"Confesiones de un cuentista".

Entrevista con el escritor y periodista cubano José Lorenzo Fuentes

Cortesía del entrevistado para OtroLunes

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José Lorenzo Fuentes nació en Santa Clara, Cuba, en 1928. Se graduó como periodista en La Habana. Estudió una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa. Posteriormente recibió un curso de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica certificado por el Lama Gangchen Rimpoche, de Sri Lanka. Como periodista colaboró con varios medios de comunicación entre los que destacan los periódicos El Nuevo Día de Puerto Rico y El MundoBohemia y Carteles de Cuba. Fue, además, subdirector de la revista Cuba. Es autor de varios libros con premios nacionales e internacionales. Además de su pasión por la literatura y el periodismo, José Lorenzo Fuentes ha dedicado una gran parte de su vida a la investigación y al estudio de temas metafísicos como la magia, la medicina alternativa y la parapsicología. Ha publicado: El lindero, cuento (1953); Maguaraya arriba, cuento (1963); El sol, ese enemigo, novela (1963); El vendedor de días, cuento (1967); Después de la gaviota, cuento (1968); Viento de enero, novela (1968); Mesa de tres patas, cuento (1980); La piedra de María Ramos, novela (1986); Brígida quiso soñar, novela (1987); Los ojos del papel, novela (1990); El hombre verde y otros relatos, cuento (2005) y Meditación (2001), La estación de la sorpresa (2001), Las vidas de Arelys, novela (2004), El cementerio de las botellas, novela y cuentos (2012), Del sexo al amor, ensayo (2012), La conexión deseo realidad, ensayo (2013), Cuentos completos (2013), Entrevistas a 5 grandes, Gabriel García Márquez, Cundo Bermúdez, Wifredo Lam, Julio Cortázar y Alfonso Grosso. (2014), Meditación, ensayo (2014), Hierba nocturna, cuentos (2014) y Mandala, ensayo (2015).

 

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¿Cómo ha sido tu formación literaria?
En Miami, en una mesa redonda junto al también escritor y periodista cubano Manuel Vázquez Portal.

En Miami, en una mesa redonda junto al también escritor y periodista cubano Manuel Vázquez Portal.

Los cuentistas cubanos contemporáneos tienen a su favor los modelos latinoamericanos: espléndidos narradores como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Juan Rulfo, pero los cuentistas de mi generación (digamos Luis Felipe Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso,  Enrique Serpa, Dora Alonso) solo contábamos con los modelos europeos. De modo que escribimos a la sombra de Chejov, Maupassant, Gorki o Dickens, o tal vez bajo la naciente influencia del cuentista uruguayo Horacio Quiroga, a quien estábamos descubriendo, autor de obras maestras del género como Anoconda, Los desterrados y La gallina degollada. Por cierto, Guiroga había publicado en la revista El Hogar, de Buenos Aires, el Decálogo del perfecto cuentista, diez consejos destinados a auxiliar la tarea de los nuevos cuentistas, algunos de cuyos presupuestos todavía conservo en la memoria: “no empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas…no adjetives sin necesidad, inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil”.

Hasta entonces yo escribía cuentos gobernados por el más puro realismo, pero un día afortunado tropecé con la obra de Felisberto Hernández, quien escribía con engañosa facilidad cuentos fantásticos que aún son apreciados en el continente. A partir de la lectura de sus relatos mi vida literaria cambió. Creo que en buena medida soy deudor de su obra cuando escribí Después de la gaviota, mi libro más mencionado, que fue saludado por Jorge Edwards con estas palabras: “Después de la gaviota es un libro que se impone por su fantasía auténtica y manejo del lenguaje, porque crea un mundo muy personal y variado”.

 

 ¿Puedes hablarme de tus libros, de tus últimas obras? ¿ Cuál de tus libros ha alcanzado mayor éxito comercial?
En La Habana, con Gabriel García Márquez.

En La Habana, con Gabriel García Márquez.

Empecé a escribir desde mi adolescencia. Tendría entonces quince o dieciséis años, no más. Apenas había escrito mi primer cuento lo sometí a la consideración de Emilio Ballagas, uno de los más grandes poetas cubanos de entonces y de siempre. Su respuesta indulgente fue: “Excelente, siga escribiendo”. Por supuesto, no era un buen cuento, pero las tres palabras de Ballagas marcaron mi destino, me animaron a seguir escribiendo y en 1952, todavía muy joven, recibí con el cuento El lindero el Premio Internacional “Hernández Catá”, el más alto galardón que entonces podía ceñirse un escritor cubano. Sin embargo, la alegría provocada por el premio duró muy poco. En esos momentos yo colaboraba con textos de ficción en Bohemia, una revista de extraordinaria circulación continental, y esa semana encaminé mis pasos hacia el edificio de la revista para cobrar la colaboración del mes, pero el pagador, que de costumbre me entregaba el cheque correspondiente sin dirigirme la palabra, esta vez me sorprendió con el milagro de una voz de tenor.

— El jefe de redacción necesita verlo.

