I
Visto en términos generales, un escritor es nada menos que un intérprete sensible e imaginativo de la experiencia humana, de los avatares cambiantes de la sociedad, de los intríngulis de la vida misma, quien a través de un empleo singular del lenguaje y una intencionalidad dosificada y eficiente revela en sus obras tanto los escenarios exteriores de lo real como los claroscuros de la intimidad. Y lo hace de ida y vuelta al entrar al flujo creativo y, ya reconstituido, volver a sus más íntimas raíces, de forma original, irrepetible y conmovedora, sin renunciar a la imaginación, cuando de un verdadero artista de la palabra escrita se trata.
Comienzo por afirmar, de forma contundente, que todo escritor literario que se respete aspira a ser un artista y, por supuesto no sólo desea que su empeño se logre sino, también, que se note. Quiere que sus obras participen de esa difícil perfección en la que forma y fondo se funden y confunden de tal manera que se vuelven inseparables. Y sin embargo lo que prevalece en el artista literario es siempre, en un primer momento, la intuición y el deseo impostergable de plasmar vivencias reales o imaginarias con fuerza y autenticidad: en la prosa narrativa, el deseo inexorable de crear historias con tramas verosímiles –situaciones, personajes, uso singular pero adecuado del lenguaje, manejo impecable de técnicas–; y en la poesía, sentimientos, emociones e ideas expresadas mediante un lenguaje inesperado pero altamente decidor en la perfecta construcción de su aparente sencillez o en la más trabajada sofisticación semántica de sus densas propuestas mediante imágenes, según sea el caso.
¿Qué hace un artista? Crea. Urde un entramado en torno a un concepto, y lo hace mediante una determinada visión de mundo. Da sentido al caos anterior, lo ordena a veces. Tratándose de un escritor, plasma en la página en blanco –en la pantalla— algo que no estaba ahí, que antes simplemente no existía. Algo creado, original, personalísimo en su concepción, hecho de palabras que al combinarse de cierta manera y con determinada intencionalidad dan como resultado una cierta significación. Algo que sugiere, mediante la descripción de detalles de muy diversa índole, la narración secuencial o atemporal de sucesos, la exposición abierta de ciertas ideas, la intercalación oportuna de algún diálogo o del fluir de la conciencia en un personaje, entre muchas otras posibilidades; la presencia de hechos o momentos pivotales para el desarrollo de la historia central, los cuales han cobrado vida y ahora forman parte de un contexto mayor, del que el creador sólo expone fragmentos de lo principal, dejando a la imaginación del lector buena parte de lo demás.
Y sin duda hay una suerte de magia en la habilidad con la que un buen escritor combina sus intuiciones, conocimientos y técnicas para causar determinados efectos, pero siempre en función de lo más profundo o raigal que desea exponer, recrear, denunciar o celebrar como dando lugar a una especie de sutil apertura –aperitivo o abrebocas– que nos haga entender una realidad mayor que está encubierta o que suele ser más compleja, pero que sin embargo ya existe incrustada en el meollo mismo de lo narrado por el cuento o la novela en cuestión.
Y es que el escritor está desprendiendo de su ser, de sus vivencias más atávicas o, por el contrario, más cercanas en el tiempo –pero también de las entretelas de la imaginación, que recrea a su manera y añade o completa lo que le falta a la realidad recobrada–, una serie de escenas o personajes (en las obras narrativas) o de sensaciones y sentimientos (en la poesía), que habrán de tener una vida propia, independiente, capaz incluso de torcer el rumbo original que pensó para ellos su creador, y poco a poco irse forjando a su manera, como si lo creado adquiriera una inusitada libertad en un momento dado y fuera capaz de volar con alas propias; lo cual a menudo, sorprendentemente, en efecto logra hacer, dejando atrás la prisión de la metáfora.
Lo importante, en todo caso, es que la creación –para que sea genuina y duradera– surja de una necesidad de expresión auténtica, personalísima, irreprimible; y que se vaya dando de acuerdo a ideas y emociones que se mezclan formando imágenes que se objetivan mediante ciertas combinaciones afortunadas de palabras que el escritor consigue integrar. Dicho de la forma más sencilla posible, esto es lo que suele acontecer cuando se escribe, si bien los desgarramientos y los momentos de honda exaltación también ocurren cuando la vivencia, real o imaginaria, es profunda.
No deja de ser sorprendente, sin embargo, el hecho de que se dé el proceso inverso en el acto de la lectura, la cual es un paulatino desciframiento de significados literales y de sentidos sugeridos que las palabras van denotando y connotando a medida que la lectura prosigue, de tal manera que quien lee va formándose ciertas imágenes en el cerebro, a la vez que sintiendo que lo afectan en su alma, para bien o para mal, determinadas emociones ineludibles como consecuencia de cómo interpreta lo que lee. En este sentido, podría afirmarse sin exagerar que leer no es más que reescribir mental y emocionalmente mundos ajenos apropiándonoslos.
