"Yo, cuando escribo, intento reflejar esos momentos desterrados."

Entrevista con el escritor cubano Hendrik Rojas

Por Amir Valle

Siempre hay un comienzo: si echaras la mente al pasado, ¿podrías contar alguna anécdota que explique a los lectores tus orígenes como artista? Y, aún más referido a lo que nos atañe, ¿cuándo comenzaste a escribir?

Mis inicios como escritor llegan con un sueño. Un sueño que tuve en la niñez, aunque la actividad real empezó más tarde. Llevo siempre en la mente aquella imagen de mi padre hablándome sobre sus lecturas y sobre la poesía en las novelas de García Márquez, que siempre ha sido su preferido. Él repetía aquella escena en la que unos personajes de la novela El amor en los tiempos del cólera hablan sobre un té que tenía sabor a ventana. Yo apenas sabía leer en ese tiempo, pero la pasión con que mi padre me contaba esas historias increíbles y los efusivos gestos que hacía para magnificar el contenido, se grabaron en mí como un sentimiento heredado que después se volvería un vicio propio. Eso me llevaría a desear descubrir por mí mismo los maravillosos tesoros y secretos que se escondían detrás de las palabras y que, evidentemente, me había estado perdiendo desde que nací. Es una pasión que agradezco cada día como el mejor de los regalos y que no he dejado de cultivar, aunque en mi caso se trata más de disfrutar de esa riqueza de todas las formas posibles y no de acumular información. Es por eso que, al igual que hago con las películas, cuando un libro me gusta mucho puedo llegar a leerlo hasta cuatro veces sin aburrirme. Y muchos de ellos se quedan para siempre a mi lado como material de estudio.

 

No es lo mismo un artista en Cuba que un artista en Berlín. En ambos sitios pudiste desarrollar algunas áreas de tu creatividad. ¿En qué sentidos han cambiado tu percepción como creador esos dos escenarios?

En mi opinión, Berlín y La Habana tienen algo en común y es ese espíritu bohemio y descuidado. Claro, esto lo digo salvando las diferencias culturales y económicas. El caso es que son ciudades en las que el arte siempre encuentra un hueco para presentarse y crecer, hasta que llegue el momento de dar el siguiente paso. Esto para mí es importante ya que, por lo general, los comienzos de un artista, principalmente de aquellos con menos recursos, siempre van naufragando entre las opiniones de padres temerosos del futuro incierto de sus hijos, que ahora la han tomado con esa locura de meterse a músicos, pintores, etc., en lugar de buscarse un trabajo de verdad. Una de las cosas más bonitas que he visto en La Habana, es el haber tenido la oportunidad de compartir con personas que vivían especialmente para el arte, a pesar de contar con escasos recursos. Se trata de un amor real que, como en uno de esos grandes novelones clásicos, transgrede los límites sociales de la precariedad y las opiniones políticas. El primer gran descubrimiento que hice en Berlín, y que me abrió las puertas a todo un mundo que ignoraba tener en mi interior, fue el chocar de frente con las redes sociales y todas sus contradicciones. Tener acceso a toda esa información, sin filtros ni controles, me pareció una experiencia tan loca que tardé años en acostumbrarme a ello. Esa perspectiva más internacional y relajada es algo que me ha estado ayudando a crecer desde entonces y que no parece tener fin. Aquí en Berlín, gracias a que es una ciudad mucho más internacional que La Habana, con culturas que conviven con tradiciones exportadas desde sus países originarios, he estado aprendiendo a pensar de manera más flexible sobre temas que yo manejaba desde una postura más rígida. Aquí aprendo a entender el arte, más allá de mis limitadas pasiones personales, como una herramienta de desarrollo social y espiritual. También por esas vías comencé a tener una perspectiva sobre Cuba y sobre mí mismo que no creo hubiera sido posible sin salir del país. Algo más que me surge como un punto crucial para un escritor, aunque difícil de agradecer a veces, es esa soledad que he sentido en más de una ocasión y que suele convertirse en tiempo que dedico a llenar páginas en blanco. Otro punto es que a veces se confunde el trabajo literario con el periodístico y algunas personas creen que si no estás viviendo en Cuba en este preciso momento no tienes derecho a hablar ni a opinar sobre la realidad cubana, aunque hayas nacido y vivido allá durante 24 años y la sigas visitando con regularidad. Es un posicionamiento poco profundo ya que, cuando un escritor se enfrenta a una historia, los recursos que posee vienen de sus memorias, sueños, deseos o incluso puede inspirarse en cualquier información extraída de las redes sociales. Y yo me pregunto si no será mi derecho el poder escribir con libertad sobre la Cuba en la que yo viví y vivo. Para mí, La Habana y Berlín forman una combinación que me ayuda a disfrutar del arte y a entenderlo como algo esencial en mi vida.

