De cárceles, misterios, armas y letras

Armando de Armas

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A cuatrocientos años de la muerte de Cervantes

La novela moderna, expresión de libertad, pudiera deber su nacimiento a la prisión o, mejor, al hecho de que los escritores que la prohijaron pasaran por la experiencia de la prisión. La existencia de la novela moderna ilustraría las inextricables relaciones entre bien y mal; esas donde bien sirve para mal y, lo más interesante, donde mal sirve para bien. De hecho no ya la novela moderna, sino la historia misma de la literatura universal debe más al mal que al bien, a la guerra que a la paz. La épica estaría en el origen de la literatura, sin épica no habrían surgido los cantares de gesta, ni epopeyas como la Ilíada y la Odisea de Homero, o la epopeya de Gilgamech, ni toda la posterior producción de obras literarias que, habiendo hecho de la humanidad una especie mucho menos pedestre, se deberían más a la saga que a la ciega, a la sangre que a la siembra.

Así, Espejo de Paciencia, escrito por Don Silvestre de Balboa y Troya de Quesada allá por 1608, poema épico que se considera con algo de hipérbole nada más y nada menos que la primera obra literaria de la Historia de la Literatura Cubana; pero, hiperbólico es también el nombre que se gastaba el escritor, como hipérbolico es todo lo nuestro; tanto que algunos estudiosos aseguran ahora que el poema  Florida, escrito por Fray Alonso de Escobedo entre 1598 y 1600, sería el verdadero pionero de las letras isleñas; un extensísimo canto sobre el recorrido americano del autor que dedica unas pocas páginas a su paso por la localidad cubana de Baracoa; con lo que la primera obra de la Historia de la Literatura Cubana no sería ya ni siquiera un poema, sino la pequeña porción de un poema; lo cual me parece el colmo de las pretensiones patrias por muy minuciosamente descriptivas que sean esas páginas de la región y de los indios baracoenses.

Claro que Don Silvestre no era cubano, sino canario, ni cubanos eran los protagonistas del Espejo de Paciencia, ni mucho menos era cubano el discurso homérico (o más propiamente discurso de la épica española renacentista)  sobre el que se monta su obra. Cubanos eran, esos sí, el paisaje, la flora y la fauna que describe y enumera el escritor con eficacia de mercader. Bueno, ese no es el tema, el tema es que Espejo de Paciencia, en el origen de las letras isleñas, se basa en prisión y guerra, pues trata un relato verídico acaecido en el puerto de Manzanillo, en 1604, cuando el Obispo de la Isla de Cuba Don Juan de las Cabezas Altamirano, realizaba una visita a las haciendas de Yara y resultó secuestrado por obra del pirata francés Gilberto Girón, con la intención de hacer pagar a la villa un enorme rescate. Pero los vecinos de Bayamo acordaron atacar a las huestes del pirata en el momento en que se estuviese produciendo el intercambio, y entonces se da una cruenta batalla en la que los bandidos del mar son derrotados y su jefe Girón pierde la vida a manos del esclavo Salvador Golomón, que le atraviesa el pecho con su portentosa lanza.

armando-de-armas-columna-2-OtroLunes40El padre de la novela moderna no es otro que Don Miguel de Cervantes y Saavedra; pero la madre no es otra que la cárcel. Una estrafalaria relación en que la madre preña al padre. Mamá cárcel proporciona, penetra, preña a Papá Cervantes con un chorro, caudal de experiencias, la experiencia como semen, que parirá la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en 1605, pero antes, en 1599, Mateo Alemán había parido la primera parte del Guzmán de Alfarache, un relato en prosa que por su realismo sin desdeñar lo psíquico podría ser el germen de la novela moderna; modelo en el cual se inspiraría Cervantes para la eficaz construcción del Quijote. Cervantes y Alemán se conocían entre sí y, a su vez, eran viejos conocidos en los ambientes del bajo mundo de Sevilla y, tanto el uno como el otro, habían ido a parar con sus huesos a la prisión sevillana. Alemán estuvo en la cárcel allá por 1580 y, en una segunda ocasión, allá por 1602. Luego, Alemán también sería penetrado, preñado por la experiencia presidiaria para parir su Guzmán de Alfarache.

