El Uruguay que se va

Jorge Martínez Jorge

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En contraposición con el tan trillado Producto Interno Bruto (PBI) que los países utilizan para medir sus economías y, con ellas –presuntamente- cómo les va respecto de los demás, nuestro Carlos Maggi había acuñado el término “Producto Culto Interno” que dio nombre a su columna semanal editada por el diario El País durante años. El mismo Maggi, ingenioso, había bautizado en uno de sus numerosos libros de ensayo, a nuestra pequeña aldea, la República Desoriental del Uruguay, siempre como a la deriva, sin rumbo, amenazada de irse al garete.

Traigo a colación a Maggi y su mirada entre crítica y optimista a partir de esa propia manera de encarar el pesimismo que permea desde tiempos inmemoriales al “paisito” de la bruma y el tango de arrabal, cuando en el horizonte -cercano, demasiado cercano- se ciernen negros nubarrones que presagian tormentas y vientos huracanados, de los que se han encargado de anoticiarnos los propios comandantes de la nave, algo que por otra parte, cualquiera podía saber con solamente escuchar los ecos de la calle y ese sucedáneo moderno, las mal llamadas “redes sociales”.

De la mano del explosivo crecimiento del gigante chino de las últimas décadas que ha provocado movimientos en las placas tectónicas de la economía mundial toda, la América del Río Bravo al Sur, ha visto pasar delante de sus narices y por las manos de sus gobernantes, un verdadero torrente de divisas, producto de precios de las materias primas desorbitados y de inversiones jamás imaginadas. Luego de décadas perdidas, en las que lo único permanente era la pobreza y el atraso, esta bonanza se presentaba como la oportunidad que la historia, al fin, se dignaba poner a nuestra disposición para decirnos: ten, América, levántate y anda.

Sin embargo, caímos víctima del síndrome del jugador que se ve de buenas a primeras con fortunas en sus manos sin saber qué hacer con ellas. En el caso de nuestra América, peor aún, porque quienes recibían los frutos de esa bonanza caída del cielo, si sabían qué hacer con ella. Populistas y demagogos, preocupados en beneficiarse del poder y eternizarse en él, el destino de tan cuantiosos recursos era manifiesto: el dispendio y despilfarro en una orgía de gasto y clientelismo, adornado con un grado de corrupción y enriquecimiento de las castas dirigentes de proporciones bíblicas que ofenden el sentido común.

Una vez más, otra oportunidad perdida. Con un déficit fiscal endémico que trepa por encima del 3,5% del PBI, un raquítico crecimiento que tiende a desaparecer en camino al estancamiento, un endeudamiento que anda por el 50% de ese mismo PBI, un índice de desempleo que crece y agita el fantasma de la desocupación, y con una inflación que por años andaba al trote pero ahora quiere salir al galope, el panorama para el pequeño Uruguay no puede ser más preocupante.

Educación y cultura son conceptos hermanos que recorren, de la mano, el mismo camino. Caras de una misma moneda, aquélla es la argamasa imprescindible para que exista la segunda. No puede una sociedad pretender el desarrollo de una vida cultural robusta y creadora, que dé razón de ser a esa misma sociedad como tal -porque al fin y al cabo, ¿qué es una sociedad sino una cultura común?-  sin que existan ciudadanos educados, capaces de pensar y discernir, de razonar y debatir, de portar y transmitir valores comunes que hacen al respeto a la ley, la libertad y la integridad, a la igualdad de oportunidades y la justa recompensa al esfuerzo y el talento.

En ello, también, el fracaso es estrepitoso, colosal, tan grave que pone en juicio la viabilidad de esa sociedad culta y civilizada que es el sustrato mínimo imprescindible para la búsqueda de la felicidad individual y colectiva. Vivir en sociedad, es renunciar a la isla y a la violencia del individualismo primario. Existe sociedad si los valores mínimos son entendidos y compartidos por todos y quienes no lo hacen y atentan contra aquel bien superior, sienten en sus propias vidas la sanción de sus conductas antisociales.

Rechina poner en números el deteriorado Producto Culto Interno de Maggi, pero baste señalar que un buen porcentaje de escolares, en especial de las zonas más desfavorecidas, terminan el ciclo primario -porque así está dispuesto, sin exigencia alguna- sin saber leer ni escribir, y que de operaciones básicas mejor no hablar. Que después, en el marco de una pésima enseñanza secundaria -preparatoria de futuros universitarios- más de la mitad de los jóvenes no completan siquiera el Ciclo Básico, es decir, nueve años de instrucción mínima. Tanto así, que buena parte de ellos, los que sí lo completan, ni siquiera poseen comprensión lectora. Tal vez sea una muestra de ese imparable deterioro, el que hayan universitarios que campan a sus anchas cometiendo todo tipo de tropelías en contra de la lengua de Cervantes y Quevedo. De matemáticas y ciencias, olvidémonos. Es chino antiguo. Si se les nombran las Pruebas PISA preguntan si puede ser con muzzarella. De valores, mejor no nombrar la soga en la casa del ahorcado.

