sentido que si los hablantes no compartieran un cierto número de creencias, la comunicación no podría comenzar o perdurar. La autoridad consensual de la comunidad establece las credenciales de lo que debe creerse, mientras que las relaciones fundamentales y los paradigmas cognitivos se elevan a la categoría de fijación cognitiva. Cuando se satisface la elaboración de conceptos al nivel de la comunidad, el lenguaje puramente verbal parece ser el factor decisivo esencial, en el sentido que es responsable de la formulación del esquema cultural general fuera del cual uno cae en el absurdo y en el exilio de toda significación. Si bien es cierto que las respuestas son el material con que se construye el edificio, es la naturaleza de la pregunta la que determina su estructura – al menos en esos casos en que la respuesta se fusiona con la pregunta y produce todo lo que ésta última podría extraer y nada más:
y plantéatelo así sin temerle a las palabras
lo que escriben que nadie en tanto lo sabe
hacia lo secular de la brevedad en el verbo
tal vez preguntando si truchas o truhán de
un tropo al atravesar las dudas por librar y
a la miel en su abeja iluminada dale solaz
o absolución, pues eso más bien te toca y
no me escribas diciéndoles que es verdad (89)
La persistente oscuridad presente en los juegos lingüisticos a los que rehuye Espina son una muestra de lo fácil que es ser engañado por el lenguaje ordinario cuando se le interpreta como algo puramente funcional, o como un consenso público al que uno debe referirse para esclarecer las situaciones confusas acumuladas en el discurso:
como puedo a las palabras atrapo
en una bolsa de macramé brilloso
para llamarte o cambiar el mundo
por una regalía de chelines y una
telaraña anudada al imán del apeo
en holgaza de razón y cacharpa
y cambio hasta la aureola del rulo
…
pero cambio, cambio una tortuga
por un diccionario para distraerte
en tu difícil muerte (48-49)
El sinsentido de la poesía de Eduardo Espina tiene el valor positivo de llevarnos a cuestionar el valor representacional de las palabras. Las palabras pueden aislarse hasta tal punto que lleguen transformarse en conceptos absolutos, resultando en una hipóstasis, cuya última meta es ignorar la complejidad del mundo y la identidad última del Yo. Anomalías tales como las que encontramos en los versos de Espina nos permite poner en duda el esquema general e ir en contra de las expectativas del conocimiento establecido. “Esta poesía busca un orden fincado en las leyes de las cosas naturales para despertar a lo maravilloso … desarrollando hacia lo alto, la prolongación de lo real. Piedra a piedra haciéndose catedral. Un mundo a contracanto reorganizado con sus propias construcciones” (Espina 1983: 16-17).
Reconociendo el hecho de que el valor de la palabra es esencial en toda cultura de base lingüística, donde conocer “el nombre” equivale a poseer “el objeto nombrado”, la búsqueda del Yo debe por fuerza llevar al autor a la creación de un hiato entre dos extremos de tipos de experiencia simultáneas: por una parte, la experiencia vivida, personal e inexpresable; y por otra, la experiencia que puede ser expresada – y compartida – adecuadamente de forma verbal. Siempre y cuando la cultura logocéntrica confiera el sello de aprobación principalmente a aquellos sucesos que son amenos a una sistematización lingüística, toda experiencia que tenga lugar en otras partes del Yo tenderán a quedar enajenadas o a ser completamente rechazadas. La función simbólica actúa en algunos aspectos como una dimensión enajenante. En la evolución del Yo se produce un progresivo alejamiento de su contacto directo con la naturaleza, incrementando a su vez su sentido de aislamiento. No obstante, es la capacidad para usar elementos simbólicos que permite al Yo alcanzar progresivamente una perspectiva de si mismo y de su relación con la realidad, precisamente por medio de su distanciamiento de la realidad, que ahora alcanza un papel cognitivo. El elemento mental que se origina en este hiato es el factor que permite la percepción interna de la relación del individuo con el Otro.