 

«Cuba es un país de cuentistas», es una frase que dijo hace muchos años Gabriel García Márquez. Es una verdad ya demostrada, entonces, ¿qué retos representa escribir un libro de cuentos en un país donde el cuento es el género rey de la literatura?

Mi abuela, mi padre y mi madre han contado siempre muchas historias. Donde yo crecí la gente vivía refiriéndose a parábolas para explicar temas básicos de la educación diaria. La necesidad de emplear metáforas para expresarse por miedo a algún castigo, fue una realidad que acompañó etapas en Cuba en las que, por ejemplo, no se podían tener dólares durante la crisis. Ahí la gente le llamó “Fula” al dólar y eso es solo un ejemplo de la necesidad que siempre ha habido en la isla de descomponer el lenguaje en varios espacios del cotidiano, hasta que se ha vuelto una práctica naturalizada en la población. Otro ejemplo de eso es el chismorreo como principal medio de comunicación entre vecinos. Ese fue siempre, hasta hace muy poco, el verdadero internet de Cuba. Hay una cultura del cotilleo muy desarrollada y que oculta un valor literario impresionante. La gente cuenta historias de primera o segunda mano y por el camino las van enriqueciendo con ademanes y otros ingredientes sonoros, para que su interlocutor no pierda detalle de lo que ellos pueden haber presenciado, o que tal vez ni siquiera vieron. Lo mismo con los dicharachos que sirven para aclarar, con una profundidad superficial, discusiones o negocios callejeros. Todo esto ha sido una constante en mi vida y en mi familia desde siempre. Ahora, yo pienso que a la hora de llevar todas estas experiencias a un relato, la lucha contra el propio ego se abre como una aventura sin fin ni descanso. Una vez organizados los detalles estructurales y el borrador de lo que se pretende escribir, uno tiene que aprender a respetar las historias por lo que ellas deciden ser y no siempre tratar de forzarlas más allá de sus límites, solo porque teníamos un plan previsto para ellas. Cada cuento lleva ese juego de fuerzas opuestas y a veces gano yo y otras gana mi ego.

 

Imágenes y figuras

Siempre, también, hay modelos, influencias. En ese sentido, ¿qué autores, cubanos o extranjeros, te han influenciado?

