Mascarón de proa

Cuento

José Lorenzo Fuentes

José Lorenzo Fuentes - Foto: Ángela Toro.

José Lorenzo Fuentes – Foto: Ángela Toro.

Se graduó como periodista en La Habana. Estudió una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa. Posteriormente recibió un curso de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica certificado por el Lama Gangchen Rimpoche, de Sri Lanka. Como periodista colaboró con varios medios de comunicación entre los que destacan los periódicos El Nuevo Día de Puerto Rico y El MundoBohemia y Carteles de Cuba. Fue, además, subdirector de la revista Cuba. Es autor de varios libros con premios nacionales e internacionales. Además de su pasión por la literatura y el periodismo, José Lorenzo Fuentes ha dedicado una gran parte de su vida a la investigación y al estudio de temas metafísicos como la magia, la medicina alternativa y la parapsicología. Ha publicado: El lindero, cuento (1953); Maguaraya arriba, cuento (1963); El sol, ese enemigo, novela (1963); El vendedor de días, cuento (1967); Después de la gaviota, cuento (1968); Viento de enero, novela (1968); Mesa de tres patas, cuento (1980); La piedra de María Ramos, novela (1986); Brígida quiso soñar, novela (1987); Los ojos del papel, novela (1990); El hombre verde y otros relatos, cuento (2005), Meditación (2001), La estación de la sorpresa (2001), Las vidas de Arelys, novela (2004), El cementerio de las botellas, novela y cuentos (2012), Del sexo al amor, ensayo (2012), La conexión deseo realidad, ensayo (2013), Cuentos completos (2013), Entrevistas a 5 grandes, Gabriel García Márquez, Cundo Bermúdez, Wifredo Lam, Julio Cortázar y Alfonso Grosso. (2014), Meditación, ensayo (2014), Hierba nocturna, cuentos (2014) y Mandala, ensayo (2015).

 

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Mascarón de proa

 

En el aeropuerto de Barajas, en Madrid,  a las once y tres minutos, hora local,  Gertrudis Mediavilla subió al avión que tenía previsto aterrizar unas ocho horas más tarde en la terminal aérea  José  Martí,  de La Habana.  Se había despertado todavía de noche,  cuando faltaban horas  para que  amaneciera, y acaso reflexionando hasta qué punto era hoy más vieja que ayer, con el deliberado propósito  de ahuyentar  la impaciencia aprovechó   el tiempo de que disponía a fin de entregarse con todo cuidado a la tarea de voltear una y otra vez las prendas de vestir,  los labiales  y los frascos de colonia que depositó durante  la noche anterior en la única maleta que la iba  a acompañar, labor innecesaria puesto que no revolvía chaquetas,  camisetas,  vaqueros, sostenes, bragas, pulseras, pendientes  y collares  para verificar si había olvidado llevar consigo algo realmente imprescindible,  sino por el celo que a menudo  ella ponía en  tareas inofensivas, a las que les confería desmesurada importancia tratando de  burlar las verdaderas  exigencias  que el destino le  colocaba  delante de los ojos.

Había nevado  la noche anterior, y su único pensamiento era que el  abrigo que acababa de echarse sobre los hombros muy pronto debía ser reemplazado por algunos vestidos de telas casi volátiles,  de provocadores  escotes  y mangas reducidas a su última expresión,  que eran  los más apropiados  para hacerle frente al  sofocante  calor cubano. A causa de la nieve caída  la víspera,  durante el trayecto de  la casa de Gertrudis  al aeropuerto,  el taxi se vio atrapado  en un tránsito tan denso a lo largo de calles  y avenidas que demoró en llegar a su destino mucho más del tiempo sospechado, lo que también contribuyó a aumentar  el desasosiego  que se había apoderado de Gertrudis apenas recibió la noticia del accidente automovilístico  que provocó la muerte de Miguel Hernández en las cercanías de la ciudad  de  La Habana.  En la fila de registro, adonde Gertrudis  llegó con su única maleta  y una revista  en la mano,  previendo que tal vez  en el   avión  le entraran ganas de  leer,  una empleada la miró  con tanta  insistencia  que Gertrudis tuvo  el  temor  idiota de que hubiera ocurrido alguna  catástrofe en su rostro.  Posiblemente  el labial se le había corrido hasta la barbilla  dando  la impresión  de que alguien acababa  de besarla en  la  boca,  y acaso por eso la   empleada   la  miraba  no solo con tanta insistencia sino premiándola  con una  sonrisa cómplice.  De inmediato, sin transición, a Gertrudis la inundó  la presunción  todavía más idiota de que  la noticia de la muerte de Miguel  y los  angustiosos preparativos del viaje hubieran estropeado sus tersas mejillas  de adolescente,  añadiéndoles  con precipitación  algunas vespertinas arrugas de anciana.

