La hermosa vida

Fragmento de novela homónima

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amorMujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

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PRIMERA PARTE

La vigilia

COMIENZA LA DANZA

 

Cuando se baila en pareja, no hay  más alternativa que hacer el amor: un cuerpo responde al otro con perfecta armonía, dijo Clitem­nestra.

Después de la primera clase formal, Ventura sueña que su Lu’u, su sentimental tallo de jade, es adorado por varias ninfas que hacen fila para observa­rlo, acariciarlo y darle besos. La señora Blaskowitz lo dejó muy mal acostumbrado. Dónde encontrar en este maldito Chicontepec una falócrata, una falófila, una faloadicta como ella.

Trilce lo acompañó a la segunda clase en la Academia de danza de Cli­temnes­tra. Tras observar con sonrisa de superioridad, terminó inscribiéndose. Ventura se sintió ridículo y torpe. Es el único hombre que asis­te. Las chicas lo han aceptado con naturali­dad. Ventura se deleita mirándolas, quiere ser cauto. Hay niñas delicio­sas como la Ranita de los viejos tiempos del doctor Amóribus.

Trilce, esa dulce tormenta rubia de ojos tan negros que parecen del azul más oscuro, mostró en la tercera sesión la energía sobrehumana que la anima. «Para eso estamos en el mundo, para gozar», repitió constantemen­te. Durante la clase había abierto con deleite de gimnasta y pericia de puta las piernas y estirando su cuerpo que parecía estar a punto de reventar por todas sus articulaciones.

La maestra Clite —sólida y marcial, su cuerpo es un amasijo de músculos y tendones que hacen pensar en una selva cerrada llena de asechanzas, su voz es una danza de siete velos— pretende llevar sus coreografías a la calle. Ir, por ejemplo, con su corte de bailarinas a la Plaza Lerdo, frente al Palacio Municipal, todas vestidas de negro, sigilosas y beatas. Súbitamente hacer sonar una pandereta que sorprenderá a los transeún­tes e inaugurará el ritmo de las nereidas, dríadas, ondinas y náyades (lo más delicado de la fauna social del rancho) avanzando, desnudando sus muslos, con los brazos en alto, rumbo a la cate­dral, frente a la cual harán un gran plié, antes de comenzar a ascender las escalinatas, donde procederán a elevarse, avanzar, retroceder, en una ceremonia mezcla de respeto, temor y provoca­ción, que concluirá cuando las nenas sigan caminando como si nada hubiera sucedido. «Abriremos un espacio mágico en la neblina xalapeña, destrozaremos el primitivo equilibrio de lo convencional, escandalizaremos a don Raciel, haremos eructar al obispo Grueso y Cordera, cumpliremos con una altísima misión.»

Ventura sonríe y calla, finge asombro. Si no conociera las indulgentes extravagancias de Isadora Duncan tal vez habría disfrutado más de las ocurrencias de Clite.

La hija de Bárbara baila como una posesa. Pone en cada movimiento tal fuerza, que siempre está a punto de gritar de dolor apasionado. Se golpea contra la barra, las paredes y los espejos, cae, se levanta y siempre está riéndose. Calma, calma, le dice Clite. Todavía no estás lista para abrir las grandes puertas. Qué sensación sublime, quiero volar, dice. Manoela, por el contrario, es el donaire de una cierva gordita, el deslizarse de un pez adiposo en el agua con un leve vibrar de las aletas. Trilce es una yegua desbocada, una ola serena bañada por la luz del crepúscu­lo, un delfín, una melodía de Arcangelo Corelli, una potranca que da sus primeros pasos, imprecisos pero perfectos, torpes y llenos de garbo.

Los ojos de Trilce forman un contraste extrañísimo con su piel muy blanca y su cabellera alada. Su cuerpo es el de un pura sangre.

Al terminar la sesión, le preguntó:

—¿Sabes de una casa honora­ble donde pueda hospedar­me? Ya no soporto a mi madre.

La señora Lujuria cayó del techo como una bestia mucilaginosa. Pero encima de ella cayó El Señor de los Sueños, que sacó a la Señora Lujuria a empujones de la academia.

