Merecer un Vicente

Sobre Merecer un libro, de Vicente Quirarte

Alejandro González Acosta

Merecer un libro
Vicente Quirarte 
Amaquemecan, México, 2014

 

vicente-quirarte-librario-narrativa-OtroLunes40En esos países bendecidos por tener una cultura antigua, aparece al menos cada generación, un personaje que constituye una de sus expresiones más legitimadoras: el bibliófilo.

México es uno de esos países, sin duda alguna: hogar de los tlacuilos y cuna de la primera imprenta americana, hoy sigue siendo –en medio de este mundo titubeante donde la duda es la única certidumbre- una potencia editorial, el paraíso hispanoamericano de los libros, las revistas y los suplementos culturales. Si en el siglo XVI tuvo personajes amantes de los libros, como al protofilósofo fray Alonso de la Veracruz y sus “sesenta cajones de libros” traídos desde España; en el XVII el infortunado Melchor Pérez de Soto y el incomprendido Carlos de Sigüenza y Góngora; en el XVIII al apasionado Juan José de Eguiara y Eguren y al puntual José Mariano Beristáin y Souza; en el XIX al devoto Joaquín García Icazbalceta, al trashumante José María Lafragua y al atrabiliario José María de Ágreda y Sánchez, entre varios; en la primera mitad del XX a Julio Torri, Jorge Denegre, Ernesto Fernández Ledesma, José Luis Martínez y muchos otros, sin dudas tiene ahora entre los miembros de la generación nacida alrededor de 1950, en la figura encarnada de Vicente Quirarte, el continuador y heredero de esta antigua y probada estirpe, quien ha obsequiado un libro breve por su forma pero dilatado por sus saberes, en edición preciosa como merece por su mismo tema y su autor, que se anuncia con un infinitivo compromisivo: Merecer un libro.

Ahí Quirarte borda –escojo el vocablo con entera conciencia- los distintos campos que están vinculados con el libro como manifestación suprema de la civilización, desde la escritura, la encuadernación y el papel, hasta los coleccionistas e incluso el inesperado, pero muy cierto, “arte de la solapa”. En resumen, en toda su extensión es un apasionado canto de amor al libro y las artes que lo integran y en él se funden, para lograr ese milagro de la perpetuación y legado del pensamiento y los quereres humanos.

Desde el Alfa a la Omega, “y aún más allá”, este navegante de las galaxias impresas, es un obsesivo cultor de la escritura como arte y compromiso, remontado a sus mitológicos orígenes por Cadmo, escriba de Ptolomeo, hasta los impersonales y crípticos bytes y chips del presente.

Debemos tener mucho cuidado con Quirarte, porque manifiesta la perturbadora costumbre de escribir y publicar más velozmente que sus atareados seguidores  pueden leerlo, pero aún más inquietante es constatar la resignada conclusión de que lo hace siempre muy bien. En unos pocos años ha publicado La Invencible (autobiografía), Fundada en el tiempo (crónicas urbanas), Amor de ciudad grande (crónica urbana), Morir todos los días (poemas) y un espléndido capítulo introductorio en el magnífico libro La Catedral de México, y ya tiene otro de poemas a punto de aparecer en la colección universitaria “Voz Viva”: El mar que nos prometieron en la infancia, que se agregan a su nutrida producción anterior, pero apretándose para hacer espacio a los que prontamente se les añadirán, pues el amigo no cesa ni descansa y padece un frenesí de creación admirable, de aquellos pocos verdaderamente poseídos por el arte y una misión, como escritor de casta y entraña. Un terapeuta certificará que está dominado por una pasión desbordada y profunda hasta las “medulas” garcilacianas, por absolutamente todos y cada uno de los astros del universo escriturario, lo mismo el papel que sustenta –soporta es hostil y grosero como asevera- que las encuadernaciones que protegen y anidan, el modestísimo lápiz de grafito y la aristocrática pluma de acero que al llevar el número 4810 en su punto proclama su alpina condición de ser una “Montblanc”, el Santo Grial de los escriturarios, el Arca Santorum de la Alianza entre pluma y pulso.