Ya en el asiento del  avión,  se consoló con  la nueva idea de que no era una opción imprescindible descender en el aeropuerto habanero con el aire compungido   de una viuda inconsolable. Desde hacía   casi dos  años,  Miguel y ella  habían  acordado el divorcio. Esa era la razón fundamental  para no  exhibir  a su llegada a la isla el aspecto de una mujer  atribulada  por la  reciente pérdida del marido. Ciertamente   cerrarse de luto  en honor  de una persona que  la había  desplazado  en la  cama  por  otras mujeres,  era la peor de las incongruencias,  una actitud que  le podía entregar motivos de burla   a  los demás.  Se echó a reír, llevándose  la mano a la boca  para que no pudieran observar su repentina explosión  de presumible alegría, cuando  deliró que su respuesta natural  a las infidelidades  de  Miguel,  la más obvia,  era  ceder al fin a los impulsos de la venganza, tantas veces sofocados, y siguiendo los consejos de una amiga, descender en el aeropuerto habanero      ─más por averiguar a qué sabía que por apaciguar el rugido de la pelvis─  y caerle  encima  al primero de los famosos  machos  cubanos  que encontrara a su paso para dejarlo sin aliento y con todos  los  huesos  rotos   en  una posada  de Centro Habana. Ya le habían referido que en esas  gloriosas camas  ocurrían los milagros más desmesurados y los procesos alquímicos más añorados,  porque a sabiendas de que no existían otro porvenir ni otras ilusiones,  y que hacer el amor era  lo único realmente importante en la vida,  los cubanos y las cubanas demostraban  noche y día que transformar el amor en lujuria era su más inmediato y entretenido plan de operaciones. También a Gertrudis  le habían dicho, (aunque podía ser otro de los tantos infundios aventados desde Miami) que en La Habana  se follaba a todas horas,  sin  descanso,  lo  mismo  en  julio  como en enero, en  todas  las posturas  aconsejadas  por el Kamasutra  pero también sin renunciar   a ningún   orificio y siempre dándole  adecuado  empleo  a la  lengua.   “Perdóname que te lo diga, Gertrudis, pero ya tengo  la suficiente  confianza  contigo:  en  ningún otro lugar del mundo se le rinde  tanto culto al sexo oral  como en esa  isla  embrujada”,  le comentó  otra amiga  cuando  pudo enterarse que  Gertrudis   iba  a  viajar a  La Habana  para averiguar los  pormenores de la muerte de   Miguel Hernández.

─Yo soy el  cronista  más prestigioso  del mejor periódico  de  la ciudad    ─le  dijo Willy Humara  precipitándose  a su encuentro,  cuando  la vio dejar atrás la  escalerilla del  avión, sin saber  todavía que ella  se llamaba Gertrudis Mediavilla y que llegaba  a La Habana  para torcer el rumbo de la vida de los dos─.  ¿Tiene  algunas declaraciones  que hacerle  a la  prensa?

