Mis encuentros con los verdaderos malditos

Eduardo Parra Ramírez

Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé y Arthur Rimbaud, los poetas malditos.

Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé y Arthur Rimbaud, los poetas malditos.

 

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire (Francia, 1821 - 1867).

Charles Baudelaire (Francia, 1821 – 1867).

Tenía yo doce años, tal vez trece cabales y cabalísticos, cuando entré en contacto con la poesía de los malditos. Solía escudriñar libros que rara vez comprendía pero cuyas formas, de entonación semejante a la música, me fascinaban. Los libros pertenecían a tres bibliotecas familiares. En la de mi padre leí la novela romántica y la de la Revolución, además de recibir una sobredosis de Siglo de Oro. En la de mi tío Jorge conocí al boom latinoamericano y diversos autores europeos y norteamericanos. En la de mis hermanos universitarios proliferaban los autores singulares. Ahí, entre las páginas de una antología cuyo título no recuerdo aunque no olvido sus duras pastas negras, apareció Baudelaire con su Viaje a Citerea:

Posadas sobre su pasto, las aves feroces
se ensañaban sobre un ahorcado ya maduro
cada una plantando sobre él su pico impuro
de la sangrante carroña en todos los rincones;

los ojos eran dos huecos, y del hundido vientre
caían los intestinos en los muslos, pesados,
y sus verdugos, de horribles delicias cebados,
a picotazos lo habían castrado totalmente.

Ante tales palabras, mi adolescencia tuvo que verse en alguna medida perturbada pero también objeto de una imantación que consideré malsana y, en consecuencia, dichosa. Con razón o sin ella, la poesía de Baudelaire me incitaba a atropellar las ya de por sí escasas estabilidades emocionales de mi yo adolescente.

Desconozco qué fue formalmente inaugurado en el adentro, qué cráteres fueron cavados en mi conciencia en ese tiempo en que era yo un temprano e hipócrita lector. Hoy que sólo soy lo segundo, casi treinta y tres años después, releo Las flores del mal. Ya no embriaga ni escuece de igual modo. Pero descubro con agrado que tensó una fibra que perdura y maltrata. Lo considero indispensable en la educación sentimental del buen canalla. Los textos cuyo destino es maldecirte llegan temprano; por eso la memoria es un crimen.

 

Stéphane Mallarmé

Stéphane Mallarmé (Francia, 1842 - 1898).

Stéphane Mallarmé (Francia, 1842 – 1898).

Andaba un día en los andamios de la poesía de Eduardo Lizalde (a quien debo harta felicidad y hallazgos) y di con esta cita de Antonio Machado:

Silenciar los nombres directos de las cosas
cuando las cosas tienen nombres directos
¡qué estupidez! Pero Mallarmé sabía también
–y éste es su fuerte—
que hay hondas realidades que carecen de nombre.

Pero quién es ese Mayarmé, preguntan mis asombrados dieciocho años, quien me ha notificado, por poetas interpósitos, algo que no sabía que sabía. Y como tengo un hermano gemelo quince años mayor, que se entera de las cosas antes que yo, voy y le pregunto. Mal la armé, corrige. Dice que es un poeta francés, no caribeño como parece que supongo, y pone en mis manos un libro que se titula Los poetas malditos, de Paul Verlaine.

Ah, con que se trata de un maldito. Recordé a Baudelaire. Fui directo al apartado en que figuraba Mallarmé. Leí la pequeña nota introductoria. Comenzaba así: “La vida de Stepháne Mallarmé se caracteriza por la falta de acontecimientos importantes.” Lo que sentí fue una enorme y pesada tristeza que determinó todas mis lecturas posteriores de su poesía. Con los años pude irme desembarazando poco a poco de aquella inicial opresión pero siempre se mantiene un dejo más o menos acentuado.

Pobre Mallarmé, a mí tampoco me ha acontecido nada relevante. Ni hijo ni árbol ni libro.

