Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.
Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?
Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.
Aquí ofrecemos entonces a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.
Redacción de OtroLunes
*****
Irene Ramblas vivía en la colonia Guadalupe Inn, pero yo la conocí en el sur profundo: el Sanborns de avenida Canal de Miramontes y Acoxpa, una tarde que regresaba de entregar mi colaboración en aquel periódico de Izquierda, allá lejos, en el norte de la ciudad. Yo traía algo más de veinte pesos y decidí entrar al Sanborns para liquidar un capricho: unos dulces de chocolate que allí había visto en otras ocasiones (al menos podía comprar dos con mi presupuesto y algo me sobraría). Cuando fui a pagar, un gesto de mi brazo derecho hacia atrás hizo que el codo de este golpeara, aunque leve, el seno derecho de una mujer que estaba detrás de mí, dispuesta también a pagar su compra. Esto, claro, lo supe cuando me volví a ver contra qué había golpeado mi codo. Le pedí disculpas. Sonrió, no se preocupe, dijo. Me avisó que mi chamarra —de azul oscuro—tenía una mancha como de aceite en la espalda, por si no lo sabía. Debía ser del asiento del último microbús que había tomado. Pero esto no se lo dije: por el porte, era una mujer no entendida en peseros; era mejor ocultar la desproporción por el momento; o quizá fue pena u orgullo lo que me llevó a no decirlo, no táctica. Le di las gracias. No me entendió, “¿mandé?”. Le dije cuatro o seis cosas sobre mi nacionalidad respondiendo a su pregunta, y tratando de pronunciar con más claridad. Ella había comprado unos dulces, caros, según me fijé en las etiquetas que lo anunciaban tras los cristales de la vidriera. Uno se imagina que los nombres corresponden al tipo de persona física, o al menos al estereotipo de persona con que uno los asocia. Por ejemplo, ¿cómo imaginar que alguna mujer llamada Sinforosa no sea obesa, lenta, lerda tal vez? Irene… Yo siempre me hice la idea de que una mujer llamada Irene debía ser morena, trigueña, pero jamás rubia de rosado refulgente y de cabello casi platinado, como tú. Y más: nunca pasó por mi mente que una mujer con este nombre tuviera gestos tan dulces, mirada tan lánguida por instantes desde esos ojos almendrados. “Sinforosa en latín significa ´desdichada´”, me aclaró Irene cuando ya nos encaminábamos hacia la puerta de salida. Estuve seguro de que ella estaba segura de que yo intentaba conquistarla. Estábamos cumpliendo con las reglas establecidas, de mutuo, tácito acuerdo. La despedí en el parqueo. Su carro era un Shadow rojo, quizás de par de años atrás. Desde allí pude señalarle, más o menos al busto, hacia el edificio donde yo vivía.
Cuando llegué al apartamento miré la espalda de la chamarra. Sin duda, era una mancha de grasa, de la gruesa. Del asiento de ese microbús que venía, ruidoso, avanzando pesarosamente por todo Canal de Miramontes como un tanque de guerra averiado, a oscuras en el interior.
La mañana del día siguiente me la pasé esperando la llamada que me había prometido Irene Ramblas. El teléfono del apartamento era de cable, como casi todos entonces y como todos entonces sin identificador de llamadas. De modo que yo, si estaba esperando llamada, debía sufrir los ataques de despecho de algunas de las ex de Mario Trejo que, al descolgar yo, me insultaban creyendo que era él, a quien habían hallado por fin en el apartamento. Me daban temblores cuando descolgaba el teléfono, esperando insultos que, dichos en mexicano, casi nunca entendía del todo. Irene me llamó quizás veinte minutos después de las once del día, “antes de la doce, como me comprometí”, fue su saludo.
La colonia Guadalupe Inn, en el sur cercano, tiene trazos que me recordaban la Narvarte y, por consiguiente, mi estadía en la casa del armónico culo de Ruth Tagle, adonde me asomé luego, cuando ella no estaba, para entregarle mi deuda a la doméstica, aquella Gorda buena que me prestara el importe de mi taxi de escape. Mas, la Guadalupe Inn, que abarca un tramo del lado norte de la avenida Río Churubusco, posee más empaque, sus árboles son más frondosos, sus edificaciones más sólidas, sus calles más anchas y polivalentes —algún cantero, algún camellón ajardinado—, y luce más húmeda la Guadalupe Inn, y más humana por tanto.
