Así como antes se nos decía admonitoriamente por los padres para evitar las malas compañías, “dime con quién andas y te diré quién eres”, ahora, retomando ese consejo paternal hijo de la preocupación, la sabiduría y la manía prohibitoria, podríamos decir, “dime qué lees y te diré quién eres”, y esto resulta un aserto iluminador para cualquier vida, eficaz forma de “biografía intelectual” la cual permite conocer una persona a través de los libros que reúne y frecuenta. Más aún en el caso de quienes los adquieren y conservan, como parte de un tesoro personal. Los libros que amorosa y hasta codiciosamente colecta un aficionado durante su vida, como parte de sus objetos más preciados y cercanos, ofrecen elementos para reconstruir su retrato más perfecto, profundo y preciso, no como objetos inanimados de una decoración doméstica, sino como la expresión de una personalidad, de sus gustos y placeres más íntimos. No olvidemos que la lectura es una suerte de onanismo intelectual, un placer eminentemente solitario.
Si los coleccionistas tienen sus afectos y manías, no debe sorprendernos entonces que tratándose de bibliotecas mayores las prácticas aplicadas a través de los tiempos resulten pintorescas, pero muchas veces tienen su profunda razón de ser. Cuando en los monasterios medievales se fijaban con cadenas forjadas y gruesos pernos los volúmenes acorazados de los códices a los sólidos estantes de roble de sus bibliotecas, eran para evitar la “distracción” de algún monje o visitante inoportuno, no porque los volúmenes estuvieran “presos”, sujetos a algún severo mandato judicial. En la época cuando Karl Marx frecuentaba The British Library mientras preparaba Das Kapital, no sólo se permitía fumar en los espaciosos salones con mullidos sillones, sino que se solicitaba a los usuarios tuvieran la bondad de depositar la ceniza de sus puros o pipas entre las hojas de los volúmenes… por ser un excelente insecticida, remedio eficaz contra los enemigos microscópicos más letales de los libros, sólo menos destructores que los mismos hombres. En esas mismas bibliotecas de la culta, industrializada, pudorosa y ritual época victoriana, estaba prohibido colocar en un mismo estante las obras de autores y autoras… a menos que estuvieran casados entre ellos. Y es que se consideraba que la proximidad de los libros podía constituir un peligroso caso de contagio textual… Hay disposiciones bibliográficas antiguas que se mantienen en la actualidad: cuando Felipe II construyó la prodigiosa biblioteca del Real Sitio de San Jerónimo del Escorial, decidió que los volúmenes fueran colocados en los estantes con el lomo hacia la pared, para que el visitante pudiera apreciar la lujosa cubierta de oro en las páginas de los mismos, y así pueden contemplarse aún hoy. En definitiva, ya sean las disposiciones prácticas de los bibliotecarios o las manías –o preferencias- de los coleccionistas, en el mundo del libro se expresan las personalidades de quienes los coleccionan y conservan.
Desde sus remotos orígenes en el valle formado por los cauces del Éufrates y el Tigris, que da origen al nombre de Mesopotamia (“entre ríos”), la escritura en caracteres cuneiformes (“como cuña”) sobre tejuelos de barro horneado ha recorrido hasta hoy un camino que nos devuelve a su principio, mejorado por la ciencia y la tecnología: las tablillas de arcilla de ese lejano ayer hoy son las modernas “tablets” (tabletas) si no de barro, sí con un ingrediente sustantivo de “tierras raras” formando sus circuitos nanotecnológicos. “Nihil novum sub sole”.
Las bibliotecas, como colecciones de libros, pueden ser de varios tipos, según su ámbito, origen y funcionamiento. Hoy contemporáneamente disfrutamos un invento relativamente moderno: las Bibliotecas Nacionales. La primera fue la Francesa instituida por el Cardenal Duque de Richelieu, ejemplo seguido posteriormente por otros príncipes ilustrados, como en el caso español, Felipe V, fundador de la dinastía de Borbón en el trono ibérico que llega hasta nuestros días y su hijo, Carlos III. Hay países que tienen la fortuna de tener más de una –o varias- bibliotecas Nacionales, como México, que tiene dos1: la que custodia la UNAM desde 1929 por encargo directo y mediante resolución del Congreso de la Nación, y la del Museo Nacional de Antropología, pues ambas tienen como origen común el Museo Nacional o Museo Mexicano, que después derivó por un lado en la Biblioteca y el Museo propiamente dichos. El caso de Italia es aún más complejo pues ostenta una red de “Bibliotecas Nacionales”, que en puridad constituirían una sola entidad extendida por todo el país, pero con acervos distribuidos en varias ciudades (Roma, Florencia, Milán…), como herencia de un recientísimo origen nacional unitario (apenas en la época de Giuseppe Garibaldi).