La experiencia carcelaria de Cervantes se remonta a septiembre de 1575, en que viajando de regreso a España desde Nápoles su galera resultó atacada por piratas berberiscos asentados en Argelia, de modo que el futuro autor universal sería encerrado en una masmorra argelina con el objeto de obtener una elevada suma de dinero por su rescate y, tras cuatro desesperados intentos de fuga, logra que se le libere cinco años después, es decir, en 1580, previó pago del rescate, el mismo año en que Alemán entraba a la cárcel por primera vez. El elevado rescate que pedían los berberiscos por el escritor se debía, no a que estos tuviesen el don de la premonición y adivinasen que este llegaría a convertirse en el famoso escritor del Quijote, sino al hecho de habérsele encontrado en su poder unas encomiásticas cartas de recomendación que llevaba en su poder escritas por Don Juan de Austria y el Duque de Sessa, circunstancia que hizo pensar a sus ávidos captores que Cervantes era una persona muy importante, por la que podrían conseguir un buen rescate, y, ni cortos ni perezosos, pidieron la friolera de quinientos escudos de oro por el prisionero.

En mayo de 1581 Cervantes se traslada a Portugal, donde se hallaba entonces la corte de Felipe II, con el propósito de encontrar negocio u oficio con el cual rehacer su vida y pagar las deudas que había obtenido su familia para rescatarle de Argel. Le encomendaron una comisión secreta en Orán, puesto que él tenía muchos conocimientos de la cultura y costumbres del norte de África. Por ese trabajo, que no era otro que el de espía, recibió 50 escudos. Regresó a Lisboa  y a finales de año volvió a Madrid. Por ese tiempo Cervantes se apunta de nuevo en el Ejército y participa en la campaña de las Islas Azores, territorio portugués en medio del Océano Atlántico, y se cree que allí escribió La Galatea y, probablemente, la primera parte de Persiles y Segismunda. En febrero de 1582, solicita un puesto de trabajo vacante para las Indias; sin conseguirlo. Sería interesante considerar qué habría sido de la vida y de la obra, sobre todo de la obra, del manco de Lepanto de haber ido a vivir a América. Por estos años el escritor tiene relaciones amorosas con Ana Villafranca de Rojas, la mujer de Alonso Rodríguez, un tabernero. De la relación nació una hija que se llamó Isabel de Saavedra; que él reconoció.

El 12 de diciembre de 1584, contrae matrimonio con Catalina de Salazar y Palacios en el pueblo toledano de Esquivias; Catalina era una joven que no llegaba a los veinte años y que aportó una pequeña dote. Se supone que el matrimonio no sólo fue estéril, sino un fracaso. A los pocos años de casados, en 1587, Cervantes comienza sus extensos viajes por Andalucía a donde ha ido a desempeñar el cargo de comisario de provisiones de la Armada Invencible durante dos años, para establecerse posteriormente en Sevilla, primero como proveedor de las galeras reales y más tarde, a partir de 1594, como recaudador de impuestos atrasados, tercias y alcabalas; oficio que lo conduciría no al éxito sino a la prisión, en 1597, en la Cárcel Real de Sevilla bajo los cargos de haberse apropiado de dinero público; tras descubrirse varias irregularidades en las cuentas que llevaba. En la cárcel empezaría a escribir Don Quijote de la Mancha, por lo que con el Quijote estaríamos ante un auténtico hijo de las galeras; no en su acepción marítima sino presidiaria.

Tras salir de la cárcel se va a vivir a Valladolid y, luego de publicar en 1605 la primera parte del Quijote, alcanza fama y éxito, pero este último dura poco, pues nuevamente lo meten entre rejas a causa de la muerte de un hombre delante de su casa donde, por otra parte, las autoridades aseguran que prima un ambiente de dudosa moralidad. La verdad es que si por un lado Cervantes parece estar marcado por el sino de la cárcel, también lo es que por el otro estuvo dotado de gran suerte para evadir el peso de la ley y cumplir cortos periodos en prisión; si exceptuamos, claro, los cinco años en el encierro argelino.

