Puente es el hombre.
La vida su plegaria
Juana Rosa Pita
Nota inicial sobre una poética
Juana Rosa Pita, con su reciente Puentes y plegarias (2015)[1], muestra la continuidad de una obra poética entre las más singulares de la poesía cubana contemporánea. A la vez, el libro trae consigo una renovada visión de intensos matices espirituales, culturales, artísticos que puede expresarse reflexivamente en la ficción de sí, también en poemas transpersonales. Alternan y se complementan autorreflexión y reflexión, sin que puedan separarse. Del camino vital al poético, recorriendo la doble aventura de existir y crear, este libro constituye, precisamente, una experiencia de mediación.
Con Puentes y plegarias, la autora se inscribe en una tradición milenaria –aforismo, epigrama, haiku, entre otros posibles– de modo libre, con voz original, actual. Son sus poemas de forma breve, concisa, minimalista, dominantemente metafórico, de íntima amalgama entre lo sensorial y espiritual. Esta poesía conceptual, de tan intensa y larga vida en la poesía de la lengua española, ha sido una presencia relevante en Juana Rosa Pita, artífice de la economía expresiva. Más que decir, la poeta alude, sugiere, deja en suspenso, avanza en el silencio. Sus “sorbos” (tengan o no ese nombre explícito) constituyen formas de mediación que parecen escapar al tiempo, consustanciados con el acto poético: “Irrenunciable lazo,/ jamás se ha visto a un puente/ pedir permiso para unir.” (p. 112).
También el lector de Puentes y plegarias encontrará poemas autoficcionales del vivir iluminado por la memoria y los viajes, de meditación metafísica ontológica con sus epifanías. Esta zona del libro compone un retrato en movimiento de la autora, identificándola como mujer-artista en el contexto de diferentes culturas, entre viajes espirituales, de la estática contemplación, y viajes “reales”, de desplazamientos espaciales, mujer-artista a la busca de su centro.
De tal modo el sujeto poético autoficcional no solo apela a la interpretación, a la lectura creativa, sino es autointerpretativo. Entre buscas y revelaciones, hallazgos y pérdidas se configura como sujeto insondable que mira el mundo y dentro de sí, quién sabe si espejos recíprocos. Constantemente se retrata como hacedora de poesía, escriba de su experiencia vital: “Las iniciales de mi nombre/ perdí en el mar: buscarme/ es minar sus abismos.” (p. 36). Las líneas de vida se hacen más legibles y autoconscientes, si bien conservan el misterio y las resonancias inefables, donde habita lo indecible.
En el prefacio de Puentes y plegarias, la autora declara: “Hoy como en los inicios, reitero el misterio. La poesía es amor por otros medios y hacia fines desconocidos” (p. 8). Esta concepción de proliferantes significados encuentra en las enunciaciones metafóricas su forma ideal, tal vez la metáfora del ocaso una de las más relevantes por sus significados innominados: “Al momento en que el sol/ está por hundirse en el mar,/ sin voz, brilla el sentido (p. 22).
Con sus variaciones de poética reflexiva y autorreflexiva, Puentes y plegarias integra un pensamiento metaficcional que, recurrente en su obra, se muestra en plenitud. Aparecen un conjunto de metapoemas que piensan el arte poético desde la escritura personal y en ella. Se proponen desvíos, nuevas relaciones conceptualizadas en la metáfora y los símbolos, sobre todo, quedan abiertas brechas de significado y, como en la música, el silencio alcanza principal función expresiva. Al decir de Juana Rosa Pita, la poesía constituye una resurrección de la emoción en la palabra y de la palabra en la emoción, sin embargo, es el silencio quien rinde los mejores frutos: “Las palabras que apenas/ logramos pronunciar/ brindan el tono al poema” (p. 20).