Ven­tura miró a Trilce con inocultable deleite: belleza, armonía, serenidad, seguridad en sí misma, osadía, sentido de la aventura. La estudió también recurriendo a la iridología: una mujer con ojos tan prístinos no podía tener vicio alguno. ¿Valía la pena meterse en un lío semejante? No se dio tiempo para analizarse a sí mismo ni vaciló mucho tiempo:

—Si se trata de casas honorables, la mía es la primera del rumbo.

—¿Qué entiendes por honorable?

—Eso sólo lo puedes descu­brir en la práctica.

La llevó a su casa. La niña anduvo curioseando. Le dijo a Gervasio II un par de palabras en alemán de principiante. El pecesillo pareció comprender.  ¿Hay peces alemanes? Claro que sí, respondió Trilce: el lenguaje de los peces es el alemán, ¿no sabías? Inspeccionó la cocina y el baño. Husmeó descara­damente. Ojeó dos o tres libros. Señaló la colec­ción de los de Mi­ller.

—¿Honorable? —preguntó—.  Ninguna persona que yo considere honora­ble tiene más de un libro de Miller en casa, mi mamá los ha leído todos y dice que son una basura machista.

—¿Cuánto? —preguntó con más cálculo que coquetería (o al revés, quién puede saberlo).

—Seiscientos.

—¿No me estrangularás?

—No creo; tal vez el peligro sea otro.

—Por eso no me preocu­po —dijo con una sonrisa de enigma.     Cuando sus ojos hicie­ron contac­to con los de Ventura, había en ella una nueva certeza. Era la propietaria de su cuerpo y tenía bien delimitados los linderos del terreno que estaba dispuesta a proteger contra los depredado­res. El amoroso supo responderle con uno de sus gestos de inocen­cia. Jamás había tomado de una mujer nada que no le ofreciera por su voluntad, capri­cho o deleite, de modo que podía estar tranqui­la.

Puesto cada cual en su sitio, Ventura supo que debía proceder con cautela:

—¿Qué te parece si mañana vienes a comer y hablamos sobre el negocio?

Estuvo de acuerdo. Antes de salir se despidió de Gervasio II, que se ocupaba de comer su dosis de tortilla molida.

 

 

Yo tengo confianza en Dios. El problema es que no tengo con­fian­za en mí mismo. Poner la última frase en una novela. ¡Qué trabajo tan infame, tan glorioso!  Ventura piensa que algún día podrá escribir el relato de una noche de amor y que tal vez llegue a ser la historia más bella que se pueda escribir. En realidad, se dice, la historia ya está escrita: basta pensarla para que comience a escribirse. Pero ese trabajo vendrá después de otro, una novela cuya consigna será: un corazón vivo en la mano del lector. Sólo falta que le llegue la señal, liberarse del acoso de la Señora Lujuria.

Escribió: «Hoy me siento el rey del universo. Todo tiene una luz inusitada. La música entra en mi cuerpo y lo pone a bailar. He ido de un lado a otro ferozmente febril y armonioso. Comí con ritmo, me lavé los dientes, me desvestí, estuve leyendo, todo lo hice siguiendo una cadencia, con una alegría tran­quila que se agota en sí misma y no necesita otra cosa. ¡Que hermoso sería vivir así, sin razón, sólo con música en el cuerpo!»

¿Qué te pasa, Ventura? Habría que resolver todos los enigmas de la creación, entrar en cada palabra, para saberlo. Hay en mi humanidad un delicioso dolor; una conciencia de vida habita cada uno de mis músculos. Tal vez la respuesta sea sencilla y vulgar hasta el asco. Ventura siente un frío agradable en la frente, una energía, que partiendo de su cerebro, se extiende a todo el cuerpo y le comunica entusiasmo, dicha inexplicable, ganas de vivir a fondo. Si tuviera que escoger un héroe, un modelo, ahora escoge­ría a Simeón el estili­ta.

Escribió: «Esta noche no puedo penetrar más allá de la superfi­cie de las cosas, sería inútil. Es como si después del fenómeno y de la prisa por apurarlo subsistiera la tragedia y el desgarramien­to. Pero ni esa metafísica de burdel me interesa. Lo que deseo —y no es ni siquiera deseo, sino una honda, casi instintiva pulsión de mis visceras— es pasar por encima de todo, apagar la luz y escuchar los golpes de la lluvia sobre el techo».

 

En la clase siguiente Trilce salió desnuda al salón de danza. Las niñas se escandali­zaron pero fingieron ignorarla. Ventura la miró sin pudor. Observó sus pezones rosados y dulces como el anito de un recién nacido.

