Cuando Luis XVI convocó los Estados Generales en 1789, ninguno de sus integrantes, ni nadie en realidad, podía imaginar que en dos años muchos de esos mismos integrantes estarían muertos, que se acababa una era y surgía otra.
En 1989 doscientos años más tarde, nadie pudo prever que en cuestión de meses el comunismo se derrumbaría.
Pero en ambos casos, uno violento y otro generalmente pacífico, las señales estaban ahí, como un mar de fondo, un zumbido, el bramido de una tormenta en el horizonte.
Luego del derrumbe del comunismo Occidente abrazó un capitalismo desenfrenado. La tendencia venía de antes, pero desde ahí se hizo ya dominante. Desregulación, desindustrialización, flujo de capitales…; en fin, la globalización.
Ahora este modelo hace aguas por todas partes. El fin de la historia de Fukuyama no es ya ninguna certeza, al contrario, lo que parece es que el modelo llega a su fin.
Las señales están ahí, un descontento creciente, una sensación de zozobra, de inseguridad generales.
La era que comenzó con la Revolución Francesa parece estar llegando a su fin. Pero las dificultades económicas, la emigración que amenaza con transformar radical y definitivamente el panorama europeo, la desaparición de la clase media, las guerras culturales, son la parte externa del fenómeno. Lo que no se menciona casi nunca es que las sociedades occidentales han dejado de ofrecer sentido a sus habitantes.
En su raíz el comunismo y las sociedades post industriales son hijos de lo mismo, la Revolución Francesa, la ilustración. La caída del comunismo fue la desaparición de uno de los lados dominantes que surgieron de las ruinas de la Revolución, el otro ha sobrevivido pero cada vez es más incapaz de ofrecer sentido.
Por otro lado, junto a la globalización ha habido una tendencia creciente a lo políticamente correcto, que va tomando cada vez más visos de una tiranía. Ha sido un proceso de ingeniería social que tiene muchos puntos en común con el comunismo. Destrucción de la familia, abolición de los géneros y de toda categoría tradicional, desacralización de todas las esferas de la vida y reducción del ciudadano a ente de consumo, Marx diría a mercancía, y diría también “todo lo sólido se desvanece en el aire”.
A esto se le suma una política exterior desastrosa. Las guerras de los diez últimos años han desestabilizado el Medio Oriente de modo trágico y han parido monstruos de extremismo y barbarie.
Las sociedades occidentales no son paraísos de bienestar, aunque el bienestar es indudable; son, por el contrario, sociedades alienadas, de individuos solitarios sin asideros a vínculos naturales y viendo como su futuro se hace incierto.
Pero las élites políticas, e intelectuales, no quieren tomar nota.
En Europa, Merkel insiste en su política de refugiados, algo que, desde el más elemental sentido común es la receta a la guerra civil, y la Unión Europea, es cada vez más y más percibida como una tiranía contraria a las naciones, herramienta de la agenda globalista y de los intereses financieros que produjeron la crisis; es incapaz de generar adhesión.
Pero, si en Europa es creciente el descontento, en los USA se aproxima a la revuelta.
El fenómeno Trump, Sanders y Cruz en menor grado, ha dejado perplejos a los analistas. Lo asombroso es que no vean que millones de ciudadanos están realmente frustrados y enfadados con el sistema y decididos a cambiarlo radicalmente; el hombre común siente que su país, y Occidente en general, están en peligro y que sus dirigentes son culpables.
El uno por ciento que tiene más riquezas que el resto, junto con los políticos y la media, las élites de la globalización, al igual que los nobles en Francia en el siglo XVIII, viven en su mundo y no parecen querer oír el tronar en el horizonte.
Debían hacerlo porque es evidente que lo que se está produciendo es una revolución, no se ha hecho violenta por las urnas, pero en cualquier momento puede serlo.
Y es evidente también que no es sólo la economía, sino que el experimento de ingeniería social (su lado más visible es la tiranía de lo políticamente correcto), empieza a tener una oposición real y tangible y a revelarse cómo lo que es, una aberración.
Recientemente el antiguo gobernador de Arkansas y excandidato republicano Mike Huckabee dijo en una entrevista a Fox News “Donald Trump representa derrocar al gobierno pacíficamente, el establishment republicano debería estar contento que se produjera con boletas y no con balas”.
Las élites siguen, no obstante, empeñadas en lo mismo, business as usual. También los nobles en la Francia Revolucionaria siguieron con sus fiestas y derroches y bacanales hasta que se vieron bajo la guillotina.
Debían recordar un poco la historia y darse cuenta de que estamos en tiempos de cambio antes que sea demasiado tarde.