Tempo de comunión
Ciertamente el libro es de acercanzas, de mediatez, “marcando el tempo de la comunión” (p. 92). También en sus palabras iniciales, la poeta afirma: “Estoy convencida de que la poesía interpreta la realidad esencial de las cosas y al iluminarlas descubre el sentido de lo real […] suscitando un raro equilibrio entre lo primitivo y lo culto, lo dado y lo intuido, entre pasado y porvenir. Todo en ella es mediación: puente, plegaria.” (p. 10). Con sus imágenes diáfanas y oscuras, abiertas a la interpretación y celosas guardianas de sus enigmas, con sus formas discursivas de extremada síntesis conceptual o detenida autoexploración de sí, el poemario indaga en lo inefable de la existencia, en el tramado de la palabra poética, en los viajes del alma.
Amor y poesía están esencialmente identificados en el discurso poético. El sujeto autorreflexivo cobra forma en sus epifanías, revelaciones de lo esencial de sí con sus metáforas amatorias que le conceden al libro dimensión figural. Sucesivamente se autorretrata como ala y raíz, en el abismal viaje interior y en la amorosa mirada al mundo, imágenes de identidad que atañen a la espiritualidad del sujeto y a su oficio, como pudiera apreciarse en “Razón de ser”:
1
Con gestos y palabras
honrar esa materia oscura:
que nos conmueve a luz.2
Ser pirámide viva
de todos mis amores:
puente astro plegaria en tránsito. (p. 78).
Expresivo de un sostenido y fecundo ejercicio de la poesía, Puentes y plegarias está compuesto por tres partes principales: Puente al sentido, El camino doble y En el nombre del Hijo. Si en la primera prevalecen los sentidos que se reconocen y trasvasan en la mediación creativa; la segunda representa los viajes de dentro y de los espacios de la cultura, viajes simbólicos que comunican el oficio poético y la experiencia de vida. Por último, la tercera parte acoge plegarias que median entre lo humano y lo divino en el seno de tiempos oscuros, confusos.
Pero el libro también podría ser leído como un poema mayor con estancias, una suma o compendio, tal es su profunda coherencia interna y discursiva. Al mismo tiempo que narra la odisea del ser con sus tránsitos espacio-temporales, el libro se vuelca sobre sí, sobre la poesía que el sujeto poético crea y en la que cree. Conviven armoniosamente fragmentos de vida ficcionalizada con conceptos, ideas, convicciones sobre el arte poético que se practica y postula. Esta autoficción de artista, de un sujeto que se autorretrata haciendo poesía, explora temas, motivos, modos compositivos en el presente perpetuo de la poiesis, espacio mediador por excelencia del imaginario.
El sujeto lírico autora tiene ahora una visión más abarcadora del viaje inacabado, de los caminos trazados y los que aún habrá de recorrer. Su memoria retrospectiva se completa y enriquece con las prospecciones y vale recordar que la memoria es mediadora por excelencia. El tiempo del recuerdo es también de la espera en la fe, si bien ambos se relacionan no pocas veces de manera insólita, sorprendente por su poder de revelación, como puede leerse en “El camino doble”, al crear sincronías de delicada resonancia espiritual:
Caminando por mí, al frescor del tiempo
se asoman (si hay paciencia)
las presencias queridas, conjugadas
en presente con lúcida emoción:
palabra y sentimientos vivos.
El portal de La Habana linda entonces
con la calle que a ti me lleva,
a la vista de todos, cada día. (p. 86)
De modo natural surgen acercamientos, anunciaciones, reconocimientos, tiempos del vivir, reminiscencias, augurios, adivinanzas, enigmas, hallazgos, saberes. “El poema da testimonio de una comunión e identificación inusitadas, a veces de un regreso por la imagen”[2], dice la autora. La voz es rotunda, pero también ingrávida e intocada como en los sueños deslumbrantes del amor sin tiempo, cuando “Habla el alma”:
En acercanza soy a quienes amo.
Por eso, ni siquiera el tiempo
logra en fondo tocarme.
