Gente que trabaja en los tejados
Harkaitz Cano
Fundación Ortega Muñoz, Badajoz, 2019
Francisco Javier Irazoki ha preparado una atractiva antología de la poesía de Harkaitz Cano (1975). Con buen criterio, la ha dividido en tres apartados: “Paisaje interior”, “Paisaje de incendios” y “Paisaje final”. Cada uno de ellos “desemboca en un conocimiento hecho de preguntas” -en palabras del propio antólogo- y late frente a un numen que es continente y contenido de cuanto aquí se cuenta. A través de un verso de acentuada narratividad, el poeta donostiarra revela los espacios que concentran su creación. Una naturaleza vigorosa y en permanente cambio (“Inventa tu propio lenguaje, intenta enseñárselo a los árboles”) acompañan el sentir de unos poemas donde Harkaitz Cano no retrocede ante su propia ontología, sino que despliega sus pertenencias y las ofrece generosamente al lector: “No es nuestra culpa: siempre amamos a la misma persona,/ aunque ella habite un cuerpo diferente cada vez./ Pero la gente que amamos cambia”.
Sabedor de que la vida acontece junto a un espacio de contradicciones, nombrado lo que de antemano le es conocido y deja que su yo vaya reconciliándose con los estadios y personajes evocados. De modo que su verso integra intencionadamente lo que le fue arrebatado y lo que ha permanecido tras un lento periodo de despojamiento. Si los mapas de su cotidianeidad se obstinan en poder llegar a ser una paradoja, también hay, a su vez, una sólita e íntima cosmografía que acompaña su ineludible condición humana. “El tiempo siempre pasa más despacio en los cuerpos desconocidos (…) de ahí las heridas: el tiempo se desliza más despacio sobre ellas./ Porque el dolor es la promesa falsa de una eternidad”.
El verbo de Harkaitz Cano rescata la fe en compartir el pan y la lluvia, la tierra y las semillas con aquellos que aún creen en el fuego de la vida. Porque su palabra prende la conciencia y aviva el deseo de libertad entre “bosques de música, de aliento, de piel y de corteza”.