
Esteban Lazo es el único negro en la alta nomenclatura del poder político en Cuba. En la foto: Junto al escritor Abel Prieto, Raúl Castro, y los escritores Miguel Barnet y Roberto Fernández Retamar.
Hace ya algunos años asistí en la UNEAC de Santa Clara a un evento sobre racismo en Cuba. El plato fuerte sería un documental, en el que su realizador denunciaba como de racista el criterio, compartido por no pocos de los que regentan el mundo del ballet clásico, según el cual el pie del negro no está fisiológicamente preparado para competir con el de los blancos en el baile en pointe.
Mareado tras el duodécimo discurso de apoyo que los asistentes le improvisaron al paradójicamente cada vez más indignado realizador, mulato por más señas, me atreví a meter la cuchareta. Primero conté como mi profesor de educación física, mulato también, me había negado toda posibilidad de competir como corredor de distancias cortas en mis tiempos de universitario, aun sin verme correr, porque según él yo era muy blanco y los de esa raza no tenemos suficientes fibras rápidas en los músculos. Luego les pregunté si eso también no era racismo… y no, resulta que no, aquello más bien era una simplificación para algunos… no achacable, eso sí, a la raza del simplificador y muchísimo menos a ninguna forma de racismo, mientras para otros un hecho comprobado por la ciencia que nada tenía que ver con alguna forma de discriminación racial.
Tras la derrota del Nacional Socialismo Alemán en 1945 y la confirmación en occidente de sus atrocidades racistas, el deseo de no ser identificados con él ha dado lugar a una cierta cantidad de temas tabúes en nuestra civilización; que por demás parecen funcionar en una sola dirección: Nadie se atreve, por ejemplo, a reconocer que los grupos discriminados suelen desarrollar también ellos feroces ideologías racistas.
La cuestión se complica aún más debido al chantaje que a nuestra conciencia ética se hace desde esos sectores históricamente discriminados, y que llega al extremo de que ciertas actitudes inadmisibles a la democracia sean toleradas y hasta legitimadas por formar parte de especificidades culturales supuestamente inalienables. Es ese chantaje a la conciencia de culpa con que cargan las sociedades occidentales el que las lleva, en esencia, a proponerse como meta alcanzar un disparatado Pluralismo Cultural en lugar de una Cultura del Pluralismo.
Pero para ser justos y hablar con propiedad, debemos admitir que el mencionado chantaje no es obra de los discriminados en sí; al menos más allá de un nivel puramente individual y circunstancial. Quienes en realidad lo impulsan a gran escala y de manera organizada son los progres, raramente procedentes ellos mismos en lo personal de los sectores discriminados. Un grupo bien conocido que se ha autonombrado representante de dichos sectores para tener una base política sobre la que medrar, o en todo caso sobre las que darle un sentido a sus por lo general aburridas vidas de clase media. En los EE.UU., por ejemplo, hay toda una industria por estos días, montada por esta gente y que vive de cada negro que las fuerzas de seguridad norteamericanas matan en las calles. Por cierto una industria que le debe mucho, entre otros medios, a Telesur; del cual ya volveremos a hablar hacia el final de este artículo.
Traigo a colación este largo preámbulo, y la anécdota de más arriba, a propósito de un fenómeno que desde hace tiempo se da en la sociedad cubana. La construcción por no pocos negros y mulatos de una identidad propia, distinta de la del cubano en general: de una afrocubanidad. En el fondo la cara presentable de un muy agresivo racismo negro que se esconde tras esa identidad, y que si usted tiene la desgracia de ser blanco (y cubano, que si es extranjero la actitud tiende a cambiar por completo) puede llegar a sentir con mucha fuerza en ciertos ambientes habaneros.
Obsérvese que hablo de construcción, y no de reconocimiento, o de descubrimiento, porque tal identidad propia, esa pretendida afrocubanidad, no existe más que en la voluntad de algunos negros y mulatos de hoy día, y no es el resultado de una real y espontánea evolución histórica de la Nación Cubana. En la que es muy difícil distinguir diferencias entre personas por el color de su piel, al menos más allá de la voluntad expresa de algunos de creerse esa diferencia.
Una “identidad” que se construye, por cierto, gracias a la importación de los andamiajes, y por sobre todo, de las superficialidades de afro identidades realmente existentes, sea la estadounidense, la antillana o cualquier otra.

El grupo Afrocubanas, fundado por la escritora Daysi Rubiera, celebra trimestralmente la tertulia “Reyita” para analizar temas de género y raza. En la foto, un debate con la Red de Mujeres Cristianas sobre estereotipos racistas en la familia. Foto: Jorge Luis Baños/IPS.