Sorprendida  pero resignada  al nuevo desafío  de la vida,  Gertrudis  se preguntó  cómo  era posible   que la prensa  cubana  estuviera  tan interesada en la vida, pasión y muerte de Miguel Hernández,  al extremo de enviar un  periodista  al  aeropuerto  para esperarla  al  pie  del avión,  un periodista que sin  duda   abrigaba  la pretensión de  preguntarle  a  quemarropa  todo lo que necesitaba saber  para reconstruir los años despedazados que ella pasó junto a Miguel.  Estuvo a punto de negarle  el  saludo  cuando se percató de la impertinente premura desplegada, para  sacarle información, por ese periodista  delgado,  alto,  ojos  azules, tez cetrina, cabellos  negros,   bigote  cerdoso, labios  abultados  y canas incipientes,  con tan buena pinta que,  de llevar una ropa  más  a la moda,  lograría  enloquecer  instantáneamente  a cualquier  mujer.  Si lo miraba bien, era imposible  sospechar  cómo el periodista  había  logrado averiguar  que ella  se llamaba Gertrudis,  que  era la  ex  de Miguel  Hernández,   que  había salido  de Madrid  a  las once y tres minutos,  hora local,   y  llegado  a  La Habana  con su única maleta  y una revista  en  la mano,  previendo que en el avión le entraran ganas de leer,  lo que no ocurrió  porque,  vencida  por el cansancio que le provocó una larga noche arruinada por el insomnio,  y a la vez estrujada por  la fatiga  que  le ocasionó organizar  su equipaje, enseguida se durmió sin darle  las buenas noches  a la azafata,  aunque era mediodía.  Sin poder conjeturar cómo y por qué  el  periodista  cubano  estaba en posesión  de  tantos datos irrefutables,  se rindió  a la evidencia antes de internarse  en los vericuetos de la trampa que el destino le estaba urdiendo.

Sin embargo, Willy Humara ignoraba lo suficiente para no saber que Madrid y La Habana eran polos opuestos en todo lo relacionado con los modales de la gente y la idiosincrasia nacional. Eso creía al menos ignorar, pues aquella mujer delgada, flexible, ojos negros, senos ni grandes ni pequeños, pelo recogido en un moño pero que, suelto, sin duda le llegaba a las nalgas y posiblemente a las corvas, lo obligaba a tomar caminos imprevistos que  conducían a la sustitución del sexo por el amor.  En un momento de lucidez se percató,  contrariando su sistema de creencias,  del grandioso error que hubiera sido abordarla sin la debida precaución, queriendo llevarla a la cama de un modo fulminante, sin dejarla coger un respiro y reponerse de la sorpresa y acaso también del susto que hubiera podido ocasionarle  el hecho de  que al pie del avión  estuviera aguardando por ella un hombre que decía amarla  con desespero desde antes de conocerla y, por supuesto desde mucho antes de que empezara a amarla con tanto desenfreno, es decir: desde que sintió el asedio y la locura y la fortuna del amor sin necesidad de haberla contemplado antes  desde los zapatos hasta la raíz del pelo, un  hombre que la amaba con el corazón agujereado por la flecha de Cupido ─y que le perdonara la cursilería pero no se le ocurría nada mejor bajo el fuego cruzado de las primeras miradas─  solo porque ella procedía de Madrid, porque había estado anunciada en los sueños recurrentes,  porque traía euros y dólares en su bolso, porque sus vaqueros eran amarillos y porque de seguro exhalaba el olor de las flores del paraíso a causa de las pequeñísimas gotas de sudor que no alcanzaban a oscurecerle las mangas de la camiseta  pero que  con toda seguridad resbalaban, una a una, silenciosamente, por el  mármol vivo y palpitante –otra intrépida cursilería─ de sus axilas depiladas.

─¿Está convencido de que es a mí a quien desea entrevistar?──preguntó  Gertrudis, quien tenía la superstición de que las equivocaciones casi siempre eran un augurio pernicioso, la primera señal de estar a punto de caer en ese abismo sin fondo que es la mala suerte.

─A quién si no –respondió Willy Humara─  pero antes déjeme preguntarle qué impresión le ha causado La Habana.

─Ninguna. No comprende, señor,  que todavía no he empezado a verla. Sin embargo, puedo decirle que desde el avión me ha parecido una de las ciudades más bellas del mundo, arquitectónicamente hablando. Por supuesto, usted debe saber que Miguel Hernández era arquitecto.

─Señora, por favor, los periodistas lo sabemos todo –respondió a sabiendas de que ese todo no incluía al hombre que ella mencionaba─. Permítame, para satisfacer su curiosidad, acompañarla en un recorrido por la ciudad.