Hasta la música, tan leve,
apenas me circunda
como una airosa aura respirable
de encontrarnos, aun en silencio
o en un campo de sueños,
inesperadamente, cada tanto. (p. 110)
Realidad de la belleza
Una vez más se pone a de manifiesto el vínculo profundo de Juana Rosa Pita con la cultura de Italia, tanto clásica como contemporánea, en la recuperación de una herencia cultural. Puentes y plegarias tematiza la experiencia italiana de la autora –aludida o explícita–; mediación entre culturas que sustenta la poesía:
¿Quieres saber qué es para mí Italia?
Por decirlo en pocas palabras:
la belleza de la realidad, eso,
la realidad de la belleza. (p. 128)
Deteniéndose en el tema, esclarece: “lo clásico no es mayormente libresco para mí, llegó a venirme natural por mi modo de ser y a través de mi inmersión en Italia, por los viajes y la amistad, la lectura y la correspondencia, la conversación y la vida, el compartir gozo e inquietudes: ¡las afinidades electivas!”[3]
Concebidos los poemas en español e italiano, cada texto es una creación única especular, en la que imágenes y palabras se responden. Cada palabra invocada, en una u otra lengua, es historia, cultura, vida. Coexisten creadoramente los espacios de la lengua materna, de la matria y los de las afinidades electivas, la patria de elección.
De la tradición clásica, Juana Rosa Pita recoge, con acento propio, la poesía de síntesis, lapidar y sumaria, que está presente en la forma aforística y epigramática –Catulo y Marcial, maestros–, aunque sin el sesgo cáustico irónico. También el elogio de la oda, las nostalgias recurrentes de los nostoi y el regreso por la imagen de inspiración elegíaca –Ovidio, referente mayor–, así como los dulces misterios y deslumbres de la lírica amatoria –Safo, primordial–; fuentes que son trabajadas con gran sutileza, conocimiento y sensibilidad porque: “Es preciso beber de fuente clara/ y la rosa deshojarla/ a los pies de la belleza” (p. 40).
En estas mediaciones de la cultura artística y espiritual, la vivencia estética resulta fundamental. La lección odiseica, el esfumado de Leonardo transformado en música oriunda del infinito, la última pietà de Miguel Ángel que sostiene al Hombre, apenas dios en exilio, son resonancias mayores. Fra Angélico, Antonello da Messina, Correggio, Parmigianino, entre otros, serán invocados, así como Florencia, Venecia, Milán, Parma, cuyas sombras fulguran. En todos, y de manera epifánica, encuentra la poeta motivos capitales de mediación.
El infinito de la mediación
La mediación, en el entendimiento filosófico, es una actividad, un proceso que conlleva el hallazgo de un punto medio, de reunión de los contrarios en un centro, o a partir de él, así como la propia idea de la reunión que debe conducir naturalmente al fin del dualismo y las exclusiones que han sido dominantes en la tradición del pensamiento occidental: el uno es la fuente primordial del todo.
Así, el desdoblamiento interno de lo uno funda el movimiento de lo real en cualquier nivel en que sea considerado: ser, esencia, concepto. La mediación implica transición, lleva consigo el movimiento que liga. En consecuencia, la mediación no puede ser separada de sus determinaciones, está repartida y reflejada en cada una de sus fenómenos, abriéndose camino a través de la experiencia.
Muy significativamente, y de modo especulativo, la mediación se vincula a la semiosis, a la creación de significados en el conocimiento, en relación al mundo de la vida y a sí mismo. En ella, cada uno es medio del otro. Alude el regreso a una identidad siempre nueva, no excluyente de la diferencia, ya que en la mediación se concibe la identidad como relacional, lugar por excelencia de reflexión.
En este orden pensamiento pudiera decirse que crea un espacio intervalar, en movimiento, donde no es posible la identidad como pluralismo abstracto, ni ente extático predeterminado, sino fluencia, devenir, interconexión, concatenación de lo multiforme.
Poéticamente, la mediación actúa en los dominios del símbolo y la metáfora, relacionando el signo y sus significados más allá de la literalidad, pero sin renunciar a ella. La imagen es en sí misma mediación, viaje de ida y vuelta que revela y oculta. El poeta es un mediador simbólico.
