Se graduó como periodista en La Habana. Estudió una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa. Posteriormente recibió un curso de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica certificado por el Lama Gangchen Rimpoche, de Sri Lanka. Como periodista colaboró con varios medios de comunicación entre los que destacan los periódicos El Nuevo Día de Puerto Rico y El Mundo, Bohemia y Carteles de Cuba. Fue, además, subdirector de la revista Cuba. Es autor de varios libros con premios nacionales e internacionales. Además de su pasión por la literatura y el periodismo, José Lorenzo Fuentes ha dedicado una gran parte de su vida a la investigación y al estudio de temas metafísicos como la magia, la medicina alternativa y la parapsicología. Ha publicado: El lindero, cuento (1953); Maguaraya arriba, cuento (1963); El sol, ese enemigo, novela (1963); El vendedor de días, cuento (1967); Después de la gaviota, cuento (1968); Viento de enero, novela (1968); Mesa de tres patas, cuento (1980); La piedra de María Ramos, novela (1986); Brígida quiso soñar, novela (1987); Los ojos del papel, novela (1990); El hombre verde y otros relatos, cuento (2005), Meditación (2001), La estación de la sorpresa (2001), Las vidas de Arelys, novela (2004), El cementerio de las botellas, novela y cuentos (2012), Del sexo al amor, ensayo (2012), La conexión deseo realidad, ensayo (2013), Cuentos completos (2013), Entrevistas a 5 grandes, Gabriel García Márquez, Cundo Bermúdez, Wifredo Lam, Julio Cortázar y Alfonso Grosso. (2014), Meditación, ensayo (2014), Hierba nocturna, cuentos (2014) y Mandala, ensayo (2015).
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Mascarón de proa
En el aeropuerto de Barajas, en Madrid, a las once y tres minutos, hora local, Gertrudis Mediavilla subió al avión que tenía previsto aterrizar unas ocho horas más tarde en la terminal aérea José Martí, de La Habana. Se había despertado todavía de noche, cuando faltaban horas para que amaneciera, y acaso reflexionando hasta qué punto era hoy más vieja que ayer, con el deliberado propósito de ahuyentar la impaciencia aprovechó el tiempo de que disponía a fin de entregarse con todo cuidado a la tarea de voltear una y otra vez las prendas de vestir, los labiales y los frascos de colonia que depositó durante la noche anterior en la única maleta que la iba a acompañar, labor innecesaria puesto que no revolvía chaquetas, camisetas, vaqueros, sostenes, bragas, pulseras, pendientes y collares para verificar si había olvidado llevar consigo algo realmente imprescindible, sino por el celo que a menudo ella ponía en tareas inofensivas, a las que les confería desmesurada importancia tratando de burlar las verdaderas exigencias que el destino le colocaba delante de los ojos.
Había nevado la noche anterior, y su único pensamiento era que el abrigo que acababa de echarse sobre los hombros muy pronto debía ser reemplazado por algunos vestidos de telas casi volátiles, de provocadores escotes y mangas reducidas a su última expresión, que eran los más apropiados para hacerle frente al sofocante calor cubano. A causa de la nieve caída la víspera, durante el trayecto de la casa de Gertrudis al aeropuerto, el taxi se vio atrapado en un tránsito tan denso a lo largo de calles y avenidas que demoró en llegar a su destino mucho más del tiempo sospechado, lo que también contribuyó a aumentar el desasosiego que se había apoderado de Gertrudis apenas recibió la noticia del accidente automovilístico que provocó la muerte de Miguel Hernández en las cercanías de la ciudad de La Habana. En la fila de registro, adonde Gertrudis llegó con su única maleta y una revista en la mano, previendo que tal vez en el avión le entraran ganas de leer, una empleada la miró con tanta insistencia que Gertrudis tuvo el temor idiota de que hubiera ocurrido alguna catástrofe en su rostro. Posiblemente el labial se le había corrido hasta la barbilla dando la impresión de que alguien acababa de besarla en la boca, y acaso por eso la empleada la miraba no solo con tanta insistencia sino premiándola con una sonrisa cómplice. De inmediato, sin transición, a Gertrudis la inundó la presunción todavía más idiota de que la noticia de la muerte de Miguel y los angustiosos preparativos del viaje hubieran estropeado sus tersas mejillas de adolescente, añadiéndoles con precipitación algunas vespertinas arrugas de anciana.