Espina debe optar por aproximarse al mundo a través del lenguaje, e intentar incorporarlo dentro de sí, para de esa forma, desde el lenguaje, regresar al mundo en un interminable respirar rítmico. El Yo puede de este modo existir a dos niveles: el simbólico (que pasa a primer plano cuando lo simbolizado no está presente) y el nivel de los objetos simbolizados que percibimos con los sentidos y a los que se refieren los símbolos. Si bien las primeras formaciones simbólicas tienen que ver con elementos mas bien externos, con la aparición del elemento simbólico existe la posibilidad de una referencia a entidades aún en proceso de desarrollo. Por este distanciamiento, el Yo puede alcanzar la capacidad de ser consciente de sus propias inclinaciones relacionales. Es con la aparición de instrumentos lingüisticos que se desarrolla la habilidad del Yo de hacer juicios críticos de su relación con el mundo, llevando en última instancia al conocimiento consciente:
porque verdades no quedan por lo claro
donde sólo opiniones de todo lo que no
es aunque sean achaques de habladuría
o lenguaje en folios de ración enroscada (57)
El consciente es en general un mecanismo enajenador, por el cual se tiene constancia de la separación entre “conocimiento” y “objeto conocido”, y también de la presencia el proceso mental mismo. El distanciamiento entre el Yo y su visión de la realidad, y el distanciamiento en cuanto a esa misma labor mental se presentan al consciente únicamente cuando algo falla, es decir cuando uno detecta el error cometido. La entrada en el dominio simbólico y el consciente no conlleva ninguna ganancia para el resto de la realidad, y sin embargo es indispensable en el proceso de creación del Yo, ya que los elementos simbólicos por los que el Yo percibe su relación con el Otro puede empezar a tener efecto una vez que el primero cancela su defensas de ruptura y negación.
Si seguimos a Freud, la esfera mental del Yo contiene ya de por sí una partición interior. El Yo es un sujeto fraccionado, un complejo significante formado de consciente e inconsciente, dos componentes que no existen en harmonía, hablan diferentes lenguas, y operan bajo órdenes conflictivas. Mientras que el consciente controla el sistema relacional y lingüístico, el inconsciente regula el afectivo y sensorial. Ahora bien, todo discurso procede de la interacción entre ambos sistemas. De nuevo el Yo debe obtener su propia identificación en su encuentro con un Otro, no ya la realidad circundante, o el sistema simbólico que consigue descubrirla, sino un Otro interiorizado a través de su experiencia con la realidad. La realidad resurge como la gran “Otredad”.
El inconsciente lo constituyen las huellas mnémicas dejadas en las areas más remotas de la mente por una insatisfacción física. Debido a la irresolución de la necesidad física, estas huellas poseen un valor afectivo que las hace inaccesibles al consciente, excepto de forma encubierta. El deseo se define como la resolución potencial de la carencia que encierran las huellas mnémicas. Tal deseo indica, ya desde un comienzo, el distanciamiento entre el Yo consciente/lingüístico y el Otro inconsciente/extralingüístico, un distanciamiento que ocasiona desplacer – “deseo como zona zaherida en gastos de castidad” (Espina: 41). El impulso natural para evitar el desplacer regula toda actividad física, que es en definitiva la búsqueda generalizada del placer. El inconsciente impone una respuesta que depende principalmente de los datos sensoriales y afectivos de las huellas mnémicas. Al reencontrarse con las relaciones cognitivas entre estas huellas, el inconsciente intenta establecer una identidad perceptual con una satisfacción previa. Ya que el objetivo principal del inconsciente es la regeneración de la carga afectiva, buscará con igual intensidad un objeto cuya capacidad para satisfacer ha sido previamente demostrada, o en su ausencia, su huella mnémica:
palpando moribunda un dije marchito
en la cerrazón de la voz donde apenas
a ratos oido el eco de la ración erizada
del deseo (78)
Es precisamente en este punto en que surge el consciente, pues la desilusión a la que llevan las soluciones ofrecidas por el inconsciente, hace más atractiva la promesa de una satisfacción más sustancial y permanente, aunque postergada. Para alcanzar este fin, el consciente debe hacer menos atractiva la consecución de un placer immediato, despojándolo de todo valor afectivo o sensorial. Por ello, el consciente adquiere la categoría de censor, determinando no sólo qué material puede tener acceso a la conciencia, sino también qué forma debe éste tomar. La única forma en que el deseo y su satisfacción pueden evitar el escrutinio del consciente es mediante la adopción de cierto disfraz. Los mecanismos de condensación y desplazamiento ofrecen los medios necesarios para tal disfraz. La poesía se constituye como el gran disfraz del conocimiento.