Pero también hay bibliotecas públicas y privadas, y tanto en unas como en otras, abiertas y cerradas. Las bibliotecas públicas son y deben ser por definición y empezando por las Nacionales, abiertas, pues están sujetas a recibir un flujo constante de obras por concepto de compra, canje o el instituido depósito legal –una de las más nobles legislaciones mexicanas y tradicionalmente una de las más evadidas, queremos suponer que “por distracción”- pero hay también bibliotecas que por su origen o disposición legal son las llamadas cerradas –pocas- originadas por donaciones de coleccionistas privados, como es la ejemplar y meritoria Biblioteca Palafoxiana, que legó el meritorio Arzobispo navarro Don Juan de Palafox, y es por derecho propio uno de los bienes patrimoniales más valiosos de la nación mexicana, y que en algún momento hasta despertó el juvenil regocijo de un autor visitante, quien supuso que en ella se encontrarían los manuscritos perdidos de los grandes autores de la Antigüedad clásica, como Tácito y Salustio2: no los tiene, pero igualmente ese tesoro bibliográfico –y arquitectónico- es una joya de México.
Breve ojeada a los remotos orígenes de prácticas contemporáneas: bibliografías, bibliofilias y bibliofobias.
Elaborar una bibliografía no es, como supone el vulgo y algún que otro letrado, “hacer listas de libros”. Sí así fuera, habría que considerar como el primer repertorista americano al Obispo fray Diego de Landa, quien en Yucatán mandó reunir y enlistar los códices mayas con el avieso y funesto propósito de incinerarlos por considerarlos obras diabólicas: pecado de lesa cultura imperdonable, del que no lo exime su posterior expiación para tratar de remediar semejante quebranto con la tardía recuperación de lo que escapó a su furia iconoclasta inicial.
Una bibliografía, pues, debe tener un propósito trascendente de conservación y servicio. Si no es concebida para ayudar a difundir el contenido de las obras, no es una bibliografía. Es por ello que el ejemplar bibliógrafo mexicano Don Joaquín García Icazbalceta, asumía que el empeño de un forjador de esos instrumentos serviciales corresponde al del modesto “oficio de peón” de los libros.
Una de las pérdidas más lamentables que ha sufrido la Humanidad es el “incendio” de la Biblioteca de Alejandría. Pero así como la llamada “invasión de los bárbaros” no fue el hecho con precisión fechable que nos ha llegado a través de algunos cuadros, el desastre de ese repositorio no fue tampoco, como se piensa erróneamente, obra de un día nefasto en que los hados decretaron su ruina, sino el resultado de un designio consciente y sostenido durante meses, de un fanático poseído por UNA idea, SU idea, que por supuesto sólo alcanzaba su propia explicación excluyendo a todas las demás. Lo más monstruoso es que quien decidió esta destrucción fue precisamente el encargado de custodiarla y preservarla, su propio bibliotecario, convertido así por obra de su fanatismo “ilustrado” (estos son los peores) en su supliciador, para pérdida y mengua de todos los demás que hemos sido y somos en el planeta. El único consuelo que procede es ignorar en verdad cuánto se perdió, pero sólo imaginarlo duele. Es válido conjeturar, dejando volar la imaginación (“esa loca de la casa” que decía Santa Teresa de Jesús) de no haber ocurrido este retroceso y voluntario enlentecimiento, si hoy ya no tendríamos curas para casi todas las enfermedades que nos aquejan, y si el hombre habría podido ya rebasar las fronteras del sistema solar. La destrucción de la Biblioteca de Alejandría, suma de los saberes acumulados de la Antigüedad, supuso un retroceso de más de mil años en la evolución de la Humanidad: así de trágico fue ese nefasto suceso. Esa obra de amor por la ciencia ser perdió por la acción del amor por la religión: conocimiento e ideología han estado peleados a muertes desde temprano. Lo que los ptolomeos construyeron con sabiduría, vino un fanático y obtuso obispo –San Cirilo- y lo destruyó, no sin sacrificar a la última sacerdotisa, no de UN culto, sino de LA cultura: Hipatia.