Gertrudis Mediavilla pensó que ella no debía negarse a la solicitud del hombre que ponía su profesión y su previsible talento de escritor al servicio de  la  ardua tarea  que significaba desentrañar la verdadera historia final de Miguel Hernández, una historia tan sugestiva e impresionante  que el público habanero,  al parecer, tenía una  justificada avidez de conocer. Conjeturó de inmediato que, precisamente, ella viajaba a la isla con el propósito de completar la trama de la novela en que  se  había convertido la vida de Miguel. En la trama existían muchas lagunas que era preciso llenar,  pero esos espacios en blanco, pensó, ella los iba a saturar de información recorriendo,  en compañía del periodista recién conocido,  los lugares que al final de su vida Miguel frecuentó, hablando con las personas que en Cuba disfrutaron de su amistad, y acaso también conversando con las mujeres que lograron acostarse con él.   Miguel y ella  no compartían desde cuándo la misma cama,  pero aquel tipazo de hombre que era Miguel continuó hasta casi ayer mismo hirviéndole los  deseos desesperados de regresarlo al lecho nupcial. Ahora, después del accidente inexplicable, después de su muerte, Gertrudis había adoptado todos los celos retrospectivos posibles y quería saber con quién o  con quiénes él  había hecho el amor en Cuba, y por qué lo había hecho y cómo, y  todo lo quería saber  a fin de convencerse de una vez para siempre si ella fue  la única mujer de su vida, es decir la preferida, no la única capaz de sucumbir a los hechizos enloquecedores de su entrepierna,  pues  cualquier mujer hubiera hecho lo indecible para sentirlo rastreándole las intimidades y los límites del cuerpo, cabalgándola en la misma forma en que  él  la cabalgó durante los primeros días de la luna de miel, cuando se le estacionaba  encima, dueño de un tiempo sin relojes que ella no alcanzaba a calcular, azotada por ráfagas de placer que apenas empezaban a disolverse, regresaban con más porfiado  fuego devorador.

“Para ese propósito, para completar la trama, Willy Humara está hecho a la medida”, pensó Gertrudis.

─¿Usted sabe si Miguel tuvo relaciones, quiero decir relaciones amorosas, con alguna habanera? A Madrid me llegaron noticias de que también estuvo  en la playa de Varadero. ¿Qué me puede decir?

─Los periodistas no podemos divulgar la fuente de la información. Eso, programado por la más rigurosa ética, lo tenemos  prohibido. Pero tratándose de usted.

─Tratándose de mí, ¿qué?

─La conduciría con todo placer a los lugares que él frecuentó –mintió a sabiendas de que estaba pisando terreno inseguro─. Son lugares bastante peliagudos,  como decimos aquí,  pero no lugares para cogerles miedo y sin duda los indispensables para completar la trama a la que usted se ha referido con tanta elocuencia.

─Entonces condúzcame a donde sea, señor Humara.