Escribir de modo creativo es, entonces, una manera de completar el mundo, de añadirle significados que seguramente antes no estaban ahí porque no habían sido pensados o sentidos por nadie de la forma única en que ahora lo son. También es una manera, sin duda maravillosa, de explayar la imaginación, permitiéndole ser ella misma sin tapujos, del todo libre e inventiva, hallar sus propios límites, intentar romperlos, para poner de relieve lo que en el mundo de las posibilidades podría ser, pero que el escritor maneja cotidianamente como si fueran hechos tan reales y tangibles como la tosca silla en la celda de un monje o la figura de un niño dormido en su cuarto, figuras que simultáneamente son capaces de poblar con su verosimilitud una misma escena superpuesta o varios segmentos secuenciales de alguna obra suya o ajena.
Igual sucede con los sueños. Porque si la ensoñación es por definición el momento del soñar –imaginar— despierto, soñar dormido es el lapso en que, en otro nivel, pero pareciendo tan real como el estrato primario original, todo será también posible, por más disparatadas que puedan parecer en su momento las escenas soñadas. Y el escritor, cuando le conviene, echa mano de ambas vivencias –o sólo de una– con el mismo compromiso de plasmación de realidad que en su obra tiene cualquier otra de sus escenas. Lo que importa, finalmente, es la naturalidad con la que se presenten, el grado de verosimilitud que el autor logre imprimirles. Y eso nada más lo da el talento; y por supuesto, un largo aprendizaje en el que la disciplina que proviene de intentos escriturales previos y el hábito de la buena lectura resultan fundamentales.
II
Decía Stéphane Mallarmé (1842-1898) que todo existe para convertirse en libro. Exageraba, claro. Pero los escritores sabemos bien que ese díctum del célebre poeta francés no estaba tan lejos de la verdad; o al menos de la certeza que no pocas veces tenemos los hacedores de mundos de ficción, en el sentido de que cualquier cosa que alimenta la realidad y es percibida de cierta manera por el creador, es susceptible de transformarse en literatura sabiendo manejar adecuadamente los ingredientes que, estando en el inicio de la experiencia humana, pueden llegar a poblar también, a su manera, la obra literaria. Pero hacerlo a la manera de la obra misma, se entiende; que no es más que una mezcla imprevisible de la voluntad de estilo del autor y de la necesidad del hecho narrado de convertirse en una genuina realidad estética, con vida propia; autónoma y autosuficiente.
Para ello, sin duda, es menester que el escritor posea una fina intuición cercana a la capacidad de ósmosis que tienen algunas plantas, así como una mentalidad forjadora de ese tipo peculiar de filosofía que al interpretar produce enlaces múltiples propios y derivaciones sin fin a manera de respuestas; y, por supuesto, un fino y aguerrido oficio literario que más que artificio aprendido en batallas ajenas, sea una permanente manifestación de honda sabiduría. No de otra forma procede y se articula, en su esencia, el proceso creativo.
A medida que va surgiendo la obra mediante frases que irremediablemente portan ciertos significados, se van dando una serie de modulaciones que acumulan información y, a su vez la sintetizan. En un cuento, éste sería el proceder de las secuencias que, una tras otra, van armando una historia. Una historia en la que, lógicamente, pasan cosas. Cosas que sin duda tienen consecuencias y cuyos componentes anecdóticos ejercidos por ceñidos personajes habrán de desembocar en algún momento en un conflicto que, a su vez, desate, más temprano que tarde, un desenlace. En la novela, en cambio, si bien los ingredientes suelen ser similares a los que componen el cuento, los procedimientos son, literalmente, otro cantar. Lo cual en este contexto significa en realidad “otro contar”. Porque en la novela cada suceso exige ser ampliado, dotado de un desarrollo –que en teoría puede ser infinito–, lo cual propicia una multiplicación de temas, situaciones, personajes, atmósferas y a menudo técnicas narrativas, que brotan del tronco como ramas en expansión henchidas del gozo de la vida. Así, el afán de síntesis y economía de recursos que le es consubstancial al cuento es urgencia de crecimiento y variedad a todos los niveles en la novela. Ambos géneros narrativos cuentan historias, pero la pluralidad que al cuento le es negada por voluntad propia de su naturaleza íntima de caracol o de apretada nuez, nace prendida a cada célula de la novela porque son muchas sus raíces, como diversos serán también sus infinitos vuelos.