Volviendo a la poesía de Eduardo Espina, observamos que “la insatisfacción resultante de la proyección de un deseo expresado” adquiere una nueva dimensión al ser analizada desde este ángulo. La proyección del deseo de Espina no es otra que ese “tú” (Otro) al que constantemente se hace referencia en su obra poética:
ah tú, la de Proust y tú también
la fornicatriz del ázimo desaparecida
por el sieso de lo superfluo y tú la
amiba que masca el mal del amor
quien a lomos del desliz deshielas
mi desaliño de infante confundido,
culpable satiresa como eres de mí (41)
Este Otro no es sólo inaccesible fuera de su relación con el Yo que busca (“satiresa como eres de mí”), sino que de por sí se define exclusivamente dentro el sistema de relaciones lingüísticas que entretejen el mundo en el que el Yo deseante se desenvuelve. La insatisfacción del poeta es por lo tanto la insatisfacción del mismo consciente pensante con las soluciones fáciles propuestas por los sentidos. Una vez expresado el deseo, ya envuelto en el molde simbólico del consciente, su consecución se ve por fuerza postergada en una serie de encadenamientos. Mediante la condensación y el desplazamiento, el deseo por el Otro se transforma en entidades capaces de satisfacer al Yo a un nivel simbólico. Mediante el desplazamiento se da una transferencia de la intensidad psíquica de una proyección del deseo a otra. Este desplazamiento hace posible la satisfacción del deseo reprimido mediante una serie de imágenes sustitutivas. A través de estos cambios, un elemento con menor carga afectiva sustituye a otro cuya presencia en la formación significante podría provocar la intervención de los mecanismos censores. La condensación por su parte comprime en un solo rasgo cualidades pertenecientes a dos o más deseos, de esta forma ocultando su carga emotiva.
Vemos pues que la función principal del sistema consciente es la de reducir la intensidad sensorial y afectiva de los deseos insatisfechos que forman el inconsciente, para así facilitar una operación intelectual más flexible y menos subversiva. Todo el contenido del consciente está regulado por las costumbres lingüísticas. No sólo se le reduce a una condición de familiaridad por su continua repetición , de modo que no causan una respuesta emocional intensa, sino que también se le organiza según normas culturales más amplias:
cuando de veras nada queda en
la voz del lenguaje, ni obliga
imagen de esperanto, clapsidra
de agua moribunda, eros y era
que del cuerpo osaron la usual
unidad: caliz, cerviz espesor
pero el futuro, rastro de un rio
nuevo que corre al revés, será
en su azoro el cero cuando sale
del somier la suma sorprendida
y nada no más en el mundo que
la lápida de los mismos loando
en los labios a la luz alrededor (165)
La insatisacción a la que apunta Espina no es más que el desengaño y el desplacer al que llevan los procesos primarios del inconsciente, al buscar una evacuación inmediata de la tensión mediante la satisfación directa. Más prometedores parecen ser los procesos secundarios del consciente, que al bloquear la evacuación immediata, buscan una ruta más indirecta a la satisfacción, la cual necesita la tolerancia de desplacer por un tiempo:
al huir del ahora en una frase y después
de los nulos nombres no recordando
de la historia sino la postergación del
nefando, o la zozobra en el oro y una
escarcha de gozo dicha que ya no es (112)
El consciente puede buscar senderos más seguros de satisfacción si tiene a su disposición aquellos recuerdos del Yo que constituyen una historia admisible, y si tiene los medios para manipular aquellos recuerdos de forma relacional. Es obligatorio que el proceso secundario disminuya los valores sensoriales y afectivos de las huellas mnemónicas. Esta conversión es efectuada crucialmente por el lenguaje:
de los labios donde la promiscua se ahoga
en sus propias palabras (115)
Aquí es donde encontramos el gran conflicto en la poesía de Eduardo Espina. Si bien la búsqueda iniciada por el deseo intenta ir más allá de los límites del lenguaje, es sólo la estructuración lingüística que ofrece el control necesario para evitar una descarga inmediata, que en última instancia produciría desplacer. Mediante el sistema simbólico, los recursos libidinales del Yo se distribuyen por toda la red del consciente. En lugar de producirse una supersaturación en un punto concreto, que resultaría en una tensión insoportable y llevaría a una descarga, los recuerdos del consciente terminan conteniendo una carga emocional mínima. La organización lingüística de las huellas mnémicas tiene como función el disminuir su intensidad afectiva. Aunque el lenguaje no conduce directamente a la satisfacción del deseo inicial, promete una resolución futura de la carencia del Yo.
