como quiera llamársele según la perspectiva desde la que se mire, igual que crear en otras manifestaciones artísticas y, en definitiva, hacer cultura, ha sido muy complejo. En primer lugar, porque los exiliados, desterrados o emigrados cubanos (el uso diferenciador de estos tres términos en el caso de Cuba es sustancial) han tenido que imponerse a la enorme propaganda negativa que, desde la isla, los ha perseguido: para el gobierno cubano, el creador emigrado ha traicionado sus raíces, ha perdido sus referentes existenciales y, en consecuencia, ha dejado de representar «lo cubano».
En segundo lugar, los creadores cubanos fuera de la isla se han visto obligados a luchar contra la idea de que sus obras no son representativas de ninguna cultura porque sus referencias, vivencias e información sobre Cuba han cambiado drásticamente. Ese status, en sencillas palabras, es «vivir en terreno de nadie»: no se les considera cubanos desde la isla, pero en esa otra cultura a la cual han emigrado se les ve como extranjeros. A eso hay que sumar los profundos abismos conceptuales, los errores de interpretación y las hipotesis enlodadas de reduccionismos que existen en la mayoría de los estudios académicos que pretenden demostrar cualquiera de los dos extremos del «tema Cuba»: que la isla es el paraíso de la cultura en el mundo actual, o que la cultura cubana producida en la diáspora en estas cinco décadas es inmensamente superior a la cultura generada dentro de Cuba.
La única certeza es que nadie conseguirá entender cabalmente qué es la cultura cubana separando lo que algunos estudiosos han llamado «las dos orillas», especialmente y en las circunstancias actuales, porque si bien en los primeros años se podían establecer espacios estancos bien diferenciados entre Cuba y la diáspora, la contundente realidad impuesta por la emigración masiva y constante de varias generaciones de cubanos, los puentes, vínculos, puntos de contactos e incluso contrapunteos del diálogo cultural isla-exilio existentes entre ambas orillas son tan evidentes que ─poco a poco y pese al intento de los comisarios culturales de «la Revolución» o de algunos sectores radicales del exilio─, han ido creando un escenario donde las divisiones artificiales se van diluyendo y se avanza hacia ese necesario espacio de confluencias en la diversidad que toda cultura necesita.
A diferencia de lo que ocurre en la isla, donde la infraestructura creada por el Programa Cultural de la Revolución (si aparcamos el daño antropológico y cultural del adoctrinamiento político-ideológico de este «Programa») propició y facilitó la eclosión creativa, en las diferentes geografías donde se ha asentado la diáspora, la creación no ha encontrado esas plataformas de ayuda y, salvo casos excepcionales, ni siquiera ha tenido el apoyo de instituciones o personas interesadas en el fomento del arte y la cultura (los llamados Mecenas), por lo cual, la admirable creatividad cubana fuera de Cuba puede considerarse como un acto de resistencia cultural, existencial y económico que concede un valor agregado a esas obras.
En este número de OtroLunes hemos querido propiciar un acercamiento a la creación literaria cubana fuera de la isla y al esfuerzo admirable de las editoriales y los editores en la existencia de esa amplia lista de obras indudablemente esenciales. En cualquier caso, es un asunto tan amplio que cualquier acercamiento será, siempre, un botón de muestra de un fenómeno en constante desarrollo actualmente.
Amir Valle
Director General
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- Sobre el universo editorial cubano
- Conversación con los protagonistas
