En 1937 llega a La Habana el poeta español Juan Ramón Jiménez. La amistad que se desarrolló entre él y Lezama es más que conocida y su Coloquio con Juan Ramón Jiménez –una erudita conversación entre el joven cubano y el poeta español- ha sido analizada desde diversos ángulos. En el Coloquio, no obstante ser de los primeros textos lezamianos, se brindan muchas interesantes aristas en cuanto a la teoría lezamiana de la insularidad, como punto de partida de la noción acerca del mito que nos falta. Más que una simple entrevista, la conversación entre los dos poetas refleja una teoría cultural, con fuertes raíces filosóficas, que Lezama está proponiendo. Por eso, insiste en conocer la opinión de Juan Ramón Jiménez de su propuesta acerca de la teleología insular: “ ‘Insularismo’ ha de entenderse no tanto en su acepción geográfica, que desde luego no deja de interesarnos, sino, sobre todo, en cuanto al problema que plantea en la historia de la cultura y aun de la sensibilidad”1.
La propuesta lezamiana va más allá de una simple finalidad de la Isla. Si bien no desarrolló la noción del mito ausente- aspecto que hay que tener muy claro en y acerca de los textos lezamianos- toda su obra es un tributo marcado al mito que nos falta. Un mito que sugiere como valor unificador de la cultura nacional, inicio y dirección para la reafirmación de una expresión mestiza. Erigiéndose como la figura que conoce cuál es su logos y su telos, Lezama plantea la posibilidad de salvar al país2 a través de la cultura, proponiendo un mito insular, cubano, católico, histórico y poético. No es de extrañar que en la conversación ensayística entre ambos autores, Juan Ramón afirme: “Yo creo que lo que usted me está ofreciendo es un mito”.3 Y, efectivamente, Lezama ratifica la hipótesis del español: “Yo desearía nada más que la introducción al estudio de las islas sirviese para integrar el mito que nos falta”4.
El mito que nos falta es, esencialmente, una fundación cubana que plantea Lezama desde la literatura. Esta idea, que sólo propuso pero que no volvió a nombrar y muchísimo menos conceptualizar, es la que retomo y nombro como el mito de la cubanidad concurrente. Un mito que cobija a la Historia junto al azar, la tradición, la metáfora, la expresión mestiza. Un mito que se conforma con una serie de elementos —giros lingüísticos, formas de educación, culinaria, leyendas— y que se puede apreciar a todo lo largo de su obra —en algunos momentos con mayor fuerza que en otros.
Paradiso es, por excelencia, la obra de Lezama donde mejor se pueden apreciar los elementos del mito concurrente. No voy a extenderme en este tema, que sólo retomo como punto de partida, porque hoy nos ocupa otro no menos interesante, relacionado directamente con esta conceptualización que acuño. Lo cierto es que, ya sea desde las páginas de Orígenes, Paradiso o cualquiera de las revistas que se conocen como del ciclo lezamiano, se puede apreciar, a veces balbuceante, en otras ocasiones de forma más contundente, la presencia del mito concurrente.
Orígenes se perfiló como una de las mejores revistas de su época y quien, desde la editorial del mismo nombre, logró dar forma a un proyecto literario nacional5. Entonces, una inquietud surgió, ¿Había otro proyecto similar a Orígenes en las revistas publicitadas desde sus páginas y que se editaban, por esas fechas, en el resto del continente? ¿Existía una preocupación genuina por los orígenes nacionales, la historia, la literatura, entre sus contemporáneas? ¿Y las revistas que no publicitó? Porque si bien Orígenes, en correspondencia con sus contemporáneas- recordemos que con algunas de ellas Lezama mantuvo lazos estrechos de amistad, ya fuera con sus directores o con algunos de sus asiduos colaboradores- dio a conocer en sus páginas gran cantidad de revistas latinoamericanas, otras no tuvieron esa suerte.