De antiguo, por así decirlo porque es un concepto tan moderno como los celulares “inteligentes”, casa, familia y escuela constituían el tríptico bajo el cual la cultura puesta en valores se transmitía de generación en generación. Sin connotación religiosa alguna en una sociedad uruguaya profundamente laica, el “no robarás” era un paradigma grabado a fuego en la piel y la sangre de nuestras generaciones, heredado de nuestros padres y transmitidos a nuestros hijos. Respetarás a tus mayores como te respetas a ti mismo. Una mujer embarazada jamás viajaría parada un segundo en un transporte público.  

Hoy, cuesta abajo en la rodada como dijera el poeta en forma de tango, los chicos analfabetos y marginales, aspiran a ser ladrones o traficantes. No son capaces de leer ni multiplicar, pero aprenden -antes de dejar de ser niños- a manejar armas y cometer hurtos y rapiñas. No todos, por suerte, pero tantos que da miedo.

La economía, esa maldita que nos condiciona, parece haber impreso en la sociedad y transmitido más o menos subliminalmente, durante esos años de repentina bonanza (al más puro estilo del deme dos del argentino fanfarrón) la cultura del tener en desmedro de aquélla otra, la del ser. Que lo importante es tener, tanto sea el TV Plasma de 42 pulgadas como el celular de última generación, capaz de servir como GPS que se lleva por delante cuando se camina por las calles -o se conduce un automóvil- chateando, mensajeando, facebookeando o cualesquiera de los “ando” que nos regala la tecnología puesta al servicio de la frivolidad y la tontería. Tener la última de las zapatillas Nike es un derecho humano y su carencia es lo que provoca la frustración social y justifica la violencia y el delito.

A principios del siglo pasado, Florencio Sánchez nos regaló una obra de teatro que se convertiría en un ícono de la cultura uruguaya, pero también en un paradigma de uno de esos valores esenciales, el del ser antes que el tener. El tener era la consecuencia legítima y esperable del previo ser. “M´hijo el dotor” era la ilusión de los padres y la aspiración del hijo. Tanto el del abogado exitoso como el del obrero de la textil, cualquiera podía, en ancas de un poco de talento y un mucho de sacrificio, llegar a ser eso que luego le posibilitaría el tener todo lo demás, en primer lugar reconocimiento y prestigio, seguido de familia y vida segura y tranquila, para finalizar en la casa propia, el estudio de los hijos, una vejez digna. Allá, al final, si el premio alcanzaba para el autito, bienvenido pues. Si además, llegados los bienes de consumo, permitía el acceso al refrigerador, la lavadora y el calefón, tanto mejor. Nadie era menos que nadie porque en la casa faltara lo uno o lo otro y ningún adolescente podría sentirse discriminado porque sus zapatos (todos negros, de cordones y monótonamente iguales) estaban un poco mejor o peor que el de enfrente. El actual Presidente es un buen ejemplo de aquello. Hijo de obreros convertido en médico de nota y primer magistrado por voto popular.

Pero no. Aquellos eran valores pequeño burgueses. El hombre nuevo sería, además de nuevo, mejor, decían los festejantes de las variopintas revoluciones puestas de moda por los sesenta. Sin embargo, nada de aquello sucedió, y la ola de la cultura de masas y el consumo nos pasó por encima como un tsunami que aparece sin aviso.

Y ahora, henos aquí, desnudos como el Rey, con una economía que muestra su verdadera cara y gentes que viven en función de lo que quieren tener aunque no puedan, y saltearse las normas y las leyes convertida en una mala costumbre cada vez más tolerada. El PBI se estanca, las costuras empiezan a reventar y el Producto Culto Interno de Maggi toca sus mínimos históricos. La Economía muestra síntomas de enfermedad, pero antes, Cultura y Sociedad han ingresado a Cuidados Intensivos, con pronóstico reservado.

Una lástima. Es otra oportunidad perdida que se pagará con el elevado costo de generaciones desperdiciadas. Suerte que antes de que el Titanic se hunda podremos tomarnos una selfie para una improbable posteridad.

Aquí estamos y hacia allá vamos.

 

 

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.