La muerte del pensamiento de una nación

Carlos Enrique Cabrera

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En esta media isla  no hay debate de ideas. Más aún o peor todavía, podría afirmarse, sin temor a errar o que lo  tilden a uno de exagerado, que simplemente las ideas no existen en este apartado hábitat que se cree país.

Aquí nadie piensa. Nadie analiza, nadie debate ni expone. Nadie reflexiona. No al menos de forma seria, clara y distinta, sistemática, rigurosa. Desprejuiciada y alejada del subjetivismo, de las bajas pasiones, del sentimiento y del resentimiento. De forma valiente y  con la debida y exigible libertad e  independencia. Lúcidamente. Con absolutos rigor y honestidad intelectuales.

Las  escasas mentes  independientes  (pueden contarse con los dedos de las manos y sin duda alguna sobrarán unos cuantos…, como los escritores y periodistas Andrés L. Mateo, Huchi Lora, Juan Bolívar Díaz, Altagracia Salazar y Marino Zapate…) que pugnan por hacerse oír a  trompicones y con un extremo desgaste psíquico y físico, nadan a contracorriente y bien podría decirse que claman en el desierto. Sistemáticamente son descalificados de forma airada con sesgados argumentos ad hominem, tildados de envidiosos y resentidos.

En esta media isla en declive el ruido mediático y medioambiental imposibilita la actividad neuronal, la comunicación, el diálogo sosegado, civilizado y rico; pero sobre todo lo hace imposible el inmenso, extremo alboroto  interior, el que  reina en la inmensa mayoría de  los cerebros, mal nutridos física, psíquica, académica  y espiritualmente, cada vez más habituados al uso de agentes estimulantes externos de toda índole y naturaleza y preocupados de forma obsesiva  por la subsistencia material y  la manera de asegurarse a toda costa un puesto en la vida social, económica y política del país…

No, aquí no hay interlocutores válidos para mentes lúcidas, cultivadas  y pensantes; nadie está aquí en ese arduo y difícil asunto de pensar, inquirir,  inferir y deducir, de debatir y contrastar ideas y argumentos, de llevar a la práctica una serena, profunda y rigurosa reflexión sobre los  temas relevantes y trascendentes de la vida nacional…

¿Para qué, por qué, con qué objeto, qué se gana con ello, que se saca  en claro, qué sentido tiene tal actividad  en un país corroído  (¡hasta sus cimientos!)  por la inmediatez, la improvisación, el entreguismo, el amiguismo y el oportunismo, donde se vive en la superficie de la realidad y, en suma, en la espuma de la vida misma –y todos tan aparentemente  satisfechos, tan aparentemente contentos  y felices?

El pensamiento brilla aquí por su ausencia. Lo  vemos así de forma clara y patéticamente manifiesta  en la actividad política, al interior de los partidos y partiduchos, en el senado, en el congreso, en las salas capitulares de los Ayuntamientos. Honestamente, ¿se le puede llamar  “accionar político” o “pensamiento político” o “discurso político” a lo que allí, en esos diferentes ámbitos se genera y produce?…

La política dominicana  está anclada en el siglo XIX si no en una época más remota y poco o nada  evolucionada. Esto  lo refleja de forma patente  el accionar cotidiano (y sistemático y permanente a través de los años…) de los diferentes actores de la menesterosa política nacional, plagada y corroída por el clientelismo, la demagogia barata,  el reclutamiento de adeptos a través de la dádiva y la promesa,  el otorgamiento de prebendas y beneficios, el descarado reparto de cargos y puestos, el transfuguismo sin freno, deshonesto, oportunista y francamente injustificable y vergonzante.

En el degradado accionar político nacional (salta a la vista) no hay programas ni hay propuestas, no hay acuerdos entre los líderes políticos basados en puntos esenciales, trascendentes, previamente detectados y establecidos de la agenda nacional. Los que cobran cuerpo entre los partidos y sus líderes son oscuros y nada transparentes acuerdos de aposento (el “Pacto de las corbatas azules”, por ejemplo, entre Leonel Fernández cabeza del PLD y Miguel Vargas Maldonado del PRD, un auténtico reparto…) que se realizan de espaldas a la ciudadanía y sin contar para nada con ella, manifestando por ésta el más escandaloso e inadmisible desprecio.