Entro a sus páginas y me ocurre algo inesperado y muy contradictorio. Lo que leo está urdido con un lenguaje sencillo. Palabras cotidianas; ésas con las que uno compra el pan e inquiere sobre una dirección en el Centro. Pero hay tal densidad de símbolos que me cuesta avanzar en su espesura. Algo más arduo me quiere decir el poeta, no solamente esta imagen que se empequeñece y quiere temblar. Entendí entonces, quiero decir, lo presentí, que otra vez era justo entrar en un sopor, anestesiar la razón con un martillazo o con hojas de hierba sin Whitman. Entonces mi sensibilidad localizó la del triste Stéphane y las cosas sin nombre aparecieron, y la forma, esa inadvertida entonces para el ojo, ganó altura.

 

Arthur Rimbaud

Arthur Rimbaud (Francia, 1854 - 1891).

Arthur Rimbaud (Francia, 1854 – 1891).

Había transitado ya por numerosas lecturas de poetas contemporáneos y desconocía lo que la poesía moderna le debe a Rimbaud. El descubrimiento del enfant terrible se lo debo, ay de mí, a las tiendas Chedraui. Y es que por allá, a principios de los años noventa, la editorial Premiá se venía abajo. Y con ella su espléndido catálogo que incluía títulos sencillamente inconseguibles en otra editorial. En aquellos años, debido a que era frugívoro, frecuentaba a la hora de la comida la sucursal de la tienda Chadraui en Atizapán de Zaragoza, Estado de México, lugar donde laboraba. Por alguna curiosa razón, el estante de los libros quedaba a un costado de las verduras y las frutas. Y se dio el caso que un día el almacén se apoderó de una enorme remesa de libros que Premiá remató. Cinco pesos, parejo.

Cinco pesos de aquéllos no eran nuestros actuales cinco pesos. Con ese dinero se podía comprar dos rojas manzanas de muy buen tamaño. O medio kilo de uvas con semilla. Pero era muy poco dinero para comprar un libro. Por eso tomé una decisión fundamental en la vida: Ayunar una semana y media para poder comprar todos los títulos disponibles. Pero qué de libros. Creo que todavía conservo dos o tres que no he leído.

Amontoné el tesoro en un rincón de mi cuarto y fui tomando el de arriba de la torre para formar otra torre contigua y creciente al costado, con los ya leídos. Debió ser el tercero o cuarto de la fila. Un gato de perplejos ojos redondos en la portada, al centro de una habitación con tapiz de flores. Arthur Rimbaud, Iluminaciones, se leía en el pórtico.

La voz derramada sobre el territorio. La agudeza del ojo flechando los objetos. Un poeta vidente inspira miedo a la vez que azoro. Confieso que la primera lectura de Rimbaud (Rimbó, lo pronunciaba yo entonces) me incomodó casi hasta el tedio. Persistí y, durante un viaje, me entregué a una segunda lectura, una más volátil. Algo ocurrió de nuevo. Algo que no pasó nunca al ras del intelecto como para poder explicarlo. Si hubiese que nombrar el efecto que se produjo, diría que fue expansión.

Años después vine a entender lo que me dio Rambó. La cristalización de sedimentos acumulados en una experiencia de lecturas y silencios. Ingerir la semilla, su seca aspereza, y olvidar. Tiempo después sentir la germinación. Fue la primera vez que la poesía operaba en mí de un modo no profano. Comprendí que ahí donde se produce el estremecimiento estético no se cumple el poema: algo que ya no vive en las palabras se echa a andar. Supe que la poesía verdadera lejos de ser adorno es revelación y que esa experiencia no sabe ser cómoda, gratuita ni inofensiva.

Vuelvo a mi ejemplar de Iluminaciones en Premiá y digo como aquél que agonizaba: Denme más luz.

Del Autor

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Eduardo Parra Ramírez
Escritor mexicano nacido en 1970. Posee estudios de cine y creación literaria. Su obra refleja una variedad de intereses. Ha publicado cuento, poesía y ensayo. Ha incursionado asimismo en la dramaturgia, la dirección de cortometrajes, el guionismo radiofónico, la música y la docencia. Entre otros reconocimientos ha ganado el premio Ignacio Manuel Altamirano de Poesía por el libro Refractario y el Juan Rulfo para primera novela por La ira del filósofo. También es autor del poemario Palabras sobrevivientes, coautor del volumen Sin mirar atrás. Veinte cuentistas ante el viaje sin retorno y compilador de Vacaciones en escombros. Once recorridos por el cuento adicto. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al portugués y al esloveno. Es maestro fundador de la Escuela Mexicana de Escritores.