En una antología poética personal titulada Poemas de nadie, publicada en 2013, Rita Martín introduce sus versos señalando la singularidad de los cuatro poemarios que la integran, subrayando el haber sido escritos en diferentes tiempos y espacios y el estar unidos por el tema central de la búsqueda que los conecta a través de “corrientes subterráneas”. Identificar esas corrientes subyacentes que las unifican y la significación de las particulares representaciones poéticas de sus búsquedas es el fin que he perseguido en este ensayo. En el breve párrafo que introduce su antología, Rita Martín ubica la escritura de los distintos poemarios que contiene:
He respondido a esta invitación [de la editorial Letras Cubanas] con Los poemas de nadie, un título unificador de varios libros breves, cerrados en sí mismos y por ello independientes, autónomos. Han sido escritos en épocas y espacios diferentes. Tocada por el astro pertenece a una escritura habanera. Poemas de nadie nace en la ciudad de Miami. Signs to the World se corresponde con una estancia en Carolina del Norte o, mejor, mi encuentro con el Sur de Estados Unidos. Escenarios aparece en Virginia, otra tierra sureña. Las corrientes subterráneas que los unen proceden de un viaje o búsqueda insistente (y consistente) que todo espíritu libre realiza para alcanzar sus formas dentro el desarraigo y la intemperie. (s.p.)
Leer los versos de Rita Martín permite comprobar lo que advierte en esta presentación: el tema de la búsqueda unifica sus bien diferenciados poemarios a través de corrientes subterráneas. Pero dichas corrientes unifican no solo estos cuatro libros, sino que se extienden además a las representaciones poéticas de los dos breves tomitos, de ocho y seis poemas cada uno, escritos con anterioridad a los versos de la antología. Titulados El cuerpo de su ausencia y Estación en el mar, estos dos libros de juventud fueron escritos entre 1981 y 1986 y publicados en La Habana en 1991 y 1992.1 En el primero, la búsqueda erótica de la poesía/amado, teñida del inquietante temor de no encontrarlos se perfila desde el primer verso de la segunda poesía,2 “De una tibia historia, también dolorosa”, en la que Martín poetiza su busca del elusivo cuerpo del poema, que en estos versos y a través del libro se funde y se confunde con frecuencia con el cuerpo del también ausente e inasible amado:
Qué promesa la del poema que no escribo
como deseando, al fin, decirlo todo:
la canción eterna del amor y el bardo
con sus ojos acerados, musitando un vacío indescriptible
y la unión, desde él, de la pareja feliz, (4; 1-5)
De manera análoga, Estación en el mar también subraya en el largo primer poema que da su nombre al libro, un desolado sentimiento de pérdida y búsqueda amorosa que en los últimos versos se iguala, de improviso, a la búsqueda poética. El contraste entre el optimismo esperanzado de los dos versos iniciales de “Estación” y la velada amenaza implícita en los cinco siguientes tiñen el poema de un inquietante desasosiego:
Amor, dentro de breves días
será la primavera.
En una tierra que no evidencia el cambio: la agonía.
En una tierra que se consuela: despiertas.
Llegan las manos: lirios de la espera.
Esperar es, quién pudiera saberlo, primera mirada
al horizonte, postrer llanto, actividad da la inercia. (3, 1-7)
Desasosiego que la hablante intensifica en los versos que siguen y superlativiza en los que ponen fin al poema, cuando en un movimiento circular empieza de nuevo el texto, repitiendo los versos iniciales mecánica y compulsivamente y tornando irónica la esperanza que sugerían al inicio del poema, al colocar en primer plano su impotencia para avanzar, reducida como está a escribir valiéndose de una palabra incapaz de expresar nada nuevo:
Niña de otro tiempo, oigo:
álzate y bendice la lágrima infantil, amarga y noble,
necesitamos el hijo o el poema.
Poema que escribo sin opción, irremediablemente,
irremediablemente sin opción, repite:
Amor, dentro de breves días
será la primavera… (4, 55-61; negritas en el original)
Las corrientes subterráneas que unifican estos dos libritos de juventud se manifiestan en estos poemas en imágenes de búsquedas del amado/poesía y en el correspondiente desasosiego de la voz poética ante el temor de no poder concretar sus versos en una expresión nueva. Tales corrientes se reafirman y expanden en los cuatro poemarios de la antología, cuyos versos subrayan insistentemente las continuas búsquedas de la poeta, a pesar de ser, como ella misma afirma, libros distintos.