Es por ello que no debe extrañar que el actual presidente de la república, el peledeísta Danilo Medina, que se reelige al cargo por su partido, se niegue de forma rotunda  a participar en debate alguno con los otros candidatos de los restantes partidos, concretamente con el candidato del recién creado Partido Revolucionario Moderno (PRM), Luis Abinader, que se lo ha solicitado explícitamente.

A nadie le debe extrañar ni sorprenderle este gesto; en este degradado ambiente nacional donde la institucionalidad no existe es lógico y razonable que así actúe el candidato presidente. Danilo Medina ha llegado a donde está (es decir, a lo más alto) sin reflexión ni debate, sin propuestas claras y serias y contrastables sobre el derrotero que habrá de imprimir a la nación, a fuerza de  acuerdos (así se definirían en cualquier otro país que no sea éste) contra natura con partidos y partiduchos de toda índole, laya y condición. ¿Por qué habría entonces ahora el candidato presidente de exponerse, de arriesgarse, de hacer el esfuerzo de pensar, reflexionar, debatir sus puntos de vistas y sus ideas, confrontar su programa de Gobierno y su visión del estado y de la nación con los otros?

Esa no es además su mayor fortaleza: incluso tiene serios problemas de dicción el flamante candidato y si algo lo caracteriza como político es su escandalosa  mudez y el trabajo organizacional en la sombra, pero sobre todo el uso sistemático y abrumador  de la propaganda. Por otra parte,  no entra el debate dentro de la tradición de la partidocracia dominicana, en cuya obsoleta y perversa maquinaria  los pocos activistas que piensan y razonan y conceptualizan (pienso, por ejemplo, en Hugo Tolentino Dipp  e Ivelisse Prats de Pérez dentro del PRD, brillantes intelectuales y  políticos de larga data), quedan por lo general relegados a un segundo plano a favor de los que detectan el poder económico dentro de sus respectivas organizaciones y pueden allegar cuantiosos  recursos financieros para afrontar  las cada vez más costosas  y dispendiosas campañas electorales (presidenciales, congresionales  y municipales) que se prolongan escandalosamente durante un largo  tiempo.

La situación es, si bien se mira, de una  gravedad extrema. Cuando no hay pensamiento, ideas, reflexión, la realidad toda se desenfoca, se percibe como una nebulosa, se va distorsionando, lo que enrarece  asimismo por completo  la vida social, económica y política del país, sus relaciones, sus hechos, sucesos y acontecimientos. Sin una clara y confiable  carta de ruta producto de la reflexión, la indagación y el análisis, el camino a recorrer  por una  sociedad organizada se torna  tremendamente  difícil   e incierto, su avance (el individual y el colectivo) se convierte en una acción a cada paso más insegura y penosa, estresante, que se realiza a trompicones y a tientas, como  si de un invidente se tratara.

En esta “cuna de la civilización americana” es de este modo  como hemos llegado a un estado de cosas en  el que ya todo es posible, en el que nada sorprende ni asombra, en el que  hemos  perdido  al paracer definitivamente la capacidad de indignación y de asombro. En el que todo nos da igual, nos da lo mismo.

Verdad y mentira se confunden aquí y los límites éticos y morales igualmente se difuminan, entremezclan y entreveran e incluso desparecen, se volatilizan. Villanos y bandidos aparecen ante los ojos de todos (en los medios de comunicación de masas, radio, tv, prensa escrita…) como auténticos héroes míticos, y los probados hombre probos, íntegros, quedan desarticulados y su vida y sus tareas y sus hechos, todo su valioso legado, se ve vaciado de contenido, pierde su real y auténtico sentido cuando no  son éstos por completo relegados al olvido o usados y revividos según conveniencia, como es el caso del ya desaparecido profesor Juan Bosch.