Pero, eso no es todo, parece ser que Cervantes se enrola en los tercios italianos para escapar de la justicia, pues se ha conservado una providencia del rey Felipe II, que data de 1569, donde manda prender a Miguel de Cervantes, acusado de herir en un duelo a un tal Antonio Sigura, maestro de obras, por lo que, si se tratara realmente de nuestro Cervantes, éste podría ser el verdadero motivo que le hizo pasar a Italia. Cervantes arriba a Roma en diciembre de ese mismo año y se embebe del estilo de vida y del arte italianos, y guardará siempre un gratísimo recuerdo de aquellas ciudades en la cumbre de la cultura de su tiempo, lo cual se muestra, por ejemplo, en El licenciado Vidriera, una de sus Novelas ejemplares, y se deja sentir en diversas alusiones de sus otras obras. Ingresa en el ejército al servicio de Giulio Acquaviva y después, bajo el mando de Miguel de Montcada, embarca en la Marquesa, galera que parte en 1571 hacia Lepanto, la Gran Batalla ganada por don Juan de Austria al frente de la flota cristiana. En Lepanto Cervantes fue un soldado valiente y siempre se sintió orgulloso de haber peleado en la dicha batalla, una donde se decidió no sólo el destino del Mediterráneo, sino el de la cristiandad toda, y el del mismo Cervantes que, por haber sido seriamente dañada su mano izquierda por varios impactos de proyectil, empezó a ser conocido como El Manco de Lepanto. Por esa valentía, claro, las cartas de recomendación que le firman don Juan de Austria y el Duque de Sessa y que, bien que deviene en mal, tan caro le costarían al caer en manos de los berberiscos.

En un informe legal elaborado ocho años después de Lepando puede leerse sobre la participación de Cervantes en el dicho matadero entre turcos y cristianos: “Cuando se reconosció el armada del Turco, en la dicha batalla naval, el dicho Miguel de Cervantes estaba malo y con calentura, y el dicho capitán… y otros muchos amigos suyos le dijeron que, pues estaba enfermo y con calentura, que estuviese quedo abajo en la cámara de la galera; y el dicho Miguel de Cervantes respondió que qué dirían de él, y que no hacía lo que debía, y que más quería morir peleando por Dios y por su rey, que no meterse so cubierta, y que con su salud… Y peleó como valente soldado con los dichos turcos en la dicha batalla en el lugar del esquife, como su capitán lo mandó y le dio orden, con otros soldados. Y acabada la batalla, como el señor don Juan supo y entendió cuán bien lo había hecho y peleado el dicho Miguel de Cervantes, le acrescentó y le dio cuatro ducados más de su paga… De la dicha batalla naval salió herido de dos arcabuzazos en el pecho y en una mano, de que quedó estropeado de la dicha mano”.

armando-de-armas-columna-1-OtroLunes40Miguel de Cervantes, novelista, poeta y dramaturgo español, nacido el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares, y muerto el 22 de abril de 1616 en Madrid, aunque fue enterrado el 23 y comúnmente se cree que esta fecha es la de su muerte, nos lega una monumental obra que forjaría, como anteriormente apuntábamos, los pilares de las letras modernas, adelantándose así a su tiempo; obra que, probablemente como todo lo que rompa los moldes establecidos, sería escrita siguiendo los códigos de un conocimiento prohibido al público y al que Cervantes tendría acceso, que se apreciaría mediante una doble lectura y entre líneas: una sabiduría cargada de paganismo, ocultismo y espiritualidad. En 1615 el manco lepantino publica la segunda parte de su Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha y con la misma redondea una de las obras fundamentales de la historia literaria occidental; y probablemente también la más misteriosa. Desde entonces, el texto y la propia vida del autor han sido objeto de constantes estudios y análisis de las más diversas características, pues, pocas obras han sido escritas en este mundo que, además de su monumentalidad en tanto escritura, escritura como arquitectura, hayan despertado tantas dudas y tantas preguntas.