La llevó primero hasta la playa de Santa María del Mar.  Era un atardecer lleno de azules y naranjas, de brochazos amarillos como los de Van Gogh, y bajo los pinos rumorosos,  salpicadas por las olas, varias parejas hacían el amor  tumbadas en la arena, en silenciosa desnudez.  A sabiendas de que los itinerarios del pecado  son imprevisibles y previendo que podía desatársele en cualquier momento algún deseo perturbador, Gertrudis simuló  que no quería ver nada. Más tarde, en otro taxi, con las primeras estrellas del anochecer alumbrándole el camino salieron rumbo a la playa de Guanabo. En el trayecto a Gertrudis le entraron ganas de dormir. Estaba extenuada. Cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo vio pasar por la ventanilla una mezcla de luces y sombras vertiginosas, imaginó que a todo lo largo de la carretera desfilaban árboles copudos que no conseguía ver, cargados de nidos de pájaros también invisibles, y más allá, o más acá (no podía precisarlo bien) le pareció ver galpones y viviendas imposibles, que con la primera luz del día tal vez serían posibles, y al mismo tiempo, sin sobresalto (para qué sobresaltarse, no valía la pena), presintió el cuerpo de Willy a su lado palpitando en la creciente oscuridad. Calculó que no estaba tan alejado de ella como al principio. Sin duda  se había desplazado con extrema cautela, con disimulo, un centímetro o dos, no más, puesto que la distancia que mediaba entre los dos no era mucho mayor que la de poco antes pero sin duda indicaba una cercanía lo suficientemente comprometedora para que Gertrudis se diera cuenta de lo que acaso Willy pretendía,  y pensó que si pudieran verla, sus amigas de Madrid iban a sospechar otra cosa. Pero por suerte no podían verla, tampoco estaban haciendo lo que sus amigas desaforadas pudieran imaginarse. Bajo una ráfaga de alucinación pensó: lo único que yo puedo alcanzar a ver en la noche, bajo la luna, es un mascarón de proa, o algo que refulge bajo los fuegos fatuos del anochecer como un incierto mascarón de proa. Pero ellos  no estaban en alta mar,  salpicados por la ballena de Melville, lanzándoles un arpón a la esquiva Moby Dick, sino transitando a toda velocidad una carretera como un largo túnel que hendía la  oscuridad, y sin embargo el mascarón de proa seguía siendo lo único brillante, lo único que poseía una luz engañosamente propia mientras el largo túnel indescifrable se movía hacia la eternidad. Cuando llegaron a su destino era noche tupida, o no, todavía en el horizonte lejano respiraban las luces anaranjadas del atardecer.  En Guanabo sucedió lo mismo que en Santa María del Mar, salvo que esta vez, muy próximo a las parejas que se revolcaban en la arena, haciendo el amor  en completa desnudez, había un hombre  diferente, al que no le gustaba quitarse el traje de baño, ni que ella  se lo sacara, y hurgaba entre los muslos de la mujer, tratando  de apartarle  con la mano el bikini para penetrarla con su subrepticio sable de samurai.

─Si usted es escritor, en estos lugares encontrará mucha inspiración ─musitó Gertrudis al bajar del taxi, casi al borde del rubor que le había inculcado toda una legión de abuelas de la familia, que sin dejarse fermentar por las argucias  torcidas del sexo, habían hecho el impecable amor solo para procrear.

Willy Humara no tenía mujer pero poseía una  máquina de escribir a la que acariciaba todas las noches bajo una tempestad  de metáforas alucinantes, tecleando con un furor ampuloso hasta los ruidos de la madrugada,  tecleando y tecleando hasta que brotó de las cuartillas en blanco un personaje destinado a hacer fortuna en todas las ediciones del libro Camasuba, un hombre siempre dado a la manía de las transfiguraciones que  a veces decía llamarse Aniceto Ordoqui y en otras ocasiones Homero Aguado, quien enseguida, es decir a partir del primer capítulo de Camasuba, demostró ser más celoso que el mismo Otelo, un  personaje –así se refociló Willy Humara en describirlo─ de párpado inmóvil, negado a abrir sus ojos a la realidad pensando que su mujer dormía desnuda mientras el hombre que se refugiaba en la penumbra de la escalera de caracol,  a varios metros de lascivia  sobre el nivel del mar,  estaba observándole desde lejos la aureola de los senos y el vello de las axilas que conservaba una humedad amazónica, capaz de idiotizar a los hombres desprevenidos que trabajaban en andamios y funiculares, dueños del aire crepuscular y de las ventanas entreabiertas, gracias a las cuales es posible  atrapar sin el auxilio de ninguna red  a la belleza llena de  muslos, caderas, pestañas y vientres de las mujeres que flotan cerca de las nubes  después de las tres de la madrugada, con fingido sosiego, como si navegaran  por encima edredones y corpiños abandonados a la deriva.