El inconsciente se establece simultaneamente con los deseos que encierra, deseos que son promovidos por el contacto físico del Yo con el mundo, pero bloqueados por su entrada en el ámbito simbólico. Mientras que el proceso primario desconoce la distinción entre el objeto y su deseo, el proceso secundario con el que se relaciona el lenguaje insiste en todo momento en la distinción entre ambos, en aquellos rasgos o cualidades que separan al significado de su significante, y que conectan a este último en una larga cadena de desplazamientos. Con la integración en el entramado lingüístico, las huellas mnémicas se someten a una transformación y reorganización radicales precisamente para así posibilitar el surgimiento del Yo:
tras la respirable certidumbre de la
estatua que es la trilla, el recuento y
en su seca distracción el relámpago,
somos nosotros buscando otro sino
como amos buscando algo de lirón
o más reposo, así fuera un arrorró,
un son de bbucanero salido de siglo
y un ansia de rosas que nos rasque
y una bicoca que no caduqye, ay sí. (81)
Ni el proceso primario ni el secundario son capaces de significar independientemente. Sólo mediante su colaboración se da el discurso, constituyendo de esa forma el Yo. La presión de la vigía consciente fuerza al inconsciente a hacer uso de representaciones complejas, buscar significantes capaces de ocultar o disfrazar sus significados, al mismo tiempo que habla por ellos. El proceso secundario se interesa menos por las huellas mnémicas individuales que por las relaciones que las conectan, y en cada momento mantiene la distinción incluso entre huellas similares y contiguas. Esto lo consigue a través del lenguaje. El pensamiento consciente es posible al conectar presentaciones verbales o significantes lingüísticos a los recuerdos originales o a las presentaciones de objetos. Como resultado de esta conexión, las huellas mnémicas sufren una transformación radical: pierden intensidad sensorial y afectiva, pero ganan en signiificado. De esta forma, las huellas mnémicas adquieren agnificación una vez han sido organizadas. El valor de un signo va determinado por el modo en que difiere de otros miembros del grupo al que pertenece: es decir, por su lugar en el sistema. Porque la distancia entre los elementos secundarios se mantiene cuidadosamente mediante la elaboración de relaciones paradigmáticas y sintagmáticas, ningún elemento puede ser completamente equiparado con Otro.
La metáfora y la metonimia responden a la similitud y la contigüedad como la base de un reemplazamiento temporal de un significante por otro. Con la metáfora y la metonimia el proceso primario y el secundario encuentran un cierto equilibrio, que lleva al descubrimiento de afinidades y adyacencias profundas entre elementos sin perder sin embargo las diferencias. La metáfora y la metonimia pueden considerarse formaciones significantes que facilitan no sólo una transversalidad entre aquellos elementos que ellas unen, sino también entre el proceso primario y el secundario, entre el inconsciente y el consciente. Cuando las figuras metafóricas y metonímicas pasan a estar bajo la influencia del proceso primario, se establece una jerarquía entre los dos términos. El más privilegiado de ellos permanece oculto, convirtiendose en el significado, mientras que el otro toma el papel de significante, es decir su representante en el discurso.