Uno de los rasgos que me hace entrañable un libro, más allá de aquello que dice, es lo que sugiere, y la conversación que inevitablemente uno quiere entablar con el autor. Este es uno de ellos. Y confieso –mea culpa, mea massima culpa– no puedo resistir esa tentación, más aún cuando reconozco resignadamente estar infectado de un virus similar al de Quirarte por los libros. Así, pues, de enfermo a enfermo, van estos comentarios fácilmente prescindibles, pero cariñosamente redactados.

A los muchos temas, conocimientos, noticias y curiosidades que el autor enhebra –vuelvo a la metáfora textil del principio- señala las diversas opiniones que autoridades –desde autores a lectores célebres- han vertido sobre el libro y su universo natural, la biblioteca. José Martí, el escritor cubano trágicamente malogrado en su pasión política, como lamentó Rubén Darío, su más cercano parigual, dijo muchas frases sobre el libro, pero en especial hay una que entre cubanos se interpreta como la justificación absolutoria para legitimar el robo de libros. Popularmente muchos dictaminan, sin fruncir ni un músculo, imperturbables, absolutamente ciertos en lo que proclaman, que “Martí dijo: robar libros no es robar”. Lo cual es absolutamente falso, pero parte de una interpretación sui generis de un texto que sí escribió: “La cultura es patrimonio del pueblo y los libros son cultura”. Ergo, si son patrimonio del común, cada uno puede servirse a su gusto impunemente. Pero, reitero, no lo dijo. Tampoco dijo lo que algunos afirman (este vicio peligroso de citar sin cautela ni precisión, dando origen a equívocos lamentables): “El vino de plátano es agrio, pero es nuestro vino”. A aguantarse y sambutirse el vino amargo, pues. No: lo que dijo realmente y es verificable en su formidable ensayo “Nuestra América” es, y cito textual: “El vino, de plátano; y si sale agrio, es nuestro vino”. Llamo la atención sobre la primera coma, después de vino, indicando originalidad pero no exclusividad. Agreguése la condicionante de la “y” no copulativa, sino adversativa, “y si sale”, lo cual desautoriza suponer que Martí creía que siempre el vino de plátano nuestro saldría agrio, y aún así deberíamos apurarlo de un sorbo masoquistamente nacionalista y resignado. Nada más lejos.

Pero lo que también dijo sobre el tema Martí, y se lo obsequio a Vicente para que lo incluya y comente –pues le dará tela para cortar (reitero la textilidad de este texto- fue: “Entrar en una gran biblioteca produce el mismo temblor que penetrar en un enorme arsenal”.

Para una deseable próxima reedición, Quirarte podría considerar incluir algunos datos como los siguientes:

. ¿Cuál es el libro mexicano con más ediciones? No es ni de Juárez ni de Paz, sino la celebérrima Picardía mexicana, que con más de 143 apariciones (presentadas por varios Premios Nobel de Literatura y otras personalidades), desde que apareció por primera vez (1960) hasta el año pasado desgranaba la marca de ¡cuatro millones de ejemplares! Inmortales como Neruda, Cela, Gabo y Paz no desdeñaron prologarla, y tampoco eruditos como Reyes, Tovar, Novo, Alatorre, Chumacero y Leduc. Armando Jiménez, primo de ese poeta de la guitarra que fue José Alfredo Jiménez, está indeleblemente esculpido en los muros del Panteón Mexicano bajo el seudónimo de “El gallito inglés”, tan perdurable como “El Gallo Pitagórico” de Juan Bautista Morales.

