Desde el interior, los lectores en el transporte público se van quedando en un puñado. Las bibliotecas están vacías de lectores y tomadas por estudiantes que se instalan en ellas escapando del bullicio del hogar para preparar sus exámenes. Leer (verbo y sumando en la formula que da como resultado la literatura) ha dejado de ser un vicio solitario para convertirse en una soberana estupidez. Vindicarlo es sin duda una memez sonrojante.
Escribir, el otro verbo y sumando, ya no es directamente una estúpida temeridad, sino que pasa a ser directamente un pasatiempo para vagos y amargados criticones o apesadumbrados infelices. La literatura “que sirve” es la industrial, con su masa elaborada con entretenimiento para engordar a los consumidores con recetas de autoayuda y sentido acrítico. La valentía de editores y libreros, los cómplices necesarios en la perpetración de la literatura, es tomada como una irresponsabilidad empresarial cuando no como una vía de escape de lo que de verdad es importante en la recuperación económica de nuestras sociedades, un despilfarro en una palabra.
Vindicar la literatura, su carácter insustituible, no es idea nueva, ni siquiera es una necesidad nueva. Italo Calvino, en una de las notas que acompañaban a su célebre “Seis propuestas para el próximo milenio”, dice textualmente: “…recordar el carácter insustituible de la literatura y de la lectura en un mundo en el que ya nadie querrá leer”. A treinta años de aquellas palabras, constatamos que Calvino tenía completa razón y que la lectura de su presente le reveló una visión exacta de lo que el nuevo milenio traería.
La ficción tiene un fondo restaurador y terapéutico. Las sociedades que no cuentan, que no escriben, que no leen, son sociedades condenadas a una autodestrucción pasiva, dolorosa en lo interior y violenta en lo exterior. Cuando no somos capaces de articular nuestros sentimientos, nuestras heridas o nuestras pocas dichas, caemos en un estado de amargura vital que conduce a la frustración y a la violencia. Nadie sabe, nadie oye, nadie quiere oír. Cuando somos capaces de escuchar, de leer al otro, la empatía crece y las heridas comienzan a cicatrizar.
Lo que no vemos o leemos o escuchamos, no existe. Podemos llorar con los que lloran o reír con los que ríen si podemos ver sus circunstancias en acción por medio de la palabra, escrita o hablada. Las sociedades necesitan un cuerpo ficcional donde elaborar sus dramas y sus comedias, donde sus tragedias puedan ser visitadas por las generaciones que vienen para su beneficio.
Pero la ignorancia impone el silencio. No hay canciones, ni cuentos, ni poemas, ni novelas. Nunca han sufrido, no existen sus heridas, nadie escucha. Entonces, cuando llegan a nuestras casas y cuentan por fin, de viva voz, nos sobrecogen, no solo su dolor y heridas, sino su inexistencia hasta ese instante en el que elaboran un discurso narrativo y todo vuelve a existir como cuando abrimos un libro.
La literatura, lo que hace, me obliga a ser calvinista literario: “Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura, con sus medios específicos, puede dar”. Más que nunca, la ficción es necesaria en un mundo enfermo de comunicación y “realidad”. Tenemos que situar y situarnos en las historias como narradores, personajes principales, secundarios pero fundamentales; narrar y ser narrados para entrar en el corazón de los otros. La Historia es de todos, pero en la literatura somos los protagonistas, como autores o lectores.
A Dios se le ocurrió la idea de encarnar el Verbo y hacerlo cercano. No cabe más alta metáfora o realidad para asirnos ante el inmenso vacío que deja el silencio. A Cervantes, creador, se le ocurrió encarnar los libros en un hombre que decidió hacer realidad lo leído. Negar el carácter insustituible de la literatura, es negar lo esencial del ser humano y hasta sería despojar al otro de toda esperanza de verse encarnado en papel y tinta, de la esperanza de ser visto, oído y comprendido.