En pocas ocasiones se han reunido en un contexto latinoamericano tantas revistas de renombre y con objetivos tan similares. Efectivamente, la mayoría de ellas tenían caminos parecidos–porque lo expresaron en editoriales, cartas, entrevistas, plataformas, etc- o subliminales, por el tipo de preocupaciones que reflejaban en los textos que divulgaban. Todas, sin excepción y desde sus realidades, se preguntaban quiénes somos, hacia dónde vamos y qué podemos hacer por la cultura y la sociedad de nuestros países. Todas aspiraban a abrir sus respectivas literaturas al mundo.
Armada con estas interrogantes, inicié la investigación, revisando a fondo la revista argentina Sur; la peruana Las Moradas; las mexicanas Letras de México y El Hijo Pródigo; la puertorriqueña Asomante y las cubanas del ciclo lezamiano –Verbum, Espuela de Plata, Poeta, Clavileño y Ciclón. La exploración se ciñó, en el caso de las extranjeras, a la época en que salió Orígenes, es decir, sus 12 años de publicación. Si antes o después de esas fechas esas mismas revistas tenían un cambio en su plataforma editorial ya no era tema de la investigación. Porque se puede dar el caso de revistas que mantuvieron una actitud tibia o nula frente a los problemas de Latinoamérica y que después de estas fechas –o antes- si hayan tenido una posición diferente. Quería que cada una de ellas, desde su propia realidad, me mostrara, a partir de los textos que publicaron más que desde sus objetivos empíricos, la verdadera preocupación que tenían, ¿buscar las raíces de la nacionalidad en un casi agónico quiénes fuimos? ¿Hacia dónde vamos cómo país? ¿Podemos salvarnos apelado a las raíces y sin olvidar nunca los orígenes? ¿Y qué sucedía con revistas reconocidas –como la uruguaya Marcha – u olvidadas –como la dominicana La poesía sorprendida o la colombiana Mitos? Lezama no les dio publicidad en las páginas de Orígenes, no obstante su relación personal con algunas de ellas6.
Este viaje por América Latina y sus revistas propició un acercamiento único: hurgar en sus textos las problemáticas que lograron plasmar. Y así empezó el periplo que comparto hoy con uds. Por supuesto que no puedo hablar de todas, así que me enfocaré a dos casos: uno, mexicano y el otro, puertorriqueño.
América Latina ha estado signada, desde la conformación de sus naciones, por una búsqueda incesante de sus raíces idenditarias. Esta preocupación sociológica y cultural contribuyó a que los nacientes países, en el siglo XIX –una vez independizados de sus metrópolis- iniciaran una pesquisa dramática de sus orígenes y del rescate de las raíces de cada nación. En palabras de Ángel Rodríguez Kauth: “|Sería posible pensar que en «nuestra» América es más difícil alcanzar una identidad nacional a partir de la ausencia de mitos arcaicos -tanto de contenidos religiosos, como no religiosos- acerca de las epopeyas de fundación. En Europa cada pueblo tiene hasta una mitología particular. En América Latina dichas mitologías fueron apagadas o borradas con la sangre de los nativos. Freud (1939) sostiene que es absolutamente normal y necesario que los pueblos tengan estos orígenes de creencias comunes para dar lugar al sentimiento de nacionalidad”7.
Precisamente, el tema de los nacionalismos es el más recurrente en muchas de las revistas que surgen en el continente alrededor de los años 40 del siglo XX. Es por eso que la noción lezamiana del “mito que nos falta” y que trabajo hace años con el nombre del mito de la cubanidad concurrente, se relaciona intrínsecamente con la preocupación continental por asuntos similares. Puedo aseverar que en la obra lezamiana este mito aparece –eso sí, con altibajos- en toda su prosa –incluyendo los ensayos, las revistas que fundó y dirigió e, incluso, en muchos de los textos que publicó la editorial Orígenes- y alcanza su punto máximo en Paradiso, aunque también en Oppiano Licario se puede apreciar. La revista Orígenes, por su parte, tiene también, momentos cumbres en el tratamiento del mito, en los textos variados del propio Lezama, de otros integrantes del Grupo Orígenes y otros autores, todos cubanos. Pero, ¿alguien reflejó, de manera similar, una idea aproximada al mito de la cubanidad concurrente en Nuestra América?