. ¿Cuál es el autor mexicano con más obras publicadas? No es Paz, ni Reyes, sino el presbítero Joaquín Antonio Peñaloza (1922-1999), descendiente por línea materna de don Francisco González Bocanegra, autor de las estrofas del Himno Nacional Meixcano, quien ocupa casi dos cajuelas completas de los antiguos ficheros que el curioso y desocupado viandante todavía encontrará como monumento vetusto de tiempos pasados en la Biblioteca Nacional de México: más de 100 títulos, cada uno con numerosas ediciones, de temas edificantes y píos, que rodean su obra culminante, en piedra y adobe, no en celulosa, “El Hogar del Niño” en su entrañable San Luis Potosí.

Cuando habla del preciosismo de la solapa, tiene mucha razón Quirarte al conceptuar este como un verdadero arte, dentro del modelo de Gracián, donde la brevedad se agradece doble y multiplica la calidad, y deberá colocar a la cabeza de ese peregrino altar las palabras que “de solapa” escribió ese prosista tan meticuloso que borda en crochet (sigo con lo  textil) sus textos, así sean garabatos dibujados por traviesas musas: Felipe Garrido y lo que escribió para las Obras Completas de Juan José Arreola para el ya octogenario Fondo de Cultura Económica, mención que me trae a la errata más feliz de la poesía mexicana: la del anónimo linotipista que sustituyó el nombre de la colección Tzenzontle por Tezontle, que el avispado Chumjacero desde ese instante decretó como el sello aceptado e inapelable. Andaba muy  acertado ese día el duende de las imprentas, el diablillo de las erratas, que lleva por nombre Titivillus, demonio de las imprentas, que sólo se arredra –en Europa- ante la imagen protectora de La Santa Verónica, patrona de los impresores, pero entre nosotros surte mejores efectos la mexicanísima Guadalupe, igualmente impresa por ese maravilloso milagro  que “Non fecit talliter omni natione” (como recordará el antiguo Director de la benemérita Imprenta Universitaria, la más pública, laica y no obstante guadalupana de las imprentas que en el mundo han sido, como que bastaba colocar un cuadro de Lupita en las máquinas para que se decretara huelga inapelable y matacandelas vitanda, sin necesidad de paños rojinegros).

De imprentas meritorias hablaQuirarte, pero le faltaron al menos dos en España: la de Padilla en Sevilla (que algún día visitaremos juntos y después iremos a brindar sacrosantamente en el bar Garlochí vecino y barroco como la Virgen de La Macarena) y la París-Valencia que, como no está junto al Sena se afinca en un costado del Turia famoso, y hace ediciones facsimilares por encargo, delicia de bibliófilos, como no podía ser en esta tierra de naranjales que es la cuna de la imprenta ibérica, pues si el idioma castallano nació tímidamente en unas glosas (“emilianenses”) en La Rioja, entre las vides de San Millán de la Cogolla, su perpetuación impresa debía ser entre cítricos devenidos después arrozales y trigales, por donde campeó El Cid.

Faltó a Quirarte señalar que México, preámbulo de las campañas alfabetizadoras de Vasconcelos y Obregón, tuvo una de las primeras “bibliotecas ambulantes” del mundo: la que paciente y regularmente llevaba en cuarenta mulas el peripatético José María Lafragua, de México a Puebla y de regreso, y que consagra don José Ramón Malo en su puntual Diario de sucesos notables: “Ahí va de nuevo Lafragua con sus acémilas cargadas de libros hacia Puebla y luego las volverá”, al compás de los agitados e inciertos tiempos que se vivían en el México de entonces (¿solo de entonces?).

Declaro solemnemente que este libro de Quirarte tendrá un destino muy especial en mi biblioteca: irá a ocupar su espacio propio en el estante donde conservo una categoría singular: los libros sobre libros, una suerte de exquisita autofagia literaria.

Algo debemos haber estado haciendo bien que logramos merecer un libro como éste, pero más aún acumular méritos para disfrutar de un amigo y contemporáneo como Vicente Quirarte. México no va tan mal como a veces pensamos cuando tiene hombres de la talla y el vuelo de este amigo. Todavía hay esperanza. A la larga, quizá podemos merecer un Vicente.

¿No es verdad, querido Yilbéricus?