Y es que las grandes civilizaciones antiguas lo fueron, sobre todo, no por sus templos, pirámides, mastabas, torres o catedrales, sino por la palabra consagrada en sus diversas escrituras, ya fueran jeroglíficas, pictográficas, cuneiformes o alfabéticas. Sin estas las otras ni hubieran existido, ni tampoco se hubieran justificado.
Si recordamos los logros de la gran cultura helénica, más allá de las batallas de los macedonios y los persas, hasta los confines del mundo conocido, se condensan todos en un faro a cuyos pies se encontraba una biblioteca, que simbólicamente, difundía la luz desde el delta del río Nilo, en una ciudad fundada por el propio caudillo macedonio. Todo el saber hasta entonces logrado fue reunido en ese lugar de encuentro, no tierra adentro (lejos de la humedad y el salitre), sino ubicado junto a la vía principal de comunicación entonces: el mar.
Ignoro si la reina Cleopatra tuvo a su servicio algún bibliógrafo para el funcionamiento de su célebre Biblioteca en Alejandría, pero resulta fácilmente presumible. Quizá los encargados de los repositorios confiaban en su memoria como guía para acceder a sus fondos prescindiendo de los útiles catálogos. Y no sería muy aventurado suponerlo, pues aún entre nosotros existen ejemplos de estos seres que son en sí mismos una suma de bibliografías.
Pero no toda relación de libros es tampoco una bibliografía, aunque a pesar de sus propios orígenes y la voluntad e intereses específicos de quienes las concibieron, puedan ser asumidas por tales. Sucede así, por ejemplo, con las pormenorizadas descripciones de los fondos incautados a los jesuitas novohispanos en 1767, las cuales describían con precisión policíaca las obras que conservaban en sus “librerías” (nombre que entonces se les daba a las bibliotecas), y en cada una de las celdas de los ignacianos, con el perverso propósito de encontrar por fin aquellas ansiadas pruebas las cuales permitieran incriminarlos en los supuestos delitos de “lesa majestad” que provocaron su expulsión. Al final, los pesquisidores, frustrados, confesaron que no habían encontrado nada. Y abandonaron con despecho esos papeles de manera lamentable y oprobiosa, que merecería toda una historia aparte3.
Estas antiguas “inquisiciones” tienen lamentablemente modernas actualizaciones.
Adolfo Hitler, antiguo estudiante de arquitectura, pintor mediocre y escritor de al menos un abominable libro, concibió una “política bibliográfica” muy eficiente, aunque quizá debamos reconocerle la paternidad de ella a su todopoderoso Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, quien no era precisamente un hombre inculto pues en 1921 obtuvo un doctorado en la prestigiosa Universidad de Heidelberg, con una documentada tesis sobre el dramaturgo romántico alemán Wilhelm von Schütz, dirigido por Max Freiherr von Waldberg, lo cual no le sirvió más tarde para ser exceptuado del “retiro forzoso” como judío, cuando su antiguo discípulo tomó las riendas de la cultura germana. Ambos nefastos personajes dispusieron las quemas de libros en ejemplares hogueras públicas, para lo cual, previamente, elaboraron “listas” con funestos criterios de selección. Por otra parte, esto evidencia también que no siempre un temperamento artístico –por muy mediocre que sea- o una sólida preparación académica, resultan garantías suficientes para el respeto, cuidado y difusión de los libros. Sobre esta paradoja ha reflexionado con notable acierto y profundidad Juan Domingo Argüelles en su artículo “Los falsos poderes del libro: mitos nobles e ingenuos”4, pues distingue que “los libros, con todo y sus cualidades nobles, distan mucho de ser una cura para todo mal (…) el poder de los libros viene del uso que se les dé, no hay ninguna cualidad redentora mágica en ellos (…) para muchos intelectuales basta solo leer un libro –que ellos ya han leído- para tornarnos en personas ‘de bien’ “… Y para dejar guardada toda proporción, anota irónicamente que es vano espantarse de las quemas de libros que realizaron Hitler y sus secuaces, cuando también incineró y masacró a tantos seres humanos (lo cual podría aplicarse igualmente a los inquisidores europeos –por cierto, no sólo españoles, pues en Inglaterra, Alemania y Francia también las hubo y abundantes, pues “crimen fueron del tiempo y no de España”, como dijo el gran Quintana5– quienes anatematizaron y purificaron por el fuego redentor tanto impresos y manuscritos como personas. Y no sólo fue lector, sino también bibliófilo Hitler: “Su biblioteca particular llegó a tener, en conjunto, más de 15 mil volúmenes que en un 50 por ciento versaban sobre la guerra, pero en la otra mitad había filosofía, literatura, religión, historia, viajes, biografías, teatro, pintura, arquitectura… Entre los autores (…) figuraban Goethe, Ibsen, Tagore, Gandhi, Romain Rolland, Fichte y Baltasar Gracián…”6
Otro sujeto, seminarista fracasado, Iosif Visarionovich Schugaasviili, mejor conocido con el contundente y acerado pseudónimo de “Stalin”, también ejecutó una pormenorizada búsqueda y clasificación de libros destinados al “limbo bibliotecario”, donde sumergió autores como Mijaíl Bulgakov, Osip Mandelstam (o Mandelshtám), Isaac Babel e incluso hasta al ideológicamente insospechable Vladimir Maiacovski, en los laberintos de la culpa y la desesperación. Y del suicidio… si fue suicidio7.