Los treinta y ocho poemas que recoge el primero de la antología, Tocada por el astro, fueron escritos en La Habana en 1992, el mismo año en que salía a la luz su segundo libro de juventud3. No obstante la coincidencia de fechas, habían transcurrido ocho años desde la escritura de Estación en el mar y el acercamiento a la poesía es esencialmente nuevo. Martín no poetiza ya largas y elaboradas estrofas de subjetivas anécdotas y memorias, sino elusivas emociones en sugerentes y breves poemas de factura simbolista4. Perfecto ejemplo lo ofrecen los ocho compactos versos de la primera poesía del libro, titulada “Las horas”, donde la hablante, en vez de escribir su obsesiva y frustrante persecución tras el amado/poesía, eleva a Dios una emotiva y breve súplica, que sugiere sin decirlo su orfandad personal y artística:
Señor, Señor, estoy tan sola
que miro tu bondad en mi agonía.
Señor, Señor, las horas pasan
Y heme aquí, estrecha, detenida.
De la luz vengo, Señor, mas de las sombras
parece brotar mi cancioncilla.
Señor, Señor, estoy tan sola
que pido a tu amor la nueva vida. (11; 1-8)
El vacío personal y artístico que describe, da pie a las búsquedas fundamentalmente poéticas y existenciales que se elaboran en Tocada por el astro, conectando este libro soterradamente no sólo con los poemarios previos y posteriores, sino además con la poesía trascendente en general. En un artículo sobre los ecos de la Obra de Juan Ramón Jiménez en Tocada, he señalado la profunda y persistente huella que la estética simbolista, de raíz trascendente y existencial, ha dejado en la poesía cubana desde los ya lejanos días en que esta tendencia fue introducida por José Martí (1853-1895) y Julián del Casal (1863-1893) y que por intermitentes vías se ha extendido hasta el presente, pasando por la renovación llevada a cabo en la primera parte del siglo veinte a través de la presencia en la Isla en 1936 de J.R. Jiménez (1881-1958), el máximo exponente del Modernismo español, quien difundió su poética entre los escritores del momento, y cuya vena trascendente se mantendría vigente a través de las innovaciones tanto de la Vanguardia, la Segunda Vanguardia y los Origenistas, como de sus herederos, los Neo-origenistas, el grupo de Mariel y la Promoción del Ochenta a la que pertenece Rita Martín5.
La herencia se hace explícita en el título de Tocada por el astro, libro que coloca en primer plano la tradición del poeta visionario de raigambre romántico-simbolista, y que incorpora las búsquedas de la hablante reviviendo imágenes y tropos del lenguaje trascendente en un contexto moderno y con una sensibilidad nueva6. El poema que da su título al libro ejemplifica la particular visión del tema de la búsqueda de trascendencia así como la re-escritura del discurso visionario tradicional que poetiza Rita Martín:
Y tu vida, sin más, a la intemperie.
Nada escuches, nada te importe.
Inicia la partida:
como al músico que a tu lado añoras,
anda ciega, pero anda.
Como al cantor
que a tu paso reclamas, anda sorda,
pero anda. Como al caminante
que a tu paso exiges, anda muda,
pero anda. Ciega,
sorda, muda acaso,
traza la marcha en un solo sentido.