—¿De quién son esos castos ojos que me miran desde tu pecho? —le preguntó.

Trilce no respon­dió, entregada por completo a la pasión de vivir el instan­te en que la luz del sol atravesaba los grandes ventanales para ilumi­nar su piel sonrosada y frutal. Algo murmuró luego, poniendo su boca a un centímetro de la nariz de Ventura. Entonces éste pudo percibir un aire de campo abierto, sólo conce­bible en una criatura tan espléndi­da.

Al terminar la clase, Ventura insistió, ven, le dijo, te llevo en Galileo:

—Prefiero arrastrarme kilómetros bajo la lluvia que viajar en un auto —dijo, y echó a caminar cruzando un campo entre vacas y altos pastizales, bajo la lluvia torrencial. A la distancia Ventura pudo ver que se acostó sobre el pasto, bajo el diluvio y comenzó a comer limones sin pelarlos. A las dos de la tarde llegó airosa a su puerta, con la cabellera estirada rabiosamente, al punto de achinar sus ojos. Parecía una actriz vikinga, una joven diosa  del Valhalla. Larga conversación en el umbral.  Venía de caminar varias horas por un sendero en las montañas de Briones. Había reflexionado sobre la oferta de vivir en casa del bárbaro. Terminó cubierta de barro y jubilosa de haber alcanza­do la luz de una decisión:

—Necesito soledad. Tener a un hombre cerca puede tergiver­sar por completo mi desti­no. No sé si soportarías escuchar mi violín doce horas diarias o si mi madre aguantaría el golpe sin  arrancarse el pelo, los dientes, y suicidarse públicamente. No creo que me divierta jugar a la tragedia griega ni entrar en el desfile de tus gatas en celo.

What!

Darling, en este pueblo todo se sabe, no sólo el novelón con mi madre, la pobre víctima, sino lo de la indígena pechoplano y la media docena de locas que han visitado tu caverna. Si yo viniera a vivir contigo terminaríamos convertidos en proscritos.

Ni siquiera entró a la casa. La miró desde afuera.

—Ya estoy comenzando a sentir nostagia de lo que podría haber vivido contigo —dijo—. Es curiosa la vida: vivimos menos de lo que podríamos vivir si tuviéramos más sentido del riesgo. Se me ocurre que en otra vida, en otra dimensión, yo entraré a vivir en esta casa contigo y construiré un destino paralelo, pero por completo ajeno a esta vida en la que no me atrevo a compartir una casa con un orate como tú.

Le dio un beso afectuosísimo y se fue.

 

«Beethoven, ese aldeano del Danubio», expresión memorable de ¿Goethe? «No es un hombre superior quien se atiene a agradar a los imbéci­les y no a su propio genio», dice Miguel Ángel. Por primera vez en 30 noches se ven las estrellas y la luna. La clase de danza estuvo bien. Ventura protestó su derecho a bañarse inmedia­tamente después de la clase. Clite dijo que entrara. Todas las niñas estaban desnudas. Fingieron no avergonzarse al verlo.

Clitemnestra había ordenado:

—Bailen a su antojo, pero trazando con sus manos figuras sobre sus sexos—. Las niñas lo hicieron. Ventura trató de imitarlas, pero en lugar de trazar figuras sobre el sitio correcto, lo hizo sobre el estómago. La maestra de danza se enojó:

—¿Dónde está tu sexo?

—Aquí —respondió Ventura señalando el empíreo. Luego le explicó su teoría de que el sexo del hombre no se halla en la base, sino en el sitio hacia el cual se proyec­ta cuando le llaman la atención: el cielo.

—Eso son babosadas —dijo llena de artificiosa ira—: tu sexo está aquí —y puso su mano sobre el tímido ladrón de honras.

Clitemnestra tendió a sus alumnas de espaldas, pidió que abrie­ran las piernas y les dio masaje a todas. Mientras lo hacía, susurra­ba y suspiraba, yo lo hago todo, todo por ustedes. Es una estra­tegia de distracción: masajea a todas las niñas con el objetivo de tener pretexto para manosearme, pensó Ventura.

Tras la clase, Manoela se acercó. Tiene catorce años, catorce limpios años y unos kilitos de más, se nota en ella el despertar de un gusani­to que inquieta al amoroso. Su rostro es bello, ligera­mente tosco, como el de la Venus de Belvedere.

