Conversando con un buen amigo y gran lector acerca del top ten de los distractores que afectan la actividad literaria, concluimos que los chats de grupo de whatsapp encabezan la lista.
En medio de nuestro entretenido diálogo, caímos en la cuenta de que varios escritores en Panamá utilizan el celular solo para recibir llamadas. Algo extraño para la inexorable necesidad de inmediatez que nos bombardea a diario, sin embargo, es una decisión inteligente para no dejarse embelesar por el chat.
Mientras disfrutábamos entre risas al destacar algunos casos concretos, le sugerí convertirnos en los creadores de los “principios básicos y de sentido común para el uso correcto de los chats de grupo”
En primer lugar, se aconseja que si necesitas realizar una pregunta a alguien en particular debes comunicarte directamente con esa criatura de Dios y evitar incluir a terceros.
Y es que esto trasciende. Va más allá de revisar tu teléfono, enterarte de que tienes cien mensajes sin leer en alguno de tus grupos y que el 80% sean cosas banales.
Lo más lamentable es perderse esa noticia valiosa que fue absorbida por un acervo de galimatías.
—Chicas, deseo compartirles que mi papá es amigo de Vargas Llosa, quien viene la próxima semana a Panamá. Prepararemos una cena. Todo el que quiera asistir, me avisa.
En ese instante se inmiscuye ese personaje desenfocado que da un giro radical al asunto para averiguar dónde puede adquirir un blower de no sé cuántos watts, de iones negativos, que produzca viento de izquierda a derecha y que además tenga tratamiento incluido.
Para su fortuna, alguien con un “yo puedo asesorarte” sale al rescate a fin de responder el cuestionamiento precedente. ¡Enhorabuena!
Todos esperan que ambas personas apliquen la lógica y conversen en privado. Pero, por alguna razón deciden compartir sus ideas con todos los miembros del grupo de whatsapp.
—Amiga, yo tengo un super blower. Mira.
(Envía foto que ocupa la mitad del espacio)
—¡Wao! Me encanta. Ese mismo es el que necesito. ¿Reseca el cabello?
—Para nada. Al contrario. Si vieras el brillo que deja. Más resplandeciente que el lipstick que me compré en Nueva York.
—Tas locaaaaaaa. ¿Qué lipstick? Para ver.
—Mira
(Envía otra foto de alta resolución que acaba con la memoria de tu celular)
—Amiga, yo quiero uno. ¿Lo venden aquí?
—No. Pero, un primo de mi tío político va a New York, next week. Te paso su contacto 6555-5555. Se llama Marco Aurelio, pero le dicen Yeyito.
(¡Por Dios! Aparte de publicar datos ajenos, ponen al pobre hombre a comprar productos femeninos de los cuales no tiene la menor idea)
—Gracias. Voy a llamarlo. Besitos.
Segundos después, entra un nuevo personaje a escena. Ese que solicita la misma información cada dos días: el e-mail de Pedrito, la lista de precios, el logo de la empresa, el mapa con la dirección tal o lo que sea por lo que siempre implora.
—Voy –le responde un alma paciente.
(Manda foto que ya se ha enviado 8,500 veces)
Horas más tarde tú, una vez finalizas tus actividades digamos que fructíferas, revisas tu celular. Te percatas del caos que refleja tu pantalla y pones un alto a tu lectura superficial sobre blowers con iones positivos, negativos, protones, neutrones, electrones…
Lo ideal sería que ahí quedase todo, pero infortunadamente no ocurre así. El shock inicia cuando tu amiga decide llamarte para reclamar tu ausencia.
—¡Qué lástima que no fuiste a la reunión con Vargas Llosa! La pasamos super cool. Hasta nos compartió sus escritos inéditos.
—¿De qué estás hablando?
—Oye, del chat que dejé la semana pasada en el grupo.
Entonces tú, sin entender nada, empiezas a rebuscar entre las conversaciones, y en medio del recoveco de letras, encuentras la bendita invitación que fue opacada por las triviales tertulias de los desubicados.
Establece ciertas reglas dentro del grupo para que lo anunciado fluya y llegue a los miembros. Evalúa cuántas horas desperdicias consultando nimiedades.
La realidad es que nadie me ha invitado a ninguna charla con Vargas Llosa. Lo que sí es cierto es que debido a casos como los anteriores, he dejado de enterarme de información trascendental. ¡Qué horror!
Los memes graciosos que contribuyen al equilibrio del sistema nervioso, quedan excluidos de la presente crítica.
