Este fragmento fora parte de una novela en la que estoy trabajando. La premura de Otro lunes me impidió trabajar en un artículo especial para este número.
Pornoy: durante los primeros cincuenta años de su vida fue ignorado por la institución cultural mexicana, hasta que comenzaron a lloverle los premios, como a la princesa Poupee años después, de los que disfrutó con ánimo de niño huérfano, hasta que un reyezuelo de opereta le entregó un gran premio … y comenzó a ser tratado en calidad de santo. Tanto éxito y el natural ajetreo que implica lo impulsaron a multiplicar el número de cigarros por minuto, caía en crisis si no tenía uno entre manos, se deterioró su salud, su cerebro perdió oxigenación, comenzó a tartamudear, a extraviar y confundir las palabras, al extremo de tardar dos o tres minutos en armar una frase. Lo que no impidió que siguiera viajando, recogiendo premios, emitiendo lastimosas retahílas de palabras que el público de varios países escuchaba con estoicismo o entusiasmo de visitantes al oráculo de Delfos. Pronto se le vio acompañado por un niñero, que era su agente de prensa, un chico bastante guapo, por cierto, que era también su traductor, su guía, el que tomaba la palabra cuando Pornoy permanecía patinando, repitiendo la misma sílaba una y otra vez, en una especie de estreñimiento verbal que se reflejaba en su cara de niño que había olvidado el resto de su discurso.
Las salidas más recientes de Pornoy fueron a la India y La Habana. Fue retratado con la palma de la mano derecha sosteniendo en perspectiva el Taj Mahal, en alusión transparente a sus ya famosos cuentos orientalistas, en su rostro brillando la dicha del que dice mírame, mami, a dónde he llegado. En La Habana se le ve recibiendo un premio de manos de un sombrío funcionario, en un cuartucho miserable, presumiblemente en La Casa de Las Américas. El escaso vellón de fina pelusa alborotada lo hace parecer una paloma en trance de emprender el vuelo o más bien un buitre desplumado con cara de enojo tal vez por la incomodidad del cuarto y la falta de aire acondicionado: parece decir, yo que recibí de manos del Rey el Gran Premio, de estricto frac Hurensohn y en camisa Hohensollen, en el Palacio del Escorial, cómo mein Gott me he rebajado a este nivel.
Nuestro querido rector, Ricardo Wolfson, viendo la elevada cima que había alcanzado el prestigioso académico del Instituto de Investigaciones de Misterios Literarios de nuestra Universidad, decidió vestirlo de payaso y lo llevó a exhibir a varios países como el producto más acabado del arte local. El colmo de su institucional orgullo fue llevarlo a China. Y así lo vimos en las fotos: los brazos abiertos sobre una almena como a punto de volar, teniendo como fondo y perdiéndose en el horizonte la Gran Muralla, imaginen a un hombre de casi 80 años, extraviado en las ciénagas del lenguaje, exhibido como un mono de feria, como un dichoso pelele, como un pedazo de carne semiarticulada que apenas puede pronunciar su nombre. Dígase que hablo así por envidia. ¡Claro! ¡Claro que sí!
¡Claro que sí, Ventura! Física, espiritual y mezquina envidia es la tuya. Te ensañas con un pobre viejo porque logró todo lo que no alcanzaste.
Tanto respeto, tanta ceremonia, tanta prensa obsecuente, para un escritorcillo iluminado por la mano de un reyecillo de opereta, mientras Ventura tiene la peor computadora, el peor escritorio, un buen sueldo, lo acepto, pero el ninguneo de las autoridades universitarias. Yo, el perro bajo la escalera. Hoy cumplo 63 años (aclaremos el asunto del tiempo: lo voy a violar a mi antojo: si en este párrafo tengo 63 y en el anterior 64, en el próximo podría tener 17, 33 o 40, y no voy a explicar por qué) y como dice el poeta Cenamor, no me arrepiento de ello.
Tras siete horas de sueño reparador el dolor de la cintura que ayer me mantuvo en cama ha cedido ligeramente. Ayer tuve una sesión algo excesiva de básquet a cielo abierto. Es sólo gracias al milagroso Naxodol que estoy ahora en la USBI escribiendo. Nada más llegar del DF tras mi reciente éxito-fracaso: éxito, porque tres magníficos escritores, tres veteranos de mi rodada, cantaron alabanzas desmesuradas a Regreso al pueblo del fin del mundo, y porque hubo más público del que esperaba, tal vez setenta personas; fracaso porque no asistió ni un periodista al evento y no apareció ni una nota de prensa, solamente un par de anuncios pagados por mi editor: éxito-fracaso, pues.
Todos los que hablan bien de ti son magníficos escritores, dices.
Por la noche, antes de dormir me dejé llevar por el impulso y quise incurrir en el vicio solitario, la debilidad de Tolstoi: éxito-fracaso, también, porque mi criaturita permaneció absolutamente indiferente, ¿será como dice don Gato Grande que uno viene con los disparos contados? Es importante tratar los temas de la envidia y la competencia entre artistas.
Hoy por la mañana liquidaré algunos asuntos bancarios, no iré a la piscina a intentar batir mi marca diaria en natación, por la tarde regresaré a la USBI a retomar este azaroso novelario, novela-diario. 63 años de los cuales llevo más de 45 escribiendo, ¿para qué? Pus, en las librerías del DF difícilmente hay un libro mío de los 30 que he escrito. Casi todas las personas con las que me encuentro (me refiero a las de mi provincial y roñoso mundo) saben de mis andanzas gracias a mi blog, que a la fecha registra 313 visitas diarias.
¡Falso, Ventura! No sé qué sacas con inventar semejantes menserías mentirososas. Hay días en que no llegas ni a doce vistas.
Importante lo que dice Romain Rolland sobre el éxito: “Poco nos importa el éxito, ya que se trata de ser grande, no de parecerlo”. Bien, muy bien. Otra: “Nunca la vida es más grande, más fecunda ni más dichosa, que en el dolor”. Recuerdo que de la Divina Comedia rescaté esta frase: “No hay mayor dolor que recordar los tiempos felices en tiempos de la miseria”. Y finalmente, ésta de Beethoven: “Hacer todo el bien que sea posible, amar la libertad por encima de todo, y aun cuando fuera por un trono, no traicionar nunca la verdad”.