Por lo que El Quijote sería la obra más estudiada y la menos comprendida hasta el momento. Pero, no sólo El Quijote, sino que el propio Cervantes es un enigma en sí mismo. Un enigma que se engendraría en el avatar de una vida que, convulsa como una sierpe de fuego, atravesó por la cárcel, por la guerra, por la violación de la moralidad y las leyes establecidas, por los bajo fondos y por el trato de las altas dignidades de su tiempo. Un hombre que amó la libertad como ninguno y que, ironías de la vida, varias veces la perdió, pero que, sin miedo, supo luchar por ella y recuperarla siempre.

Así, en el Capítulo 58 de su Don Quijote dice en boca del loco sublime: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida…” Y, lo más importante, por alcanzar la libertad deberíamos de estar dispuestos a suprimir la vida de quienes nos esclavizan, parece decirnos en su famoso discurso acerca de de las armas y las letras, en el Capítulo 38 del mencionado libro: “…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas.”

Ensayos, estudios y análisis de autores de ámbitos disímiles han auscultado no ya el lenguaje, sino la ironía y el estilo literario  cervantinos, hasta la saciedad, pero entre esas mamotréticas obras y esos sesudos autores pocos, sin embargo, se han aventurado a encontrar los códigos ocultos de una obra, El Quijote, que contiene un lenguaje esotérico que evidencia unas influencias mistéricas en una concienzuda lectura más allá de la superficie; vaya, lo que hoy llamaríamos lectura a la búsqueda del iceberg hemingwyano. Y es que Cervantes sería un iniciado en el conocimiento hermético y un estudioso de las religiones y los mitos ancestrales que explicarían algunos de los enigmas del devenir del hombre en la historia.

En un poema insertado al inicio de la novela, se denota el sentido esotérico del escrito en el que nos adentraremos, advirtiendo al lector que “se trata de llegar a los buenos”, en tanto que, los otros, los “idiotas”, procurarán interpretarlo “sin dar una en el clavo”. Algo que estaría en el origen y sostenimiento de la filosofía y la práctica de los gnósticos; quienes, aseguran que desde la antigüedad greco-latina y aún antes, apuestan por el desempeño mágico y el conocimiento superior como vía de rescate de la divinidad encarcelada en la densa materia de este mundo para, en consecuencia, encontrar la iluminación y con ella la salvación. Por otra parte, el Siglo de Oro de las letras españolas sería pródigo en la índole de lo hermético. Así, muchos de sus autores proponían un plano de lectura para los iniciados y otro para lo ignaros de este mundo. Entre los escritores y las obras que se decantarían por la vía gnóstica estarían El Lazarillo de Tormes, la poesía de Don Luis de Góngora y Argote o el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, quien divide su obra en el prólogo en dos partes, “una dirigida al vulgo, y otra al discreto lector”. Ese lector discreto necesita, al igual que el autor, ser un iniciado en el campo del conocimiento hermético y también de la cábala, para que las claves que ofrecen dichas obras sean comprendidas. Por cierto que no deberíamos dejar de notar que estos supuestos detentadores de un superior conocimiento estarían detrás de los grandes saltos en el desarrollo humano y que, como ya dijimos, Alemán y Cervantes estarían detrás de la modernidad narrativa que ha determinado a la civilización occidental.

En la novela puede apreciarse la influencia de la astrología, la alquimia, las ciencias, la espeleología y la política; no obstante, si existe una esfera del saber donde destacaba Cervantes y que refleja en esta cumbre de las letras, esa es la teología y, dentro de ella, el saber y la práctica más oscuros dentro de la religión católica, y estamos hablando del tema de las posesiones demoníacas y, por ende, de las manifestaciones del maligno.