Sujeta con la mente el recobrado sueño:
los ojos son amargo cactus
y hacia el infinito sientes,
tocada por el astro, traslúcidas las manos. (38; 1-16)
El poema y el poemario en general reflejan la ambigüedad postmoderna con que Rita Martín maneja la poética trascendente modernista. Por un lado, el uso del título del poema para nombrar el libro subraya la importancia que la autora asigna a la función visionaria de la poesía en la búsqueda de trascendencia, en la que el poema deviene el espacio de conocimiento; por el otro, la estructuración de los versos y las imágenes que escoge subrayan la duda de encontrar respuestas. La figura de la viajera que centra el poema, y que puede entenderse como un desdoblamiento del yo, evoca las imágenes del peregrino medieval y de la vida como viaje. En Tocada, la caminante se embarca en un viaje trascendente hacia el infinito, absorta en sí misma, indiferente a su entorno. La familiaridad y la firmeza del tú a tú con que la hablante aconseja repetidamente a la viajera refuerza la idea del doble, pero también coloca en primer plano la duda por medio de asociaciones conflictivas con tres figuras simbólicas: el músico, el cantor y el caminante. Los tres personajes afirman y perfilan con nitidez el tema de la búsqueda pero además cuestionan sutilmente la posibilidad de obtener respuestas, al afirmar por un lado la necesidad de la marcha e introducir por el otro la duda a través de los símiles que subrayan la ausencia de las tres figuras con quienes la conmina a caminar (“que a tu lado añoras”, “que a tu paso reclamas”, “que a tu paso exiges” [4, 7, 9]) tanto como el desamparo de los sentidos (“ciega”, “sorda”, “muda” [5, 7, 9]). Sin embargo, y no obstante la duda, la imagen de la viajera que avanza con decisión reafirma al final del poema la esperanzada necesidad de continuar la búsqueda, marchando sin vacilar hacia ese infinito que adivina (“el infinito sientes” [15]), descartando el engaño de los sentidos (“los ojos son amargo cactus” [14]) y avalada por la nueva esperanza (“el recobrado sueño” [13]) de haber sido “tocada por el astro” que ha hecho “traslúcidas” (16) las manos que escribirán los poemas/respuestas.
Tocada por el astro es el último poemario que Rita Martín escribió en Cuba, los tres siguientes inscriben experiencias vividas en espacios y tiempos muy diferentes de los que hicieron posibles los esperanzados versos trascendentes de sus libros habaneros. Los veintiocho poemas escritos entre 1994 y 1995 del primer libro del destierro, Poemas de nadie, son oriundos de Miami, la capital norteamericana de Cuba. El cambio de visión poética que acompaña la mudanza de La Habana a USA se manifiesta en el título: la negatividad del anonimato que pregona–y que la autora proyecta sobre la totalidad de la antología al emplear el mismo título para nombrarla–la coloca tan lejos del lirismo trascendente de los tres primeros poemarios mencionados como la enajenante y ajena Miami lo está de la confortante y familiar Habana. Ajustarse al desconocido ambiente del exilio provoca versos que sin perder su lirismo ni la sutiliza del discurso poético que los caracterizaba reflejan un mayor compromiso con la urgencia de sobrevivir la vida cotidiana en un medio anómalo7.
Tres breves textos de Poemas de nadie ejemplifican la nueva orientación de la voz poética: el primero, “Quería decir”, que inicia el libro, es una nostálgica reflexión metapoética sobre sus versos pasados; el segundo, “Espejismos”, poetiza el frenesí de la gran ciudad deshumanizada; y el tercero, “El silencio”, el último del poemario, plasma la enajenación de la propia hablante. En el primero, la melancolía tiñe la historia de los versos de su pasado poético:
QUERÍA decir,
quise decir alguna verdad no repetida:
revelar un misterio
o develarlo. Conocerlo.
Amarlo.
Era muy joven
y guardaba la esperanza
dentro de unos esbozos de recuerdos,
contornos desfigurados,
equívocos trazos ante los que me inclino
como el mendigo
que sacia su sed en la miseria. (59; 1-12)
El “Quería decir” del verso inicial coloca en primer plano el uso de la poesía como instrumento de conocimiento, la función trascendente del poema que Rita Martín elaboró en sus libros previos; el uso del imperfecto separa tal poética del presente sin cortarla del todo. El del pretérito en el segundo verso, por el contrario, hace el corte definitivo (“quise revelar alguna verdad”), y recalca la inadecuación de las buscas poéticas en pos de “revelar un misterio / o develarlo. Conocerlo. / Amarlo” (3, 4, 5). “Era muy joven”, excusa el sexto verso, y entonces aún tenía, dice, la “esperanza” (7) arropada en sus “esbozos de recuerdos” (8) y sus “contornos desfigurados” (9); pero sus búsquedas no produjeron respuestas, sino “equívocos trazos” (10). No obstante el fracaso, la tierna nostalgia hacia la idealizada sensibilidad poética del pasado que hizo posibles esos versos no mueve a la hablante a rechazarlos sino a consolarse, solazándose en ellos “como el mendigo / que sacia su sed en la miseria” (11-12).
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