Minsk: umbrales de una transparencia

Sobre la novela Minsk, de Ulises Rodríguez Febles

José René Rigal

Minsk
Ulises Rodríguez Febles
Ediciones Unión, Cuba, 2014

 

 

ulises-rodriguez-febles-librario-narrativa-OtroLunes40La censura es sinónimo de triunfo en los gobiernos dictatoriales, empeñados en apropiarse del poder indefinidamente. Miel de poder que ya fue vista por pensadores de luz como Bolívar, cuando anunció: “La continuación de la autoridad de un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer por largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado por mucho tiempo, los mande perpetuamente”.

Cuando estos gobernantes, cansados de adulación y obediencia, admiten que se abra la mano de la censura, indudablemente estamos frente a un estilo, sutil y lastimero, de transparencia. Si en otros tiempos comenzaron a aparecer tímidamente textos considerados ideológicamente insultantes para la casta en el poder, “Esta noche comienza la descomposición de los cuerpos. Once millones de habitantes y nadie va a notarlo en la mañana. Debe ser natural apestar en la mañana. Pero el olor permanece cuando ya me he lavado, cuando salgo a trabajar sin salir a trabajar…”ahora, después de condicionada la voluntad de pensar por tantos años, se dejan ver destellos, que a la primera ojeada, reflejan modelos de transparencia, quizás ante el exceso de clamor de quienes abogan por la inclusión en un contexto donde el deber de pensar por sí mismo sea lo primero: “Ella quería que cambiara su país, sin saber cómo será mañana. Algo que resulte diferente a lo que era. Algo, pero no seguir siendo los mismos de siempre, escuchando y leyendo lo mismo. Oyendo que se acercan los cambios….pero sin llegar….”

Minsk, novela del escritor cubano Ulises Rodríguez Febles, publicada por Ediciones Unión 2014, es una muestra de apego a la ley de las libertades individuales. Escrita en dos tiempos, refleja instantes del desplome del campo socialista en la vida de una pareja de jóvenes estudiantes de la Universidad Roja de Moscú, inmersos en la disyuntiva de un panorama incierto, que cerró sus puertas a cualquier latitud. El un cubano. Ella una rusa unida en uno de esos amoríos llamados a mezclar en una cruz, sangre nórdica y caribeña. Del otro lado del océano, rusos residentes en una isla, narran sus propias aventuras en un esfuerzo por abandonar suelo y calidad espiritual equivocados.

Escrita en un lenguaje no tan nítido como debiera, dice lo que muchos, desde varios pasos más allá de la frontera: “…enfrentando a su padre que nunca confió en los rusos y se cagaba todos los días en el comunismo que le quitó su bar”.

Quizás el final de Pablo en la arena soviética, protagonizada por una bala de manos de la seguridad del Estado, no sea otra cosa que un ingenio de la imaginación, pero nada más próximo a lo que bien pudo suceder, si de defender un conjunto de ideas muertas se trataba.

Carlos y Tatiana se debaten en un pasaje odiseico por alcanzar un soplo de vida que se apaga, años después que el desplome dijera su última palabra. En un diario que subrepticiamente lleva, Tatiana recoge migajas de azar por los predios matanceros: “Fue ella, Juana, la que entró en mi cuarto. Fue ella la que inició la discusión. Es cierto que lo vendí todo. Lo que traje de mi país. Lo que trajimos aquel día. Aquel año”.

Escrito así, o de cualquier manera, el contexto cubano merece ser visto desde la puntera de nuestros pies, al calor de una segura inserción en un mundo, que continuamos mirando desde el universo, como si al caimán fuese habitado únicamente por extraterrestres.

Escribir acerca de la problemática cubana actual ha sido tema de diversas controversias. La polémica y el debate han ocupado espacio de reflexión, sobre todo, a partir del momento en que fue superado el período cavernario de los años 70. Aunque muchas instituciones no marchan al ritmo marcado por los tiempos, ya los artistas han echado a andar y muy difícil o traumático sería intentar detenerlos.

Nuevas voces desempolvan creaciones, y editoriales de alcance nacional, Ediciones Unión a la vanguardia, han tendido su mano al realismo, imposible de sostener en el cuarto oscuro de la historia: “No tengo paciencia para esperar a que suceda algo que nos de paz y prosperidad. Hay que ver que se mejora, que todo se transforma, que los seres humanos viven como merecen vivir. No tengo estoicismo para el sacrificio, para resistir como nos están pidiendo. No tengo fe en nada, ni en nadie que me pida que la tenga. He cagado la fe”.

El escritor cubano que enfrenta día a día la realidad de su país, con sus cambios, evoluciones, reacciones sociales y sueños personales realizados o frustrados, se ha convertido en uno de los más importante recolectores de la memoria del presente que tendrá el futuro. La sociedad cubana en su conjunto está llamada a cambios necesarios. Dilatarlos puede ser altamente perjudicial para el futuro de la nación.

“¿De qué vale el altruismo en una época en que nadie piensa en sí mismo, sino en salvarse? ¿Es que es bueno estar bajo los escombros? ¿De qué valen mis medallas, mi diploma, mi carnet del Partido? ¿De qué valió que a mi padre lo mataran en esa isla de mierda…? Minsk es una novela que hace pensar. Obra que va mucho más allá de lo puramente novelesco que ordena la ficción, para adueñarse de un espacio desprejuiciado, carente de normas que entorpezcan el apego a la percepción más objetiva de lo cotidiano, enmarcado en un período de tiempo no lejano, que se interna, por extensión, en el diapasón de nuestra realidad actual. Libre de trabas, no exagero si digo que asombra, por su alto contenido de realismo histórico, cuyo autor ha vertido estoicamente,  sin temor de autocensura, para evitar el agravio de la censura. De ahí que asombre también la labor editorial de Ediciones Unión, quien en un acto de manifiesta transparencia, optó por arrojarse al desfiladero de su publicación.

Minsk nace de aquel contexto cuyas rachas de aire turbio eran parte de un huracán que recorría silenciosa, pero devastadoramente la isla, por fin encarrilada en una concepción de la sociedad y la cultura adaptada a los cánones soviéticos. Convencidos de que el arte es un arma de la revolución, éramos la generación de escritores que sufría y resistió la intransigencia ideológica y cultural con apenas un gesto de cabeza y muchas veces sin llenarnos  de resentimiento o de la desesperación que conlleva a la huida. Habíamos crecido viendo en cada soviético un amigo sincero, un hermano proletario; habíamos vivido bajo el lema de que el futuro de la humanidad pertenece por entero al socialismo, sin saber con exactitud hacia donde nos conduciría aquella quijotesca idea, que con tanta vehemencia nos habían inculcado, hasta que el tiempo, siempre precursor de la verdad, descorrió las cortinas de la historia. Un contexto, ya sea puro u hostil, es inocultable por demasiado tiempo: “Desde que Katia llegó a Cuba supo que solo de ideas no vive el hombre. El Partido no es el país. El socialismo no es el país. Son dos cosas diferentes. Lo que se derrumbó fue una ideología”.

En ocasión del título, el autor pone de manifiesto cómo la incapacidad del hombre para obtener los más elementales recursos materiales, y que refleja en la idolatría hacia una, para muchos, insignificante moto Minsk, lo conducen al desencadenamiento de una serie de acontecimientos, que concluyen en una penosa tragedia familiar.

Minsk es un ejemplo de que, aunque los frutos no son todos los posibles, ni siquiera los deseables, algo se ha avanzado en la erosión de la vieja y alta montaña de intolerancia. Un puente todavía estrecho, pero ya abierto, conduce a los umbrales de la transparencia.