—Quiero que todos los días me ayudes a hacer abdominales —dijo deslizando sus ojos de náyade en los del frenético, que como de costumbre, se lanzó al despeñadero de las conjeturas. (La verdad, preferiría que fuera Trilce quien me hiciera la solici­tud, pero me conformo contigo, criatura).

Después, fue Clitemnestra quien se le acercó:

—He notado que te gustan las niñas.

—Sí, delgadas, hermosas, de piel lozana, graciosas, aunque sean tontas.

—Me parece un gusto muy superficial. La verdadera belleza está en el alma.

—Como bailarina debes saber que el alma es el reflejo del cuerpo. No concibo un alma bella en un cuerpo fofo o escondida tras un rostro desagradable. (Lo que ofende a Clitemnestra —conjeturó Ventura— es que yo no le preste atención a ella, que se concibe a sí misma como una mujer de espíritu elevado e ideales de princesa rusa). Pero, ay, Clitemnestra tiene treinta y dos años y el garbo con que baila no alcanza a opacar una jeta innoble, en la que parecen haberse barajado toscamente todas las razas del mundo.

—Me encanta hacer el amor, pienso mucho en eso. Todo lo que hago con mi cuerpo y con mi espíritu es una preparación para el amor —dijo Clite.

—Me parece una actitud extraordinaria y muy productiva—respon­dió Ventur­a.

—¿Cuándo me acompañas a correr por la montaña?

—No lo sé, tengo que sentarme a escribir.

Trilce miraba la escena sonriente. Fruncía el ceño. No tienes solución, parecía decir. Pero yo no tengo la culpa, quisiera haber dicho Ventura.

—El asunto, Clite querida, es que en este momento no me intere­san las almas. Solamente me ocupo de los cuerpos divinos, de la lozanía y la belleza. Tal vez llegue el momento en que, como quería Platón, pueda ir más allá, elevarme de los cuerpos bellos a las almas hermosas. Pero por lo pronto, todo mi afecto e interés  se han des­viado hacia las disciplinas físicas y estéti­cas; la moral y la justi­cia me tienen sin cuidado.

—Se te nota que vienes a la Academia con los más insanos impulsos. Miras a las niñas con ojos de loco amarrado, de delincuente, de violador.

Los catorce años de Manoela están más repletos de promesas que de dones. Su cintura es cada vez más esbelta y su sonrisa se va ilumi­nando gradualmente, a medida que toma confianza.

Luego escribió: «¡Qué poco me conoce Clite! Pobre de mí, más que un engendro de Satanás soy un ser humano sin censura, un habi­tante del purgatorio, un extraviado, un inocente, que no halla absolutamente nada de vituperable en el éxtasis que me produce mirar a las niñas, con sus pechos apenas coyoleando, en el esplendor de la danza, dedicadas al oficio de domesticar sus aturdimientos de criaturas que sin ser muje­res tampoco son niñas. Los enfermos son los otros: los que bajan los ojos ante el espectácu­lo sin par de la belleza en plena florescen­cia.»

 

Se acuesta a las doce. A las tres de la mañana se despierta, angus­tiado por una pesadilla. Perseguía a una niña para violarla. Era la misma niña que en otro sueño entraba al orinal a mirarle la tranca y luego le pedía permiso a su madre para chuparla como una paleta.

 

Etelvina —la muy pérfida y caprichosa auxiliar de servicios domésticos— se dignó hacer limpieza general de la casa. Dijo que no había comparecido a sus deberes endenantes porque estuvo ocupadísi­ma lavando la ropa del liocenciado. («Las palabras endenantes y liocenciado —escribió Ventura en sus Notas de Emergencia— son magníficas, pues conjuga la primera el «en» de lugar y el «antes» de tiempo. «Liocenciado» escapa de cualquier análisis, lo obvia olímpi­camen­te.»)

 

Informe de la situación: manuscritos rechaza­dos en tres editoriales (El editor que parecía interesado en El Basurero Universal, dijo que por ahora no se puede pensar en un publicar una novela como ésa: demasiada rabia, demasia­do odio contra el mundo entero, ausencia total de valores, imagina­ción desaforada y sin asidero alguno, personajes estrambóticos hasta el deli­rio, lenguaje excesivamente barroco, una tendencia fascistoide que no iba con los tiempos democráticos del planeta. ¿Tres adjetivos para un miserable sustantivo? Eso no lo soporta ni la madre de Cer­vantes. ¿Quién iba a enten­der, quién iba a disfrutar de semejante barbarie litera­ria?)

