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XXIII
Por esas cosas del destino a mis dieciocho años viví con nueve hombres en una casa ocupada. Era una casa con paredes internas de color verde y azul que le llamaban la cueva. A media cuadra de la cueva estaba la comisaría. Esa casa de paredes verdes y azules perteneció alguna vez a los sindicatos oficiales y los jóvenes que éramos entonces la habíamos tomado como refugio. La parejita en planta baja, los hombres solos en el primer piso. La joven que todos los días salía con un hombre diferente a comprar la leche o el pan, encarnaba para los vecinos el escándalo por excelencia; sin embargo no había nada más lejano a la orgía ni más lindante con el celibato que esa reunión de homeless; aquello que éramos en realidad los habitantes de ese espacio. Esto era sin duda lo último que podría haberse imaginado el portero del moderno edificio de al lado. Cuando los sindicatos por alguna razón recordaban que existía la casa y querían recuperarla de los troskos, a la sazón nosotros, les bastaba una denuncia. Entonces la policía cruzaba la calle y nos hacía un allanamiento. Igual que los inundados que siempre retornan aunque el río los arrase una y otra vez, volvíamos a ocuparla. Claro que a veces la política se hacía a un lado y alguno que otro agente se movilizaba detrás del buen propósito, como aquella vez que decidí hervir los repasadores de cocina como recomendaba mamá —para más blancos más limpios— y a mitad de camino me olvidé del fuego y me fui quién sabe adónde. Los vecinos, alertados por el humo y el olor a tela quemada que salía de las habitaciones avisaron a la seccional. Como no había nadie en la cueva, los agentes treparon por los techos, apagaron la cocina, sacaron la olla con repasadores carbonizados de la hornalla y por poco casi lavan los platos. Al servicio del orden en la comunidad doméstica.
Pero un día vinieron por más. Y se llevaron la ropa, los libros, las pancartas debajo de la cama y los documentos. Por suerte no estábamos. Un ángel verde y húmedo momentos antes nos había expulsado de ahí.
XXI
Veinte años después volví a la cueva. Despacito quise llegar, como yendo para otro lado, para evitarme la impresión. Ya no tenía techo, las paredes habían sido demolidas hasta la mitad, las aberturas vacías de sus ventanas me condujeron al interior, un baldío donde crecían las plantas, árboles de quién sabe qué semillas que el tiempo dejó por ahí se trepaban por los muros, sobrepasándolos. Pero la pintura, aún recortada por la vegetación y el desmoronamiento seguía verde y azul como entonces. Desde la vereda de enfrente la miré. Las cuencas vaciadas de las ventanas se fijaron en mí. No quise acercarme demasiado por miedo a que una mano volviera a abrir esa puerta sellada con mil candados y me obligase a entrar; a trepar por las escaleras que ya no existían, a deletrear los poemas de amor que un día estampamos en las paredes, a soñar otra vez como entonces, cuando vivía en la casa de paredes azules y verdes. Marchitas. Húmedas, perdidas para siempre. Recuperadas por los yuyos que rumian la historia.
XXII
Una de las habitaciones de la cueva había sufrido un incendio mucho antes de que la ocupásemos. Desde el piso quemado, madera noble hecha cáscara, se elevaba la figura del humo que había dejado sus huellas en la pared. Allí el Loco recreó una noche a Dostoievsky frente a mis años que se agrandaban sin remedio. Todo el fulgor y el dolor de Occidente en ese pedacito de brasa se aferró al piso. Y si aún no cayó, seguro que sigue ahí, cimentando los pastos que lo afirman a la tierra.
XXIII
En la cueva hubo polenta, un primer flan, una heladera de regalo. Un calentador a gas donde freía milanesas que luego trasladaba de un extremo a otro de la habitación hincándolas con el tenedor como a un bicho.
—¿No seríamejor ponerlas en un plato para servirlas? —sugerían los muchachos sentados a la mesa, viendo el reguero de aceite que mi acción dejaba sobre el piso de madera.
—No —les respondía yo a mitad camino.
Y seguía.
XXIV
Hubo tardes de siesta y torta frita, vagabundos reunidos alrededor de la olla mientras una flor se abría en el patio castigada por la tormenta. A veces por las noches salíamos a descubrir alguna nueva habitación en la cueva. Oscura, clausurada por derrumbes internos, abandonada a su suerte desde el hueco inexplorado nos alcanzaba el aliento de un pasado impreciso.
«Soy marxista leninista y no creo en fantasmas ni temo» nos armábamos de valor apostando en la penumbra, rezando, un poco en broma y muy en serio mientras atravesábamos puertas crujientes en busca de señales que no éramos capaces de traducir. La vela ardiendo tiritaba en la mano, y la aventurera muchas veces volvía atrás. Para recomenzar la noche siguiente.
XXV
No teníamos agua caliente.
Clausurada por el frío, una bañera imperial
dormía en seco su descanso de mármol.
XXVI
Después vendrían otros días. Lucy, la perra con la que convivíamos, los golpes de la chica de al lado, la delgadez exquisita del flaco con sus bigotes a lo Palacios.
Lucy escapó a la libertad de la calle mil veces y siempre encontraba el camino de regreso.
A la chica de al lado su hombre acaso la abandonó por otra que se quejaba mejor.
Al flaco se lo llevaron una noche y nunca más volvió.
Sobre la cueva ya creció la hierba. Pero todavía sigue en pie. Verde y azul como la evocación. Sombría.