En el orden teológico cristiano, la figura del Hijo aparece como supremo mediador entre Dios y los hombres, verdadero centro del mundo. A través del logos, o por la palabra de Dios, que es persona, se revela la mediación original de todo lo que existe. Ni un más allá incognoscible, ni más acá puramente empírico, pues ambos están mediados.
Juana Rosa Pita ha compuesto un libro que rinde tributo poético a este ideario de la mediación y a la palabra poética que tanto nos dice sobre la identidad del sujeto en sus tránsitos. Y si el punto de partida pudo haber sido la conciencia de la separación, del dolor y la pérdida, este nuevo libro es visión transfigurada y transfiguradora, que revive y tramonta en su vuelo espiritual.
De los trabajos y los días queda testimonio elocuente en la datación de cada poema, que hace pensar en el diario, tanto intimo como de viaje; viaje simbólico, que sin dejar de ser literal, integra la experiencia viajera de vivir entre historias, lenguas, culturas, sentidos; viaje del alma que se abre a lo desconocido en diálogo consigo, también con la alteridad que está en el uno y el todo.
Juana Rosa Pita despliega su interpretación de la poesía que es un saber salir de sí y acoger en sí: abrirse al otro a partir de un encuentro, una persona, una ciudad, una obra, motivaciones principales de su libro y motivos poderosos de re-unión. Para ella, la poesía considerada ciencia de lo indecible “nos permite hacer una lectura en profundo del texto implícito en la realidad (visible e invisible) y en nuestra propia trayectoria vivencial (íntimo astral y colectiva), que se revela allí donde lo otro incide, con un gesto de acogida o desamparo, con una señal de reconocimiento o un signo afín errante.” [4]
En esta poética de la mediación, los poemas de la fe, de la libre afirmación divina, resultan emblemáticos al centrarse en la mediación trascendental del Hijo entre Dios y los hombres, sean salmos de exaltación meditativa en el verso o formas esenciales, como este “Sorbo de fe”: “En el nombre del nombre del Hijo,/ aunque parezca imposible,/ no prevalecerá la muerte.” (p. 108). Y junto a la fe, alienta la esperanza, el vislumbre de tiempos más humanos y realizadores, ostensivos en “Plegaria por la tierra lejana”:
Apiádate de todos
y presérvala en los días futuros
encerrando tesoros –bosques, mares
y hermosura forjada con amor–
sin que amargos se vuelvan
los ríos de su cuerpo. (p. 100)
Al pensar por imágenes y avanzando en las ilimitadas aberturas que la poesía hace posible, surgen nuevas categorizaciones de la realidad, sin duda la metáfora entre sus más productivas formas de pensamiento. Tal es el caso de las recurrentes imágenes simbólico-metafóricas de puentes y plegarias que confieren identidad, hasta nominal, al libro, singular universo pitiano de nominaciones elusivas, de confluencias y reunión.
De manera muy sugerente, la forma compositiva de Puentes y plegarias se corresponde con la visión, en tanto que la visión ha encontrado su forma contingente necesaria e irradiante.
Mira esta página: parece fija
bajo tus ojos pero en realidad viaja
a una velocidad imposible,
a modo de plegaria silenciosa
del corazón al infinito,
como un beso que da el alma a Dios. (p. 64)
De austero realismo figural con su modo discursivo parco, desnudo, alusivo, de tejido sutil y fluida imago, de pasiones medidas y apasionada reflexividad, Puentes y plegarias resulta un libro memorable, expresivo de una poesía de signo errante en busca de sentidos entre lo real y lo ideal, viaje siempre comenzando de la mediación poética, y en el que la música de Chopin, omnipresente en el universo estético de Juana Rosa Pita, pudiera marcar un punto alto de esta visión mediadora que al transformar la luz en melodía, nos deja a merced de lo invisible:
Puente es el hombre. El arte, su plegaria.
Libre peregrino por extraños espacios
quien la escucha también:
texturas armónica de resonancias.Así gusta el oído lo bello en el Misterio. (p. 48)