Ya en el asiento del avión, se consoló con la nueva idea de que no era una opción imprescindible descender en el aeropuerto habanero con el aire compungido de una viuda inconsolable. Desde hacía casi dos años, Miguel y ella habían acordado el divorcio. Esa era la razón fundamental para no exhibir a su llegada a la isla el aspecto de una mujer atribulada por la reciente pérdida del marido. Ciertamente cerrarse de luto en honor de una persona que la había desplazado en la cama por otras mujeres, era la peor de las incongruencias, una actitud que le podía entregar motivos de burla a los demás. Se echó a reír, llevándose la mano a la boca para que no pudieran observar su repentina explosión de presumible alegría, cuando deliró que su respuesta natural a las infidelidades de Miguel, la más obvia, era ceder al fin a los impulsos de la venganza, tantas veces sofocados, y siguiendo los consejos de una amiga, descender en el aeropuerto habanero ─más por averiguar a qué sabía que por apaciguar el rugido de la pelvis─ y caerle encima al primero de los famosos machos cubanos que encontrara a su paso para dejarlo sin aliento y con todos los huesos rotos en una posada de Centro Habana. Ya le habían referido que en esas gloriosas camas ocurrían los milagros más desmesurados y los procesos alquímicos más añorados, porque a sabiendas de que no existían otro porvenir ni otras ilusiones, y que hacer el amor era lo único realmente importante en la vida, los cubanos y las cubanas demostraban noche y día que transformar el amor en lujuria era su más inmediato y entretenido plan de operaciones. También a Gertrudis le habían dicho, (aunque podía ser otro de los tantos infundios aventados desde Miami) que en La Habana se follaba a todas horas, sin descanso, lo mismo en julio como en enero, en todas las posturas aconsejadas por el Kamasutra pero también sin renunciar a ningún orificio y siempre dándole adecuado empleo a la lengua. “Perdóname que te lo diga, Gertrudis, pero ya tengo la suficiente confianza contigo: en ningún otro lugar del mundo se le rinde tanto culto al sexo oral como en esa isla embrujada”, le comentó otra amiga cuando pudo enterarse que Gertrudis iba a viajar a La Habana para averiguar los pormenores de la muerte de Miguel Hernández.
─Yo soy el cronista más prestigioso del mejor periódico de la ciudad ─le dijo Willy Humara precipitándose a su encuentro, cuando la vio dejar atrás la escalerilla del avión, sin saber todavía que ella se llamaba Gertrudis Mediavilla y que llegaba a La Habana para torcer el rumbo de la vida de los dos─. ¿Tiene algunas declaraciones que hacerle a la prensa?
Sorprendida pero resignada al nuevo desafío de la vida, Gertrudis se preguntó cómo era posible que la prensa cubana estuviera tan interesada en la vida, pasión y muerte de Miguel Hernández, al extremo de enviar un periodista al aeropuerto para esperarla al pie del avión, un periodista que sin duda abrigaba la pretensión de preguntarle a quemarropa todo lo que necesitaba saber para reconstruir los años despedazados que ella pasó junto a Miguel. Estuvo a punto de negarle el saludo cuando se percató de la impertinente premura desplegada, para sacarle información, por ese periodista delgado, alto, ojos azules, tez cetrina, cabellos negros, bigote cerdoso, labios abultados y canas incipientes, con tan buena pinta que, de llevar una ropa más a la moda, lograría enloquecer instantáneamente a cualquier mujer. Si lo miraba bien, era imposible sospechar cómo el periodista había logrado averiguar que ella se llamaba Gertrudis, que era la ex de Miguel Hernández, que había salido de Madrid a las once y tres minutos, hora local, y llegado a La Habana con su única maleta y una revista en la mano, previendo que en el avión le entraran ganas de leer, lo que no ocurrió porque, vencida por el cansancio que le provocó una larga noche arruinada por el insomnio, y a la vez estrujada por la fatiga que le ocasionó organizar su equipaje, enseguida se durmió sin darle las buenas noches a la azafata, aunque era mediodía. Sin poder conjeturar cómo y por qué el periodista cubano estaba en posesión de tantos datos irrefutables, se rindió a la evidencia antes de internarse en los vericuetos de la trampa que el destino le estaba urdiendo.