Otro conocidos represores como Augusto Pinochet Ugarte8 y Fidel Castro Ruz, han sido también grandes lectores y contado con nutridas bibliotecas. En el caso del primero, con temas sobre Historia de Chile, táctica y estrategia militares y Napoleón Bonaparte9; en el segundo, además de historia y biografía, sobre ocultismo, inmortalidad del alma, astrología, espiritismo y metempsicosis, según el testimonio de su amigo personal Gabriel García Márquez quien tuvo acceso a sus lecturas10.
En la República de Cuba, en la Biblioteca Nacional que lleva el nombre ecuménico de José Martí, me consta que durante muchos años –no sé si aún ahora con las cosméticas “reformas”11– existió un departamento entonces llamado “Reserva amarilla” donde se separaban aquellos libros que sólo podían ser leídos por “personal autorizado”, previamente seleccionado por su “confiabilidad” (entiéndase, incondicionalidad) política. Puede encontrarse además el testimonio directo y personal de esta práctica, por cierto bastante común entre los países totalitarios del “socialismo real”, en la estremecedora autobiografía Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, quien trabajó en esa Biblioteca.
Reflexionando en estos castigos contra los libros de los que la historia da terribles muestras periódicas, admito ciertos grados de perversidad. Hay ciertamente, dentro de la bestialidad, algo trágico pero grandioso en la imperdonable acción de la quema de los libros. Es sin dudas abominable y produce un extraño efecto hipnótico: deslumbra como la pira de Aquiles o los grandiosos entierros de los guerreros vikingos en sus drakares. Pero raptarlos, secuestrarlos y condenarlos al silencio y convertirlos en pulpa es una silenciosa, artera y atroz masacre. Los sicarios crueles en México encargados de desaparecer a sus víctimas reciben el nombre espantoso de pozoleros pues las disuelven en grandes ollas con potentes ácidos. En la incineración de percibe cierto respetuoso temor ante el adversario derribado, considerado pernicioso por su fuerza, pero en la conversión pulposa (y culposa) se revela una abominación mayor, pues le niega su grandeza y lo reduce a su más grosera materialidad, lo minimiza a su composición química de celulosa y ácidos: a las víctimas supliciadas se les niega la corona del martirio.
En el caso germano, ¿de quién fue la culpa del Holocausto de los Libros? ¿De Hitler, que enloquecido lo incitó? ¿De Goebbels que, envilecido, la concibió? ¿Del pueblo alemán que enceguecido la perpetró? La culpa fue, si acaso, de la perversa condición humana, capaz de las mayores grandezas o las más profundas abyecciones, de las virtudes más sublimes y los pecados más nefastos. Unos, hipócritas, preguntan cómo el pueblo alemán, tan culto –la patria de Goethe y de Schiller- pudo cometer esto. Y olvidan, y quieren hacer olvidar que el también cultísimo pueblo francés celebró como una jauría el asesinato –entre muchos otros- de una mujer y madre, mediante un oprobioso proceso jurídico viciado de principio a fin por incurrir en el crimen de una corona heredada de sus padres, legada por sus mayores y a la que -injusticia suprema- hoy se le recuerda, si acaso, por una frase que nunca pronunció12. Después de ser decapitada, y desde antes y aún mucho después, se procedió contra ella asesinando su reputación. Alemanes y franceses, con tres mil años de cultura en sus espaldas, cometieron los actos más atroces, pues ningún grupo está exento de estos crímenes cuando sus destinos son regidos por monstruos que los halagan y seducen para después someterlos y hacerlos, además de víctimas, cómplices.
