Ocho meses duró mi aventura. Ocho meses durante los cuales pertenecí más a la muerte que a la vida, aunque con plena salud.
En cuanto despertaba en mi cama, me asaltaba una urgencia por reanudar aquella rutina. Finita y Carpincho recibían sus golosinas y me conducían por entre las sepulturas, siguiendo una especie de agenda mental preparada en mi ausencia, conforme a la prioridad que ellos mismos adjudicaban a cada muerto interesado en comunicarse conmigo. Hay que pensar que los niños dialogaban mucho con los difuntos. Para ellos, recorrer el cementerio no se diferenciaba de andar por el patio de su casa, lo hacían sin horarios, incluso por las noches. Me guiaban con contento, como orgullosos de prestar aquel servicio. Carpincho solía ir por delante, por una ruta complicada que le exigía ascensos y descensos, saltos y difíciles equilibrios, por momentos en el techo de un panteón, por momentos a horcajadas sobre una estatua, saltando sobre el hueco abierto de una tumba en ruinas, trepándose a los árboles, como si quisiera demostrarme su dominio del terreno. Finita marchaba a mi lado, abrazada a su muñeca, rompiendo por trechos su silencio para contener a Carpincho o adelantarme datos sobre los muertos y sus inquietudes. Llegados a la tumba del caso, los niños se ponían a mirar fijamente la fotografía del muerto, o un punto cualquiera si no había foto, se diría que concentrándose, y de pronto, casi siempre enseguida, comenzaba la triangular comunicación. Las discusiones entre Finita y Caipincho respecto a la traducción más precisa se repetían con frecuencia, divertían a Caipincho y enojaban a su hermana.
No faltaron sobresaltos. Una tarde nos sorprendió una tormenta. Estábamos tan metidos en una conversación con una muerta charlatana que cuando nos dimos cuenta la tempestad se nos cayó encima. Nos refugiamos en un panteón abandonado, donde tuvimos que esperar hasta bien entrada la noche que cesara aquella furia de agua, viento, truenos y rayos. Lo terrible no fue el mero permanecer allí en medio del temporal; ya me había familiarizado lo suficiente con aquel sitio y con sus ocupantes como para entregarme a los miedos de las películas de Drácula. Lo pavoroso fue sentir que el panteón no iba a resistir, que acabarían por derrumbarlo los torrentes que azotaban sus paredes fulgurando por los relámpagos y arrastrando restos funerarios, el viento que arremolinado en la cúpula hacía chillar a los murciélagos y gemir a las vigas, los rayos, la lluvia feroz.
Unas pocas semanas después ocurrió lo del homenaje. Quiso la casualidad que pasáramos frente a la sepultura de un político ilustre justo cuando se acercaba un grupo de personas endomingadas, con una gran corona floral. Damas ensombreradas, dos o tres militares, caballeros en rigurosos trajes oscuros, hasta un anciano en un sillón de ruedas. Ya pasábamos, demorados por la curiosidad, cuando Finita me tomó de un brazo. El político le hablaba. Que esperásemos. Nos detuvimos dos tumbas más allá, lo bastante cerca para que Finita continuara percibiendo la voz sepulcral. Se trataba de un aniversario. Colocada la ofrenda contra la lápida, el grupo aguardó el correspondiente discurso, en semicírculo. El orador era un caballero maduro, canoso, con barbita en punta; se adelantó un paso entre dos mujeres —una, evidentemente la viuda, la otra quizás una hija del homenajeado—, carraspeó, miró la lejanía y luego clavó la vista en la tumba y lanzó al aire su ampulosa verba, sin papel. Lo que sigue lo tomo de mi grabador.
Orador: —Hemos venido, inolvidable amigo y correligionario, a rendirte este austero pero sentido homenaje, a tu última morada… etc.
Finita (por lo bajo): —Hijo de puta.
Yo: —¿Qué?
Finita (su voz apenas se oye): —Dice el muerto que ése es un hijo de puta.
Mientras tanto el orador va entusiasmándose. Lo veo encenderse con las alabanzas, al compás que marca su dedo índice derecho. Sus ojos se dilatan como ante visiones dantescas y se entornan beatíficos, como si de repente lo arrullara un ángel; su barba tiembla por momentos; el gesto entero se le contrae reflejando a medias los sentimientos que con sus rebuscadas frases declara, a medias porque la diversidad de tales sentimientos hace imposible que alguna expresión facial se complete, y de un modo ridículo por esto mismo. Desconsuelo, resignación, ira, arrogancia, veneración, otra vez dolor… Se balancea, se estira hacia lo alto, cada tanto emite una lloviznita de saliva.
Finita: —Quiere que eche a ese tipo.
Yo: —¿Yo?
Finita: —Sí, usted. Dice que el tipo robó mucha plata cuando era su secretario, el de él, del muerto, en el gobierno. Y que ahora se acuesta con la mujer esa, la viuda.
Yo: —No puedo hacer nada, Finita. Se va a armar un lío bárbaro.