El investigador Michael D. Hasbrouck escribe, en 1992, para el Bulletin of the Cervantes Society of America, un estudio titulado Posesión Demoníaca, locura y exorcismo en El Quijote, y en el mismo el autor identifica a Don Quijote como un personaje poseído por las fuerzas de lo demoníaco; lo demoníaco no tanto como encarnación del mal, como del mal que deviene en bien; lo demoníaco como la noche oscura del alma que conduce a los destellos del amanecer; a la iluminación. La religiosidad de Miguel de Cervantes, quizá como toda verdadera religiosidad, es un misterio que impediría dilucidar si el escritor era un católico conservador, un judío seguidor de la Torah o una suerte de erudito pagano. Pero, lo que sí parece claro es que el héroe de Lepanto conocía a cabalidad las tres religiones predominantes y monoteístas, quiere decir, la musulmana, la católica y la judía, y que, por otro lado, se valió de sus dominios al respecto para dotar a su obra de una cierta dosis de misticismo.

La periodista y estudiosa cervantina, Isabel Martínez Pita, asegura en un artículo con motivo del IV Centenario de Don Quijote de la Mancha que el personaje protagónico de esta obra puntualiza que el vulgo no es solamente el pueblo bajo, sino que: “Todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo”. Los libros de caballerías comienzan a ver la luz en Europa en la época medieval y no es hasta el siglo XIV cuando ven la luz en España con Amadís de Gaula, Historia del caballero Zifar y Tirant lo Blanc. Obras que, asegura la autora, tendrían todas ellas desde sus mismos inicios, una idéntica finalidad: elevar la misión guerrera del caballero a categoría divina. La caballería, agregamos nosotros, no tanto como orden militar que como orden espiritual o, mejor, orden militar que se sustenta en el orden espiritual. La guerra no tanto como camino de muerte que como camino de vida; de ascenso a una vida superior.

Apunta Martínez Pita que las pruebas que se presentan al protagonista de estas historias, no son más que una representación de los obstáculos que en la tierra se le presentan a los seres humanos para llegar a su objetivo primordial en esta vida, que es el de la unión mística con Dios; triunfo final del caballero. La caballería, de esta manera, no puede ser una teoría, ni mucho menos una tontería, sino que se convierte en una ciencia práctica, experimental y no especulativa. Es decir, la religión como práctica y no como credo, como conocimiento y no como fe; y lo repite en varias ocasiones el caballero Don Quijote: “grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería, pues esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos que los hombres inventaron”. 

En otra parte manifiesta el supuesto loco que los religiosos “piden al cielo el bien de la tierra”, y son, por tanto, especulativos, mientras que “los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden…”, y es que Cervantes por vía de su personaje, como los gnósticos, piensa en el hombre, en el hombre iniciado, como en una especie de entidad co-creadora con la divinidad; en el hombre como asociado en el negociado de Dios. Esto resulta esencial desde el punto de vista hermético, pues sin praxis no puede haber profecía. El caballero, en tanto portador de las armas físicas y espirituales, ejerce a través de la valentía y la fuerza de la voluntad los designios de Dios; y por Él estaría inspirado.

Asegura la autora que los encantamientos a los que se refiere Don Quijote, provocados por sus enemigos, dispuestos a todo con tal de que el caballero andante no cumpla su misión en este mundo, reflejan la lectura oculta de lo que por su apariencia no puede ver el profano; acá estaríamos entonces ante el velo de Isis. Cuando Dulcinea aparece a los ojos de Sancho como una vulgar campesina, de olor nauseabundo, de maneras burdas, Don Quijote no puede menos que aseverar que esa es la presencia que le han dado sus enemigos nigromantes para desvirtuarla. Los castillos, las ventas y quienes las habitan están hechizados, el mundo entero y la humanidad han caído bajo el poder del Príncipe de este mundo; el gran encantador. Es decir, Lucifer, El que Porta la Luz; luz de tinieblas. Encanto es una de las palabras más usadas en el Quijote. La caballería tiene por misión desencantar y restaurar la humanidad, devolviendo a la humanidad su pureza prístina; o, lo que es lo mismo, despertar la partícula divina que en la humanidad habita.