En todo caso, quien crea ficciones –cuentos o novelas– ingresa a un mundo no de copias o calcos, no de fotografías estáticas, no de simples reproducciones, sino de movimiento perpetuo y mutaciones y trasmutaciones sin fin. Y, paradójicamente, se trata de un mundo que no ocupaba antes un espacio ni un tiempo, ya que las palabras que lo nutren son generadas por el escritor imbuido de una suerte de estado de gracia que habrá de sostenerlo mientras dure su avatar artístico. Así, tanto el cuento como la novela, cuando se han concluido, se añaden al mundo completándolo, imprimiéndole nuevas aristas, nuevos valores, una manera que antes no existía de ser parte de la realidad real.
Por tanto, cada nueva obra que nace de las manos de un autor moldeada por el barro de sus palabras convertidas no sólo en plasma semántico nutricio sino en un tipo de vida virtual que el lector absorbe como materia prima reconstituida hasta convertirse en una auténtica experiencia vital, es una contribución que hace el escritor al enriquecimiento de la experiencia humana total: la sensibilidad y la imaginación se expanden ampliando sus horizontes; el conocimiento crece; la inteligencia se consolida; el placer intelectual logra un nuevo nicho en donde invernar indefinidamente. Y esto suele ser cierto cuando la obra está bien lograda, con independencia de los temas abordados y de que se comparta o no determinada visión de mundo, ideología o actitud estética de su creador, pues el arte, cuando realmente lo es, posee una cualidad didáctica encubierta, una sutilísima necesidad de asimilación que no discrimina a sus receptores.
Por supuesto, el gran dilema, planteado durante siglos por los estudiosos, es cuándo una obra –literaria o de otra índole– puede en verdad considerarse arte. Este tema no sólo es harina de otro costal, sino que no tiene respuesta concluyente, ya que depende en buena medida de la forma en que la percibe y asimila el receptor, de su formación y sensibilidad, de sus propias vivencias pasadas y presentes, y de su específica actitud frente a cada obra. Por tanto, enfrentarse a la lectura de un cuento o de una novela (para no hablar aquí de otros géneros literarios o artísticos en general), implica un acto de fe, una generosa entrega, que sorprendentemente no es muy diferente a la entrega que, imbuido en un estado de gracia intelectivo al momento de crear, toma posesión del escritor y lo va guiando por los meandros e intersticios de la experiencia humana a través de la imaginación, dejándose permear por la aventura, abierto a absolutamente todo. Hasta que poco o mucho tiempo después (dependiendo de si se trata de un cuento o de una novela) el creador siente –presiente— que su labor ha concluido. Sólo en ese momento el auténtico escritor se siente realizado.
Si pulir el texto es una tarea de resistencia, que debe ser meticulosa y vasta, y que es preferible que ocurra cierto tiempo después de que se han calmado las aguas de la creación; si la autocrítica debe ser lo más objetiva y férrea posible, sin concesiones, buscando sólo la perfección de la obra, la ausencia de fisuras conceptuales o formales; y si en rigor habría que tratar de hacer este trabajo casi como si se tratara de una obra ajena, con ojos fríos, sabios, idealmente algo semejante espera el escritor consecuente de parte de un lector atento, entregado, fiel: al principio, dejarse llevar por la emoción y el intelecto mientras va leyendo en estado casi virginal, en una especie, también, de estado de gracia; pero en un segundo momento –ojalá en una segunda lectura— ser mucho más exigente, puntilloso, crítico, para así al final, sin prejuicios, poner en la balanza sus gustos y las propuestas del autor, y como si tuviera que darse a sí mismo un fallo o dictamen, en última instancia proceder en consecuencia con la formulación de sus propios juicios de valor.
III
¿Quién dice que no es posible que ocurra cualquier cosa, incluso los malabarismos literarios más sorprendentes, una vez estamos inmersos en el inconmensurable ámbito de la ficción, siempre y cuando se logre una dosis suficiente de verosimilitud? Los imprevisibles laberintos de la escritura, como los de la realidad, admiten todo lo razonable, y hasta lo irrazonable y descabellado, siempre y cuando sus avatares le resulten auténticos tanto a quien crea la obra como a quien la vive a través de la magia de la lectura. Además, es sabido que hay un punto, sutilísimo, en el que los grados de realidad y de irrealidad se funden y confunden, y ya no es posible diferenciarlos; y esto es aplicable a la sencillez pero también a la densidad de la experiencia humana que alimenta a la ficción literaria tanto como al acontecer cotidiano mismo del cual aquella procede.
Una buena novela, como todo buen cuento, participa de estas premisas fundamentales; es más: éstas son las reglas del juego que explican y justifican su mismísima existencia. Para ello, las experiencias vividas, los acumulados conocimientos, la fuerza de la imaginación y el dominio del oficio escritural resultan indispensables, y sólo un creador de talento logrará combinarlos con la adecuada dosis de eficiencia y credibilidad. De otra forma, escribir sería un acto ocioso e intrascendente, y para el novelista o cuentista el diario vivir no pasaría de ser una experiencia rutinaria y pasajera. Esto es así porque quien crea genuinas obras literarias en más de un sentido vive en función de su arte y escribe en aras de interpretar a fondo la vida y trascenderla.