En otro de sus textos hirsutos, Willy Humara decidió invitar a Gertrudis Mediavilla para  recorrer codo con codo, y a veces llevándola de la mano, las habitaciones de la última residencia que Miguel Hernández frecuentó en La Habana,  una antigua mansión  llena de resonancias coloniales, con un vitral que remataba la puerta de acceso a la cámara nupcial  y que tenía la virtud, cuando dejaba pasar el sol, de pintar  de  rojo y amarillo, de  densos azules y púrpuras atrevidos las sábanas tendidas en la cama durante el verano y los edredones sacados del armario de cedro durante los inviernos,  sábanas y edredones donde en alucinante mezcla se refugiaban los muslos fragorosos de las ninfas y los faunos que alcanzaron renombre en las orgías medievales,  y que ahora resucitaban, después de siglos incontables durante los cuales fueron ahuyentados  por monjes que asomaban sus crucifijos entre las nubes de incienso de los sahumerios protectores.

Gertrudis y Willy, los dos al mismo tiempo fastuoso, mientras ella se mordía las uñas para organizar el disimulo y él sonreía inundado por ráfagas de trementina y licencioso placer, que viajaban desde el ventrículo izquierdo del inefable corazón hasta la pelvis, los dos sin pestañear, casi sin respirar para no llamar la atención,  se percataron  pronto  de que faunos y sátiros   regresaban a la vida con las pollas erguidas en busca del coño de las ninfas, siempre en busca de las mujeres más codiciadas del planeta, que eran exactamente las que allí danzaban desnudas alrededor de una  misma cama, las que se arrancaban los corpiños, las que se abrían de piernas sobre sábanas y edredones y pedían a gritos ser penetradas. Cuando Gertrudis volvió el rostro para decirle algo a su acompañante,  descubrió asombrada que Willy Humara se había transformado en un sátiro color de azufre,  en un macho cabrío  que ahora  le alzaba la falda y deslizaba  la mano a lo largo de sus muslos, siempre hacia arriba, extendiendo sus dominios hasta lo más alto de la arquitectura corporal, buscando una perturbadora inconfundible humedad de acequia, que le  introdujo el dedo, que le provocó los primeros orgasmos de su vida,  y que luego se miró el dorso de la mano,  llena de vellos imprevistos,  la mano peluda que alzó  para que la inexorable  luz del crepúsculo vespertino le diera su bendición a todos sus dedos, uno a uno, hasta que la misa negra concluyó, y  Homero Aguado en sustitución de Willy Humara, porque daba lo mismo un nombre que otro,  tomó la determinación  de exhibir,  ante los ojos llenos de envidia de todos los presentes, el glorioso dedo corazón de su mano derecha, que ahora él empezaba a chupar golosamente, a  saborearlo  como un niño a su caramelo, lustrando el dedo con su saliva y sorbiendo las secreciones que  Gertrudis  había mantenido ocultas hasta el momento en  que le salió al paso Willy Humara, como un dragón con fauces de tarasca que le arrojaba lengüetadas de fuego en algunas de las pesadillas que experimentó sin  remordimientos y sin acústica tras su regreso a Madrid, y lo que era peor, sin ninguna flor en el lánguido florero ni un lápiz aritmético en la oreja,  es decir sin un solo recuerdo de cómo Miguel hacía el amor, y sin tener a nadie con quién desahogarse.

─Eso nunca me lo hizo Miguel –reconoció Gertrudis.

─Miguel era un comemierda. No me lo vuelvas a mencionar.

─¿Tú lo conociste?

─Uf, éramos uña y carne. Inseparables hasta cuando estábamos solos porque entonces ninguno de los dos podía vivir sin el otro.

─¿Por qué no me lo dijiste antes?

─Pero en cambio, te he llevado a los sitios que él frecuentaba. Éste era su lugar favorito para pasar los inviernos y  los veranos.

─¿Será posible? Me cuesta creerlo. ¿Será verdad que Miguel estaba capacitado para  hacer el amor noche y día  como los cubanos, es decir  como los sátiros y vampiros de las novelas góticas? –preguntó Gertrudis.

─Miguel templaba como un leopardo. Era una fiera.  Lo mismo le metía mano a una rubia que a una trigueña que a una mulata.  Era un volcán pero apagado, con sus limitaciones,  porque se supo que nunca inclinó la cabeza para succionar, que en Cuba es el recurso más sofocante para demostrar virilidad.

─Pero Miguel no era homosexual. Estoy persuadida de que no lo era.

