El viejo aroma de mañana

Fragmento de novela homónima

Nelton Pérez

Nelton Pérez (Manatí, Las Tunas, Cuba, 1970). Narrador y poeta. Ha obtenido importantes premios a nivel nacional en los géneros cuento, novela y poesía. Ha publicado, entre otros, los libros de narrativa: El Viaje (1998); Desvaríos mágicos (2000) y Apuntes de Josué 1994 (2001). Es autor, además, del poemario Soledades concurridas (2005) y de las novelas El enigma y el deseo (2006) e Infidente (Premio Alejo Carpentier de Novela 2015). Iliada Ediciones acaba de publicar su novela El viejo aroma de mañana, a la cual pertenece el siguiente fragmento.

 

***–***

1

Otro viejo solitario –repite el teniente Agustín–. Otro viejo más que aparece muerto y nada. ¡Nada de nada!

Está de pie y escribe, meditabundo, en una agenda de tapas duras de color gris: Lo mataron, pero… ¿por qué?

El viejo no se metía con nadie, ¿cómo el Central?, piensa cuando a través de la malla vieja y sucia de la puerta ve pasar por la calle un camión con remolque cargado de hierros y grandes vigas de la demolición del Central azucarero. Carraspea y traga casi en seco. Un rectángulo de sol entra discretamente y se echa sobre los muebles y el piso como una sombra alargada de luz amarilla. Una luz atenuada por el polvo que se aferra en la malla plástica de la doble puerta que actúa de frontera para mosquitos, hojas secas y el bagacillo; filtro de pequeñas partículas visibles sólo en ese resplandor que se asemeja a los chorros de luz del proyector del cine. Malla cuadriculada por la que apenas se cuelan los ruidos y el  calor del mediodía. Un rayo solar penetra por un hueco del grueso de un dedo en la malla hasta la pared de enfrente como la lucecita guía del fusil de un francotirador y se estrella en la rodilla del jugador del afiche. Otras veces el rayo de luz solar da en picada en el estómago del Teniente que se aparta de imaginarse que le apuntan como a un blanco de tiro.

Hay muchas cosas de valor en esta casa y no parece faltar nada. Ni una huella que a simple vista avise de una ausencia reciente. Hay dos torres de revistas Bohemia a cada lado del sillón, polvorientas. Otro bulto de revistas Correos de España contra la pared. No hay figura de porcelana o mueble que haya sido movido de lugar. Sólo el búcaro quebrado en cuatro pedazos dispares, la arena fina, casi blanca, desparramada en el suelo. Y tenía, casi a media garganta una arcada, el recuerdo fotográfico del hematoma de un golpe recibido en la nuca, morado y amarillo, con la sangre reseca en el pelo escaso y color marfilado.

Queda por unos segundos ensimismado, prendido de una espectacular atajada de Ricardo Zamora el guardameta español, El Divino Zamora que con garras de tigre se lleva en el aire la pelota de cuero. Una estirada con boina puesta del portero estrella del Real Madrid en 1936 donde se lee El Poder Merengue. El afiche es casi a tamaño natural y recibe de frente a la puerta haciendo que quien entre a la sala sienta que acaba de patear dentro del área chica ese balón atrapado por el portero.

El disparo de sol que atraviesa el orificio de la malla plástica de la puerta que da a la calle se le incrusta a Zamora en la rodilla más levantada, la de la pierna que vuela. El afiche está bien conservado pero tras el cristal se adivina en los bordes de la cartulina, muy cerca del marco de madera unas manchas amarillentas que avanzan, manchas de agua, de humedad. Manchas del tiempo, eso parecen las fotos.

Por orden del Teniente el cadáver fue trasladado a una ambulancia que debía esperar instrucciones allá en el parqueo de la estación de policía.

–Usted entre al parqueo, y se me arrincona para el lado de la perrera, bajo la sombra de un laurel –dijo el Teniente al ambulanciero que puso cara de fastidio por el hedor del muerto–. Y me espera sentado allá en Carpeta a que llegue o yo lo llame por teléfono. OK.

Así logró deshacerse de los vecinos curiosos y de sus mismos compañeros que no le dejaban pensar. Necesita concentrarse, imaginar, darse él una versión de lo que allí ocurrió.

La mirada del Teniente se pasea por toda la sala de la casa, chupa la punta del lapicero. También él se mueve de un lado a otro, siempre con cuidado de no pisar la silueta del cuerpo que ha hecho dibujar en el suelo con una tiza de cal blanca.