Explicaré en pocas palabras cual es mi más inmediato temor al respecto (no me ocuparé aquí del evidente peligro que para la unidad cultural de la nación significa esta identidad inventada):
El régimen castrista tiene una peligrosa tendencia a presentarse como representante de humillados y ofendidos. Supuestamente debería serlo de esa clase, el proletariado, que según Marx lleva en sí, por su posición especial en el proceso productivo de la sociedad capitalista y no por su pobreza, lo necesario para establecer sobre la Tierra formas de socialización en extremo complejas. Formas que sean capaces de superar al capitalismo (esa maravilla de la que nunca se había, ni se ha hablado tan encomiásticamente como en cierto párrafo del Manifiesto Comunista), sin perder a su vez sus increíbles avances. En la realidad y no en la teoría, el castrismo, que de marxista solo tiene la pretensión de aparentar serlo, se presenta más bien como el protector de los pobres, y de todos los elementos “discriminados”.
En Cuba, nación occidental por constitución histórica, lo real es que los más desfavorecidos deben ese estado no tanto al color de su piel, o a su nacimiento en algún recóndito rincón de la campiña cubana, como al predominio en ellos de valores antagónicos a la occidentalidad. Es la incapacidad, por ejemplo, de pensar con exactitud y distintamente, de discriminar lo accidental y contingente de lo necesario y esencial, de mensurar con rigor la realidad, aun cuando se carezca de concretos instrumentos de medición, de colocar a la vida vivida y percibida en una estricta red temporal, de tener una religiosidad que no se base sobre la creencia de que todo el mundo quiere joderme y los dioses están ahí pa’ resolverme el que sea yo quien joda a to’ el mundo antes… de tener en definitiva una capacidad para la socialización más abierta e inclusiva, lo que marca en Cuba los abismos que vemos abrirse entre unos individuos y otros.
Adelántese cada cual hasta poseer el bagaje cultural, los valores, las creencias, las ideas, los imaginarios imprescindibles para convivir en la sociedad sofisticada, occidental que somos en definitiva, y el problema de la incapacidad de adaptación de algunos a esa sociedad de que hablamos quedará solucionado.
Porque la otra solución que se pretende por los sectores más radicales de la “afrocubanidad”: el regreso a cierta sociedad africana idealizada, no pasa de ser un disparate. Por un lado demuestra un absoluto desconocimiento del estadio cultural en que se encontraban las civilizaciones africanas por los tiempos de la Trata, nada adecuado para sostener las sofisticadas necesidades presentes de los cubanos; y por el otro de las verdaderas raíces de nuestra cultura. Hay, por ejemplo, en las costumbres nuestras que solemos achacar a África más de callejón sevillano o de patio interior matritense, de religiosidad o espiritualidad mediterránea, de sensualidad granadina, de ritmos y musicalidad gitanesca… que de Costa de Marfil, del Congo, o de Angola. Recordemos que don Fernando Ortiz sostenía con justa razón que la raíz troncal de nuestra cultura es lo español, en todas las muchas variantes en que se da esa identidad continental más que nacional (España es más un continente que una nación)
Pero no es en definitiva a algunos exaltados de la Comisión Aponte, o de Color Cubano, a quienes hay que temer. Lo verdaderamente peligroso es el uso que el poder castrista puede hacer de ese racismo, antioccidental por vocación.
El castrismo hace mucho tiempo busca encontrarle un basamento sólido a su anti-occidentalismo. Trata de justificar en razones culturales sus formas políticas no democráticas. Si hasta ahora no ha adoptado a la pretendida afrocubanidad con ese objeto, se debe a que el castrismo no es más que el resultado de la privatización por los Castro de la explosión de energía vital cubana de mediados del siglo XX, y entre otras muchas cosas este descomedido fenómeno tuvo mucho de intento modernizador de negros y guajiros. Los dos grupos desfavorecidos por antonomasia de la sociedad colonial y republicana[i].
El castrismo no ha podido hasta ahora simplemente adoptar una posición que negara ese intento modernizador inicial sin poner en peligro su propia legitimidad, haciendo claros sus orígenes bonapartistas.
No obstante, hoy las memorias se desvanecen en este castrismo aguado que ha traído el Castro y hermano menor. Ya el país no parece pretender convertirse en el de hombres de ciencia que proponía Fidel Castro en los sesentas, sino en el de agricultores taínos con que sueña un Raúl que de propietario agrícola en el Oriente profundo no debió nunca pasar. En un futuro próximo los herederos del castrismo necesitarán con urgencia nuevos imaginarios para asentar sus despotismos: Imaginarios que la afrocubanidad parece presta a brindar… y que ninguna mejoría traerán para la inmensa mayoría de los negros y mulatos cubanos; solo para los enchufados de siempre a quienes Telesur promueve con disimulo. Ahí tenemos al señor Esteban Morales, tan activo durante la Cumbre de las Américas en el desprestigio y banalización de nuestro pasado, muy relacionado él con los sectores de la izquierda norteamericana que hoy regentan la industria a la que más arriba hice referencia.