Sin embargo, Willy Humara ignoraba lo suficiente para no saber que Madrid y La Habana eran polos opuestos en todo lo relacionado con los modales de la gente y la idiosincrasia nacional. Eso creía al menos ignorar, pues aquella mujer delgada, flexible, ojos negros, senos ni grandes ni pequeños, pelo recogido en un moño pero que, suelto, sin duda le llegaba a las nalgas y posiblemente a las corvas, lo obligaba a tomar caminos imprevistos que conducían a la sustitución del sexo por el amor. En un momento de lucidez se percató, contrariando su sistema de creencias, del grandioso error que hubiera sido abordarla sin la debida precaución, queriendo llevarla a la cama de un modo fulminante, sin dejarla coger un respiro y reponerse de la sorpresa y acaso también del susto que hubiera podido ocasionarle el hecho de que al pie del avión estuviera aguardando por ella un hombre que decía amarla con desespero desde antes de conocerla y, por supuesto desde mucho antes de que empezara a amarla con tanto desenfreno, es decir: desde que sintió el asedio y la locura y la fortuna del amor sin necesidad de haberla contemplado antes desde los zapatos hasta la raíz del pelo, un hombre que la amaba con el corazón agujereado por la flecha de Cupido ─y que le perdonara la cursilería pero no se le ocurría nada mejor bajo el fuego cruzado de las primeras miradas─ solo porque ella procedía de Madrid, porque había estado anunciada en los sueños recurrentes, porque traía euros y dólares en su bolso, porque sus vaqueros eran amarillos y porque de seguro exhalaba el olor de las flores del paraíso a causa de las pequeñísimas gotas de sudor que no alcanzaban a oscurecerle las mangas de la camiseta pero que con toda seguridad resbalaban, una a una, silenciosamente, por el mármol vivo y palpitante –otra intrépida cursilería─ de sus axilas depiladas.
─¿Está convencido de que es a mí a quien desea entrevistar?──preguntó Gertrudis, quien tenía la superstición de que las equivocaciones casi siempre eran un augurio pernicioso, la primera señal de estar a punto de caer en ese abismo sin fondo que es la mala suerte.
─A quién si no –respondió Willy Humara─ pero antes déjeme preguntarle qué impresión le ha causado La Habana.
─Ninguna. No comprende, señor, que todavía no he empezado a verla. Sin embargo, puedo decirle que desde el avión me ha parecido una de las ciudades más bellas del mundo, arquitectónicamente hablando. Por supuesto, usted debe saber que Miguel Hernández era arquitecto.
─Señora, por favor, los periodistas lo sabemos todo –respondió a sabiendas de que ese todo no incluía al hombre que ella mencionaba─. Permítame, para satisfacer su curiosidad, acompañarla en un recorrido por la ciudad.
