Sergio Galarza: tiempo de duelo

Edmundo Paz Soldán

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Hace cuatro años que leí por primera vez, en un café madrileño, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre (Montacerdos), del escritor peruano Sergio Galarza (1976), en una versión inicial. Había leído novelas (Paseador de perros), crónicas (Los Rolling Stones en Perú) y libros de cuentos (Todas las mujeres son galgos) muy buenos de Sergio, pero no estaba preparado para el impacto emocional de estas memorias sobre los últimos días de su madre, escrita con una prosa directa y concisa, sin afectaciones. Ahora que las he vuelto a leer, y pese a que el subgénero de los hijos que escriben sobre sus padres ha sido usado y abusado últimamente, descubro, entusiasmado, que no ha perdido nada de su poder. Nombres rutilantes han escrito sobre el tema en la literatura latinoamericana, pero este es el libro que más me ha llegado y que recomendaría.

edmundo-paz-soldan-columna-OtroLunes40Galarza se mete de lleno en la historia desde el primer párrafo: “Durante la madrugada había chateado con mi hermana Lupe que vive en Seattle, confirmando las peores sospechas: a nuestra madre, mi vieja, como la he llamado siempre con cariño al nombrarla frente a amigos y extraños, no le quedaba mucho tiempo. El cáncer estaba generalizado”. El libro se enfoca en ese período que va desde que Galarza se entera de la enfermedad de su “vieja” hasta el predecible final: tiempos de pensamiento mágico, en los que el autor cree que si hace ciertas cosas puede mantener a su madre con vida (“si mi equipo ganaba todos los partidos ella se recuperaría”); pero hay mucho más, pues el libro se abre a explorar los vínculos intensos del escritor con su madre –comenzando por esa infancia feliz en la que ella lo acompañaba a sus partidos de fútbol en la Lima de los ochenta, y era su hincha más “feroz”–  y las relaciones con su padre desapegado y sus hermanos Daniel y Lupe.

Una canción de Bob Dylan captura una verdad profunda de las relaciones afectivas: solemos fallarles con frecuencia a los seres que más queremos, precisamente porque los queremos y sabemos que de todas maneras estarán ahí para nosotros (“Le escribía correos de tres líneas como máximo, y más largos si le pedía un favor… Mi madre me reclamó una vez que no le hubiera dedicado ningún libro”). Galarza desgrana los momentos en que se avergonzó de su madre: ella, una abogada querida y respetada, tenía veleidades literarias, y él no estaba interesado en leer sus manuscritos; ella venía a visitarlo en Madrid –ciudad a la que él se muda para desarrollar su carrera literaria–, y él no la acompañaba a los lugares a los que ella quería ir. Es un excelente autorretrato, el del chico reacio a expresar sus sentimientos, que también es un rebelde dado a las drogas y a las peleas, un fanático del fútbol y del skate que sueña con ser escritor y se esfuerza por ocultar el lado explosivo de su carácter a una madre comprensiva que ha depositado toda su fe en él.

Galarza, ya convertido en escritor, reconstruye la visita de su madre a Madrid el 2009, la última vez que estuvieron juntos, gracias a una agenda de ella, “organizada y maniática”. Están todos los gastos y las visitas, y, sorpresivamente, la letra de una canción de Bob Dylan en la penúltima página. Esa canción es un símbolo del desencuentro: el escritor fanático de Dylan, que escuchó “Blowin’ in the Wind” con su madre en una carretera de Madrid a La Coruña, no sabía que ella, ya afectada por el cáncer pero sin decírselo a nadie ni intentando un tratamiento para salvarse o al menos alargar su vida (“aguantaría hasta que su cuerpo dijera basta y el secreto de su enfermedad se revelara por sí solo”), se estaba haciendo en silencio las mismas preguntas de la canción. Es un momento para la culpa, pero también el principio de la sabiduría.

Del Autor

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Edmundo Paz Soldán
(Bolivia, 1967). Escritor y profesor. Considerado una de las voces esenciales de la actual literatura latinoamericana. Profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Ha publicado las colecciones de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998), y las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río fugitivo (finalista en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo(2002), Palacio Quemado (2006, 2007), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011) e Iris (2014), con la que incursiona en la ciencia ficción. Es coautor, junto a Alberto Fuguet, de la antología de nueva narrativa latinoamericana Se habla español (2000) y con Gustavo Faverón de Bolaño salvaje (2008). Entre sus premios se cuentan el Finalista de Letras de Oro 1991 con Días de papel (Estados Unidos), el Premio Erich Guttentag 1991 por Días de papel (Bolivia), Premio Juan Rulfo, 1997 por el cuento “Dochera”, el Premio Nacional de Novela de Bolivia 2002 por El delirio de Turing, la Beca Guggenheim (2006) y Finalista del Premio Hammett 2012 (Semana Negra de Gijón) con la novela Norte.. Su novela más reciente es Iris (Alfaguara, 2014).