Los autores que me han influenciado lo han hecho de una forma que trasciende a la literatura; por eso siempre me han acompañado más como amigos cercanos y no solo como referentes literarios. Han llegado a mi vida en diferentes etapas y cada uno me ha tocado de una manera distinta. Hubo un tiempo en mi adolescencia en el que me distancié mucho de la literatura. Tenía unos trece años y problemas familiares de todos colores. Mi madre vagaba sin domicilio propio y a mí me tocaba pendular entre varias casas en las que solo estaba a la espera de que el tiempo se esfumase. Mi padre estaba atrapado en un ciclo de alcoholismo que le reclamaba la salud y la vida de varias formas y yo estaba a punto de reprobar todas las materias de la escuela. En esos días no tenía la tranquilidad suficiente para sentarme a leer sin más, pero tampoco tenía el deseo. Pasaba horas hablando de cualquier cosa con otros jóvenes en las esquinas del barrio, o deambulando por las noches sin rumbo hasta que el cansancio me derrotaba. Y entonces llegó Mark Twain con su libro Tom Sawyer a rescatarme de ese sopor. Fue en la clase de lectura de la secundaria básica Víctor Muñoz en Guanabacoa. Toda el aula estaba descontrolada lanzando papeles y sacando de quicio a la bibliotecaria. Era esa etapa de rebeldía. Y ella -ahora pienso que con algo de premeditación- solo se limitó a entregarnos a cada uno ese libro a fin de que lo intentásemos. Creo que fui el único en abrir aquellas páginas cuando salimos de la escuela y hasta el día de hoy estoy agradecido he haber estado ese día, en ese lugar. Desde que leí la primera frase, aquel grito de la tía Polly, no pude detenerme y es que ese libro tiene un ritmo y una magia que conmueven. Ahí dentro descubrí muchas sensaciones muy similares a las que estaba sintiendo yo en ese momento de mi vida. Me identifiqué mucho con la historia y a partir de entonces volvió mi interés por la lectura. Así me salvó Mark Twain. Más tarde, Gabriel García Márquez llegó nuevamente a mi vida y yo devoraba todos sus libros como si fuesen una cena de noche vieja. Cien años de soledad hizo un click en mí. En cuanto leí esa novela supe que yo también deseaba ser escritor. Era por esos días que también leía mucho a Isabel Allende y su forma de contar vidas enteras en tan solo un par de frases. Eso me inspiró mucho, hasta que llegué a Julio Cortázar y se convirtió en una referencia permanente. Como escritor de cuentos, yo he intentado seguir los pasos de quien para mí es uno de los escritores más versátiles que hay en cuanto a estilo y creatividad. Nunca he visto a un escritor con más rostros que él. Me impresiona mucho el registro tan variado de sus cuentos. Ninguno es como el otro. Leerle da la sensación de que siempre se está reinventando y su estilo, o falta de estilo, me inspiró porque conectaba con la forma que tengo yo de ver la vida y la literatura. Claro, eso no quiere decir que todos los cuentos de Cortázar me gusten. Pero incluso en los que menos me agradan, puedo apreciar su habilidad para ir más allá de sus propios límites. También estaba Bukowski que me enseña con cada libro suyo nuevas formas de reírme de mí mismo, y así sigue la lista. En Cuba tuve la desdicha de leer durante años, y de manera compulsiva, a un montón de autores cubanos, antes de que alguien tuviese la lucidez de aclararme que no solo bastaba con leer los libros sino que también tenía que recordar los nombres de los autores. Fue como si me vertiesen un cubo de agua helada sobre la cabeza. Todavía hoy me pasa que recuerdo pasajes literarios que en su momento me llenaron el alma y que ahora soy incapaz de saber dónde los vi, porque incluso los títulos se me han olvidado.

 

Dos momentos: ese día en que, tímidamente, te acercaste para entregarme algunos de tus cuentos, y ese otro día en que tuviste por primera vez tu libro impreso entre las manos. ¿Qué pensaste en cada uno de esos momentos en lo que a tu vida como escritor se refiere?

En el primero, yo estaba actuando casi por instinto. Esa gran falta que había sentido de que mis cuentos fuesen criticados por alguien con una experiencia real en el mundo literario y que pudiera darme consejos prácticos para mi desarrollo como escritor, me parecía crucial. Con el miedo a flor de piel y tentando la posibilidad de que mi trabajo no tuviese la calidad suficiente, te di aquellos cuatro relatos que casi se me caían de las manos por el nerviosismo. Pero creo que era más fuerte el impulso de seguir mi sueño lo que me dio el valor para tomar el riesgo, antes de que te arrepintieras de habérmelos pedido. Para mí fue una oportunidad única, ya que si me hubieras dicho que eran malos, me iba a tocar pasarme un par de meses quizás años mejorando para entonces volverte a preguntar. Ese salto brusco de que mis relatos pasaran de ser un par de hojas sueltas y desordenadas a convertirse en ese hermoso libro impreso y ya publicado que tengo entre mis manos, ha sido uno de los regalos más grandes que he tenido nunca. Significó cerrar el ciclo de ese sueño tan lejano de mi niñez, para abrir otro en una realidad presente, con más confianza y deseos de continuar con ese viejo proyecto. También pienso que tuve suerte de haberme encontrado contigo. Esa fe que pusiste tú, Amir, al creer en mí como escritor, en un momento en el que mis relatos apenas alcanzaban para llenar medio libro, ha jugado un papel fundamental. Ese impulso de apoyo y esa confianza sé que son escasos, por eso, como ya te he dicho en más de una ocasión, no tengo cómo agradecerte por esa visión de águila que tienes para descubrir el potencial en escritores que ni siquiera se conocen a sí mismos. Otra cosa es que has sabido transmitirme, con tus cursos literarios y tu humanidad, que el hecho de que me hayan publicado un libro no es en lo absoluto un motivo para dejar de aprender y crecer de todas las formas posibles.