La metáfora y la metonimia pueden utilizarse para incrementar el valor de un término específico al suprimirlo. De esta forma se crea un deseo no sólo mediante la ausencia del significante que nombra al significado oculto, sino también por medio de los otros significantes que lo reemplazan. El deseo aparece sólo al impedir el consciente que un impulso concentre toda su energía en una huella mnémica, es decir, cuando impide que un impulso al placer alcance su satisfacción. El deseo no es en efecto más que una serie de metáforas y metonimias, desplazamientos de un punto a otro del inconsciente en que un término sustituye a otro semejante o contiguo, antes de verse sujeto al mismo efecto. Como apunta Homero, “al producirse una escisión entre nombres e imágenes aparece un tercer estado donde ese par, esa cifra continúa. Por dicha operación es posible percibir el mundo tanto en la piel, aquí sinécdoque de cuerpo, como en las palabras. Diríamos: a través de la experiencia estética el lenguaje pierde su enajenación con lo que el hombre percibe los objetos en modo inédito, atisba la realidad” (Homero 10).
Mediante el uso continuado de metáforas y metonimias, Espina consigue desplazar al deseo, dándole cierta flexibilidad significativa, de esa forma deteniendo una resolucion apresurada e insatisfactoria. Ahora bien, esa misma postergación simbólica lleva a un interminable encadenamiento del que es imposible salir. La búsqueda del Yo en el lenguaje conduce simplemente a una mayor penetración en el Otro. En otras palabras, el deseo – esa búsqueda continua del Yo – sólo puede llevar a un deseo incrementado.
Si seguimos a Lacan, la posibilidad de autoreconocimiento asimbólico del Yo se hace incluso más difícil, ya que incluso el inconsciente se encuentra regulado por un lenguaje propio. Para Lacan, el inconsciente se define en términos esencialmente lingüísticos, como esa parte del discurso concreto que, al ser trans-individual, no está disponible al Yo para que éste reestablezca la continuidad de su discurso consciente. Es precisamente la permanencia marcada por el sistema lingüístico-conceptual la que estabiliza los objetos originalmente confusos en el momento preciso en que surge el Yo, convirtiendo la confusión de la experiencia vivida en un mundo de objetos ordenados sistemáticamente: es el mundo de las palabras que crea el mundo de los objetos. Entre las cosas creadas por el mundo de las palabras, la más importante es el ser humano mismo:
más desnudas las palabras que un
esoejo llenan su despacio espesor
el idioma unirá en el rebaño a la vez
…
y una boca diciendo
el nombre de todas las cosas y una
mano de acera que arrolla lo propio (80)
En contraste con Descartes, Husserl, y Sartre, para quienes el Yo es esencialmente unificado y autónomo, totalmente presente a su conciencia – de hecho esencialmente idéntico a su conciencia – Lacan asume que el Yo pasa por diferentes períodos: territorialización del cuerpo, orden imaginario, y orden simbólico. Las últimas dos etapas pertenecen al “orden simbólico”. Cada etapa está concebida como una pérdida del Yo. Esta carencia que define al Yo tiene que ver en su inicio con la imposibilidad fisiológica de pertenecer simultáneamente a ambos sexos. La partición del Yo comienza casi inmediatamente, sufriendo un proceso de diferenciación, por la que se inscriben las zonas erotogénicas y se canaliza la libido. La territorialización del cuerpo ofrece los medios por los que el producto de la libido puede ser contenido. Como resultado, el Yo pierde contacto directo con su corriente libidinal, y debe sucumbir al dominio de la economía genital de la cultura que lo rodea.