En la búsqueda de tal noción me encontré ejemplos sorprendentes dentro de la obligada diversidad editorial. Comencemos, entonces, con Letras de México.
Fundada en 1937 por Emilio Abreu Gómez (1894-1971), Letras de México se perfiló como una gaceta o folletín que presentaba, fundamentalmente –como su nombre lo indica- el quehacer cultural del país en el momento pero sin desdeñar textos referentes a otros autores o literaturas, de política, acerca de la guerra de Europa y de teoría literaria. En palabras de Armando Pereira: “…Eso pretendieron los fundadores de la revista: moverse en el tiempo y en el espacio geográfico sin cerrar la puerta a cualquier posibilidad literaria que apuntara a la calidad8.
En un texto publicado en mayo de 1944 acerca de Perú y sus líderes indígenas, se puede leer: “Contribuir a la vinculación y al conocimiento recíproco de los países de América Latina debe ser algo que no se encuentre nada más formulado en el lenguaje sonoro de los diplomáticos: debe ser una tarea a la que es menester nos entreguemos con tanta pasión como responsabilidad”9.Estas palabras indican una preocupación continental por los nexos comunes entre nuestros países, que apuntan más allá de lo político o filosófico para englobar aspectos culturales, históricos, sociales. Una idea que encaja perfectamente en el espíritu que ya se preconizaba desde el siglo XIX y que también palpita en las obras de los origenistas.
En este mismo número aparece el cuento “Algún día serás nuestra hermana10”, que narra la vida sencilla de los indígenas mexicanos, en este caso los yaquis. La visión, que contrapone el mundo de los blancos y el de los yaquis, muestra una faceta social que todavía México no había superado, a pesar de los supuestos logros de la Revolución. Y deja bien en claro que hasta que esta discriminación social no sea eliminada será muy difícil resolver los verdaderos problemas de México.
Aunque enmarcado en zonas y personajes muy mexicanos, con un lenguaje autóctono y la manera de pensaren el paìs, el cuento va más allá del localismo para plantear un asunto que concierne a toda América Latina: la discriminación latente en todos nuestros países donde los problemas de los indígenas sobresalen aún en nuestros días. Y es importante señalar esta narración porque está mostrando formas de hablar, expresarse y ser que se pueden encontrar tanto en México como en cualquiera de los países de América. También aparecen narraciones similares en las páginas de Orígenes.
A partir de 1945, dirige la revista Octavio G. Barreda pero prosigue la misma línea editorial. Es por eso que no debe extrañar un cuento publicado en junio de 194511, terriblemente realista, que además de retratar la vida del campo mexicano resalta el habla popular de México: reteborrachos, harta agua, metates, comales. Esta recreación de la realidad en sus formas de hablar y giros populares es también una constante en otras revistas de la época, incluyendo los cuentos memorables publicados en Orígenes. Y es que en las formas del habla de un pueblo- y en sus comidas- descansa su identidad más marcada, aspecto este que la revista lezamiana recrea en muchas de las narraciones que salen en sus páginas.