Como ejemplo que no toda afición ilustrada a los libros puede ser sensata o eficaz, Umberto Eco en su monumento literario El nombre de la rosa nos obsequia la figura de su personaje fray Jorge de Burgos, quien también tenía su “reserva amarilla”, cuya joya era el tratado aristotélico presunta y presumiblemente “perdido” sobre “La risa”… Tan erudito como nefasto el fraile bibliotecario. La sugerencia del semiótico italiano es que al bibliógrafo leal con su desempeño, no le corresponde aplicar criterios de selección personales por razones que no sean auténtica y exclusivamente sustentadas en un recto ejercicio profesional. Esta “censura” inicial puede –e inevitablemente conduce- llevar a otras censuras.
Coda y reflexiones finales:
Del triste caso anterior resulta evidente que no siempre el Poder interesado en la Cultura es benéfico ni propicio, pues puede resultar todo lo contrario. En ocasiones, resulta hasta preferible cierto leve desinterés, una saludable lejanía entre ambas dimensiones, una necesaria distancia para que ambas esferas transcurran paralelas y sin demasiadas intersecciones o interferencias. Sin embargo, también puede resultar recomendable y hasta útil la mutua colaboración entre ellas, siempre y cuando cada una esté consciente de sus límites y propósitos superiores. El grano profundo de esta mazorca de complejidades y recelos, el justo medio salutífero, es el resultado de la prudencia y tino con que se miren y entrelacen esas dimensiones, a partir de un discreto ejercicio de la virtud del discernimiento.
La Universidad –más tarde Autónoma y siempre Nacional- de México, que hoy custodia la Biblioteca y la Hemeroteca del país, posterior a la guerra civil (mejor conocida como “revolución mexicana”) desatada después de la renuncia del Presidente General Don Porfirio Díaz y su partida al autoexilio, es un escenario de enfrentamientos, algunos soterrados y otros no tanto, entre el Saber y el Poder. El Estado mexicano y la Universidad han devenido un matrimonio en ocasiones mal llevado o de difícil convivencia, pero siempre abundoso de hijos diligentes y buenas obras.
Esa utopía compartida que siempre ha sido el concepto de “Universidad” desde sus remotos orígenes medievales como entidades privadas, hasta su conceptualización más moderna como instituciones públicas al servicio de los Estados nacionales surgidos con la desintegración del feudalismo, ha sostenido en numerosos casos esa difícil y compleja relación con el Poder.
En el caso mexicano de su “Máxima Casa de Estudios” ese vínculo ha transitado por muchos momentos en ocasiones hasta convulsos pero siempre complejos que se ha reflejado en la Biblioteca Nacional. El deslinde entre “lo público” y “lo privado” es un permanente ejercicio de crítica y autocrítica, de reflexión y prospección, búsqueda incesante y hallazgos ocasionales siempre superados por el ritmo de los tiempos.
Conviene distinguir entre categorías y conceptos vinculados con la relación de los hombres hacia los libros. No siempre esa relación es sana y positiva. La figura que parece más próxima a nuestra idea actual de la persona que se ocupa de los libros es la del anticuario, que aparece a mediados del siglo XVIII, y el objeto de su ejercicio no es exclusivo de los impresos y manuscritos, sino extensivo a todo lo que corresponda con la categoría de “antigüedad” (lo mismo fósiles, que gemas, restos arqueológicos y una amplísima gama). El escritor escocés Walter Scott creó una pintura muy atractiva de este espécimen humano en una novela homónima, que tiene sus orígenes más remotos en los organizadores de los “gabinetes de curiosidades y portentos” que algunos príncipes ilustrados o con deseos de ilustrarse, juntaron para satisfacer a la vez su interés, prestigio y vanidad durante parte de la Edad Media y el Renacimiento.
Considerado como un objeto material –y por tanto, con un valor y su consiguiente comercio- el libro ha sido sujeto a los afanes de libreros acreditados y respetuosos (como Salvá, Palau y Bardón), lo mismo que a groseras manipulaciones en manos inescrupulosas y crapulosas de mercaderes y mercachifles, auténticos traficantes (como los “pérfidos” Agustín Fischer y Manuel Fernández del Castillo13), verduleros, agiotistas, abigeos, para desembocar en las dos categorías que son la más alta representación de sus cultores, como los bibliófilos y los bibliógrafos (de éstos, también los ha habido no sólo poco serios sino hasta burlones, como James McPherson y su famosa tomadura de pelo de los “Cantos de Ossián”) y hasta el caso de los bibliómanos, con perfiles neuróticos que desembocan en la psicopatía y la sociopatía, quienes encuentran su representación más acabada en el célebre fray Jorge de Burgos de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, ya citada, travieso guiño del autor hacia su admirado Jorge Luis Borges, también ciego como el fraile medieval.