–Sí, sí que era largo el difunto –se dice y recuerda al gallego Rodríguez bajo los palos de la portería de fútbol de un partido de jugadores veteranos en el lejano año de mil novecientos setenta y ocho o setenta y nueve… Ya por entonces Rodríguez era viejo, tenía largas manos y sobresalía en la fila del equipo con rodilleras, un pulóver rayado de mangas largas y la boina ladeada. Parecía el tío Estiopa, el gigantón héroe de los dibujos animados soviéticos, envejecido. El club Relámpago contra el Fútbol club Iberia, el derby, los eternos rivales de Minas Blancas. Los jugadores veteranos que peinaban canas y hasta cojeaban muchos en un partido en saludo al aniversario de ya no recuerda qué cosa… Serían las cuatro o las cinco de una tarde luminosa de su infancia y el aire soplaba de la costa con frescura. Las cadenetas de papel rojas y azules y las banderitas cubanas se movían casi al compás de aplausos,  grabación de música patriótica con redobles de tambor y un micrófono gargajoso.

El teniente Agustín, por un momento entrecierra los ojos y el antiguo graderío de madera del estadio que columpiaba el viento y la gente, aparece con decenas y decenas de rostros que la prisa de los días y la muerte ha ido apagando en su memoria. Ya él era regular en el equipo infantil de Minas Blancas, usaba el uniforme completo y ganó el premio de ser uno de los recoge balones alrededor del terreno de juego en partidos oficiales de mayores. ¿Qué fue de aquel primer uniforme con el cinco en la espalda? No, no lo sabe, pero sospecha que ese uniforme acabó siendo convertido por Mamá Olga en funda de almohada igual que muchos otros uniformes de los equipos en que jugó y que ahora desearía haber conservado para mostrarles a los hijos. El cinco no era un gran número después de todo, murmura y se descubre la lengua teñida de azul.

–Ay, Tíncito, eres un fiñe traga tinta –se dice bajo con la voz prestada de su mujer, saca el pañuelo y limpia la lengua. Al pañuelo le queda una mancha húmeda y azulosa, lo guarda en el bolsillo trasero del pantalón e imagina la cara de la esposa cuando vaya a lavarlo. Se acerca al cuadro de una fotografía que cuelga en la pared e intenta verse la lengua. El reflejo de su rostro es casi nulo, deformado, pero se interesa en la foto. Hay un grupo de hombres jóvenes, –negros, mulatos y blancos casi todos de traje y corbata, en camisas claras–, frente a un edificio que en la fachada exhibe el rotulo de un compás y una escuadra de albañil. La foto tiene un pie de firma del año 1946 que reza: masones en la gran logia de Minas Blancas. La mayoría de los rostros sonríe. ¿Sonríen a pesar del tiempo que ya transcurrió? Ahora serán viejísimos, y amargados, si es que no han palmado ya la calavera, piensa el Teniente y reconoce el muro, la reja de entrada, el vitral de las ventanas al fondo. Ese es el local que ocupa hoy las oficinas de la Central de Trabajadores de Cuba, sí, la CTC municipal; murmura y sonríe satisfecho a aquellas sonrisas que le miran desde esa cartulina añeja, también mustia en los bordes. Posaron alegres, la fotografía es la prueba de que vivieron. ¿Pero qué habrá sido de sus vidas? A su esposa le gusta mirar las fotos viejas de Minas blancas, también las pocas fotografías en blanco y negro que hay de su niñez y las de su familia; las mira y requetemira, y siempre le parece hallar algo nuevo, unos zapatos, un vestido, el gesto vago e intrascendente de un rostro o una pared, de un anuncio comercial. Él no, ver fotos de lo que fue y ya no es, o de lo que existe fuera de su alcance le parece igual que darse uno mismo una paliza.

–Sí,  eso, masoquismo, ganas de machucarse uno mismo los sesos, mi amor. Ay,  tuve un día del carajo y tú me vienes con eso de antes… ¡Ah, Lily, no te machuques chica!

Su esposa entró un día al museo y luego vino contándole, entre asombrada y con un tono de voz medio disidente similar al de Tony:

–Oye Tincito, pero qué linda era Minas blancas. ¡Qué prosperidad, chico! Si hasta me parece que lo que vi fue una película, las casas pintaditas y las calles sin aceras, que no había aceras todavía. Sí, sí ya sé que las aceras las hicieron por un 26 de Julio que ganó la provincia cuando eras un culicagao y que ayudaste buscando piedras, y sí dando pico y pala también. Pero la Minas Blancas de estas fotos es de mucho antes, Tincito, sin aceras, pero bien lindas las cercas de madera, los jardines… Ah, y unos cartelones con anuncios del cine, de las compañías de teatro que venían a dar sus funciones… Oye y el hotel, bellísimo. A una le dan deseos de cerrar los ojos y que cuando los abra de nuevo todo vuelva a ser así de lindo. ¿A ti no?