Hay algo muy interesante en Letras de México y es la presencia de intelectuales cubanos y sus trabajos en sus páginas. Y no es sólo por el hecho de que podamos enumerar, en cantidad, autores y textos sino por la calidad que representan los trabajos, máxime cuando involucran a varias generaciones de escritores cubanos y no únicamente a los origenistas. Nombres de peso en las letras cubanas participan con ensayos, poemas, como es el caso de José Antonio Portuondo (1911-1996) o Mirta Aguirre (1912-1980). Mención aparte es la del ensayo de Manuel Moreno Fraginals12 sobre la negritud en México, tema poco analizado porque la influencia indígena siempre tuvo más importancia en los estudios sociológicos mexicanos. Pero son muy significativos, como bien señala Moreno Fraginals, los aportes religiosos del negro africano en México –que aún hoy en día se pueden apreciar en muchas regiones del país- y el proceso de mestizaje que conllevó esta presencia en México. En este sentido, se aproxima a los textos que Orígenes publicó en torno a lo africano en la vida cubana. Porque aunque se soslaye el tema en algunas publicaciones, no se puede negar la enorme influencia que en América ha tenido la cultura africana. Las nacionalidades americanas son mestizas, hijas de la combinación multifacética de varias culturas. El propio mito concurrente da importancia prioritaria a los mestizajes y sus valores en la cultura total de un país. En este sentido, al colocar sobre la palestra crítica el tema de la cultura africana y sus influencias, resaltando el papel del mestizaje, volvemos una vez más a la idea lezamiana –planteada desde el Coloquio– que lo importante es la cultura resultante. No existe ningún otro texto sobre el asunto y es muy significativo que sea un cubano el que llame la atención sobre el tema pero sí existen otros estudios de esa época que señalan la preocupación sobre la materia13.
Un elemento que llama poderosamente la atención es la relevancia que presta Letras de México a la plástica cubana. Esta propicia, entre la intelectualidad mexicana, una mirada de respeto. La crítica admite las influencias que México ha tenido sobre los pintores cubanos pero se siente admirada por la voz que ha adquirido la pintura de la Isla. En el texto “Pintura cubana en México”, acerca de una exposición colectiva enviada desde Cuba –con obras de Abela, Mariano, Portocarrero, Amelia, Víctor Manuel, es decir, lo más representativo de la vanguardia cubana, muchos de ellos colaboradores de Orígenes– su autor afirma: “Allí vimos esbozado un movimiento artístico nacional”14. También del mismo autor aparece “Alfredo Lozano, escultor cubano15”, en el cual se muestra la admiración hacia las obras que se producen en la Isla.
En el caso de la literatura, los textos publicados a autores cubanos –de los origenistas hablaré en este caso- son mayores. El primer origenista que publica en Letras es Cintio Vitier, cinco poemas que abren el camino a publicaciones posteriores16. El propio Lezama publicaría dos poemas en 194617, página que compartiría con Mirta Aguirre y su “Elegía” y Cintio de nuevo ese mismo año con “Me mira” y “Rapto”18, compartiendo página con Octavio Paz. Estas serían las apariciones origenistas en la revista pero no son relevantes en cuanto al mito concurrente.
El acercamiento con Cuba y sus intelectuales, su literatura e historia no se detiene en estos textos. En 1945, el escritor mexicano Andrés Iduarte (1907-1984) mereció el premio anual que otorgaba la revista por su libro Biografía crítica de José Martí, lo cual era el mayor homenaje que se le podía conceder a Cuba: si Orígenes dedicó todo un número a México, Letras de México concedió su premio anual a un trabajo dedicado al Héroe Nacional. Ambas actitudes hablan por sí solas.
Por lo tanto, aun cuando el objetivo fundamental de Letras de México era fomentar los valores nacionales –viejos y nuevos- queda claro que rebasa con creces su alcance , al lograr insertar visiones latinoamericanas de literatura y plástica. Las relaciones entre Cuba y México –su intelectualidad y sus revistas- eran muy estrechas y apuntaban a una estrategia común de búsqueda de identidades, partiendo de lo nacional. Todo señala a una preocupación y admiración mutua por el quehacer cultural, que se ve reflejado por el intercambio entre sus artistas.
Orígenes y Letras de México conforman intereses comunes. Si bien no existe un proyecto similar al del mito concurrente en las publicaciones mexicanas, es cierto que el afán por preservar los valores nacionales y dar a conocer lo propio prevalece. Pero, ¿acaso hay un suceso similar en el continente? ¿Alguna revista todavía más cercana a Cuba?
