El espacio órfico de Benjamín Alire Sáenz

Elidio La Torre Lagares

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Es un atardecer amarillo. Dejo que la mirada se alargue hasta que la fatiga se deshace en alguna idea de horizonte. La luna es una burla desorientada y cielo parece que me escribe como una suerte de materia desecha sobre una maleta y un poema.

La maleta va cargada; el poema es “El Quinto Sueño: Las balas y los desiertos y las fronteras”, de Benjamín Alire Sáenz.

La carretera está desierta. La distancia se eteriza en el aliento. No es hasta que aparece una camioneta que me percato de que estoy despierto.

En las etapas del sueño, la movilidad corporal y la capacidad sensorial se cancela, pero es en el quinto sueño donde la paradoja de estar dormido y alerta se trenza entre visiones y de secuencias argumentales ordenadas cronológicamente, si bien pueden carecer de significado inmediato. En su libro Soñando el fin de la guerra (Dreaming the End of War), Alire escala los sueños ordinalmente y explora los matices de la guerra, desde sus cauces domésticos y hogareños hasta la sangre que divide los pueblos.

En “El quinto sueño” de Alire Sáenz hay orden. El sueño es un país, una geografía.

El sujeto poético se desdobla en busca de una identidad estable. Al igual que la poesía de Rilke, en Alire Sáenz nos confronta la fuerza de la experiencia poética que guía al poeta a una muerte personal y al resurgimiento de un nuevo sujeto. Es una muerte conceptual: la disolución de las identidades, que sólo puede ser reformulada y polarizada en el poema.

En El espacio literario, Blanchot interpreta el intento de Orfeo en salvar a Eurídice como una metáfora de la salvación del arte. Separar el arte de la muerte, nos torna enteros, completos. Pero la muerte es lo que mantiene el artista vivo. Él debe ensayar formas perpetuas de muerte y a la vez salvarse a sí mismo, tan solo para morir de nuevo.

En el extenso poema narrativo de Alire Sáenz, ese anhelo de plenitud va tejiendo el texto, pero el intento deshila en futilidad. El Ser no puede completarse porque su coherencia no es natural. Es la impostura del lenguaje. Como Orfeo en su deseo de salvar a Eurídice, la voz del poema quiere salvar su identidad unitaria. Es sólo a través del poema que el hablante puede pactar acuerdos con la incertidumbre.

“El quinto sueño” comienza con la aparición de un hombre que camina en dirección del hablante. El uso de anáforas connota la continuidad repetitiva del tiempo: “Él ha estado caminando por el desierto/ él ha estado caminando durante días/ él ha estado caminando durante años”. Leemos y participamos de esta soledad. Los verso evocan, de algún modo, la mejor poesía de Mark Strand.

Aunque el énfasis está en el movimiento, el sentido del nowhereness y la esterilidad de la lucha adquieren importancia por medio de las selecciones semánticas al final de los versos 6 al 11: “seco”, “agrietado”, “gastado”, “heridas”, “oscuro”, “noche”. Es la misma isotopía: de lo seco a lo oscuro, sólo hay noche. Como decir muerte.

El hombre que aparece en la primera estrofa, durante el primer movimiento del poema, es un despliegue de la voz lírica en el poema. Nuevamente, una de las acrobacias predilectas de Strand: desdoblarse. “Soy el hombre”, el hablante nos revelará luego al inicio del quinto movimiento. O sea, el hablante y el otro son el mismo sujeto.

Mas ya en la segunda estrofa, el poema gira en torno a la falta de familiaridad entre los dos entes que son uno mismo. El otro (el hombre) advierte que el hablante lo está mirando. “Él abre su boca/ para hablar-/ pero tan pronto sus palabras tocan/ el aire, una  bala/ le atraviesa el corazón”. El encuentro entre estos dos sujetos desembocará en la muerte de ambos.

El poeta entra en el espacio órfico mientras manifiesta esa pulsión que busca, fútilmente, apegarse a lo evanescente. Por esto existe la poesía.

La paradoja tensa en el verso: el hombre busca un lugar para sus sueños. “Pudo haber estado/ buscando un pozo./ Sus sueños eran de agua./ Sus labios tocaban/ el agua –sí-/ eso es lo que él soñaba./ Aún puedo escuchar la bala”.

Así, el encuentro con ese otro hombre -ese sujeto otreico cuyo nombre “pudo haber sido Moisés. O Jesús./ O Mahoma”- es un deseo irrealizable porque no llega a pronunciarse. La totalidad es inerme, como los determinismos.

La segunda estrofa enfatiza la insistencia de ese otro hombre cuyo orden viene de un plano simbólico: “El hombre reaparece/ No parece importar/ que no lo quiero/ dentro de mi sueño”. Sus labios todavía piden agua. Por supuesto, la idea de la sequía se relaciona con la noción de falta de vivienda puesto que, donde no hay agua, no hay vida.

La estabilidad apunta a lo fijo. El centro. Aquí hay búsqueda. Intermitencia. Y “lo que una vez fue su casa”. La carencia de morada descentraliza toda noción de identidad. O quizá propone una identidad pluralizada.

En las secciones sexta y séptima, el hablante finalmente da la bienvenida al hombre como su otro yo. “Me ha tomado mucho tiempo entender esto”. Hay necesidad de conjugarse. El hablante llega a un acuerdo con todo de lo que se siente parte: Palestina, Israel, México y las Américas. Su país no es geográfico, es una extensión de la mente, una comunidad imaginada. Es una patria poética, una nacionalidad poetizada. Una multiplicidad.

“Camino por el desierto./Llego a la frontera./ Una bala traspasa mi corazón” finaliza el poema. Es solo en la muerte y en la separación que nos unimos con el otro.

Dice Blanchot que cuando Orfeo desciende hacia Eurídice, el arte se torna en el poder que abre la noche. Debido a la fuerza del arte, la noche lo acoge; se convierte en la bienvenida a la intimidad, la armonía y el acuerdo de la primera noche.

Orfeo desciende hacia Eurídice, que ha muerto mordida por una serpiente. Al no poder rescatarla, sólo puede conciliarse con ella en el arte (la poesía, las canciones).

Toda escritura comienza con la mirada de Orfeo, dice Blanchot. En el poema de Alire Sáenz, el otro desaparece en la voz del hablante. Como Orfeo, que mira hacia atrás y pierde su Eurídice.

La camioneta se aleja. Guardo el poema. Tomo la maleta, que ahora viene liviana. Sueño.

La incertidumbre es la única recompensa.

Del Autor

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Elidio La Torre Lagares
(Puerto Rico, 1963). Escritor. Formó parte del grupo Puertas, importante colectivo de poetas que reunió a destacadas figuras más de la Generación del Noventa. Ha publicado tres libros de poesía, Embudo, Cuerpos sin sombras y Cáliz; un libro de relatos, Septiembre (2000); y dos novelas tituladas Historia de un dios pequeño (2001) y Gracia (2004), publicada por la Editorial Oveja Negra. Es columnista del periódico El Nuevo Día. Es fundador de la editorial Terranova, dedicada a la difusión de la joven literatura puertorriqueña.