Para Lacan, el inconsciente es el discurso del Otro; los deseos en él son los de un orden social ya constituido, y se organiza por medio del mismo lenguaje que el consciente. El deseo comienza tan pronto como los impulsos se separan del Yo, confinados para siempre a un estado de no representacionalidad e insatisfacción. Al percibir una diferencia entre sí y los objetos con los que en un principio se identificaba, se produce en el Yo una profunda sensación de carencia. Esta carencia nunca puede ser satisfecha ya que el deseo va dirigido a representaciones ideales e inaccesibles al Yo. La primera representación es la imagen especular, en la que el Yo primero encuentra su identidad, una identidad que al estar designada culturalmente, también tiene su origen en el Otro:
tras destos suspensivos puntos de vista
como lo innombrable de verla por tanto
lo que miro, sea al revés del ojo y dada
al antojo, perdida por saber si mía sería
mi ceguera de aperos entre los pliegos o
sólo ojeras y soy por tí ese que ablanda
el blasón del perfume en los terciopelos
ya sin acercar la zozobra a la piel baldía
o sólo los susurros del idilio imaginario
donde yo soy, y soy tus ojos, y te miro (57)
En una segunda etapa, dentro del orden imaginario, el Yo llega a la captación de su identidad mediante una construcción ideal de un Otro cuyas características definitorias – enfoque, coordinación – no comparte. Sin embargo, el Yo toma la construcción ideal como suya, y al hacerlo se identifica con ella. De esta forma se da una separación fundamental del Yo de sí mismo demarcada por el orden imaginario; y esta separación es la base de su identidad. Se da el reconocimiento de una brecha entre la unidad ideal y el carácter continuamente fragmentado de la experiencia vivida por el Yo. El conflicto entre experiencia e ideal abre una brecha en el Yo, sobre la que se edifica en el trascurso de su desarrollo una serie de intentos ilusorios por derrotar a una identidad aisladora:
cuando parco de pie prefiere
en esperanto decir tu nombre
ante el espejo que te regaña (67)
El descubrimiento de la brecha entre la experiencia de un cuerpo fragmentado funcionalmente que el Yo vive, y su identificación narcisista con la uniformidad de sus reflexiones visuales se desplaza a varios tipos de tendencias agresivas dirigidas al Otro. El conocimiento humano es inherentemente paranoico en su estructura general: “Je est un autre” (Lacan). Pasando de la alegría a la enajenación, este vaiven del orden imaginario inaugura las dudas sobre su identidad que atormentan al ser humano a lo largo de su vida:
detrás como atontada asomaba por la doble faz
del espejo fijándolo de ambos lados con mirada
de soledad que embellecía cuando fuera aquella (39)
Como consecuencia de la distancia irreducible que separa al Yo de su reflejo ideal, aquel mantiene una relación profundamente ambigua hacia esa reflexión. Por una parte le atrae la identidad coherente que ofrece su reflejo; pero por otra le repele el hecho que la imagen permanezca fuera de él. Esta oscilación radical entre emociones contrarias con respecto al mismo objeto caracteriza todas las relaciones del orden imaginario. Mientras el Yo permanezca atrapado dentro de ese orden, éste será incapaz de escapar de las oposiciones binarias que estructuran todas sus percepciones, fluctuará entre los extremos de amor y odio hacia los objetos, que pasarán por correspondientes cambios de valor. La resolución de este dilema ocurre con el acceso del Yo al lenguaje y su acomodación dentro de la configuración triangular del paradigma edípico – en otras palabras, con su entrada en el orden simbólico. Sin embargo, ambos hechos resultan en una mayor pérdida del Yo, alejándolo aún más de sus propias necesidades.