Una hora después de conciliar el sueño, tras haber batallado contra el insom­nio, Ventura despierta con dolor de cabeza. Acaba de salir de un pavoroso laberin­to en el cual se vio convertido en el idiota enamorado de una zanahoria que se hallaba colgada del techo y que todos admira­ban; se vio también como jefe de personal, asignando oficios a sus compañeros de la Editorial; se vio seguido por una turba de criaturas lúgubres, reco­rriendo pasa­dizos, habitaciones, escaleras, padeciendo hambre, se vio acosado por perros y toda clase de alimañas, sin perder el opti­mis­mo: ¡No hay peligro, adelante, la vida es nuestra! ¡Gaula, Gaula!, gritaba. Luego se vio acorralado por indígenas que le lanzaban flechas. Entre ellos estaba la Princesa de Huamantla, su amante número menos dos (la amante menos uno era Bárbara Bláskowitz), con sus tetas de circo. Después se descu­brió en el escenario de un teatro, leyendo su propia historia: la de un hombre en ascenso por unas escaleras interminables que se perdían en la oscuridad. Lo de la zanahoria, el jefe del personal, la obra de teatro, se repite una y otra vez, hasta que Ventura despierta.

 

Ventura entró a la duela de la Academia. Vio la sonrisa confia­da, resplandeciente, de lecherita de los Alpes de Manoela. Trilce lo ignoraba con facilidad. Y uno y dos y tres, cantaba Clitemnestra al golpe de la pande­reta, la punta de su pie derecho picoteando leve y rítmica­mente el suelo.

Derecha la espalda, dijo Manoela. Mira —tomó la pierna derecha de Ventura que estaba tensa sobre la barra—, tienes que relajarte—. Corrigió la posición del cuerpo como si Ventura fuera un maniquí. Luego, en un susurro:

—¿Serías capaz de hacerme un favorci­to?, ¿un detalle pequeño, señor? —al decir «señor» su coquete­ría se extremaba, se hacía cariñosa, cómplice, sutilmente ingenua—, ¿por qué no te afeitas? Quiero ver tu rostro sin esos horrorosos pelos descoloridos.

¿Afeitarme yo? Claro que sí, el lunes vendría con el cutis tan lozano y limpio como un culito de lechón.

Terminada la clase, ella misma se tendió en el suelo e invitó a Ventura a que la ayudara con sus abdominales, cien diarios, uff, la niña volunta­riosa subía y bajaba mientras los observaba Clite. Trilce no se ocupaba de ellos. Estaba dedicada a sus estiramientos al lado de un espejo. Al final, Manoe­la casi mostró pena al despedir­se, ay, tendré que esperar hasta el lunes para volver a verte.

A las clases de danza ha comenzado a asistir un hombrecito verdinoso de metro y medio, con pier­nas arqueadas y ojos de duende malvadi­llo. Trabaja en la compañía de teatro de la Universidad. Dice que quiere seguir las huellas del jorobado de Lagar­dere y por eso prego­na su amor a la doncella que conside­ra más digna de reverencia: Trilce. Es un pequeño demonio acezante, un sibarita sin par. Persigue a la hija de Bárbara Blaskowitz por la duela hablando con voz gutu­ral, soy el lobo feroz, uuu, lo que divierte infinitamente a la criatura.

Mientras Ventura le hacía tronar los huesos de la columna a Manoela, abrazándola por la espalda, el enano verde asistía a la escena. Una vez que la niña quedó satisfecha y aliviada, el amoroso la soltó. El enano verde le hizo un guiño a Ventura, señalando con sus ojos de sátiro la entrepierna del apache, donde una erección casi impúber levantaba el calzoncillo.

