La cultura cubana es una sola, lo que no quiere decir que estemos tratando de inventar una nueva versión del paraíso sin contradicciones, malentendidos o polémicas.
A. Fornet
Difícil es hablar de identidad en un mundo fraccionado por barreras divisorias y globalizado, en un proceso histórico enfocado hacia la bipolaridad del continente americano. En este escenario se ha engendrado una propuesta literaria diferente a la que los cubanos, por causas desconocidas, dieron la espalda desde sus inicios. Aunque ahora se reconozca y estudie bajo la denominación de “Diáspora”, algún nacionalista insular pretenderá cuestionar la merecida identidad de autor u obra.
El término “diáspora” surge en el 586 a.n.e, con la salida de los judíos desde Palestina, exiliados bajo condiciones de cautividad en Babilonia. Hoy designa toda dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen. Abandono que, a lo largo del más de medio siglo de Revolución Cubana, refiere distintas formas e índoles. Esta diáspora antillana carga consigo, además, el perder la conexión con sus su raíces, según los conceptos de “algunos” cubanos de la isla.
No ha de negársele la nacionalidad cultural o geográfica a quien de, y sobre Cuba, exponga su discurso literario. Y aunque algunos voten a favor de este planteamiento, otros alegan “juntos pero no revueltos”, cuando otra barra radical, alega “juntos, ni muertos”
Cubano es quien quiere serlo, dijo Fernando Ortiz; y esto va para los que opinan que la literatura escrita en inglés por autores cubanos, no debe llamarse en rigor «cubana». Suele ser desconfiable el escritor que escriba y publique en otro idioma; en dependencia del tiempo que lleve en el país adoptivo, de su grado de academicismo y, por supuesto, que detrás de su publicación pueda estar la mano correctora de la editorial. Entonces, la desconfiabilidad de su “texto” se degrada en amplio por ciento.
Ambrosio Fornet plantea un criterio diferente en su Memorias recobradas1:
“Desde el momento en que, como escritores, escogen el inglés para comunicarse, pasan a integrarse en esa rama de la narrativa estadounidense que ya se conoce como cuban-american”
Sobre qué gentilicio y calificativo merecen obra y autor, que desde la otra orilla y en otra lengua, escribe sobre su orilla de origen, recordemos a Alejo Carpentier, que viviendo en Francia, y escribiendo en francés sobre Cuba, jamás fue cuestionado: ni su obra, ni su nacionalidad. Mucho antes, una “diáspora” inversa se había desatado con el inicio de la Revolución. A finales de la década del cincuenta, Pablo Armando Fernández, Cesar López y Fernández Retamar, entre otros intelectuales, vivían y publicaban en territorios anglosajones u otras geografías e idiomas; y regresaron a la isla motivados por el cambio, sin haber sido blanco de recelos y dudas por parte de la Revolución.
Un cuento del pintor Carlos Enríquez describe magistralmente los ambientes de La Florida con sus bosques y pantanos. La vida de las familias que allí viven, etc. Carlos Enríquez, nacido en Cuba, criado en Cuba. ¿Y quién duda que el texto no sea típicamente estadounidense, y el autor típicamente cubano?
A finales de los setentas, se abrió el diálogo entre ambas partes, por esfuerzos de “los de allá”, destacándose el Grupo Areíto. En 1978 se publica Contra viento y marea, premio Casa de las América, un testimonio colectivo del Grupo Areíto. Un año después Jesús Díaz ganó el premio UNEAC con su testimonio De la patria y el exilio. Y en 1981 la poetisa Lourdes Casal obtuvo el premio Casa con su libro Palabras juntan revolución. Un soplo de tolerancia permitió que varios intelectuales cubanos “del norte” entraran a la isla para investigar temáticas tan diversas como los ferrocarriles, el proceso azucarero y el béisbol. Cabe destacar que entre estos contenidos surgieron investigaciones de gran valía, demostrando que no sólo el ejercicio literario es dominado por los temas de esta “diáspora” la cual más se acerca que margina “lo cubano”
Difícil de ver es el porqué de los cuestionamientos y la separación a la identidad de estos escritores, cubanos de nacimiento, y hasta con recuerdos de infancia y hasta adolescencia. Quienes, emigrados al monstruo norteño, componen desde sus entrañas, odas a su origen insular.
Alejo Carpentier: “The Pilgrim at Home, de Roberto González Echevarria, un ensayo investigativo que abordó la vida y obra del escritor cubano. Realizado allende el estrecho, y en idioma inglés, tardó dieciséis años en ver su versión castellana como Alejo Carpentier: El peregrino en su patria.