El jefe de redacción era Lino Novás Calvo, uno de los más grandes novelistas cubanos de todos los tiempos. Cuando subí a su despacho, Lino estaba sentado en una silla de resorte detrás de un buró con montones de papeles a cada lado, que aleteaban al ritmo de las aspas de un ventilador adosado a la pared.

— Las noticias que voy a darle no son alentadoras –dijo sin mayores preámbulos mientras me escrutaba desde detrás de unos espejuelos con armadura de carey–.Usted escribe bien, eso nadie lo pone en duda, pero no es posible seguir publicando sus cuentos con mucha frecuencia. Sin embargo aceptaríamos que nos suministrara reportajes con temas que usted considere de verdadero interés, sobre todo reportajes de crónica roja, por los que la mayoría de los lectores siente gran afición. Y ahora un consejo, no se haga tantas ilusiones con la literatura. En Cuba no hay editoriales y muy pocas personas tienen interés en los libros de ficción. En fin, ejercer el periodismo es lo más provechoso. No sé si me hago entender.

Por supuesto que yo entendía. Pero seguí escribiendo textos de ficción, desoyendo los atinados consejos de Novás Calvo, porque no podía renunciar a mi vocación y porque nunca he sabido ganarme la vida en algo que no sea escribir. En varias ocasiones he dicho que escribía ficción para darme gusto y periodismo para ganarme la vida. Pero eso no es cierto. El periodismo es otra de las grandes pasiones de mi vida. Ejerciendo el periodismo trabajé en Cuba como sub-director de la revista INRA, jefe de la sección de Arte y Literatura de Bohemia, responsable de la sección de crónica roja de la revista Carteles y secretario de redacción del periódico El Mundo.

En Miami, 2001, en casa del pintor cubano Cundo Bermúdez. Foto: Archivos del escritor cubano Manuel Díaz Martínez.

En Miami, 2001, en casa del pintor cubano Cundo Bermúdez. Foto: Archivos del escritor cubano Manuel Díaz Martínez.

En Cuba, y en Miami, ciudad donde actualmente resido, he publicado un buen número de libros, entre ellos las novelas: Los ojos del papel, Brígida pudo soñar,  Las vidas de Arelys,  EL cementerio de las botellas, La piedra de María Ramos y Viento de enero, que recibió en Cuba, en 1967, el Premio Nacional de Novela y fue traducida al alemán y publicada en dos ocasiones por la editorial Reclam. Y por supuesto, porque es el género que más he cultivado: los libros de cuentos Hierba nocturna, Después de la gaviota, que obtuvo en Cuba mención de honor en el concurso Casa de las Américas, Cuentos completos, El hombre verde y Mis mejores cuentos, publicado recientemente por la editorial Verbum, de España.

Pero mi mayor éxito comercial no hay que anotarlo a cuenta de la narrativa de ficción. Apenas llegué al exilio, empecé a publicar en el periódico El Nuevo Día, de Puerto Rico, una sección semanal sobre parasicología, misticismo, alquimia y medicina alternativa. Durante años me había consagrado  a la práctica de la meditación budista, y ya en Estados Unidos alcancé una maestría en Hipnología  Multidimensional así como recibí un curso sobre Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica bajo la orientación del Lama Gangchen Rimpoche, vicecanciller de la Universidad de Medicina Complementaria de Sri Lanka. Pero además, gracias a los numerosos estudios realizados en Stanford, Harvard y otras prestigiosas universidades norteamericanas, pude confirmar que la práctica de la meditación era una técnica eficaz para activar el sistema reparador del organismo, y que los meditadores de larga práctica lograban disminuir la presión sanguínea y los niveles de colesterol, fortalecer el sistema inmune, vencer las acechanzas del estrés y combatir con éxito un buen número de dolencias, incluso una enfermedad tan mortífera como el cáncer. Yo me había beneficiado con esa práctica y desde entonces me hice el propósito de trasladarle la información a los demás.

“¿Cuándo escribiré ese libro?”, me preguntaba con excesiva frecuencia sin sospechar que  el destino ya estaba empezando a tejer la trama del éxito comercial a mi favor:  uno de los trabajos que publiqué en Puerto Rico sobre la práctica de la  meditación cayó en manos de un miembro del consejo de redacción de la editorial Llewellyn. Una de mis buenas amigas, la escritora Belkis Cuza Malé, le proporcionó mi dirección postal y él logró comunicarse conmigo. Me dijo que si yo tenía escrito un libro sobre el tema, ellos lo publicarían. No, no lo había escrito. Pero prácticamente lo tenía concebido con abundantes notas en un cuaderno y capítulos enteros en la memoria. Me encerré a escribirlo, alejado del mundo, y en poco menos de dos meses ya lo tenía concluido.

Mi libro Meditación se convirtió muy pronto en una especie de best-seller. Fue publicado en Estados Unidos, en español y en inglés por la editorial Llewellyn, y casi enseguida en Rusia, República Checa, Portugal, Grecia y la India. Gracias a Meditación  logré, comercialmente, lo que no he alcanzado con mis cuentos y novelas. Así de imprevisible es el camino de un escritor.