Gertrudis Mediavilla pensó que ella no debía negarse a la solicitud del hombre que ponía su profesión y su previsible talento de escritor al servicio de la ardua tarea que significaba desentrañar la verdadera historia final de Miguel Hernández, una historia tan sugestiva e impresionante que el público habanero, al parecer, tenía una justificada avidez de conocer. Conjeturó de inmediato que, precisamente, ella viajaba a la isla con el propósito de completar la trama de la novela en que se había convertido la vida de Miguel. En la trama existían muchas lagunas que era preciso llenar, pero esos espacios en blanco, pensó, ella los iba a saturar de información recorriendo, en compañía del periodista recién conocido, los lugares que al final de su vida Miguel frecuentó, hablando con las personas que en Cuba disfrutaron de su amistad, y acaso también conversando con las mujeres que lograron acostarse con él. Miguel y ella no compartían desde cuándo la misma cama, pero aquel tipazo de hombre que era Miguel continuó hasta casi ayer mismo hirviéndole los deseos desesperados de regresarlo al lecho nupcial. Ahora, después del accidente inexplicable, después de su muerte, Gertrudis había adoptado todos los celos retrospectivos posibles y quería saber con quién o con quiénes él había hecho el amor en Cuba, y por qué lo había hecho y cómo, y todo lo quería saber a fin de convencerse de una vez para siempre si ella fue la única mujer de su vida, es decir la preferida, no la única capaz de sucumbir a los hechizos enloquecedores de su entrepierna, pues cualquier mujer hubiera hecho lo indecible para sentirlo rastreándole las intimidades y los límites del cuerpo, cabalgándola en la misma forma en que él la cabalgó durante los primeros días de la luna de miel, cuando se le estacionaba encima, dueño de un tiempo sin relojes que ella no alcanzaba a calcular, azotada por ráfagas de placer que apenas empezaban a disolverse, regresaban con más porfiado fuego devorador.
“Para ese propósito, para completar la trama, Willy Humara está hecho a la medida”, pensó Gertrudis.
─¿Usted sabe si Miguel tuvo relaciones, quiero decir relaciones amorosas, con alguna habanera? A Madrid me llegaron noticias de que también estuvo en la playa de Varadero. ¿Qué me puede decir?
─Los periodistas no podemos divulgar la fuente de la información. Eso, programado por la más rigurosa ética, lo tenemos prohibido. Pero tratándose de usted.
─Tratándose de mí, ¿qué?
─La conduciría con todo placer a los lugares que él frecuentó –mintió a sabiendas de que estaba pisando terreno inseguro─. Son lugares bastante peliagudos, como decimos aquí, pero no lugares para cogerles miedo y sin duda los indispensables para completar la trama a la que usted se ha referido con tanta elocuencia.
─Entonces condúzcame a donde sea, señor Humara.
La llevó primero hasta la playa de Santa María del Mar. Era un atardecer lleno de azules y naranjas, de brochazos amarillos como los de Van Gogh, y bajo los pinos rumorosos, salpicadas por las olas, varias parejas hacían el amor tumbadas en la arena, en silenciosa desnudez. A sabiendas de que los itinerarios del pecado son imprevisibles y previendo que podía desatársele en cualquier momento algún deseo perturbador, Gertrudis simuló que no quería ver nada. Más tarde, en otro taxi, con las primeras estrellas del anochecer alumbrándole el camino salieron rumbo a la playa de Guanabo. En el trayecto a Gertrudis le entraron ganas de dormir. Estaba extenuada. Cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo vio pasar por la ventanilla una mezcla de luces y sombras vertiginosas, imaginó que a todo lo largo de la carretera desfilaban árboles copudos que no conseguía ver, cargados de nidos de pájaros también invisibles, y más allá, o más acá (no podía precisarlo bien) le pareció ver galpones y viviendas imposibles, que con la primera luz del día tal vez serían posibles, y al mismo tiempo, sin sobresalto (para qué sobresaltarse, no valía la pena), presintió el cuerpo de Willy a su lado palpitando en la creciente oscuridad. Calculó que no estaba tan alejado de ella como al principio. Sin duda se había desplazado con extrema cautela, con disimulo, un centímetro o dos, no más, puesto que la distancia que mediaba