En el reino de la ficción no hay diferencia alguna entre la sinrazón y la lucidez cuando los comportamientos y las angustias, los ideales y las fobias, las acciones realizadas y las imaginadas, justifican que un personaje oscile en su mente o con sus actos entre estos dos estados de conciencia, que no siempre pueden verse como polos o extremos de una manera de ser. De igual forma, la ambigüedad y las contradicciones pueden ser parte indisoluble de situaciones que se manifiestan en novelas y en cuentos en los que el autor, creyendo manipular los hilos creativos, termina siendo manejado por la actuación inconsulta de sus personajes. De ahí que no sea infrecuente escucharle a los escritores la expresión “se me fueron de las manos” con respecto al desarrollo de determinados personajes, quienes al igual que no pocas veces ocurre también con sus epígonos humanos, hacen su voluntad sin medir las consecuencias. Es como si, impelidos por un impulso individual, único, unos y otros se rebelaran contra sus creadores o frente a un supuesto destino previamente trazado para ellos, y terminaran siendo, literalmente, como se les pega la gana.
Si por definición resulta imposible no vincular el término “ficción” a la idea de mentira, farsa, invención, simulacro o engaño, esta acepción sólo puede entenderse así en relación a conceptos extraliterarios como “verdad” y, a veces, “realidad”. Es decir, que para el común de las personas, frente a lo que es cierto o factual, la ficción vendría a ser una especie de falsificación, incluso de desvalorización de lo que se tiene por indudablemente real. Y esa verdad o realidad, como punto de comparación y contraste, siempre está “afuera”, más allá de la obra literaria, en un plano de certeza no sólo confirmable siempre sino incluso paradigmático. Pero resulta que en la práctica, en el mundo exterior, en el mundo que se tiene por “real”, no existe “realmente” tal certeza, tal realidad “real”, sino una cambiante y muy personal percepción de su condición o naturaleza. Porque el mundo –sus infinitas manifestaciones– suele ser visto, sentido y pensado, por quienes en efecto lo viven, como un ente fluido, maleable, perfectible. Además, cada quien lo vive a su manera. Exactamente como viven los lectores las obras de ficción que, con la inmediatez e intensidad de muchas de sus historias, los atrapan y obligan a sentir y a pensar.
Es fundamental entender que un buen escritor es un artista que aspira a la perfección sabiendo que ésta no es totalmente posible, que siempre habrá fallas, grietas, fracturas, imperfecciones. Igual que sucede con los seres humanos en la cotidiana inmersión en sus vidas. Es más, la ficción, como la vida misma, está hecha, precisamente, de una serie de fisuras conceptuales y de honda o trivial vivencia individual o colectiva, que las convierte en alteregos la una de la otra. En este sentido, la ficción bien entendida no es más que la otra cara de la moneda de la vida; y viceversa. Por eso mismo, no hay –no debe haber- demérito alguno en el hecho de escribir novelas o cuentos como una forma de auscultar la realidad desde la ficción, ya que ésta se crea siempre –por más imaginativa que pretenda ser— desde la médula vital misma de la realidad. Así es, no puede ser de otro modo, ya que son instancias complementarias.
Crear para la novela o a través del cuento un mundo que funcione con reglas propias a través de ciertos ambientes y situaciones en los que estén inmersos personajes creíbles cuyas historias se vayan desgranando poco a poco desde la perspectiva de uno o varios narradores, es apenas un nivel, el más obvio, de lo que entraña la hechura de estos géneros literarios. Pero en la práctica, el conjunto de las cosas que ocurren es tan importante como la manera en que los sucesos se van desarrollando. Esto significa que en la obra necesariamente subyace determinada estrategia narrativa cuya eficiencia permite la trabazón armónica de cierta trama, de gradual desenvolvimiento, con todos los demás aspectos. Quiere decir, asimismo, que detrás hay un oficio, una malicia, una intencionalidad de parte del autor.
Sin embargo –como señalé al principio–, al igual que a menudo sucede con los hechos que ocurren en la vida, no es inusual que en la ficción también vayan surgiendo circunstancias imprevistas; sucesos que, colocándose fuera del control de su creador, terminen encontrando su propio acomodo. La etapa final, de revisión y pulimiento del texto buscando perfeccionar detalles de fondo y forma, ya viene siendo en cierto sentido pura carpintería, aunque sin duda resulta indispensable para el lucimiento de la ficción literaria, la cual, por cierto, suele construirse por acumulación en la novela, y por intensidad en el cuento.