─Yo no he dicho lo contrario. A cualquiera le cuelgan ese sambenito, hasta a mí quisieron colgármelo. Ahora vengo con la explicación.  Los musulmanes opinan que sus mujeres son sagradas, por eso no las dejan salir a la calle sin  el velo aconsejado por el Profeta, pero sí  con un batilongo hasta la punta de los pies, cuidando de que ningún hombre alcance a profanarla con una mirada de burdel.  Los occidentales somos diferentes. Dejamos que nuestras mujeres se exhiban en la playa con un hilo dental.  Yo tengo, a mucho orgullo, todos los resabios de un occidental  y cuando llevo una mujer a la playa me encanta que los demás hombres se empecinen en buscar lo que yo he encontrado, me excita que ellos se exciten mirando la mujer que me acompaña.  ¿Quiere que le diga una cosa? Un escritor que leo con frecuencia, Lawrence Durrell, intuyó cierta preferencia de las lesbianas por las mujeres casadas, que al mismo tiempo que engañan al odiado macho, le imitan, sustituyéndolo en la cama. Por una razón parecida, no igual, el hombre siente una desmedida pasión por la mujer de su mejor amigo, el modo más directo de experimentar el goce homosexual, descubriendo lo ya descubierto por el otro. Por favor, deténgase. Ya la imagino pensando que ésa es la explicación del repentino amor que le dispenso a usted.  Pero no se haga tales ilusiones, mi querida Gertrudis, yo soy un macho de Guantánamo, una ciudad en el oriente del país,  donde  el sol es más bravo y donde ningún hombre con catadura de hombre permite que  alguien venga con artilugios de mago a trastocarle la preferencia sexual.

Mientras Willy Humara (que a menudo, bostezando, oxidado por el aburrimiento, hubiera preferido llamarse Homero Aguado) se entretenía mirando a las bañistas,  Gertrudis empezó a caminar prescindiendo de la compañía del periodista,  abandonó las arenas de Guanabo, vadeó ríos, subió lomas, atravesó una línea del ferrocarril,  y al fin entró a la ciudad de La Habana, donde tuvo ocasión de ver un multitudinario desfile de hombres y mujeres que caminaban con banderas en alto rumbo a la Plaza de la Revolución,  prodigándoles vivas a Fidel,  y ese espectáculo que visto a través de la televisión madrileña le hubiera hablado en el lenguaje de la epopeya, ahora, contemplándolo  de cerca, mirando a dos escasos metros de distancia a  hombres y mujeres que marchaban bajo el sol,  desfallecidos,  trastabillando, limpiándose el sudor con el dorso de las manos, tuvo la confirmación de que la inmediatez  lo empequeñece todo.  En una fracción de segundo Getrudis recuperó el rostro de  Miguel Hernández. Recordó que cuando aún estaban juntos, como respuesta a una crítica sin ninguna intención peyorativa que ella había formulado sobre su persona,  Miguel   le dijo que ningún hombre, ni Julio César ni Napoleón,  fue verdaderamente grande para su ayudante, para el criado que recogía  sus prendas íntimas: una camiseta o  un  calzoncillos con tufaradas de entrepierna,  para enviarlas al  lavandero.

─Eso no les ocurrió solo  a Julio César y a Napoleón.  A todos nos sucede lo mismo ─comentó  Willy Humara sin pensarlo dos veces, sin otra idea en la cabeza,  apenas Gertrudis regresó para hacerle compañía.

Le echó otra mirada furtiva a las bañistas y entonces le preguntó:

─¿Dónde estabas metida,  Lola de mi corazón?

─¿Lola?  No puedo creer que en tan poco tiempo ya hayas olvidado que me llamo Gertrudis.

─Imposible, mi amor. Lo que ocurre es que para mí todas  las españolas se llaman Lola,  acaso será por lo de Lola Flores, ¿verdad?,  pero no solo por ella,  estoy convencido de que en cualquier pieza teatral de García Lorca o en cualquier novela de Galdós o de Pío Baroja hay  una Lola haciendo de las suyas. Por cierto, entre paréntesis, quería recordarte que en La Habana, pagando en euros o en dólares,  existen moteles  tan acogedores como los de Barcelona o de París, pero no es necesario, mi amorcito lindo, mi Lola del alma, que te gastes  el dinero en un motel.  Podemos ir a mi casa. Yo soy un hombre soltero y sin compromiso. Como hecho para ti.