El discurso arrecia. Anoto algunos adjetivos: heroico, infatigable, titánico, glorioso, ejemplar, sublime, irreemplazable. En este momento fue cuando vi caer un pedazo de bosta muy cerca de un caballero. Comprendí el peligro al instante. Me lancé hacia Carpincho, que a mi izquierda ya apuntaba otra vez muy serio y con el ceño fruncido. Ante sí, sobre una tumba, tenía abundante bosta seca de las vacas que solían pastar en el cementerio. En la grabación se oye a Finita que llama a su hermano, mi jadeo y luego el del niño, el discurso como fondo cada vez más lejano. No conseguí calmar a Carpincho hasta esconderlo tras un mausoleo, donde seguramente ya no le llegaba la voz de aquel muerto. Pataleaba y se agitaba entre mis brazos como un demonio. Rostros perplejos nos observaban desde el homenaje.
Antes de que se acabara aquel verano decidí emprender otro viaje por el mundo. Los muertos ya no me parecían una buena razón para quedarme en el pueblo. No sacaba de ellos más que enredos vulgares, ninguna gran revelación. Pensándolo bien, yo sólo era su mandadero, y Finita y Carpincho no pasaban de unos médiums precoces pero relativamente eficientes. Si por algo me costaría marcharme sería por el cariño que me ligaba a los chicos, pero los muertos poco y nada contaban.
Cuando mi penúltima visita al rancho de Rivas antes de aquel viaje, Carpincho me contó en un aparte que Finita estaba enamorada. Tomé la delación a la ligera y hasta la festejé con Carpincho. La aproximación de Rivas nos interrumpió. Nada dije sobre el asunto a Finita, por su timidez.
En mi ultima visita tenía yo demasiado ocupada la cabeza como para interesarme por el enamoramiento de Finita. Entregué un dinero a Rivas —cuya enfermedad se mantenía estacionaria, permitiéndole cuidar la chacra, ordeñar sus vacas y salir a vender sus productos por el pueblo— y le hice algunas recomendaciones, aunque nada respecto a mudarse de allí ni a mandar los chicos a la escuela, consejos que le había dado dos o tres veces sintiéndome enseguida un perfecto idiota. Luego demoré un buen rato despidiéndome de mis padres y eché una caminata con los niños por el camposanto. Recuerdo que Finita iba cabizbaja, sumida en silencio. A Carpincho lo entusiasmaban mis promesas de un pronto regreso con regalos. En cierto momento, el niño mencionó algo sobre el enamoramiento de su hermana.
—Calíate, pelotudo —lo frenó en seco Finita.
Me hice el desentendido.
Mi ausencia esta vez duró año y medio. Cuando retorné al pueblo Finita ya se había ahorcado.
Rivas me recibió llorando. Bastaba verlo para comprender que aquel pobre hombre, que tanto había lidiado con la muerte, no soportaría mucho más la de su hija. Ya habían transcurrido varios meses del suicidio y lloraba como si todavía viera a la ahorcadita colgada del árbol. Lloraba con espasmos que le impedían articular palabra, y cuando cesaba su llanto quedaba temblando y con la mirada vacía. Lo consolé cuanto pude y salí del rancho con Carpincho. Mi corazón estaba destrozado pero pedía detalles. Caminamos hasta el árbol, un frondoso gomero, gigantesco. Su sombra cubría unas cuantas tumbas, todas muy viejas, algunas ya dañadas por las poderosas raíces. Caipincho me señaló una y me contó todo.
Fue así. Finita se había enamorado de aquel muerto y se mató para juntarse con él. Últimamente ya no conversaba casi con ningún otro muerto. Aquél le recitaba versos. La muchachita se pasaba los días ante la antigua tumba, poniéndole velas y flores y otros adornos, conversando, sintiendo recitar al muerto, recitando por ahí cuanto podía memorizar de sus versos (que no sería mucho, pues ella no sabía escribir ni leer). “Versos de amor”, me dijo Carpincho. “Todos versos de amor.” Leí el epitafio. Un nombre vulgar, dos fechas remotas que hablaban de la juventud con que aquel individuo había descendido a la tumba, esta leyenda: “Poeta: Dios te cié la paz que el amor y tu pluma te quitaron”. Creí ver una mirada dulce y sombría en el retrato borroso que ilustraba el epitafio, en un círculo de bronce incrustado en relieves del mármol. Un mozo flaco, rasgos nobles, largas patillas, lo que se distinguía.
Volví a partir a los pocos días. Nunca supe si Caipincho le contó a su padre algo sobre el poeta, no quise preguntar.
Rivas no tardó en morirse. Caipincho se fue antes, al Brasil, con unos parientes brasileros, cuando a su padre lo internaron en el hospital. Tiempo después me enteré de que se había convertido en un médium famoso en todo el Brasil.
Todavía suelo volver al pueblo, sólo para visitar el cementerio. Ahora Finita y su poeta están sepultados juntos. Averigüé en la municipalidad, arrendé aquella tumba por la cual ya nadie pagaba, mandé arreglarla e hice trasladar allí a Finita.
A veces quisiera tener la inocencia de los niños para poder hablar con ellos.
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