entre los dos no era mucho mayor que la de poco antes pero sin duda indicaba una cercanía lo suficientemente comprometedora para que Gertrudis se diera cuenta de lo que acaso Willy pretendía, y pensó que si pudieran verla, sus amigas de Madrid iban a sospechar otra cosa. Pero por suerte no podían verla, tampoco estaban haciendo lo que sus amigas desaforadas pudieran imaginarse. Bajo una ráfaga de alucinación pensó: lo único que yo puedo alcanzar a ver en la noche, bajo la luna, es un mascarón de proa, o algo que refulge bajo los fuegos fatuos del anochecer como un incierto mascarón de proa. Pero ellos no estaban en alta mar, salpicados por la ballena de Melville, lanzándoles un arpón a la esquiva Moby Dick, sino transitando a toda velocidad una carretera como un largo túnel que hendía la oscuridad, y sin embargo el mascarón de proa seguía siendo lo único brillante, lo único que poseía una luz engañosamente propia mientras el largo túnel indescifrable se movía hacia la eternidad. Cuando llegaron a su destino era noche tupida, o no, todavía en el horizonte lejano respiraban las luces anaranjadas del atardecer. En Guanabo sucedió lo mismo que en Santa María del Mar, salvo que esta vez, muy próximo a las parejas que se revolcaban en la arena, haciendo el amor en completa desnudez, había un hombre diferente, al que no le gustaba quitarse el traje de baño, ni que ella se lo sacara, y hurgaba entre los muslos de la mujer, tratando de apartarle con la mano el bikini para penetrarla con su subrepticio sable de samurai.
─Si usted es escritor, en estos lugares encontrará mucha inspiración ─musitó Gertrudis al bajar del taxi, casi al borde del rubor que le había inculcado toda una legión de abuelas de la familia, que sin dejarse fermentar por las argucias torcidas del sexo, habían hecho el impecable amor solo para procrear.
Willy Humara no tenía mujer pero poseía una máquina de escribir a la que acariciaba todas las noches bajo una tempestad de metáforas alucinantes, tecleando con un furor ampuloso hasta los ruidos de la madrugada, tecleando y tecleando hasta que brotó de las cuartillas en blanco un personaje destinado a hacer fortuna en todas las ediciones del libro Camasuba, un hombre siempre dado a la manía de las transfiguraciones que a veces decía llamarse Aniceto Ordoqui y en otras ocasiones Homero Aguado, quien enseguida, es decir a partir del primer capítulo de Camasuba, demostró ser más celoso que el mismo Otelo, un personaje –así se refociló Willy Humara en describirlo─ de párpado inmóvil, negado a abrir sus ojos a la realidad pensando que su mujer dormía desnuda mientras el hombre que se refugiaba en la penumbra de la escalera de caracol, a varios metros de lascivia sobre el nivel del mar, estaba observándole desde lejos la aureola de los senos y el vello de las axilas que conservaba una humedad amazónica, capaz de idiotizar a los hombres desprevenidos que trabajaban en andamios y funiculares, dueños del aire crepuscular y de las ventanas entreabiertas, gracias a las cuales es posible atrapar sin el auxilio de ninguna red a la belleza llena de muslos, caderas, pestañas y vientres de las mujeres que flotan cerca de las nubes después de las tres de la madrugada, con fingido sosiego, como si navegaran por encima edredones y corpiños abandonados a la deriva.
En otro de sus textos hirsutos, Willy Humara decidió invitar a Gertrudis Mediavilla para recorrer codo con codo, y a veces llevándola de la mano, las habitaciones de la última residencia que Miguel Hernández frecuentó en La Habana, una antigua mansión llena de resonancias coloniales, con un vitral que remataba la puerta de acceso a la cámara nupcial y que tenía la virtud, cuando dejaba pasar el sol, de pintar de rojo y amarillo, de densos azules y púrpuras atrevidos las sábanas tendidas en la cama durante el verano y los edredones sacados del armario de cedro durante los inviernos, sábanas y edredones donde en alucinante mezcla se refugiaban los muslos fragorosos de las ninfas y los faunos que alcanzaron renombre en las orgías medievales, y que ahora resucitaban, después de siglos incontables durante los cuales fueron ahuyentados por monjes que asomaban sus crucifijos entre las nubes de incienso de los sahumerios protectores.