La situación política, social y cultural de Puerto Rico en 1945, año en que surge la revista Asomante, no era exactamente la más propicia. Como protectorado de Estados Unidos, el movimiento cultural boricuo tenía ante sí la enorme tarea de proteger lo autóctono –idioma incluido- y darse a conocer al mundo. En estas circunstancias, Nilita Vientós Gaston (1903 – 1989) se dio a la tarea no sólo de fundar la revista sino de realizar labores de difusión cultural. En el año 1946 se decía en la Editorial
Según expusimos al iniciar la publicación, el propósito de la revista era tratar de llenar una de las más inexplicables y vergonzosas lagunas de nuestra vida cultural: la ausencia de una revista literaria, el más eficaz medio de comunicación entre los espíritus de selección –fijadores y renovadores de las normas que dan estilo a una cultura –de los diferentes países. Nada puede igualar en este sentido a la revista, sobre todo en un país como el nuestro, pobre, pequeño, aislado, de modesta tradición cultural y carente de significación política. Es el mejor medio de conocerlo mejor y de ayudar a la comprensión y depuración de lo nuestro”19.
Estas palabras están definitivamente relacionadas con la idea lezamiana de la salvación nacional a través de la literatura. La situación política de los países latinoamericanos es muy similar, aunque en el caso de Puerto Rico se hace crítica por la presencia directa de Estados Unidos. No obstante, la noción de la necesidad imperante de salvar la tradición nacional, la idiosincrasia, sin obviar jamás las manifestaciones populares, es el mismo proyecto que traza Lezama con otras palabras. Ambas se funden y se nutren en una doctrina similar donde la idea de una teología insular no es más que la búsqueda – un poco más católica en el Grupo Orígenes, qué duda cabe- de la identidad y de salvar a la cultura y al país. La situación geográfica y cultural de Puerto Rico, tan similar a la de Cuba, propicia también muchos acercamientos. Desgraciadamente, el granito de arena que pusieron en su empeño salvador tanto Orígenes como Asomante no logró los frutos deseados, sólo un estado de iluminación que condujo, a ambos países, a abrir las puertas al mundo. Por un instante de la historia literaria de nuestro continente, el mundo entró a nuestras salas y los olvidados pueblos latinoamericanos entramos a la de ellos gracias a la labor de todas estas revistas “¿Por qué el título de ASOMANTE. Por dos razones: por ser el nombre de una elevación de nuestro país, “la cuesta del Asomante” y por el bello sentido, tan preñado de contenido del vocablo”20. Efectivamente, asomante es el que se asoma, pero en este caso no sólo al mundo: se asoma y mira su propia realidad y su espacio interior; su pasado, presente y futuro.
Como ya he dicho, Asomante lucha denodadamente por defender la identidad de Puerto Rico, el español, las formas del habla, las leyendas y todo tipo de tradiciones. Es por eso que en sus páginas se publican muchísimos textos que aluden a salvaguardar el idioma español, cada día más amenazado por el avance del inglés. Esta es una preocupación que no ha quedado en el pasado porque todavía, en esta época, es una constante isleña. En palabras de María Tersa Babín de Vicente, en el número 1 de Asomante “El agudísimo problema de la lengua constituye el eje de todo el desequilibrio cultural que nos preocupa en Puerto Rico”21.
Con estas preocupaciones en torno al lenguaje establece la revista una línea inédita de pensamiento, diferente al resto de sus colegas americanas. La influencia cultural norteamericana sobre la isla es notoria. La lucha de todos los factores involucrados es por salvaguardar la identidad puertorriqueña. En este sentido, Asomante libra una batalla enconada por mantener el idioma español y detener, de alguna forma, la pérdida de los valores identitarios puertorriqueños. “Lo malo no es que dejemos de ser lo que hemos sido, lo que veníamos siendo o íbamos camino de ser…Lo verdaderamente desesperante y desconsolador sería…[que] nos anonadáramos del todo, nos descompusiéramos en algo menos que nada. Y esto es lo que parece estar pasando: adaptación al limbo de la burundanga y la mogolla”22.