La brecha entre significante y significado está en la base de la alienación del ser humano de si mismo. La distinción entre significante y significado introduce dos redes de relaciones no superpuestas. La relación entre significante y significado opera en el lenguaje y no marca la relación entre el lenguaje y una realidad conceptual extralingüística. El lenguaje trata siempre sobre lenguaje; es inevitablemente autoreferencial. La significación demuestra que nunca puede resolverse en una pura indicación de lo real, sino que más bien vuelve a referirse a otra significación. Los significantes existen sólo como una parte de una cadena significativa. El significante oculto de la metáfora, aunque no realmente presente en la cadena, está sin embargo presente en su ausencia, gracias a su conexión metonímica con el resto de la cadena. La habilidad de la metáfora de hacer presente a algo que está ausente es la base de la habilidad del lenguaje para representar una realidad que es externo y ausente del lenguaje:
el catre de plumas al poner en orden las frases una
encima de la otra como torre de latín enroscada en
un destello de bucles que no alargaban la anatomía (50)
En el deseo se encuentra una posible salida parcial de la red del símbolo, y una redención del Yo humano. El deseo tiene una intervención en la red simbólica, y a través de esa intervención , salva al ser humano de una aniquilación simbólica. Al comenzar a adquirir el lenguaje, el Yo es una combinación de necesidades biológicas y de imágenes especulares ilusorias y temporales. Su reconocimiento de la brecha que separa su ser corporal del Yo imaginario refuerza de hecho el sentido de que no sólo es esta identidad alienante, sino que además es una cubierta para una fundamental carencia de identidad, un “manque à etre”, un querer-ser. El Yo es la metonimia del deseo:
Lenguaje en sarong de púrpura popelina de la
bella diciendo, bien que a su desear se arenga (52)
Al integrarse en el lenguaje, el Yo trata activamente con su brecha esencial. Con el lenguaje, intenta satisfacer sus necesidades corporales. La traducción lingüística de estas necesidades (“peticiones”) es inherentemente personal, ya que la petición siempre va dirigida al Otro. Detras de estas peticiones se oculta una añoranza más profunda de ser reconocido por el Otro., un reconocimiento que de alguna manera compensará por el querer-ser fundamental del Yo. Esta profunda añoranza de reconocimiento se designa como “deseo”. El deseo de por sí nunca puede articularse. En el intento desesperado de articular el deseo, el Yo deseante se mueve continuamente de una petición a otra, de un significante a otro. Cada uno de estos significantes se enlaza metonímicamente al querer-ser , que el deseante espera se vea cumplido por la respuesta del otro a su petición. El deseo es la metonimia de la ambición-de-ser.
Ya que el Yo sólo puede ser reconocido a través de su habla, es el lenguaje el que sirve como precondición estructural para este reonocimiento. En efecto, el Otro al que va dirigido el deseo es el lenguaje mismo, o al menos, el lugar de Otredad desde donde el lenguaje llega al Yo. La Otredad del Otro es el lugar donde reside el inconsciente, precisamente porque el habla que es accesible a través del Otro no pertenece al Yo. El Yo está de hecho constituido como tal en su relación con el Otro – por el hecho de hablar – y esta relación esencial con el Otro está presente en el Yo como inconsciente:
El deseo resuelto en hendidura.
De lo demás, quedará la oculta
memoria de los pocos nombres,
un vaho de alcanfor en el baño
una tinaja vacía como causa de
una casa en otra época y dos o
tres palabras que resuman todo (165)
La verdad del Yo es la narración coherente que éste es capaz de construir. Esta narración llena los huecos dejados por la experiencia consciente del Yo, y es transindividual, sobrepasando lo que el Yo ha experimentado de hecho subjetivamente. Al construir su historia, el Yo se coloca como el Yo dentro de esa historia. La cadena metonímica de significantes que constituye el discurso del Yo se extiende horizontalmente en el tiempo y el espacio. Pero un factor importante de esta cadena significativa es el hecho de estar atada en varios puntos mediante metáforas. La dimensión vertical y lineal metafórica de la cadena significativa va determinada por aquellos significantes que han sido censurados de la cadena y sustituidos por otros significantes que sirven como metáforas o puntos de anclaje de ellos. Todos los significantes que conforman el lenguaje no son sino meros puntos de anclaje de un significante último, el cual fija el significado de las cadenas significativas del discurso del Yo. Es la aceptación de éste significante que confiere en el Yo una identidad propia, una plenitud de ser, cuya falta resulta en un ineludible querer-ser.
Podríamos concluir que el tema de La Caza Nupcial no es otro que la deconstrucción del deseo de identidad del Yo encerrado en la cadena de significantes del lenguaje. Reconocido el hecho de que la palabra es esencial en el desarrollo del Yo, Espina opta por aproximarse a una promesa de identidad a través de su inmersión en el entramado de significantes, para una dentro de él, poder delimitar claramente la conexión entre lenguaje y realidad. Si bien el Yo se define en las relaciones simbólicas del lenguaje, la aceptación de la existencia de un significante último garantiza el reencuentro con el Yo “real”. La función primordial de los versos de Espina no es otra pues que la concienciación de que – en palabras de Lacan – el lenguaje no es más que un intento metonímico de encubrir el fundamental querer-ser del Yo.