Muere asesinado por cuestiones monetarias el síndico del PLD de Santo Domingo Este, reconocido y exitoso  empresario de banca de apuestas (“Juancito Sport”) y  se le ensalza como un héroe nacional. Un general retirado (“El Ranger”) ejecuta en frío  a un delincuente con un fusil de guerra luego  de que éste en compañía de otro lo hubiera atracado  en su casa y lo elevan en la prensa nacional y en las redes sociales a la categoría de vengador épico que nos va a liberar de la delincuencia.

Un presidente que miente descaradamente sobre su voluntad y deseo de reelegirse, que se desdice y contradice de forma continuada ante las cámaras de televisión en temas tan sensibles como el de la desnacionalización de ciudadanos de origen haitiano, que está asimismo y para colmo claramente bajo sospecha en el orden académico en tanto en cuanto se le imputa  haber plagiado su tesis de grado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), y que  involucra los dineros del Estado para modificar la Carta Magna y hacer posible su reelección queda casi santificado por la propaganda oficialista y por sus incontables seguidores  (las encuestas lo sitúan con un altísimo nivel  de popularidad y a una distancia notable del principal candidato opositor en las próximas elecciones de abril de este año 2016) sin que apenas unas pocas voces (las más arriba señalas y algunas dos o tres más…) se alcen para denunciar, contradecir o matizar tantos desafueros contra la verdad y la inteligencia y las mismas leyes de la república.

En esta media isla no se piensa. Esto es dramáticamente así en todos los ámbitos del saber y de la humana actividad. Se manifiesta de forma patética al interior de  las empresas públicas y privadas, en el Senado y la Cámara de Diputados,  en las Academias (de  la Historia, de la Ciencia y de forma singular en la de la Lengua…), en las  universidades. En los diferentes Ministerios (No digamos en el andrajoso Ministerio de Cultura dirigido por un cantante) y dependencias autónomas del Estado. Se muestra de forma notoria en el mundo de los negocios,  en nuestra  escritura de ficción y creación,  ensayos y novelas  y cuentos, y en el conjunto de las bellas artes.

En condiciones como las actuales no puede existir  en la República Dominicana  un pensamiento propio y mucho menos, claro está,  un pensamiento vivo, activo, dinámico, innovador y  novedoso.  Transformador. Revolucionario. En el país no hay innovación científica ni tecnológica. Por no innovar no lo hacemos ni con nuestra propia gastronomía siempre idéntica a si misma a lo largo del tiempo. No producimos (no hemos producido nunca y mucho menos lo podremos hacer ahora, claro está, en medio de este espantoso marasmo generalizado) una idea o un conjunto de ideas que suponga o implique una aportación sustancial, significativa y trascendente al pensamiento universal.

Es obvio, salta a la vista,  no descubro nada nuevo. No nos hemos caracterizado precisamente los dominicanos desde el año 1844 hasta la fecha por nuestra capacidad de creación, innovación, invención y descubrimiento. Más bien somos (además, eso sí,  de un “pueblo alegre” y “hospitalario” que tiene el privilegio de habitar en el “país de Dios”, que es todo cuanto vendemos a los turistas juntamente con las playas y el sol perpetuo) plagiarios, pirateadores incansables, copiadores impenitentes, y esto no siempre de lo mejor, sino muchas veces de lo peor que se genera en el ancho y ajeno  mundo.

En el caso de la estructura política  (donde tenemos ya de facto un régimen de partido único, el morado PLD con diez y seis años al frente del Gobierno de la nación y con bastante posibilidades de eternizarse en él si no somos capaces de despertar  de una vez por todas y pensar racionalmente…) vamos camino de superar a Joseph Goebbels,  eficientísimo y sin duda siniestro ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de la Alemania nazi con su portentosa maquinaria de desrealización (aquí todo se define como “percepción” desde el ministerio del Interior), que logra imponer las interesadas y mentirosas consignas del Poder como realidad, como la única e incuestionable realidad posible en el mejor de los mundos posibles.

Si esto no es la muerte del pensamiento de una nación, que venga Dios y lo vea.

 

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).