Gertrudis y Willy, los dos al mismo tiempo fastuoso, mientras ella se mordía las uñas para organizar el disimulo y él sonreía inundado por ráfagas de trementina y licencioso placer, que viajaban desde el ventrículo izquierdo del inefable corazón hasta la pelvis, los dos sin pestañear, casi sin respirar para no llamar la atención, se percataron pronto de que faunos y sátiros regresaban a la vida con las pollas erguidas en busca del coño de las ninfas, siempre en busca de las mujeres más codiciadas del planeta, que eran exactamente las que allí danzaban desnudas alrededor de una misma cama, las que se arrancaban los corpiños, las que se abrían de piernas sobre sábanas y edredones y pedían a gritos ser penetradas. Cuando Gertrudis volvió el rostro para decirle algo a su acompañante, descubrió asombrada que Willy Humara se había transformado en un sátiro color de azufre, en un macho cabrío que ahora le alzaba la falda y deslizaba la mano a lo largo de sus muslos, siempre hacia arriba, extendiendo sus dominios hasta lo más alto de la arquitectura corporal, buscando una perturbadora inconfundible humedad de acequia, que le introdujo el dedo, que le provocó los primeros orgasmos de su vida, y que luego se miró el dorso de la mano, llena de vellos imprevistos, la mano peluda que alzó para que la inexorable luz del crepúsculo vespertino le diera su bendición a todos sus dedos, uno a uno, hasta que la misa negra concluyó, y Homero Aguado en sustitución de Willy Humara, porque daba lo mismo un nombre que otro, tomó la determinación de exhibir, ante los ojos llenos de envidia de todos los presentes, el glorioso dedo corazón de su mano derecha, que ahora él empezaba a chupar golosamente, a saborearlo como un niño a su caramelo, lustrando el dedo con su saliva y sorbiendo las secreciones que Gertrudis había mantenido ocultas hasta el momento en que le salió al paso Willy Humara, como un dragón con fauces de tarasca que le arrojaba lengüetadas de fuego en algunas de las pesadillas que experimentó sin remordimientos y sin acústica tras su regreso a Madrid, y lo que era peor, sin ninguna flor en el lánguido florero ni un lápiz aritmético en la oreja, es decir sin un solo recuerdo de cómo Miguel hacía el amor, y sin tener a nadie con quién desahogarse.
─Eso nunca me lo hizo Miguel –reconoció Gertrudis.
─Miguel era un comemierda. No me lo vuelvas a mencionar.
─¿Tú lo conociste?
─Uf, éramos uña y carne. Inseparables hasta cuando estábamos solos porque entonces ninguno de los dos podía vivir sin el otro.
─¿Por qué no me lo dijiste antes?
─Pero en cambio, te he llevado a los sitios que él frecuentaba. Éste era su lugar favorito para pasar los inviernos y los veranos.
─¿Será posible? Me cuesta creerlo. ¿Será verdad que Miguel estaba capacitado para hacer el amor noche y día como los cubanos, es decir como los sátiros y vampiros de las novelas góticas? –preguntó Gertrudis.
─Miguel templaba como un leopardo. Era una fiera. Lo mismo le metía mano a una rubia que a una trigueña que a una mulata. Era un volcán pero apagado, con sus limitaciones, porque se supo que nunca inclinó la cabeza para succionar, que en Cuba es el recurso más sofocante para demostrar virilidad.
─Pero Miguel no era homosexual. Estoy persuadida de que no lo era.