Cabe notar que en el cuento, en particular, es generalmente un aspecto más ceñido de la experiencia humana la que un autor recorta y examina en profundidad en su relato: una parcela, un segmento, una “tajada de vida”. Aquí la contención anecdótica y la economía del lenguaje son elementos cruciales para que una historia tenga el efecto adecuado; un efecto que a veces resulta sorpresivo en su desenlace e, incluso, fulminante. Cuando esto ocurre, se dice que ha ocurrido una epifanía, como la llamaría el gran novelista Henry James en su libro “El arte de la ficción”: es decir, un descubrimiento o revelación. Por tanto, este género exige no andarse por las ramas; requiere una gran capacidad de concentración, a todos los niveles, y de sugestión, de tal manera que la flecha del asunto tratado viaje velozmente por la apretada trama, atraviese el indispensable conflicto y, deshaciéndolo, llegue pronto e impecablemente al blanco.
Los dos grandes géneros narrativos de la literatura universal siempre han sido la novela y el cuento, si bien se han cultivado también ampliamente otros géneros afines: el relato, la fábula, la leyenda, el mito, la parábola, el cuadro de costumbres, la estampa, la crónica y el testimonio, entre otros. En todos ellos, quiérase que no, la ficción busca hacerse pasar por realidad y ésta por ficción. Para ello, la memoria y la imaginación de quien escribe se imbrican de tal forma que se vuelven complementarias e inseparables. Pero es el hálito poético del autor, junto a su destreza formal, lo que le da su misterio y su encanto a las historias que se cuentan, ésas que el lector sensible habrá de descodificar metiéndose de cabeza en la obra durante el mágico proceso de la lectura.
Desde sus inicios más remotos en la literatura oral, contar historias representó un hábito cotidiano y, a la vez, un placer tanto para quienes relataban como para quienes escuchaban atentamente la narración. Contar de forma imaginativa la peripecia humana, con el lenguaje apropiado, de la forma más amena e intrigante posible, no estaba reñido con la búsqueda de una semblanza realista que pudiera ser reconocida y aceptada por el receptor. La misma ecuación, que busca sembrar cierta básica verosimilitud, continúa vigente hoy en día cuando de crear obras de ficción literaria se trata. Así, la ficción se torna real cuando se la percibe como tal, pero esto a su vez depende del talento del autor y de la sensibilidad del lector, ecuación ideal que no siempre ocurre al mismo tiempo ni en términos similares.
IV
Por supuesto, todo el mundo puede contar cuentos, pero muy pocas personas pueden escribirlos y, además, hacerlo bien. Aunque no hay recetas para lograrlo, es posible dar por sentadas algunas consideraciones fundamentales al respecto, resultado de la experiencia ajena y personal.
A menudo se piensa que la mera narración de una anécdota, incluso de una historia completa, es ya la construcción de un cuento literario; es decir. Sin duda, podrá ser la expresión de uno de sus principales elementos -su contenido básico -, más no el cuento mismo, que además requiere un tratamiento artístico. Sólo el genuino talento y el conocimiento que otorga la experiencia, permiten que un escritor sea capaz de producir auténticos cuentos. Porque la disposición de un suceso en la página requiere, si ha de ser un verdadero cuento, de cierto orden; de la adecuada selección de las palabras; del tono conveniente; de una estructura acorde a la índole de lo narrado; de un conocimiento amplio de la vida que permita crear situaciones, atmósferas y personajes verosímiles; de una intencionalidad determinada; y de una probada capacidad de síntesis y sentido de lo necesario frente a aquello que no lo es, pero sin perder la densidad; todo lo cual implica necesariamente el empleo de cierta dosis de malicia literaria y de un oficio escritural altamente depurado. El conjunto de todos estos ingredientes de manera individual, intransferible, es lo que suele llamarse “estilo” cuando quien escribe domina sus instrumentos a tal grado que lo hace con singular maestría.
Además, el padre del cuento moderno, Edgar Allan Poe (1809-1949), decía que en los cuentos de alto calibre debe producirse una genuina «unidad de impresión», idea que ratificó un siglo más tarde el argentino Julio Cortázar (1914-1984), y que no pocos excelentes cuentistas después han defendido. Así, estos creadores entienden que no puede haber dispersión en el texto; que la confusión en cuanto a lo que se busca poner de manifiesto o descubrir en lo que se relata es tan funesto como explicar situaciones o hechos que basta con sugerir; que debido a la brevedad que le es consubstancial, el cuento necesita exponer sólo lo necesario para que la verdadera historia -que a menudo yace sumergida- aflore por cuenta del lector sensible.
En este sentido, todo cuento escrito -leído- debe sentirse como significativo y, por tanto, necesario; principio este que también le era caro a Cortázar, gran cuentista él mismo. Por tanto, el cuento debe percibirse como un ente autónomo, dinámico, vibrante -acaso un verdadero ser vivo-, cuya existencia nueva en realidad añade algo al mundo; algo que tras haberse escrito -leído- nos haría falta si no existiera. Así de importante debe considerarse la creación literaria en general, y la de genuinos cuentos artísticos en particular. Porque no de otra manera podrá quien escribe ayudarse un poco a calibrar el grado de eficiencia de su labor.