Es por esta razón que en muchas ocasiones la revista es francamente folklórica, copiando formas de hablar boricuas, ya sea en cuentos, poemas, obras de teatro o ensayos. Se convierte, entonces, en una mera descripción de paisajes –como en “Pueblito de antes”- con simples estampas pintorescas, bucólicas casi, impregnadas de un gran hálito de añoranza: el pueblo, el cacique, el cura, el maestro, etc. Se revela lo cotidiano de un pueblito del último tercio del siglo XIX sin afán de denuncia social o propuestas para variar la situación: el objetivo es resaltar esa vida cotidiana, esa patria pequeña. En este sentido, se aleja de la proyección lezamiana porque Orígenes trata de no caer en un folklorismo chato aunque en algunos cuentos o en el caso específico de las narraciones de Lydia Cabrera que aparecen en sus páginas sí se alude a asuntos meramente cubanos pertenecientes a su rama más folklórica. Lo mismo ocurre con un cuento que publica Asomante en 1951 también con temática del XIX, “El fondo del aljibe”23: una narración inocente y cruel, con una manifiesta denuncia social a la discriminación y la ignorancia; con hijos fuera del matrimonio entre padres blancos y la servidumbre negra. Más allá de un tema muy común en la literatura latinoamericana –y su final inesperado- el cuento sobresale por su vocabulario netamente puertorriqueño: funche, guabá, bagaso [sic], trapiche (usado en todo el Caribe), garroche, sorullo, etc. Una vez más, se ponen en relieve formas propias del habla del país con el objetivo concreto de colocar en primer plano lo propio.
La participación cubana o los temas dedicados a Cuba se hacen notar. En primer lugar, está el texto de Fernando Ortiz “La bomba de Puerto Rico»24 donde se realiza un análisis del origen histórico y etimológico de la palabra bomba. El sabio cubano hace un recorrido por las acepciones en Brasil, Argentina, Cuba. El término lo presenta siempre haciendo énfasis en su procedencia africana. Este tipo de textos ilustran la unidad lingüística del continente y el uso de vocablos afines, así como la historia musical que une a nuestros pueblos. Los origenistas, por su parte, hacen acto de presencia con textos del propio Lezama, a quien se le unen Cintio y Fina aunque ninguno de los escritos alude a ningún tema afín con la identidad y la cubanía. Es sorprendente la red que logran establecer la mayoría de estas revistas entre ellas –exceptuando Sur y Las Moradas, que tienen sus características propias- mostrando unidad de pensamientos, objetivos y lazos entrañables de amistad que, en ocasiones, fueron más allá de lo meramente literario.
No es de extrañar que la revista dedique un número a José Martí en 1953, año del centenario de su natalicio. Tal y como hizo Orígenes en su momento con México y México con la figura del Héroe Nacional en muchos de sus espacios, Asomante rinde tributo al hombre que soñó y luchó por la libertad de todo el continente y que se enfrentó, con su pluma y con su vida, a las ideas de Estados Unidos. Nada tan coherente con la línea de la revista que hacerle un homenaje a Martí pero sólo se hace énfasis en el escritor y no se establecen relaciones con su obra política que tanto tenía que ver con la realidad puertorriqueña25.
No se puede ver a Asomante con un prisma idéntico al de Orígenes pero sí es muy parecida la lucha que libra, desde sus páginas, por la identidad nacional. No hay, efectivamente, la búsqueda del mito concurrente o algo cercano. Pero, al igual que sus contemporáneas El hijo pródigo o Letras de México apunta a intereses nacionales similares en el continente.
El mito concurrente es, en su concepción nacional y continental, único en sus apreciaciones y proyecciones. Asomante logró, en sus años de vida- largos años de vida- y en el esfuerzo de Nilita, dar a conocer lo mejor de la literatura boricua, así como resaltar preocupaciones genuinas por una cultura identitaria que se apagaba ante los avances de Estados Unidos. Y en esta lucha, el rescate del idioma, con sus giros autóctonos, representaba un papel fundamental. No sólo se asomaron al mundo, sino que supieron imponer su valor como nación latinoamericana. Y eso es también, qué duda cabe, uno de los valores incuestionables de todo el proyecto cultural de Lezama.