Dentro de la cuentística, la obra de Manuel Cachan con sus Cuentos políticos (1971); Cuentos de aquí y de allá (1977) y Solamente un sueño; Los Cuentos sin rumbos (1975) de Roberto G. Fernández; Los fundadores: Alfonso y otros cuentos (1973), de Lourdes Casal y Ni verdad ni mentira y otros cuentos (1977) de Uva Clavijo.
En la poesía, Mauricio Fernández con Al despertar de los alisios y los Poemas interreales de Enrique Sacerio-Garí también incursionan en las distintas imágenes y los conflictos de la nacionalidad insular. Otros como Isel Rivero, Rita Geada y Octavio Armand con Tundra, Mascarada y Horizonte no siempre es lejanía, respectivamente; fueron los pioneros de este movimiento. Luego, a mediados y finales de la década, llegarían otros como José Kozer, Emilio Bejel, Juana Rosa Pita, Orlando González y Lourdes Gil.
La novelística aparece tardíamente pero más centrada y madura. De este género literario diversos exponentes presentan sus obras con el tono, tópico, lenguaje e idioma que desean sin perder esa hechura marinera y campesina que les proporciona el Caribe, los paisajes y la idiosincrasia cubana. Mireya Robles con su Hagiografía de Narcisa la bella; Mayra Montero con La trenza de la hermosa luna; René Vázquez Díaz con La era imaginaria y Guillermo Rosales con su Boarding Home; Roberto G. Fernández con Raining Backwards y Elías Miguel Muñoz con Crazy Love. Los reyes del mambo tocan canciones de amor es un bestseller publicado por la editorial Siruela y escrito por el descendiente de cubanos Oscar Hijuelos, y marcó un hito en la realización novelística de final de la década del 80´ al presentar de super objetivo la labor de los músicos que interpretan en el continente la riquísima variedad de sonidos de la isla. Cuatro años después otro hito irrumpió en el mercado estadounidense, Dreaming in cuban, de Cristina García, que desbrozaría aún más el camino de la labor literaria realizada por “la diáspora”
¿Qué, entonces, es lo que obstaculiza a reconocer la cubanía literaria de estas obras? Cuando ya las nuevas corrientes migratorias no tenían nada que ver con las migraciones anteriores cargadas de resentimientos y asilos políticos. Y el Mariel y Boca de Camarioca eran historia de gusanerías y chistes, el término exilio no coincidía con los nuevos motivos migratorios de los cubanos que cruzaban el Estrecho de la Florida. Ahora, motivos netamente económicos, los enmascaran en la categoría mundial de emigrantes.
Según Ambrosio Fornet fue en el último bienio del siglo pasado cuando el medio cultural empezó a utilizar el término Diáspora, para designar por extensión, ese conglomerado que antes conocíamos como “el exilio” o la comunidad cubana en el exterior”. Diáspora dicen, para designar cubanos que, en otra tierra pueden ser, y suelen ser más cubanos que los de la ínsula, al menos en la representación y narración de sus costumbres.
Un ejemplo de esto se encuentra en el cuento de Roberto G. Fernández “Los quince” a decir del ya citado Fornet “un pequeño clásico del costumbrismo criollo en su versión miamense”. Y otro en el cuento “Solamente un sueño”, de Manuel Cachán en el cual el narrador protagonista es abandonado por su gente muerta, que en ese estado regresan a Cuba como espectros. Sobre el tema comenta: “Me enteré entonces que los fantasmas cubanos de los cementerios de Miami lo hacían diariamente”
Esta creación artística es una extensión de la que tiene lugar en isla, mucho más apegada a lo cubano que todas aquellas selecciones del realismo socialista traídas desde la ex Unión Soviética y Europa del Este, que alguna vez nos obligaron a leer.
En estos grupos se presenta el sentido de pertenencia con una visión nostálgica del reencuentro y menos radical, crítico y más edulcorado que la de algunos otros intelectuales cubanos. Los diecisiete autores incluidos en Isla tan dulce y otras historias. Cuentos cubanos de la diáspora, 2002, compilados por Carlos Espinosa Domínguez y prologados por Francisco López Sacha, no son merecedores de esa marginación identitaria solo porque existan las fronteras geográficas y políticas. Parece que el gran meteorito caído en esta tierra, luego del quinquenio gris, no logró exterminar algunos dinosaurios.
Por tanto, es necesario que los procesos de comprensión, aceptación y tolerancia de determinadas creaciones artísticas o grupos humanos comiencen a transportarse lentamente y a atravesar –como los fantasmas de Cachan- el Estrecho de la Florida en una flotilla de balsas que se mueven rumbo sur. ¡Que continué la regata! ¡Ya verán la luz del Morro!