 

Tus cuentos me anunciaban con toda claridad a un novelista. No me equivoqué y sé que ya has terminado una y estás metido en la escritura de la segunda. Cuenta cómo ha sido esa experiencia que es pasar de los límites ficcionales del cuento al mundo abierto y amplio de la novela.

Cuando me vino aquel impulso primario de escribir, lo primero que me salió fue una novela. La comencé, e hice tres capítulos, pero entonces me di cuenta de que iba a ser una tarea larga y costosa; principalmente porque nunca había hecho algo así. Decidí tomar un respiro y ponerme a escribir relatos impulsado por la impaciente necesidad de ver trabajos acabados, algo que la novela no permite a menos que haya mucha disciplina y tiempo dedicado. Ha sido después de escribir muchos cuentos, unos sesenta y tantos, –ya tengo dos libros más de relatos esperando a ser editados– que me atreví a volver sobre las páginas de esa primera novela Un paraíso sobre el hielo. La segunda novela que he comenzado nace de historias cortas conectadas a un eje principal, mi infancia. El hecho es que después de terminar el primer borrador de novela, he sentido que me cuesta un poco volver a escribir relatos.

 

Quienes te conocen no dejan de asombrarse de tu creatividad en otros (muy distintos) terrenos del arte. ¿En qué sentido crees que se contraponen y se complementan todos ellos con el escritor que también eres?

Para mí, una de las características más interesantes de la literatura es que es fácil de reconocer en muchos otros géneros del arte. Es muy parecida a la música, al cine, al dibujo y la escenografía. Recursos que se utilizan en la literatura, como la repetición de motivos, cumplen con una función muy parecida al estribillo de una canción. En la literatura también es esencial el ritmo, las pausas, el tono…, en definitiva, la musicalidad. En el cine, por ejemplo, la conexión se ve mucho en la construcción de imágenes. Y por lo que he escuchado, al parecer hay más novelas que son llevadas a la pantalla grande que los propios guiones. El poder de la imagen y la búsqueda de un buen ritmo aúnan todas estas artes. Además de que nacen de una necesidad de expresarnos y de conectar con los otros. Todas se mueven en el mundo de las emociones. Es por eso que yo no sabría decir cómo se contraponen.

 

Llama la atención en las historias que recoges en Imágenes y figuras un tono filosófico muy particular que se convierte en una especie de sello personal. Sé que ello pudiera deberse a que cultivas artes marciales que traen implícita una zambullida a la filosofía en su más íntima aplicación: la de la existencia humana. Hablemos de esa presencia en el libro.

Es interesante porque yo nunca he visto mis historias como filosóficas, aunque algunos lectores me lo hayan comentado. Más que filosofía, cuando escribí Imágenes y Figuras tuve muy presente la parte lúdica que permite cualquier proceso creativo y que la literatura me despierta. Es por eso que lo estructuré como un juego de acertijos con mensajes ocultos para los lectores. Un hecho curioso que conecta con esto se dio en la primera presentación de mi libro en Berlín. El relato de Imágenes y Figuras, que da nombre al libro, lo escribí sin definir el género de los personajes. De repente tienes en frente una historia en la que no sabes qué personaje es femenino y cuál masculino, o si ambos son del mismo género. Entonces el lector se ve confrontado a decidir quién es quién basándose en las acciones de esos personajes y activando su propio esquema de prejuicios. Ese juego me gusta porque quien lee se vuelve más participativo, como un personaje más dentro de la historia. Cuando lo leí a quienes vinieron a compartir con nosotros esa bella tarde literaria de la presentación, mi falta de experiencia hizo evidente que la incógnita que planteo requiere de un lector atento y flexible de mente. Lo cuento porque durante la firma de libros hubo un par de oyentes que me refirieron que ese juego debía haberlo explicado mejor antes de comenzar a leer, para captar la atención de los presentes, ya que no sabían a qué se enfrentaban. Fue otra oportunidad en la que aprendí algo.