Por supuesto, por más experimentado que sea el escritor, por más talento que tenga, no todos sus textos -cuentos o no- tendrán el mismo éxito artístico, intelectual, humano. El cambiante gusto del lector, además de no pocos factores imponderables implícitos en el acto creativo mismo y, por supuesto, en la balanza de elementos que integran el texto, así como su lectura e interpretación, a menudo determinan sus virtudes y defectos, su éxito o fracaso. Y ni siquiera el concepto de armonía es válido ya para juzgar el adecuado uso de estos elementos, dado que desde hace mucho tiempo se imponen en el ámbito del arte, junto a los demás o sustituyéndolos, las manifestaciones más inescrutables del absurdo, una tendencia a la fragmentación, incluso cierta suerte de caos interior, eso que ha dado en llamarse una «puesta en abismo», como también ocurre a veces en el cine y, por supuesto, en la vida misma.
Esto pareciera entonces negar toda posibilidad de evaluar de manera definitiva los logros o fallas de un cuento, ya que tal vez no existan en realidad parámetros fijos y confiables que sirvan como referencias estables de lo que el texto debe o no decir o hacer; de cómo debe ser concebido y percibido. Probablemente. Pero eso no niega el hecho de que el escritor deba someterse a una disciplina férrea mientras echa mano de todos los recursos conceptuales y técnicos a su alcance para que su creatividad no se fosilice. De ahí que los principios básicos del buen cuentista -algunos de ellos antes esbozados- sigan siendo válidos para orientar a quienes buscan en este hermoso y difícil género un punto de convergencia entre la vida y el arte. Además, claro está, que resulta imprescindible poseer una buena imaginación y ser un gran lector.
El arte no tendría razón de ser -sería un mero adorno desechable- si no guardara estrecha y significativa relación con la vida. Los frescos de Altamira y las abundantes obras artísticas de las antiguas civilizaciones demuestran que el ser humano siempre ha sentido necesidad de expresarse y dejar huella de su paso por el mundo. Es su manera de contar su experiencia y de dar fe de su relación con su entorno. Pero su testimonio no siempre busca reproducir fielmente la realidad, sino que a menudo la interpreta transformándola o completándola a su gusto de una u otra manera. El escritor de todos los tiempos no hace más que continuar esa rica tradición creativa, enriqueciéndola. Lo hace con ideas y con palabras, con sentimientos y mediante determinadas técnicas que, bien usadas, perfeccionan su oficio. Para ello, tanto el despliegue de la fantasía en los sitios o momentos adecuados, como el manejo de la verosimilitud a lo interno del relato, son instrumentos de trabajo que tanto el novelista como el cuentista deben dominar.
V
Hablar del cuento como género literario necesariamente supone la necesidad de partir de una definición que oriente y establezca determinados parámetros o criterios valorativos. Pero resulta que en materia literaria, y sobre todo al referirnos a un género artístico tan proteico según se trate de determinado autor, época, estilo, actitud o capacidad inventiva, no es nada fácil arribar a una definición absoluta, a un modelo único e irreductible que le sirva a ésta de guía inalterable. Incluso resulta peligroso. Sobre todo después de los aportes de las diversas vanguardias a principios del siglo xx, y de la variedad de tendencias postmodernas que afloran en las artes a finales del mismo siglo. Porque resulta que en materia artística –y la buena literatura aspira siempre a ser arte- la creatividad individual, que es la que siempre hace la diferencia, la que rompe moldes y esquemas, la que desafía a la tradición e incorpora propuestas novedosas, siempre está cambiando, transformándose, obligando a nuevas formas de lectura e interpretación; y eso siempre complica la posibilidad real de arribar a definiciones estáticas
o permanentes.
Sin embargo, no cabe duda de que existen ciertas características unificadoras que, pese a las muchas variantes que se dan en este fascinante género, contribuyen a poder comprender mejor lo que esta particular forma de escritura creativa implica, así como a formar la comprensión, el gusto y las expectativas del lector. Para acercarnos a tal comprensión comenzaremos estableciendo las verdades más generales y todavía respetadas acerca del cuento.
En primer lugar, es elemental consignar que el cuento es un género narrativo escrito en prosa (podría ser prosa poética), que relata una historia. Esa historia le sucede a alguien (o a algo), o simplemente sucede; ocurre en determinado sitio o atmósfera, de una cierta manera, con imprevisibles consecuencias (generalmente llamadas desenlace). Además, es contada por alguien (una voz narradora, que puede o no ser un personaje). Quien la narra dispone los hechos que un modo que supone una estrategia narrativa, un orden, un énfasis, una selección de palabras, anécdotas, situaciones. También supone un “punto de vista” –expresión acuñada también por Henry James en el libro antes mencionado–, mediante el cual el narrador enfoca la realidad de determinada manera y no de otra (o bien la fantasía: en literatura toda realidad es fantasía y toda fantasía realidad, siempre y cuando se logre convencer de ello al lector). Por supuesto, el narrador, al decidir cómo va a contar su historia, elige también un cierto tono que en más de un sentido suele ser uno de los elementos que lo caracterizan.
