Imaginada puerta a las Américas

Uriel Quesada

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Hace poco me invitaron a dar una charla magistral sobre un tema que, hasta ese momento, creía entender perfectamente: las conexiones entre New Orleans y América Latina.  He vivido en la ciudad por más de diez años, y con ella he sufrido sus más significativos desafíos,  cada uno responsabilidad de alguna institución o empresa: la ruptura de los canales en las calles London e Industrial al paso del huracán Katrina en 2005,  el derrame de petróleo del 2010 –tal vez se recuerde que la plataforma petrolera del Golfo de México que explotó en esa ocasión se llamaba “Macondo”, en homenaje a la novela fundacional de Gabriel García Márquez– y las dos administraciones del gobernador republicano Bobby Jindal, quien es responsable por imponer una de las políticas de reducción de presupuesto a las universidades públicas más devastadoras en todo el país.

Pero New Orleans es sobre todo una ciudad gozadora,  un lugar donde la gente fácilmente se reúne a festejar, aunque muchas veces los motivos de celebración no sean tan claros.  ¿Qué se recordará un cinco de mayo? ¿Acaso la independencia de México? ¿Por qué hay un encierro anual en honor a San Fermín?  ¿Cómo es posible que ese encierro –sin toros, pero con un grupo de mujeres en patines y cascos con cuernos que persiguen y dan fuetazos– haya atraído solamente en el 2013 a más de 18.000 participantes? ¿Por qué hay quienes llaman a New Orleans la ciudad más caribeña de Estados Unidos –a pesar de la clara competencia de los puertos de Houston o Miami– o la ciudad latinoamericana que se haya más al norte de la región? En este momento es cuando la tarea de identificar conexiones se vuelve más compleja,  porque en realidad cuando hablamos de New Orleans y el mundo hispano (o Latino, para ser inclusivos de zonas culturales que no son hispanohablantes)  estamos hablando de ciudades diferentes.  Hay una New Orleans histórica, hay una segunda muy cercana a la primera, pero independiente a la vez: la ciudad constantemente redefinida por el cambio geográfico. También hay una ciudad y sus leyendas, un sitio privilegiado por la imaginación de muchas personas.

uriel-quesada-columna-1-OtroLunes40La New Orleans que conocemos está profundamente enraizada en el pasado, a veces un pasado mejor, pero no siempre.  Louisiana estuvo bajo control español de 1763 a 1800. “Mientras que fungió como gobernador, de 1777 a 1785”, nos dicen Andrew Sluyter y colaboradores, “Bernardo de Gálvez reclutó tres grandes grupos de colonos. Unos quinientos andaluces de Málaga arribaron en 1779 para fundar New Iberia, a unos doscientos kilómetros al oeste de New Orleans. Otros cien andaluces llegaron de Granada en 1778, pero su asentamiento fracasó y la mayoría de ellos regresó a España. Entre 1778 y 1783, Gálvez trajo cerca de dos mil isleños directamente de Las Canarias. Ellos se ubicaron en cuatro aldeas para vigilar el acceso a New Orleans. Para entonces, la comunidad Canaria representaba un 15% de la población total”. Hoy en día, los descendientes de Los Isleños preservan la memoria de sus ancestros en un museo en Saint Bernard Parish y un festival que se celebra cada marzo.

Durante su etapa  española,  el gobernador de Louisiana se reportaba al capitán general en La Habana, y  tanto la legislación como muchas prácticas administrativas eran similares en ambas ciudades.  Por esa razón los Archivos Históricos de New Orleans conservan la segunda más grande colección de documentos sobre la Cuba colonial después de La Habana.

El siglo XIX marcó un intenso intercambio comercial y cultural entre la ciudad sureña y la isla del Caribe.  Incluso hubo algunos intentos de liberar a Cuba del dominio español que fueron orquestados en New Orleans.  Esas aventuras militares, sin embargo, no eran necesariamente generosas, pues respondían a la doctrina expansionista americana del Destino Manifiesto. Ahora bien, si tomamos un breve desvío  vale la pena mencionar a algunos distinguidos cubanos de la época.  Loreta Janeta Velázquez vino a New Orleans siendo una niña en 1849, se casó con un oficial de la armada  y cuándo éste murió,  ella se integró a la fuerzas confederadas vestida de hombre y con el nombre de Henry Buford. Sus memorias, The Woman in Battle, fueron publicadas en 1876.  Poco después, en 1882, José Martí viajó a la ciudad para asistir a un encuentro de boxeo. Escribió una crónica en la que New Orleans es retratada de una forma singular, no desde un punto de vista arquitectónico o tecnológico como ocurría con otros lugares visitados por el poeta.  Lo que Martí procuró hacer fue reflejar el espíritu de celebración de la ciudad, y el hecho de que la pelea era una excusa para el consumo y sus excesos.  El poeta escribe: “Las calles parecían corredores de casas; y el suceso, suceso de familia. Todo era chocar de vasos, hablar en voces altas, discutir en tiendas y plazas los méritos de los mozos, en cohorte ir a saciar los ojos avarientos en la espalda robusta, el hombro redondo, y la cadera desenvuelta de los atletas”.   Todavía hoy en día se puede encontrar una atmósfera similar: la vida de calle, el ruido,  un aire de placer que abre puertas insospechadas.