Mis primeros encuentros sexuales con Irene Ramblas fueron en el apartamento de Villa Coapa, esas noches en que venía de vuelta de sus trabajos en el INI (Instituto Nacional Indigenista), donde ella y tantos otros cobraban buenos salarios y recibían viáticos, muchas veces sustanciosos, para mantener indios a los indios. Desde el primer ayuntamiento Irene me pidió que le hiciera, después de las entradas convencionales, el sexo anal (mantendré el término “anal” para mejor comprensión, si bien me sumo a la definición de la destacada y a la vez comedida pornógrafa mexicana Sonia Alanís, quien lo define como sexo “rectal”, creo que con mucha razón), algo para lo que yo no estaba preparado; en este aspecto yo era, digamos, virgen. Siempre me pareció que con esta variante del sexo, desde mi posición de varón, cometía una suerte de feminicidio.
Quizás fueron seis u ocho noches —hasta la prima madrugada, ella mantenía que quería dormir en su casa, aunque este recorrido era extenso, o bueno: todos sus recorridos no eran para nada cortos—las que hicimos el sexo y conversamos opíparamente allí en el apartamento de Mario Trejo. Ella, que dominaba el francés, inglés y catalán —además de un exhaustivo español y a la perfección el mexicano—, maestra en Historia del Arte y en Filosofía y Letras, coincidía en la frialdad —espiritual— que abrumaba el apartamento, en las luminosas y por tanto descollantes reproducciones de las obras de Salvador Dalí, en el afán cuadricular que hacía monótono a este y tantos apartamentos de la ciudad de México.
Su casa en la Guadalupe Inn tenía dos pisos, con una escalera interior que trazaba un arco y por un lado no tenía pasamanos, lo cual me pareció peligroso; pero Irene me replicó que era algo común y que asimismo daba Movimiento al conjunto.
Bebía Irene Ramblas. Whisky. Coñac. Las cubalibres. Me invitaba. “Una cubita… un guisquicito”. Poco después de llegar a México dejé de beber, me concentré en la batalla —incluía siempre en mi respuesta.
Dañada por la inconsistencia, la deslealtad, el propósito hegemónico en fin de los hombres, Irene Ramblas se refugió en el amor con las mujeres desencantadas, como ella. ¿Qué pensaría yo de esto que ella me confiaba precisamente porque confiaba en mi “juicio”?, me preguntó esa noche de viernes cuando planeábamos que a la mañana siguiente me recogería para irme a vivir a su casa.
Las mujeres son todas, por naturaleza, bisexuales. Se aman a sí mismas como género. Se envidian la belleza porque saben, aun inconscientemente, que son lo más hermoso, lo más concluyente del reino animal, incluido el humano. Se besan en la mejilla al encontrarse o despedirse. Se abrazan hasta el aprieto. Se toman de las manos desde niñas, se celebran. Cuando dos mujeres hacen el sexo no hay posesión, solo un intercambio de placeres o de fe; ninguna posee en exceso a la otra, se poseen, se disfrutan como dos geranios. No existe lo que podría establecer la diferencia: la penetración, y de este modo el posesor, la poseída.
Esto era lo que yo creía, y esto fue lo que le respondí a Irene Ramblas ese viernes en la noche cuando ya, sin duda, nos conocíamos como cualquier anillo y su dedo.
Muchas de las casas en esta ciudad no tienen la entrada principal con mira a la calle; hay que llegar a ellas por algún pasillo, pasadizo, garaje, zaguán, etcétera, y en la mayoría de los casos luego de pasar un portón, una verja. El frente de la casa de Irene Ramblas, en la Guadalupe Inn, sin embargo, da la acera. En la planta baja está la sala, a la izquierda; a un lado de la escalera un tramo libre hasta un estudio cuyas ventanas miran hacia el patio —donde, aparte de las flores, la sublimidad alcanza varios tonos de verde, rematados por un fresno gigantesco, una jacaranda, una higuera justamente exuberante—; o lleva, tomando hacia la izquierda, hacia la cocina, tan exuberante como la higuera. Los tres cuartos (recámaras) se hallan arriba, con un baño per cápita y uno de ellos, donde Irene y yo habremos de dormir, tiene balcón a la calle. Otra habitación de la planta alta es para ver la televisión, escuchar música, etcétera. Todo los clósets con que nació la casa, más algunos desarmables que se hallan en uno y otro sitio, están desbordados de avaricia: vestidos, estolas, chales, pantalones, blusas, zapatos, pelucas, collares, pañuelos, indumentarias de infinitos tipos y de varias latitudes y épocas que Irene Ramblas ha conservado (y hoy sigue comprando otras, como para guardar para el futuro).
De bregar amoroso cosmopolita, Irene, de 49 años, ha vivido en varios países y viajado por otros tantos, desde Chile hasta Bulgaria, pasando por España, Cataluña exactamente, hasta Francia, en París, Grecia y Estados Unidos, en Texas.