Por todo lo anterior, se deduce que una historia es mucho más que lo que se cuenta, mucho más que la simple anécdota. Los personajes, la trama, las técnicas narrativas son tan importantes como la historia misma, la cual suele poder reducirse a un solo tema. Contrario a la novela, en donde generalmente hay muchos personajes y puede haber muy diversos temas, situaciones, atmósferas y hasta narradores –además de muchos capítulos- la brevedad y gran concentración del cuento exige que se aborde un solo tema, con pocos personajes (podría ser solo uno) y con recursos técnicos muy selectos.
También suele hablarse de cuentos de personaje, de situación, de acción o de atmósfera, según el énfasis focal que prevalezca; de cuentos sumamente cortos (minicuentos), breves, medianos o largos, según su extensión; de cuentos realistas, fantásticos, policíacos, psicológicos, humorísticos, sociales, líricos, oníricos, históricos, eróticos, metaficcionales, políticos, infantiles, de terror, entre otros, según su temática. De acuerdo al tipo de narrador y según la técnica empleada, puede hablarse también de cuentos escritos en tercera, primera (las dos más empleadas) o segunda persona del singular, o en primera del plural. Asimismo, hay cuentos en que predomina la narración o la descripción, los pasajes expositivos, las escenas dialogadas o los monólogos interiores, entre otras técnicas usuales, que a su vez pueden combinarse entre sí cuando al autor le parezca funcional o pertinente hacerlo para causar determinados efectos. Y por supuesto, a veces el autor combina con acierto más de una modalidad estética, o bien más de una técnica narrativa (incluso -sobre todo en cuentos extensos-, puede mezclar recursos tomados de varios géneros literarios) en aras de lograr en el conjunto de la narración un efecto particular; o precisamente para denotar el grado de complejidad de la historia o del tema abordaos.
En este sentido, el cuento literario es uno de los géneros más flexibles, más dúctiles a la voluntad del escritor, lo cual permite más capacidad de maniobra formal, más contemporaneidad estética. Sus posibilidades lúdicas y su susceptibilidad a la experimentación son prácticamente infinitas. Y sin embargo es el género más exigente, el que más aspira a la perfección. Como en un buen poema, no puede faltar ni sobrar nada… En cualquier caso, es indudable que detrás de todo el andamiaje literario fabricado con esa herramienta insustituible que es el lenguaje, está siempre el autor, quien tiene una cierta filosofía y, por tanto, una particular visión de mundo; una visión que suele reflejarse en el cuento (al igual que en la novela), ya sea de forma unilateral o dosificada. Él es quien mueve los hilos y dispone las movidas de personajes, situaciones y sucesos. Como un dios omnipotente, dispone a capricho de su mundo creado.
Sin embargo, como ya se ha dicho, no es extraño que escuchemos decir a un escritor que determinado personaje en un momento dado se le rebeló, que una situación planeada de cierta manera se le convirtió en otra muy distinta; que en el camino surgieron anécdotas o hechos imprevistos que no fue capaz de controlar; incluso, que el desenlace se fue dando con una rigurosa lógica propia, ajena a su voluntad creadora. Algunos escritores –pocos, sin duda– no solemos tramar casi nuestros cuentos, sino que más bien los vamos desarrollando poco a poco por asociación de ideas a partir de una primer frase, imagen, ocurrencia; y en estos casos, rara vez sabemos cómo será el desenlace. Es más, la gracia de escribir, para nosotros, es ir descubriendo cómo habrá de terminar la historia. Se trata de una manera singular de crear con mucha fluidez y libertad, que sin duda puede resultar fascinante. “Escritura automática”, le llamaron los artistas surrealistas en su momento.
Estas cosas, misteriosas o enigmáticas como probablemente deben sonar a un lector que no esté metido personalmente en el mundo de la escritura, ocurren no obstante en el terreno literario. Aunque al respecto existen explicaciones psicologistas y de otra índole, no son definitivas. Lo importante es saber que, como todo en este mundo, también la creación literaria está sujeta a paradojas y contradicciones, a sorpresas y desafíos, a la existencia de áreas grises enigmáticas que nunca acaban de definirse.