Martí regresaría en 1891 para escribir sobre el linchamiento de un grupo de italianos.  Esta vez contrasta la brutalidad del crimen con imágenes de una ciudad de ensueño: “¿Y ésas son las calles de casas floridas, con las enredaderas de ipomeas trepando por entre las persianas blancas, y las mulatas de turbante y delantal sacando la cesta india de colorines al balcón calado…?”  Como en su crónica de 1882,  Martí no puede esconder la fascinación que la ciudad le produce. Hay en su escritura atracción y repulsión a la vez, y un sentido de pertenencia que aparece retratado en detalles cotidianos y en la dinámica social.  No es desatinado decir que lo mismo ocurre hoy en día a muchos visitantes y recién llegados.  En New Orleans se encuentra belleza y fealdad, alegría y muerte, amor y crimen.  Por esa razón, Martí es quizás el primer escritor latinoamericano que construye una New Orleans mítica. No le da igual tratamiento a Coney Island, la cual fundamentalmente representa frivolidad; tampoco New York, el corazón de un nuevo orden mundial, donde el puente de Brooklyn representa no solo un significativo logro tecnológico, sino un aterrador poder político y económico. No, New Orleans, era diferente, aun cuando hubiera masacres  de extranjeros o desde ahí se organizaran proyectos a la sombra del expansionismo americano.

uriel-quesada-columna-3-OtroLunes40John Barry, en su magnífico libro Rising Tide,  resume lo que New Orleans fue hasta las primeras décadas del siglo XX: “Desde sus primeros tiempos como ciudad, New Orleans tuvo lazos muy cercanos con los centros financieros de New York, Boston, Filadelfia, Londres y París. Como resultado, antes de la Guerra Civil, basado en el ingreso per cápita New Orleans era la ciudad más rica de los Estados Unidos. En los años veinte seguía siendo por mucho la más rica en el Sur”.  Lo que Martí y otros encontraron fue una promesa gentil y a la vez contradictoria, y esa promesa incluía una entrada hacia los Estados Unidos más prósperos. Como nos dicen Sluyter y sus colaboradores, “los viajeros latinoamericanos en los Estados Unidos invariablemente llegaban o partían del puerto de la Ciudad de la Media Luna (como se le llama a New Orleans por la forma que el río Misisipi le ha dado), y reflejaban su personalidad liminal: desde su punto de vista,  un sector de la ciudad representaba una imagen de las posibilidades de modernización para sus propias repúblicas, mientras otro sector representaba una versión contaminada de la modernidad , corrupta por su prolongado contacto con los puertos del Golfo de México, el Caribe y el Atlántico Sur”.  En el antiguo mito romano, Jano es el dios que preside el acceso a las cosas.  Como se recordará, Jano tiene dos caras. El dios mira al futuro al mismo tiempo que mira al pasado. Una imagen similar viene a la mente cuando se piensa en New Orleans: un rostro mira hacia la modernidad y sus dones; el otro, a sus contradicciones; una cara presenta una perspectiva única de los Estados Unidos; la otra reproduce las prácticas colonialistas e imperialistas del país.

Un ejemplo de esta situación han sido las relaciones con Honduras. El intercambio entre la ciudad y el país centroamericano inició con el siglo XX, cuando Samuel Zemurray, también conocido como “Sam Bananas”, empezó a sembrar esa fruta a lo largo de la costa hondureña y compró la Cuyamel Fruit Company. En 1910, Zemurray, estuvo involucrado en un golpe de estado que favoreció al expresidente Manuel Bonilla quien a su vez fue depuesto unos años atrás y vivía exiliado en New Orleans.  A cambio del apoyo logístico y financiero, Bonilla le otorgó a Zemurray tierra para la expansión de sus plantaciones, así como mantuvo generosas exenciones  impositivas. Cuyamel Fruit Company fue vendida a la United Fruit Company de Boston hacia finales de los veintes. Poco después Zemurray compró esa empresa y la trasladó a New Orleans.  Sobre la influencia del comercio bananero, Sluyter señala lo siguiente: “New Orleans controlaba el comercio del banano y la política en Honduras, y la comunidad hondureña resultante de esta relación generó la reputación de ser la más grande en los Estados Unidos”. Hoy en día,  la más importante comunidad catracha en Estados Unidos vive en New York. En New Orleans, los hondureños, mexicanos y cubanos constituyen los grupos latinos de mayor importancia, pero la visilidad de los primeros  y su sentido de pertenencia todavía le dan a la ciudad el sabor de ser predominantemente hondureña.