—Ahora me toca a mí —dijo Trilce, frá­gil como una telaraña al amanecer, exquisita, pero tan enérgica, tan sin defecto alguno, un verdadero insulto de la naturaleza. La invitación turbó al amoroso, no sólo por la evidente e inoportuna erección, sino porque tronarle los huesos a Manoela era lícito y necesario: ella misma, con sus brutos pero disculpa­bles kilos de más, parecía accesible, dada su imperfec­ción, su sociabili­dad, a diferen­cia de Trilce, cuya retadora dulzura, carácter antisocial y origen la hacían remota, como se sienten remotas y ausentes las gárgolas que se hallan en las torres de una iglesia gótica. Ventura nunca había pensado correr peligro alguno abrazando a Manoela por la espalda, pero la sola posibilidad de hacer lo mismo con Trilce, la sentía casi como una profanación, como un  pecado contra la perfec­ción y la distancia que toda adoles­cente divina parece exigir.

Ventura situó el cuerpo de la niña en posición. Hizo que colo­cara sus manos tras la nuca, enlazando los dedos,  incli­nara la cabeza hasta tocar con la barbilla su pecho, después se puso tras ella, la abrazó con tanta delicadeza como pudo y cautamente presionó sus huesitos de cristal. El sonido de sus articulaciones se hacía esqui­vo, más duro, más duro, pedía la niña, y el enano verde corea­ba, más duro, más duro, y la niña se prestaba con entusiasmo, ofrecía sus ancas de nutria  al roce, al abuso, al deleitoso esfuerzo, hasta que al fin, con alivio de Ventura, un grito de Trilce, aplauso de Manoela y un arquearse carica­turesco de las cejas del enano, las coyunturas sensi­tivas de la niña lanzaron un sonido triunfante. Ventura, casi automá­ti­camen­te, se lanzó a la posición decúbito ventral y comenzó a hacer lagartijas para combatir la ansiedad.

—Son unas niñas preciosas —dijo el enano en secreto— y las estás desperdiciando. Una de dos alternativas, amigo, o a ellas les sobra ingenuidad y les falta malicia para darse cuenta de que te vuelven loco, o a ti se te extravió la perversidad y sentido de la aventura. ¿Qué les puede pasar? La telita hace chac y quedan habilitadas para el amor. Te lo agradece­rán hasta el último polvo de sus vidas.

 

Preparación de coreografía con Clitemnestra. La idea es que el estreno sea sorpresivo, un día domingo, a la salida de  misa, exactamente frente a la Catedral.

—¿Que te parece si al final todos nos desnudamos? —pre­gunta Ventura.

—Por mí, maravilloso —dijo Clite, su gran cuerpo retador, sus aires de Pavlova —, pero los padres de las niñas no creo que estén de acuerdo.

Tiene razón. Ya me imagino el editorial de don Raciel, cronista de la ciudad, estatua, calle, avenida, escuela, prohombre, ex presidente Municipal y más que todo conciencia moral que se apoya en los pilares de su diario, El Pregón de Provincia.

 

A la salida de clase Manoela y Trilce invitaron a Ventura a que las viera patinar. Apoyado en un árbol cerca de la pista,  contempló a sus niñas danzar para él en exclu­siva. Orgu­llo­sas, lucían sus cuerpos recientes, sus peri­cias, los dones de sus naturale­zas, aunque los kilitos indiscre­tos  propi­ciaran desequili­brios poco airosos en la primera. Las compañeras de las niñas lanza­ban miradas de complicida­d, acaso de envidia, tal vez porque consi­deraran que a su edad, carecer de un amigo con toda la barba fuera una falta de madurez y de estilo. Con la brisa del atarde­cer Ventur­a se permitió el deli­cioso fantaseo: Manoela y Trilce le pedirían, tras la sesión de patinaje, rubori­zadas y llenas de exal­tación, que las liberara de una traba molesta, pero que fuera muy discre­to, se trata­ba de algo de lo que hablaban todas las niñas, pero que ninguna con­ocía, es que, no te lo podemos decir aquí, hay mucha gente. Y Ventu­ra, compren­sivo diría: No se preocupen, mis niñas, yo sé lo que quieren y acudieron justa­mente a la persona correcta, me llaman el doctor Amóribus. No digan más. Vengan conmigo. Seré cauteloso y delica­do. Las traería entonces a su casa, donde  entre juegos de danza y misterio  lograría que las niñas se desnuda­ran y comenzaría a acariciarlas con fervor, pasión y delica­deza sin iguales mientras iría guiándolas, dándoles justi­ficaciones, iluminando la belleza del acto, hasta que una vez concluida la delei­tosa ceremonia, ¡chac!, ellas lo agradecerían. Pero ay, se dijo Ventu­ra,  acaso pasara lo que le había sucedido al doctor Amóribus con Ranita y el asunto acabara de mala manera, con todo y escánda­lo, foto en El Pregón de la Provincia y hasta expulsión de la Editorial, la ciudad y el país, tal vez incluso acabara con un tiro en la nuca, porque las niñas no tenían la culpa de ser vástagos de las mejores familias del pueblo en el peor sentido de la palabra. El padre de Trilce, ya nacionalizado, había comenzado a ocupar cargos públicos y pronto llegaría, sin duda, a ser presidente municipal de Xalapa.