México puede ostentar una historia honrosa en cuanto a la cultura del libro: aunque no fue el primer territorio americano en contar con catedral, universidad e imprenta, pues por razones históricas y geográficas esas primicias correspondieron a la entonces isla de La Española, ahora Republica Dominicana, lo cierto es que su Catedral Metropolitana es hoy la más majestuosa de todo el continente; la Universidad, aunque se constituye con una bula posterior a la que benefició a San Marcos en Lima, empezó a funcionar antes y así se ha mantenido bastante permanentemente, y por su intensa actividad impresora sigue siendo una de las líderes latinoamericanas con numerosas editoriales, entre las cuales destaca esa transnacional cultural que es el Fondo de Cultura Económica, desde 1934, con más de 80 años de vida ininterrumpida. Y para apoyar esto, debe señalarse como dato curioso que muchos de sus hombres y mujeres más eminentes han tenido una estrecha relación con el mundo bibliográfico; los dos mexicanos más trascendentes del siglo XIX, ambos oaxaqueños –tierra de antigua imprenta dominica- tuvieron vínculos directos y cercanos con los libros: Benito Juárez, como encuadernador, y Porfirio Díaz como bibliotecario. El mismo controvertido Francisco I. Madero fue un curioso y asiduo lector de libros de asuntos esotéricos y sobre temas de parapsicología, y reunió una reducida pero muy selecta colección que hoy se conserva, y se puede consultar –con sus anotaciones marginales- en la Biblioteca del Centro de Historia de México CARSO (antes CONDUMEX). Más recientemente, presidentes de la República como José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León han estado vinculados estrechamente con los libros.14 Muchas de estas bibliotecas particulares podrían servir algún día como apoyos sustantivos para aquellos que intenten escribir las biografías de personajes como estos, pues a través de sus lecturas, de sus manías como coleccionistas, de sus intereses intelectuales y en algunos casos hasta de su marginalia, pueden aportar luces sobre sus personalidades. No ha sido raro en México la figura del Poder Ilustrado.
En el mejor sentido de la palabra, en México, en muchas ocasiones, mas no siempre, el Poder ha estado enlazado con el Saber, para beneficio de ambas partes, y muestran abundante ejemplo de ello los numerosos premios, becas e instituciones que como El Colegio Nacional y El Colegio de México, además de la Universidad Nacional y otros altos centros de estudio, ofrecen para el estamento intelectual, nacional y foráneo, sustento y medios de vida honrosa y suficiente, en condiciones aceptables de independencia y libertad de opinión. Muchos de los beneficiados por las congruas canonjías, generosas becas y generosos premios literarios y artísticos en México son al mismo tiempo, sin escrúpulo alguno, estruendosos, irreductibles y activos opositores del “régimen”… por lo cual se dice que “escriben con la izquierda… pero cobran con la derecha”.
Para el cuidado y conservación de los libros, ha sido sumamente importante el empeño que durante muchas generaciones han obsequiado los coleccionistas privados. Cuando las naciones (o sus estados) olvidan o postergan sus deberes y obligaciones patrimoniales, es muy para agradecer que individuos generosos, conocedores y comprometidos, asuman de su peculio, bajo su entero riesgo y también con completo aplauso, lo que aquellos obviaron. Los bibliófilos han sido y son los sujetos que desde su esfera privada han mantenido la amorosa tarea de encontrar, adquirir, conservar y luego legar –generalmente- sus acervos reunidos durante toda una vida, restando sus bienes a otros empleos y disfrutes mundanos: hacen así honor de aquel colega de tiempos pretéritos, don Melchor Pérez de Soto, arquitecto y ocultista novohispano supliciado popr la Inquisición en el siglo XVII, que ofrendó, junto con sus libros, su vida. Con su biblioteca incautada y dispersa15 dejó una muestra de sus afectos, pero además, el retrato intelectual de un hombre de su época, una biografía por escribir a través de esos amados y culposos libros.




