El drama del escritor cubano en el exilio

Antonio Álvarez Gil

Alejo Carpentier, José Martí y José María Heredia crearon en el exilio sus obras cumbres.

Alejo Carpentier, José Martí y José María Heredia crearon en el exilio sus obras cumbres.

En los días preliminares a la inauguración de la última Feria del Libro de La Habana, leí una nota informativa que me llamó sobremanera la atención. En ella se decía que un nutrido grupo de editores norteamericanos había llegado a Cuba para participar en el evento y establecer lazos de trabajo con el mundo editorial del país. Estos lazos, si no recuerdo mal, tenían como principal objetivo publicar y difundir en los Estados Unidos la obra de los autores cubanos de la Isla. Y fue, precisamente, en ese punto donde algo en mi conciencia protestó. ¿De la Isla? ¿Por qué solo de la Isla? ¿Es que los cientos de colegas que viven fuera de su patria no son dignos de ser conocidos en el país del norte? Yo, que no soy tan buen conocedor, conozco a un buen número de excelentes narradores y poetas cubanos que viven allí mismo, en Miami, Nueva York o en otras muchas ciudades norteamericanas. Son escritores que escriben mayormente sobre Cuba, sobre su gente y sus conflictos. Si de repente a los editores norteamericanos se les ha despertado el interés por las letras de la Isla, ¿por qué no traducen y publican a alguno de los excelentes autores cubanos que viven en aquel país? Los tienen muy cerca. ¿Por qué no se interesan por ellos, por su obra, encomiable en muchos sentidos? ¿Acaso no escriben sobre esa misma Cuba que ahora parece resultar tan interesante?

¿No significará todo esto que los escritores cubanos del exilio son doblemente discriminados, doblemente castigados? Pues sí, de veras lo son. En su patria se les detesta por suponerlos simpatizantes del enemigo exterior. Y en la casa de ese mismo enemigo tampoco han sido ni serán, al parecer, jamás reconocidos. ¿Acaso los cubanos son menos cubanos si viven lejos de la Isla?¿Quién ha dicho que fuera de la patria no se puede escribir sobre la patria? ¿Dónde crearon Martí, Heredia, Carpentier su obra cumbre? Escriben sobre Cuba y escriben en español. ¿Qué más necesitan demostrar? No entiendo cómo se puede dejar de reconocer la obra que se hace fuera de Cuba como parte de la literatura nacional. ¿Será posible que los escritores cubanos del exilio tampoco califiquen en los Estados Unidos, que a la hora de escoger a quién se habrá de publicar, el hecho político tenga mayor peso –lo mismo que en Cuba– que los valores humanos y la calidad general del texto? ¿No será que, en lugar de literatura, lo que se busca es folclor?

En Europa las cosas no están mucho mejor para quienes nos dedicamos a la creación literaria. En alguna ocasión escribí que, para muchos editores en este continente, el escritor cubano es interesante solo si vive en la Isla. Una vez “suelto” por el mundo, una vez libre de cualquier atadura política o ideológica –una vez libre– pierde el atractivo extraliterario que busca el cazador de escritores exóticos. No quiero citar ejemplos, pues creo que no vale la pena; pero conozco algunos. Ya el mismísimo Reinaldo Arenas se quejaba en Antes que anochezca del trato que le dispensaban ciertos editores una vez que se encontró fuera de Cuba. La causa de esta falta de interés por toda una pléyade de buenos escritores cubanos sería digna de un estudio más amplio que estas líneas. Por lo pronto, pienso que podría hablarse del excesivo componente ideológico que prima a la hora de juzgar la obra del escritor cubano del exilio. Con todo, ello podría ser el mal menor, pues no me gustaría pensar que los motivos están relacionados con la poca importancia que los editores prestan a los valores intrínsecos de la literatura escrita por estos escritores-parias. No sería nada bueno para el nombre de sus sellos, si es que esto tiene todavía alguna importancia para los editores.

Nadie que no haya pasado por él, puede imaginar el drama del escritor cubano en el exilio. Un drama que afronta con el solo equipaje de su mayor o menor talento literario, su vocación y su fuerza de voluntad. El cambio en su vida es tan dramático que puede significarle el fin de muchas cosas. Como resultado de este salto al vacío, numerosos escritores con obra contrastada en nuestro país han visto naufragar sus carreras sin poder explicarse cabalmente los motivos de su mala fortuna. Lo único que comprenden es que llegan a países con centenares de editoriales que se resisten a tomarlos en cuenta. Cuando tocan a sus puertas, muchos de estos escritores se ven mirados con suspicacia, tratados como jóvenes aspirantes al oficio. Al cabo de años de brega, han regresado al punto de partida, están de nuevo en los inicios. Lo más triste de todo es que a veces la negativa no está avalada siquiera por el consabido esquema de ganar o no ganar dinero, aspiración lógica de cualquier negocio editorial. ¿Qué ocurre, pues? Yo, francamente, no lo sé.

Comprendo que este artículo no cambiará en nada el estado de las cosas en este respecto. Quienes publican en Cuba con las editoriales del gobierno cubano recibirán también la atención de los editores norteamericanos. Quienes han estado todos estos años vetados en su tierra, seguirán vetados en allí e ignorados en los Estados Unidos. Fuera de Cuba, continuarán tropezando con las dificultades de siempre, publicándose en ocasiones ellos mismos sus libros en Miami y otras ciudades de los Estados Unidos. Si viven en Europa, no lo tendrán mejor. Deberán seguir tocando puertas que rara vez se abren. En resumen, para tantos escritores cubanos de valía, el mundo seguirá siendo un lugar hostil, tanto dentro como fuera de su preciosa Isla.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012) y Annika desnuda (2015).