Para reconciliarnos con la vida

Sobre el poemario Nada se pierde. Poemas escogidos, de Jordi Doce

Jorge de Arco

Nada se pierde. Poemas escogidos
Jordi Doce
Prensas de la Universidad de Zaragoza,
Colección La gruta de las palabras, Zaragoza, 2015

 

 

jordi-doce-librario-poesia-OtroLunes40Veinticinco años al pie de las letras, parece excelente oportunidad para dar a la luz una compilación que recoja una buena muestra de cuanto el creador ha ido vertiendo en el papel.

Y tal es el caso de la antología que me ocupa, Nada se pierde, de Jordi Doce, bajo el subtitulo de Poemas escogidos (1990 -2015).

Este gijonés del 67, profesor de escritura creativa, narrador, crítico literario, ensayista y excelente traductor de  poesía inglesa y norteamericana -Paul Auster, T. S. Eliot, William Blake, Ted Hughes, Charles Tomlinson, …-, ha editado cuatro libros de poesía: Lección de permanencia, Otras lunas, Gran angular y Monósticos. Y de ellos se nutre en su mayor parte este florilegio, que incluye también algún inédito e incorpora textos de su libro de aforismos, Perros en la playa.

“Esta antología es hija de una etapa muy concreta de mi vida, en la que las pesas contrapuestas  del entusiasmo y el desencanto han sabido encontrar, por fin, un punto de equilibrio”, confiesa Jordi Doce en su ilustrativo epílogo.

Dividido en cinco apartados que se corresponden con “ciclos de escritura claramente diferenciados”, el volumen seduce desde sus primeras páginas por ese personalísimo mundo íntimo que el vate asturiano ha ido forjando y donde priman el rigor y el compromiso que debe comportar este género. Sus versos abarcan sugestivas perspectivas, que igual rozan con sobriedad los hilos de la memoria, que batallan sin tregua en las lindes de lo reflexivo, que buscan -y hallan- la materia sensorial más atractiva: “Tan próximo a la médula oscura de este mundo,/ tan ajeno a los sueños y  la bondad soñada,/ doy en pensar, o intuyo acaso,/ que demasiada urgencia, demasiada impotencia/ nos llevan a este oficio para cuidar el mundo,/ el cómplice latido del mirar,/ ese distanciamiento que exige toda página/ para reconciliarnos con la vida”.

La limpidez verbal que atesoran los 77 poemas aquí agrupados, abrochados, a su vez, por una sabia cadencia rítmica y un hábil dominio estrófico,  exprimen ese anhelo vital que refiere el sujeto poético y que se extiende a lo largo de estas páginas de férvida existencia.

La alquimia de lenguaje y de su son resultan, pues, pilares esenciales en esta íntima singladura, donde anidan protagonistas, instantes y escenas de honda trascendencia, y que cuentan, además, con una renovadora capacidad de contemplación -“cuanto es asombro en la mirada”- que amplía los límites del discurso, convirtiéndolo, al cabo, en mensaje balsámico y solidario: “Cada día que pasa/ negocias con el gen que te contiene,/ te apoyas en distinto pie,/ sacrificas verdades y mentiras/ en el altar de la supervivencia./ Cada día que pasa/ construyes la ficción que te guarece/ en la ficción de la supervivencia”.

En uno de sus libros de aforismos, editado en el año 2005, Hormigas blancas, anotaba Jordi Doce: “Escribir, conjurar una cerradura en el aire y mirar por ella”. Y por ella, en efecto, sigue observando el autor la realidad que le circunda y que le preocupa; y por ella, abre también sus ojos -dicho queda-, para seguir alentando su fuego y su misterio: las calles desiertas, el azul del aire, la luz incierta, las costuras de los paisajes, el viento de febrero, el color de la noche, el vuelo del gorrión…, van alzándose “por el alto sembrado de los días”, y llenando de materia lírica la verdad soñada de quien sabe sentir más allá del parpadeo de las sombras: “La casa como un cuenco/ donde limpias tu espera y tu deseo./ Se arremolina el polvo ante la puerta./ Tuya la blanca perfección del hueso”.

Un libro, en suma, donde se agradece la heterogeneidad temática de unos textos que se pueblan de albores y hechizos, que se desdoblan sabiamente entre la propia y común identidad, y por los que asoma, incesante, un rumor amante, meditativo, orillado en palabras que se tornan savia y salvación: “Lo profundo es la luz aquí dentro”.