─Yo no he dicho lo contrario. A cualquiera le cuelgan ese sambenito, hasta a mí quisieron colgármelo. Ahora vengo con la explicación. Los musulmanes opinan que sus mujeres son sagradas, por eso no las dejan salir a la calle sin el velo aconsejado por el Profeta, pero sí con un batilongo hasta la punta de los pies, cuidando de que ningún hombre alcance a profanarla con una mirada de burdel. Los occidentales somos diferentes. Dejamos que nuestras mujeres se exhiban en la playa con un hilo dental. Yo tengo, a mucho orgullo, todos los resabios de un occidental y cuando llevo una mujer a la playa me encanta que los demás hombres se empecinen en buscar lo que yo he encontrado, me excita que ellos se exciten mirando la mujer que me acompaña. ¿Quiere que le diga una cosa? Un escritor que leo con frecuencia, Lawrence Durrell, intuyó cierta preferencia de las lesbianas por las mujeres casadas, que al mismo tiempo que engañan al odiado macho, le imitan, sustituyéndolo en la cama. Por una razón parecida, no igual, el hombre siente una desmedida pasión por la mujer de su mejor amigo, el modo más directo de experimentar el goce homosexual, descubriendo lo ya descubierto por el otro. Por favor, deténgase. Ya la imagino pensando que ésa es la explicación del repentino amor que le dispenso a usted. Pero no se haga tales ilusiones, mi querida Gertrudis, yo soy un macho de Guantánamo, una ciudad en el oriente del país, donde el sol es más bravo y donde ningún hombre con catadura de hombre permite que alguien venga con artilugios de mago a trastocarle la preferencia sexual.
Mientras Willy Humara (que a menudo, bostezando, oxidado por el aburrimiento, hubiera preferido llamarse Homero Aguado) se entretenía mirando a las bañistas, Gertrudis empezó a caminar prescindiendo de la compañía del periodista, abandonó las arenas de Guanabo, vadeó ríos, subió lomas, atravesó una línea del ferrocarril, y al fin entró a la ciudad de La Habana, donde tuvo ocasión de ver un multitudinario desfile de hombres y mujeres que caminaban con banderas en alto rumbo a la Plaza de la Revolución, prodigándoles vivas a Fidel, y ese espectáculo que visto a través de la televisión madrileña le hubiera hablado en el lenguaje de la epopeya, ahora, contemplándolo de cerca, mirando a dos escasos metros de distancia a hombres y mujeres que marchaban bajo el sol, desfallecidos, trastabillando, limpiándose el sudor con el dorso de las manos, tuvo la confirmación de que la inmediatez lo empequeñece todo. En una fracción de segundo Getrudis recuperó el rostro de Miguel Hernández. Recordó que cuando aún estaban juntos, como respuesta a una crítica sin ninguna intención peyorativa que ella había formulado sobre su persona, Miguel le dijo que ningún hombre, ni Julio César ni Napoleón, fue verdaderamente grande para su ayudante, para el criado que recogía sus prendas íntimas: una camiseta o un calzoncillos con tufaradas de entrepierna, para enviarlas al lavandero.
─Eso no les ocurrió solo a Julio César y a Napoleón. A todos nos sucede lo mismo ─comentó Willy Humara sin pensarlo dos veces, sin otra idea en la cabeza, apenas Gertrudis regresó para hacerle compañía.
Le echó otra mirada furtiva a las bañistas y entonces le preguntó:
─¿Dónde estabas metida, Lola de mi corazón?
─¿Lola? No puedo creer que en tan poco tiempo ya hayas olvidado que me llamo Gertrudis.
─Imposible, mi amor. Lo que ocurre es que para mí todas las españolas se llaman Lola, acaso será por lo de Lola Flores, ¿verdad?, pero no solo por ella, estoy convencido de que en cualquier pieza teatral de García Lorca o en cualquier novela de Galdós o de Pío Baroja hay una Lola haciendo de las suyas. Por cierto, entre paréntesis, quería recordarte que en La Habana, pagando en euros o en dólares, existen moteles tan acogedores como los de Barcelona o de París, pero no es necesario, mi amorcito lindo, mi Lola del alma, que te gastes el dinero en un motel. Podemos ir a mi casa. Yo soy un hombre soltero y sin compromiso. Como hecho para ti.