Celebrando en Nueva Orleans la tradición mexicana del Día de los Muertos.

Celebrando en Nueva Orleans la tradición mexicana del Día de los Muertos.

Los números, sin embargo, muestran que el estado de Louisiana, en general, y New Orleans en particular no son parte de lo que el Pew Research Institute ha llamado,  el Nuevo Sur Latino, donde un impresionante crecimiento poblacional de la minoría latina ha cambiado la demografía de estados como Arkansas, Alabama, Georgia, North Carolina, South Carolina y Tennessee.  Lo que podemos encontrar son pequeños asentamientos y múltiples expresiones que retratan y representan distintas comunidades latinas.  Deberíamos también mencionar instituciones, principalmente de educación superior. El Stone Center for Latin American Studies de la Universidad de Tulane es uno de los más importantes en el país, y quizás en el mundo. La Biblioteca Latinoamericana de la misma universidad  es igualmente prestigiosa, y entre otros tesoros guarda uno de los archivos más importantes de documentos coloniales sobre Guatemala.

La Universidad de New Orleans (UNO) tiene su propio programa de Estudios Latinoamericanos, y la Universidad de Loyola tiene tanto un programa como un centro. En el caso de Loyola (donde yo trabajo),  el Centro ha estado enfocado a reforzar la relación universidad-comunidades, y ha buscado fortalecer a la población latina del área.

Lo que usualmente conocemos de una ciudad es una mezcla de ficción y realidad.  Lo que he procurado de mostrar, aunque someramente, es que New Orleans no es la excepción. La ciudad reproduce sus propios mitos  es un sitio que excede a sus habitantes, diría una amigamientras la realidad contantemente trae nuevas cosas y transforma aquéllas que se ya se encuentran ahí. Las conexiones entre New Orleans y América Latina son reales, pero no necesariamente como las imaginamos.  En todos los casos hay hechos históricos detrás de los mitos. Sin embargo nosotros, seres humanos al fin de cuentas, tenemos la necesidad de contar historias y las ciudades, en particular aquellas muy viejas, se prestan como repositorios de hechos y leyendas que nos permiten navegar el diario vivir. Podríamos caminar Saint Charles Avenue en el Uptown, pasar frente a la magnífica mansión de Sam Zemurray y dejar que nuestra imaginación se dispare por los vericuetos de lo que fueron los enclaves bananeros en Centroamérica.  O mejor nos vamos a Mid-City, donde hay una estatua de José Martí que siempre tiene flores frescas.  Si tomamos el tranvía verde muy temprano en la mañana, cuando las señoras de servicio –todas ellas latinoamericanas o afroamericanas—van hacia las magníficas casas de los barrios ricos, oiremos chismes jugosos de cómo viven quienes lo tienen todo. Es posible que algún amigo necesite hacer una reparación y se vaya a los estacionamientos de las ferreterías Lowe’s a buscar obreros inmigrantes.  Muchos de esos trabajadores ya tienen su camioneta  y todas las herramientas necesarias para hacer una reparación profesional. Dese el gusto de comer platillos latinoamericanos. Si usted es mexicano, inmediatamente se dará cuenta que la comida es similar a la que se ofrece en México, pero no es exactamente la misma. “Taquería Corona”, por ejemplo, es una cadena local fundada por un chef salvadoreño entrenado en Japón. El  “Taceaux Loceaux” es un camión de comida que ofrece tacos gourmet at estilo Cajun.  Cada sábado, Yolanda Estrada presenta Tiene sabor, en WWOZ (http://www.wwoz.org) en el que se pueden escuchar canciones populares cubanas,  especialmente de décadas atrás. Los sábados por la tarde, en la misma radioemisora,  Suzanne Corley anima un programa de música brasileña… La pregunta sería entonces, ¿qué hace de New Orleans una ciudad latina? ¿Es solamente su historia, su demografía o su propensión a vivir de los mitos que ella misma se ha creado?  ¿Será lo visible, como los restaurantes colombianos o salvadoreños? ¿O los campeonatos de futbol en los cuales los equipos se identifican por nacionalidades latinoamericanas?   Tal vez la respuesta resulta simple: encontrar nuestras propias conexiones, crear nuestros espacios y construir comunidad.  Con pasos básicos, y sin siquiera pensarlo, empezamos a escribir nuestra historia.

 

 

Este ensayo es una versión de la charla que ofrecí como orador invitado al quincuagésimo congreso de SCOLAS, Southwest Council of Latin American Studies, el 26 de febrero del 2016.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.