Agrega la autora que el escudero Sancho Panza no monta sobre un rocín como su amo sino sobre un asno, más propio de su condición y, puede decirse que Sancho aún no ha sido creado, creado en tanto hombre cabal, consciente, no ha logrado aún la salvación, la iluminación, y por eso es que duerme mientras su señor vela: “Duerme tú, que naciste para dormir”, le dice Don Quijote. “Duerme el criado, y está velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor…” Al caballero, en tanto ser superior, le toca guerrear, defender, sostener al resto de la humanidad inferior, inferior por inconsciente, de ahí que su misión, aún cuando duerma, sea “siempre velar”.

La periodista y estudiosa cervantina escribe, en su artículo con motivo del IV Centenario de Don Quijote de la Mancha, que el escudero es consciente del estado en que se encuentran los que, como él, están dormidos en este mundo, y declara: “Sólo una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia”. Su señor ha de batallar incansablemente para hacer realidad lo que se dice en Efesios, 5, 14: “Despierta tú, que duermes”. Don Quijote es el caballero andante, y a su Sancho lo califica como el “mal andante escudero”. Y es que el escudero anda errante porque ya no recuerda de donde viene ni hacia donde va. Sancho, aseguramos nosotros, es como uno de esos viajeros que viniendo de una ciudad luminosa y viajando hacia otra aún más luminosa, se ha quedado de pronto en un recodo del camino con paja para dormir y avena para comer, entre piojos y peligros, pero aparentemente satisfecho, perdido en su inconciencia, desmemoriado no ya de que un día habitó una ciudad luminosa, sino de que su destino inicial era avanzar hacia una aún más luminosa; no dormir en el oscuro recodo con el estómago como alma.

Quizá Don Quijote y Sancho no sean antitéticos, sino complementarios; o, mejor dicho, opuestos que se complementan. Y es que ambos simbolizan el espíritu y el cuerpo aunados en el hombre, ora a dentelladas, ora en armonía; uno como esencia, el otro como vehículo. La conciencia y la inconsciencia. La razón y la sinrazón. La iluminación y la oscuridad. La eternidad y la muerte. Lo ilimitado y lo limitado. Unos extremos que Don Miguel de Cervantes y Saavedra habría sabido conciliar para, entre cárceles y guerras, entre dones y dolores, otorgar a la adormecida humanidad una obra monumental no ya en la extensión sino en la intención, no ya en lo exterior como en lo interior. Una obra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que como parecen apuntar los últimos y más novedosos estudios sobre el universo, sería infinita no sólo hacia fuera, sino hacia adentro; sobre todo hacia adentro.

Del Autor

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Armando de Arma
(Cuba, 1958). Escritor y activista político cubano. Es licenciado en Filología por la Universidad Central de Las Villas. En los años noventa formó parte del movimiento de derechos humanos y de cultura independiente que se manifestaba dentro de la isla. En 1994 logró escapar de Cuba con un grupo de amigos en un barco, recibiendo posteriormente asilo político en Estados Unidos. En 1997 fundó, junto a los escritores Angel Cuadra, Indaniro Restano, Octavio Costa y Reinaldo Bragado Bretaña, el capítulo del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, del cual es vicepresidente. De Armas escribe además para la página Radio y Televisión Martí, donde conduce la sección de Arte y Cultura. Es autor de las novelas La tabla (2008) y Caballeros en el Tiempo (2013). Escribió varios libros de ensayos como Mitos del antiexilio, (2007) y Los naipes en el espejo (2011). Entre sus colecciones de relatos se encuentran Mala jugada (1996, 2012) y Carga de la Caballería (2006). Sus cuentos, artículos y ensayos han aparecido en numerosas antologías y han sido traducidos a diversos idiomas en el mundo. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de Alemania, España y Estados Unidos.