─Hace poco me hablabas de García Lorca y de Pérez Galdós. Así que además de majo eres culto. Tremenda sorpresa. Pero si logras redactar cuatrocientas páginas, ¿no eran cuatrocientas cinco las que me dijiste?, con la fecundidad que te sale por los poros cuando describes las folladeras, será todo un suceso tu famoso libro, ¿cómo se llama?
─Camasuba ─ respondió Willy Humara cuando se bajaron del taxi y ya registraba en el bolsillo trasero del pantalón en busca de la llave de su casa.
─Un nombre raro ─comentó Gertrudis poco después, moviendo la cabeza mientras se quitaba la camiseta.
─No tanto ─dijo Willy a tiempo que se desprendía del pantalón─. Fíjate qué fácil se conjuga ese verbo: yo subo a la cama, tú subes a la cama, él sube a la cama, nosotros subimos a la cama. En fin, subir a la cama es el mejor ejercicio para adelgazar.
─Grosero –exclamó Gertrudis con un mohín de picardía mientras se quitaba el sostén y lo echaba a volar.
Pero lo que ocurrió (el viaje en taxi hasta la playa de Guanabo y luego hasta la casa de Willy Humara, los dos solos en la casa, las ropas que los dos se sacaban) solo había sucedido, si realmente sucedió, en el sueño que Gertrudis descabezaba mientras el taxi se desplazaba a toda velocidad hendiendo la noche, surcando el largo túnel interminable al final del cual refulgía bajo los fuegos fatuos del atardecer un mascarón de proa. Gertrudis desplegó una sonrisa: si sus amigas de Madrid la hubieran visto dentro del taxi con Willy Humara a su lado, palpitando en la creciente oscuridad, moviéndose poco a poco, con excesiva cautela, hasta situársele muy cerca (tan cerca que la respiración de Willy le ardía en la mejilla derecha) hubieran pensado otra cosa, no lo que realmente ocurrió sino otra cosa muy distinta. Willy no era homosexual: ya se lo había dicho cuando le habló de las lesbianas y le mencionó la hipótesis de Lawrence Durrell, una hipótesis que ella no aceptaba con facilidad porque la observaba con gafas de otra graduación, unas antiguas gafas con armadura de carey. Pero si Willy no era homosexual, conjeturó, sin duda anunciaba algo distinto, un escenario nuevo que sería peor. ¿Y qué podía ser peor?
El trayecto entre la playa de Santa María del Mar y la de Guanabo duraba, si acaso, ya se lo había dicho Willy, unos cuarenta minutos. Cuarenta minutos dentro del taxi y con un desconocido en acecho a su lado era demasiado tiempo. El taxi seguía horadando la noche, sus faros seguían arrebatándole a la oscuridad vertiginosos mascarones de proa. Si llegaba viva a Guanabo todo iba a ser diferente. Se bajaría del taxi y pediría auxilio a grandes voces. La gente acudiría a protegerla. También ahora, en este mismo instante, lo pensó con la urgencia de un náufrago: podía solicitarle ayuda al taxista. Casi al borde de las lágrimas sopesó esa posibilidad como su última alternativa. Auxilio. Auxilio. Gritó auxilio repetidas veces. El taxista no le respondía. Cuando al fin volteó el rostro para responderle, su rostro era el de Willy Humara. De un salto, Willy se había puesto en el asiento del conductor, pero al mismo tiempo estaba a su lado, más cerca de ella a cada momento. Gertrudis escuchó su gruesa respiración cada vez más cerca; una bocanada de azufre le ardió en la mejilla y descendió hasta su cuello. Cuarenta minutos. Volvió a pensarlo: cuarenta minutos era demasiado tiempo. Contados minuto a minuto, si le alcanzaba el tiempo, podían convertirse en una eternidad.