 

La magia, el absurdo, el humor conforman en el libro un escenario que contrapuntea con la realidad que algunas de esas historias reflejan. ¿Por qué esos ingredientes que, si no se saben utilizar, pueden convertirse en un arma de doble filo?

Hay situaciones que se dan a diario y que no entran dentro de lo establecido como normal. Creo que a todos nos ocurren constantemente cosas absurdas que, pasado el momento, se hacen difíciles de explicar o entender. Yo, cuando escribo, intento reflejar esos momentos desterrados. Por ejemplo, diálogos que se dan desde el silencio, o desentendimientos que alcanzan el ridículo y que pueden ocurrir entre las personas más elocuentes y cercanas. Yo nací en un ambiente donde, a través de prácticas religiosas afrocubanas, muchas situaciones, que en otros contextos podía ser consideradas como mágicas o ficticias, se daban como parte de la realidad cotidiana. Rituales con posesiones espirituales cargados de velas, olor a tabaco y otras plantas, presagios de futuro basados en algunos de los oráculos que se utilizan en esas prácticas y cosas por el estilo. Crecí sin hacer tanto hincapié en separar los mundos y creo que la familiaridad que siento con esos ingredientes tiene mucho que ver con mi propia vida y mi forma de entender lo que otras personas llaman fantasía. A pesar de que yo no soy practicante de ninguna religión, viví en ese ambiente desde siempre. Así que las ideas me llegan más desde la naturalidad que desde la razón medida. Después tengo a mi madre que es una persona que hace que el humor esté muy presente en su vida y en la de todos los que la rodean. Es alguien que hace chistes hasta de su propia sombra. Ella tiene más humor en su día a día del que yo podría reunir a lo largo de tres reencarnaciones. (risas)

 

Cierre

Hay una pregunta que se impone: escribir desde el exilio, o más preciso, fuera de las fronteras de la patria, ¿qué riesgos han significado para Hendrik Rojas?

Yo entendí lo que significa la cubanía, es decir, lo que la gente llama “ser cubano” cuando llegué a Berlín. Creo que está muy generalizado el prejuicio de que una vez que uno pone un pie fuera de Cuba pierde toda la conexión ancestral con la cultura cubana y su realidad. Toda una ridícula línea de pensamiento que poco tiene que ver con el arte y la literatura y sí mucho con otros temas. Yo pienso que por el contrario, la oportunidad de viajar fuera de la isla nos brinda, como artistas y como personas, un nuevo espacio de conciencia y muchos otros puntos de referencia desde los que podríamos mirar y leer el mundo. Claro, esto es posible en caso de que uno así lo desee. Distanciarse un poco físicamente, permite cuestionar la realidad cubana, y la propia realidad, con herramientas que serían casi imposibles de manejar desde adentro. Fue en el extranjero donde entendí cosas tan simples como lo importante que podía ser tener un acento al hablar. La verdad es que a pesar de haber vivido en Berlín desde hace unos once años y de haber estado hablando otra lengua y lidiando con otras culturas, nunca me he sentido fuera de Cuba. Mucho menos exiliado. Para mí, el alma de ese país, y de la gente que vive en él, se extiende mucho más allá de sus establecidas fronteras territoriales, hasta mezclarse con los rincones más lejanos del globo. Esa sensación de ser una persona del mundo, más que un cubano, creo que la tengo desde que soy un niño. Hace poco que me hice ese test de ADN que está de moda en estos días y me salió que tengo ancestros de Nigeria, Sierra-Leona, Egipto, Irlanda, Italia, Croacia, Albania, Cuba México y algunos otros. Con tantos rincones donde mirar en mi interior, no me extraña que mi madre y mi padre siempre me dijeran que yo vivía en las nubes.

 

Nota del Editor:

Si desea comprar el libro, en versión digital o impresa, cómprelo aquí: Imágenes y Figuras – Iliada Ediciones.