El cuento es un hermoso y difícil género, una delicia para su análisis en talleres literarios, en círculos de lectura o en el salón de clases, por su brevedad y variedad temática y estilística, por sus múltiples aristas y posibilidades de abordaje y análisis. Y desde el punto de vista pedagógico es, sin duda, el género más adecuado para la enseñanza de la literatura, para su provechosa discusión, a fin de que los estudiantes comprendan por qué las buenas obras literarias son hermosas o trágicas, instructivas y necesarias. Y por qué quienes escribimos tomamos tan en serio nuestro oficio. Ocurre que la literatura tiene muchísimo que ver con las contradicciones y certezas de la vida misma, con la imaginación, con la sensibilidad, con la inteligencia, y por ello debe ser valorada en su justa dimensión, como la visión de mundo de un artista.
VI
Una nota personal
Hay una forma singular de talento que se reconcentra en los abismos interiores sin dejar de otear el mundo, y haciéndolo rompe todos los límites. Ajeno a los oropeles y halagos, la mirada hacia adentro se complementa en la observación minuciosa del detalle exterior. Una obstinación innata lo sustenta en su diario quehacer, y la vida la vive en función de la elaboración artística de los avatares de ésta que habrán de seguir. Todo lo que ocurre o deja de ocurrir parece destinado a plasmarse tarde o temprano en un texto, tras pasar por el incandescente filtro de una imaginación contenida o del todo desbocada. Pero, lógicamente, habrá de hacerlo con disciplina inquebrantable y con oficio.
Nada le es ajeno a este tipo de creador de mundos, salvo la precisión de las palabras mismas con las que habrá de convivir para poder expresar sentimientos e ideas, temores y esperanzas, ansia de salvación ante los embates de un mundo fundamentalmente indiferente y básicamente hostil al ser profundo. En estas condiciones, el verdadero artista sólo tendrá de su lado la fuerza abrumadora de un lenguaje propio, originalmente articulado, con el que, inclaudicable en su visión de mundo, habrá de plasmar toda suerte de vivencias y fantasías cuando ya no sea capaz de contenerlas palpitando oblicuamente o a mansalva en la frágil piel de su alma.
Lo inaudito le será tan familiar como el tedio de obligadas convenciones y las viejas costumbres inducidas. No tendrá necesariamente metas fijas en la vida, sino más bien vidas intensas y personalísimas vividas a trasmano de lo predecible. El absurdo y lo fantástico le resultarán fenómenos casi cotidianos y aceptables pese a todo, de tan usuales, mientras que el murmullo y las sombras de los sueños, vividos tanto de noche como en pleno día se impondrán a la rutina harto sabida de memoria por estársele repitiendo sin remedio a diario, alimentando así el imparable flujo de ese mismo sinsentido.
En esta clase de artista de las letras –pero igual puede ocurrir con ciertos adelantados de la humana creatividad en cualquier otro territorio del Arte y la Ciencia–, hay sin duda, y a contracorriente de lo que podría esperarse de él si realmente tiene talento, una suerte de entrañable ascetismo; de no-me-importaismo a menudo chocante o incluso agresivo; de rompimiento, declarado o no, con las expectativas de la sociedad. Sobre todo cuando ésta es, como suele ocurrir, un sólido entramado de apariencias, fingimientos o intereses rebuscados cuya forma de mantenerse estable y por tanto vigente da por sentado que todo el que rompe reglas establecidas y crea sus propias normas y para colmo les es fiel; todo el que propicia extrañamiento, otredad, transgresión, es decir formas de ser o pensar diferentes; todo el que crea paradigmas nunca antes sustentados, es un ser peligroso, algo así como un francotirador; o simplemente un loco. Por lo que hay que reprimirlo o ignorarlo.
Este artista, cuando es genuino hasta la raíz, no hace concesiones, no repite fórmulas, a nadie imita o quiere impresionar o complacer ni con su conducta ni con lo diferente de sus obras. Sólo busca expresarse a sí mismo, comprenderse, entender a fondo las contradicciones de la realidad, sobre todo las suyas. Sus textos tienen densidad, substancia, conmueven. En última instancia, permanece fiel al análisis y al autoanálisis de todo lo que acontece fuera y dentro de su ser –y a la vez fiel a sus intuiciones–, como una manera de estar raizalmente en el mundo sin ser un vegetal. Y lo hace como la forma más genuina de comprender mejor sus propios sentimientos y creencias, sus limitaciones y sus fobias. Sus ilusiones. Sus gustos. Su ser profundo. Para sobrevivirse con dignidad.
Sin duda hay otros tipos de escritores meritorios, valiosos, que han aportado sus obras a la literatura universal. Siempre los ha habido y siempre existirán. Sin embargo, ese ser que he descrito como controvertido, indagador de sí mismo y del mundo, a ratos contestatario, sin duda poco sociable, pero profundamente auténtico, es mi ideal de escritor.
Conferencia magistral dictada el 23 de marzo de 2017 en la sede de la Academia Panameña de la Lengua.





