Aprendiz de Saturno
Edilberto González Trejos
Nonia Editores, Panamá, 2015
La brutalidad del cuadro de Goya, su atracción como de reflejo, la mirada como la nuestra, el reconocimiento en esos ojos, me llevo desde bien temprano a detenerme delante de él: Saturno devorado a un hijo. El tiempo se le traga todo. Pero Saturno es a un tiempo, la agricultura, la cosecha, una suerte de renovación de la vida por el paso del tiempo.
Aprender a ser Saturno, desafío que no se puede traducir ni abarcar en extensas páginas, ni se puede invocar en incontrolados fuegos, es abordado por el poeta panameño Edilberto González Trejos (Santiago de Veraguas, Panamá, 1971), por la vía más difícil, la de la brevedad, la de la rotundidad del verso que abarca la emoción y el ritmo en Aprendiz de Saturno (Nonia Editores, 2015).
Porque serlo es devorar el tiempo y convertirlo luego en certezas, en dudas, en búsquedas. Es devorar con saña y rapiña los espacios vacíos para devolverlos pulverizados por la mirada de la fe perdida, buscada y vuelta a extraviar. El poeta llega al borde del fin del mundo y nos sitúa en “the mourning after”, en la mañana siguiente del irremediable fin, tras el inmenso vacío, en un finísimo equilibrio escatológico (en términos teológicos, no digestivos).
Edilberto González Trejos nos sitúa entre el cielo y el infierno, en el limbo urbano de una azotea que los poetas amamos, o en el fuego, donde dejar arder a los amigos, o en la velocidad de la creación literaria, justo el contrario, o quizás el revés, de Saturno mismo y su vocación devoradora y cíclica.
El autor dibuja la fama en su condición de bestia, luminosa y pasajera y de pronto las azoteas ceden, caemos del limbo urbano al infierno del poeta que no respira donde las piedras callaron al no haber alabanza alguna que traer a la garganta. El lector es acompañado por un Virgilio que ha vivido el poema, que traza firme y rotundo el camino de vuelta o de ida.
Y la noche sobreviene como acto de fe. Da para mucho la brevedad, esta microeconomía del lenguaje en favor de la imagen, para conquistar la belleza redonda y rotunda del ritmo poético. En lugar de los largos ripios, González Trejos opta por ir directo a la imagen y hace al lector cómplice en ritmo y belleza.
Y la música, la sabida del istmo suyo y la que gana el poeta mientras escucha otras, universales, tan panameñas como otra cualquiera. La música es también una mujer entre todas que late fuerte en el corazón. Los latidos como unidad musical de la emoción y los sentimientos. Y todos somos música, somos banda sonora los unos de los otros en este viaje de regreso. En el silencio, cierra el poeta, la nota musical −como la palabra− cobran su sentido.
Pablo de Tarso, el denostado y mal entendido, en el Areópago, pronuncia su célebre discurso en Atenas, al Agnostos Theos, aludiendo al verdadero Dios que desconocían los griegos. A ese quiere dar a conocer, a ese dedica −o bajo su complicidad− crea la última parte de “Aprendiz de Saturno”. Desde el holograma divino hasta el día después del fin del mundo, pasa por el adiós a los iconos y el creer que más allá de la fe, no sin ella, se encuentra Dios.
Dios entre los escombros, donde siempre. Donde se encuentra seguro, lejos de catedrales y monumentos. El poeta se sitúa y lleva a su lector a aquella mañana después del fin, ante el vacío. Y se hace el silencio. Silencio para que sigamos escuchando las remotas voces del poema, para que evoquemos por nuestra cuenta las imágenes, la belleza y el ritmo de unos pasos que sobre las aguas se acercan hacia nosotros para iluminarnos o darnos miedo.
Aprendiz de Saturno, sorprende por la profundidad, por el equilibrio y la belleza construida desde una economía verbal que no es egoísmo ni humildad, es búsqueda y trabajo, es una alimentación de los cinco mil, con dos peces y cinco panes. Una lucha por ceder al lector el punto exacto para contemplar la belleza y el asombro.