─Hace poco me hablabas de García Lorca y de Pérez Galdós. Así que además de majo eres culto. Tremenda sorpresa. Pero si logras redactar cuatrocientas páginas, ¿no eran cuatrocientas cinco las que me dijiste?, con la fecundidad que te sale por los poros cuando describes  las folladeras, será todo un suceso tu famoso libro, ¿cómo se llama?

─Camasuba ─ respondió Willy Humara cuando se bajaron del taxi y ya registraba en el  bolsillo trasero del pantalón  en busca de la llave  de su casa.

─Un nombre raro  ─comentó Gertrudis poco después, moviendo la cabeza mientras se quitaba la camiseta.

─No tanto  ─dijo Willy a tiempo que se desprendía del pantalón─. Fíjate qué fácil se conjuga ese verbo:   yo subo a la cama,  tú subes a la cama,  él sube  a la cama, nosotros subimos a la cama. En fin, subir a la cama es el mejor ejercicio para adelgazar.

─Grosero –exclamó Gertrudis con un mohín de picardía mientras se quitaba el sostén  y lo echaba a volar.

Pero lo que ocurrió (el viaje en taxi hasta la playa de Guanabo y luego hasta la casa de Willy Humara, los dos solos en la casa, las ropas que los dos se sacaban) solo había sucedido, si realmente sucedió, en el sueño que Gertrudis descabezaba mientras el taxi se desplazaba a toda velocidad hendiendo la noche, surcando el largo túnel interminable al final del cual refulgía bajo los fuegos fatuos del atardecer un mascarón de proa. Gertrudis desplegó una sonrisa: si sus amigas de Madrid la hubieran visto dentro del taxi con Willy Humara a su lado, palpitando en la creciente oscuridad, moviéndose poco a poco, con excesiva cautela, hasta situársele muy cerca (tan cerca que la respiración de Willy le ardía en la mejilla derecha) hubieran pensado otra cosa, no lo que realmente ocurrió sino otra cosa muy distinta. Willy no era homosexual: ya se lo había dicho cuando le habló de las lesbianas y le mencionó la hipótesis de Lawrence Durrell, una hipótesis que ella no aceptaba con facilidad porque la observaba con gafas de otra graduación, unas antiguas gafas con armadura de carey. Pero si Willy no era homosexual, conjeturó, sin duda anunciaba algo distinto, un escenario nuevo que sería peor. ¿Y qué podía ser peor?

El trayecto entre la playa de Santa María del Mar y la de Guanabo duraba, si acaso, ya se lo había dicho Willy, unos cuarenta minutos. Cuarenta minutos dentro del taxi y con un desconocido en acecho a su lado era demasiado tiempo. El taxi seguía horadando la noche, sus faros seguían arrebatándole a la oscuridad vertiginosos mascarones de proa. Si llegaba viva a Guanabo todo iba a ser diferente. Se bajaría del taxi y pediría auxilio a grandes voces. La gente acudiría a protegerla. También ahora, en este mismo instante, lo pensó con la urgencia de un náufrago: podía solicitarle ayuda al taxista. Casi al borde de las lágrimas sopesó esa posibilidad como su última alternativa. Auxilio. Auxilio. Gritó auxilio repetidas veces. El taxista no le respondía. Cuando al fin volteó el rostro para responderle, su rostro era el de Willy Humara. De un salto, Willy se había puesto en el asiento del conductor, pero al mismo tiempo estaba a su lado, más cerca de ella a cada momento. Gertrudis escuchó su gruesa respiración cada vez más cerca; una bocanada de azufre le ardió en la mejilla y descendió hasta su cuello. Cuarenta minutos. Volvió a pensarlo: cuarenta minutos era demasiado tiempo. Contados minuto a minuto, si le alcanzaba el tiempo, podían convertirse en una eternidad.