Regresaron las nenas al lado del árbol. Encendidas y sudoro­sas, oliendo a rosa impe­rial en verano, dejaron un par de húmedos besos en las mejillas a Ventur­a y se despidieron.       Bárbara Blaskowitz, con una mano descansando sobre el volante de un Volare destartalado (que le habría prestado el amante del mes, murmurarían los chismosos de La Parroquia) esperaba a su hija a la salida del parque hundido. Al ver a Ventura pareció sufrir un vahído. Rumbo a su casa, Ventura se dijo: Si la llamo será un acto de suprema debilidad. ¿Pero a quién llamaría, a la madre o a la hija?

 

Bárbara traición

Un mes antes del comienzo de la danza, Ventura había regresado del viaje al fin del mundo (escapó de Xalapa con la idea de jamás regresar, pero la parte exterior del planeta le pareció terrible, irrespetuosa, difícil de domesticar, con pasiones demasiado ajenas, y pronto se vio cargando sus bártulos en la estación de autobuses, rumbo a su pecera, a la oficina de la Editorial y al lecho donde esperaba a sus amantes). El primer acto del regreso, incluso antes de ir a su propia casa, fue llamar a la señora Bárbara Blasko­witz por teléfono. Le respondió una voz voz que sintió hosca, llena de rencor hacia el universo, operá­tica, de un Otelo, sin duda.  Media hora más tarde Ventura conocería al dueño de la voz. Era un andaluz de barba díscola, anteojos de Supermán y personalidad agrada­ble, viperina, impredecible. Un caballero armado, con un truco en cada bolsillo, daga en la bota y cejas de rufián. Perso­naje de zarzuela, calificó Ventura. Diríase que hipnotizaba a primera vista. Ventura lo bautizó inmediatamente: Raspu­tín. Se movía por la casa de Bárbara como por el traspa­tio de su reino. Cuando la señora Blaskowitz descendió por las esca­leras, toda ella convertida en una tormenta de celeste-seda-celeste-y-roja- cabe­llera, el asunto ya fue más que una sospecha, pero quien se encargó de ponerlo en palabras contantes y sonantes fue Trilce, con su habitual maldad jugue­tona y el descaro de sus sabios e insufribles quince años.

—Míralo, es el dueño actual de mi madre. ¿Qué te parece? ¿Cier­to que está algo… digamos una palabra decente, exótico? —Exhibía al invasor con ojos de fingida posesión, de «eres nuestro y que se acabe el mundo».

Ventura quedó convertido en un árbol solitario partido por un rayo en medio de la llanura de su vida. Bárbara lo miraba con severidad, como dicien­do mide tus palabras; lo miraban las niñas —La Bella y la Bestia—, entre sonrientes y apesadumbradas; lo miraba Trilce, con la gracia oblicua de las adolescentes; lo miraba el español con aires de terrateniente invadido.

Permane­ció en silencio, en una actitud de desamparo que no se podía expli­car. Otra vez estaba solo, completamente solo. Ahora tendría que volver a acostum­brarse a sí mismo y al misterio goloso de su gata Atenea. Tendría que volver a gastarse en obje­tos, papeles, esfuerzos físicos, y no en personas.  A romperse a sí mismo contra el mundo, a mellarse, a dejar el pellejo sin placer, sin sentido y sin gloria, a fornicar en seco con la vida. Habría que descolgar el violín de la pared y buscar las viejas complicidades. Apolillado y triste el violín había sido como una hermana solterona, resignada y virtuosa, con la que lloraba a dúo en épocas de crisis. Qué otra cosa podía hacer, si el ascetismo y la templanza lo entregaban a unos insomnios enloque­cedores y la felici­dad sin pasión le permitía un sueño placen­tero y libre de remordimientos.  ¿Una mujer menos? Una novela más. Proust lo había escrito y Ventura lo firmaba con deleite.