Otros cuerpos, rebeldías y miedos

Sobre la novela corta Clara. Historia de una transición, de Lea Marie Uría

Amir Valle

Clara. Historia de una transición
Lea Marie Uría
La Libre Editora y Puntos Suspensivos Ediciones, 2019

 

Soy enemigo, debo decirlo incluso en este comienzo, de esas clasificaciones que intentan parcelar en sitios estancos el universo libre, múltiple e inabarcable de la literatura. Cuarenta años han pasado desde que vi publicado mi primer texto y esa experiencia vital me permite asegurar que no existe literatura negra, femenina, gay, etc., sino simplemente buena o mala literatura. La calidad literaria, como se sabe, no tiene nada que ver con el tema escogido, pues ya la historia misma de la literatura universal ha sido pródiga en demostrar que se pueden escribir novelas o cuentos francamente desechables y olvidables a partir de temas que en sí llevan la fortaleza de lo imprescindible y lo eterno. Y todo lo contrario: temas en apariencia intrascendentes, cuya marca en la vida humana tiene el olor fugaz de lo volátil, se han convertido en historias trascendentales y eternas. Escribir, en simples palabras, es una mezcla entre sacerdocio y orfebrería, y en ese ámbito el color de la piel del autor, su tendencia sexual, su sexo biológico, espiritual o mental, su ideología, y el tema que escoge para ficcionar son apenas ajustes de orfebre en ese dificilísimo arte de crear mundos propios, íntimos o públicos, a través de la palabra escrita.

La noveleta Clara. Historia de una transición, de la escritora trans argentina Lea Marie Uría debe su excelencia a que es buena literatura, no a que aborde, como ya anuncia el título, el tema tan complejo y todavía controvertido socialmente de la transformación en mujer de alguien nacido como hombre. Ese es, sin dudas, el primer acierto de esta obra. No se trata de un panfleto que exige respeto para quienes han tenido la valentía de defender ese derecho tan íntimo de ser en la vida pública lo que se es en espíritu (he leído verdaderos bodrios de este tipo etiquetados de literatura). No se trata de un testimonio civilista que pretende movilizar conciencias sobre este dilema tan rechazado aún incluso en esta tan cacareada “modernidad” que habitamos (y de esos materiales, también con disfraz de literatura, se lee mucho en internet). No es, tampoco, uno de esos muchos intentos literarios o periodísticos etiquetados de “visión alternativa” cuyo único objetivo es la algarabía, el escándalo, o la asunción del papel de víctimas de la sociedad, como estrategias facilistas de, a partir de lo polémico del tema, ganar lectores o, en buena parte de los casos, adeptos para campañas de igualdad, incluso aunque sean campañas justas y necesarias. La autenticidad no se fabrica con manipulaciones ni burdas estrategias mediáticas u oportunistas. Menos la autenticidad literaria. Y lo más llamativo de la historia que nos propone Lea Marie Uría es su poderoso y auténtico aroma a vida.

Más que la simple (aunque innegablemente dura) historia de una transición esta noveleta es una desesperada, humanísima y hermosa búsqueda ontológica de los múltiples estamentos del amor y de las laceraciones, sacudidas y sustentos espirituales que provoca en Lea, protagonista, a través del contrapunto que establece con Clara, su “tabla de salvación” en medio de la tormenta de tantas dislocaciones físicas y emocionales, mientras intenta encaminar su vida hacia el orden supremo largamente soñado: el equilibrio entre cuerpo, alma y vida; el orden preciso de lo físico, lo espiritual y lo social en una nueva criatura que intenta borrar la huella del individuo armado de falsedades y dobleces que durante años fue hasta que decidió transicionar. El amor, en fin, en todas sus connotaciones: desde el roce teatral de unas manos en un performance hasta el manantial de sensualidad de una cicatriz identificada hasta entonces con el dolor, la incomodidad, jamás con el placer. Un amor que es a la vez irreverente y ofensivo (siempre habrá extraños que se burlen, tal vez sintiéndose agredidos por una supuesta “anormalidad” en tal amor); entrañable y salvaje (dos cuerpos que se aman con la desesperación del deseo y el disfrute de lo “moralmente” prohibido); tirano y engañoso (Lea encadenada a la pasión por una Clara que impone sus reglas y deseos hasta el cansancio y el fatal desenlace), pero también liberador (Lea jamás volverá a ser la misma y emergerá aún más sensible, luminosa, noble, femenina).

Berlín, voraz, inhóspita, en muchos modos siniestra, lanza sus sombras sobre Clara y Lea. Ciudad moderna que engañosamente finge abrirles sus puertas y bares y sitios públicos, donde lo trans es asumido como parte del discurso teatral “moderno” de lo políticamente correcto, mientras murmura entre dientes, conservadora, rabiosa (amordazada precisamente por la legislada obligación de operar en lo políticamente correcto) contra la inmoralidad y lo que considera antinatura. Ciudad que Lea, sin saberlo ─y en cierto modo ayudada por Clara, Britta, Cybill, Teo, Matthias, Karsten, Caroline, Florchu, Jule, y otros con quienes se relaciona─, va conquistando paso a paso, escenario a escenario, imponiéndole a la desalmada ciudad su universo sensual, sus miedos, sus retos, sus vacilaciones, sus sueños, su singular modo de entender el amor.

Más allá de que posee la concisión lingüística, la precisión narrativa y la fortaleza dramática de las grandes novelas cortas, género difícil dentro de la narrativa, otro de los aciertos de Lea Marie Uría es haber logrado una estructura escénica y accional subyugante, con personajes de una complejidad psicológica y una indiscutible credibilidad. Esos méritos, aunados al conflicto central del personaje (esa transición que incluso para Lea es a veces una enorme incógnita), le confieren a Clara. Historia de una transición la identidad única de la que hablaba al inicio: la de una obra literaria en toda regla, o lo que es lo mismo, un retazo de la vida real transportada mediante la excelencia narrativa a la vida ficcional en la literatura.

La inconformidad como brújula para trazar su propio y anhelado destino. La rebeldía como antídoto contra el dolor, la marginación y el sufrimiento. El cuestionamiento de los paradigmas sociales como método de hurgar en el lodo humano tras las preguntas esenciales para su nueva vida. La responsabilidad social y personal en la comprensión real de las migraciones espirituales y biológicas (léase transiciones de género o, por extensión, transiciones culturales o geográficas) como alternativa salvadora a las más terribles incertidumbres humanas. El amor y el amor y el amor y siempre el amor como bálsamo para enriquecer su nueva humanidad. Eso es Clara. Historia de una transición, repito, una verdadera excelencia que hace reflexionar, cuestionar ciertos absurdos tildados de “humanismo”, entender otras realidades. Y eso ya es suficiente para sugerirla como una lectura indispensable para el cultivo de la tolerancia que tanta falta nos hace.