Ese sábado de la mudanza hacia la casa de Irene (mi quinto intento de abandonar Villa Coapa; por pudor omito los dos anteriores) la acompañó Marisela, así con s, quien al presentárseme me hizo dudar de nuevo acerca de mi apreciación sobre la fonética y la escritura de los nombres. Me imaginaba que las Mariselas, con s, serían todas mujeres livianas, rubias, o blancas más o menos, livianas, decía, y un tanto esbeltas como mínimo. Las Maricelas, con c, que en esta ciudad abundan, podrían darse el lujo, en mi opinión, de ser más voluminosas. Esta Marisela, a quien le pregunté si se escribía con s o con c inmediatamente después de que Irene me presentó con ella, era una mujer achaparrada, morena oscura, de peso medio, dinámica en su andar lento. De quizás unos 27 o 30 años. Tampoco yo imaginaba que alguna Marisela podría ser doméstica.
Irene había parqueado el Shadow como lo hiciera mi amigo Mario Trejo aquel primer día que llegué al apartamento: con un tramo de la carrocería sobre la acera, solo que ahora la porción sobre esta no era de la parte delantera, sino de la trasera, con el maletero (cajuela) abierto, mirando hacia la puerta de entrada del apartamento. Mientras Marisela limpiaba e Irene le indicaba, estuve unos minutos mirando hacia afuera, hacia el maletero abierto, y me hice un juramento: si esta vez me salía mal de nuevo, me iría a cualquier sitio, hacia un cuarto de azotea si era menester: ya me dolía que Mario Trejo por mi causa continuara trastabillando con sus cuantiosas conquistas. Con lo que me pagaban en ese periódico de Izquierda donde el propio Mario me había conseguido la colaboración semanal—una reseña literaria, un texto erótico de tres cuartillas y otro con la misma extensión acerca de historia de la literatura (estos últimos sobre todo referidos a escritores, ismos, tendencias que se avinieran con la ideología del periódico)— podría subvivir en un cuartucho, alimentarme como quien vive en un cuartucho y aun enviar algo mensualmente para la subvivencia de mi familia en La Habana.
Aunque era sábado, Irene debía asistir a una reunión del INI a las dos de la tarde. Llegó con Marisela a la nueve de la mañana y a las once esta aún se hallaba limpiando el apartamento, que debía quedar, le dijo Irene, “como una joya”. Habían traído una aspiradora (en la ciudad de México yo ocasionalmente había visto alguna—antes nunca en mi vida), un aparato que quizás inventara algún pariente lejano de quien concibió las alfombras de piso (el nepotismo); un aparato cuya carencia sufrí durante estos seis o siete meses cuando debía limpiar el piso alfombrado con una escoba en esos intervalos, unos más largos que otros, en que no llegaba desde la Del Valle la limpieza exprés programada por Mario con su doméstica.
Todas mis pertenencias cupieron cómodamente en el maletero y aun quedó espacio para la aspiradora. Cuando el carro terminó aquella cuadra de Acoxpa para incorporarse a Canal de Miramontes miré hacia atrás, hacia los edificios, hacia los árboles de sabor triste que los rodeaban, y juré en silencio que allí solamente volvería salvo fuerza mayor o razón especial. Cuando retiraba mi vista de ese sitio, esta chocó con Marisela, que miraba hacia un lado por la ventanilla izquierda del asiento trasero. Marisela nunca sabrá que en ese momento la miré, y mucho menos que al mirarla sentí que hacía con ella la empatía de los desamparados.
También me había sentido desamparado cuando noté el entusiasmo de Irene al llegar, al enseñarle a Marisela las distintas habitaciones del apartamento, indicarle dónde en su opinión había que limpiar, fregar, abrillantar con más pasión. Ella, Irene, entonces mostraba esa especie de frenesí que se expresa cuando se está a punto de iniciar un nuevo giro en la vida, “una vida nueva”, dicen, aun a sabiendas de que es el inicio de un seguro hastío; mas, como les ocurre a quienes se van a casar —o vivir bajo el mismo techo mediante cualquier vía previa—, conscientes, por el ejemplo sus padres y hasta de los primeros terrícolas que así lo hicieron según noticias, que están realizando un hecho fallido por adelantado, van sin embargo a la consumación, como si este fuera el destino ineludible; o será porque lo es, libido —no eros— mediante.
Desde mi asiento de copiloto, miraba el ritmo de las rodillas, sobre todo de la derecha, de Irene Ramblas al embragar, acelerar, pisar el pedal del freno. Ella ya estaba vestida, con un traje sastre de falda, color crema, para la reunión de las dos de la tarde. Sus rodillas, rosáceas, encarnadas, brillaban con algún juego de luces del sol según el avance del carro. Ese, el ritmo de sus rodillas al pedalear, pugnaba por negar todo lo que he dicho en el párrafo anterior.