Y él niega. Niega porque andar con la cabeza llena de musarañas lo incomoda. Las cosas son como son y no como algunos las imaginan que podrían ser o fueron. Hablar del pasado, de un pasado que ni siquiera conoció es perder el tiempo. No tiene tiempo para perderlo en boberías ni en mirar fotos en el museo.

Mirar fotografías es otra manera de soñar, de no poner los pies en la tierra. Se alegra de no tener fotos de su boda, pero ya Liliana le advirtió que celebrará cada cumpleaños a la niña, o al niño.

–¡Y con fotos, Tincito! Así que ve hablándole a un fotógrafo. Uno que haga ampliaciones porque vamos a poner una foto bien linda en un cuadro, en la sala. Y antes que yo para, hay que volver a pintar la sala y el cuarto de nosotros que ya ahorita están mugres igual que la casa por fuera.

Las fotografías se le antojan al Teniente como burbujas de aire, burbujas de otras épocas  donde el tiempo, su avance cruel, despiadado, es detenido, contenido por cerrojos casi impermeables. Y vuelve a reparar en esas manchas mustias que avanzan por los bordes del afiche del portero Zamora, de tantas fotografías que allí se ve obligado a mirar.

La sala de esta casa de Rodríguez a ratos le parece un museo. Un museo tiene que ser muy parecido a esto aquí, piensa. Sólo que un museo descuidado al polvo, se detiene justo en el teléfono, es amarillo y de un modelo antiguo de los de discar. Ya no quiere mirar más las fotografías, pero le entran por los ojos quiera o no. Se cata la lengua y sí, ya disminuyó el sabor a tinta, pero seguro deberá ir a cepillarse… ¿Cepillarse los dientes? ¿Aparecerse en la casa sin el petróleo para el fogón? ni loco que él estuviera. Mejor que se concentre. Tín a deducir, carajo.

¿Si estaba infartado por qué llamó antes de morir a la policía…?, se dice una y otra vez en voz alta sin que el asunto para él tenga pies y cabeza.

–¿Por qué este viejo habrá hecho esa llamada a la policía? Los números de la estación de policía y el hospital ni siquiera se parecen. ¡Qué cosa más rara…!

–Casualidades, Jefe –dijo alguien que llegaba del fondo de la casa y sentenció– ¡Del diablo son las cosas!

El Teniente es sorprendido, da un respingo y lleva la mano a la cartuchera de su pistola, el lapicero resbala de su boca, se pega un  mordisco y maldice:

–¡Mátame tren de la una!

Luego resopla, resignado y saborea su saliva en busca del dulzor denso de la sangre. Pero, ¿seré estúpido?, ya estaba otra vez chupándome la tinta del lapicero. ¿No, no, si de milagro no me saqué sangre?, y comprueba con la lengua el labio inferior.

–¿Lo asusté, Jefe?

–Ah…, casi le pego un tiro y… todavía me lo pregunta usted.

Se escurre las encías, interrumpe el escupitajo contra una ventana y traga lento la saliva, imaginando que va a cagar azul cierra la agenda. En la tapa de vinilo gris de portada se lee, Ministerio del azúcar, y más abajo también en letras  rojas pero más pequeñas, Planes de trabajo para el quinquenio 2000–2005.

–¿Le molesto, Jefe?

–Claro que no, Lambert, es que me creía que estaba solo.

–Pues ya ve que no, Jefe. ¿Duerme usted bien?

–Muy normal. ¿Qué usted hacía por allá atrás?

–En el baño, Jefe, hace un par de días que no ando bien del estómago. Es viral, supongo, como no acaba de llover.

El Teniente frunció las cejas, y Lambert que es médico se explica:

–Me comí unos mangos locos, unos mangos fuera de tiempo, Jefe… debe ser una indigesta. A los mangos que no le llueve, luego son una bomba.

Lambert es gordo, y se abraza el vientre, usa una empercudida bata blanca, curiosea por los rincones, pasa un dedo aquí y allá, lo sopla. El silencio es sobrecogedor, no hay rendijas y ya no se filtra la luz del sol, afuera puede ser de día o noche. La bombilla aro de luz fluorescente que cuelga de una lámpara de lágrimas deja caer sobre muebles y personas una luz lenta, densa, una luz cargada de años, pronta a expirar.

–¿Por qué esa llamada? –dijo el Teniente, ensimismado y con el lapicero tamborileó sobre el teléfono–. Si es que todavía me dan ganas de matar a Fariñas. Desatendió esa llamada por bruto que es y ahí estuvo el chance, el único y gran chance.

Lambert, sonrió con picardía y comentó:

–Lo normal es que el infartado, si le alcanzan las fuerzas, llame al hospital, a un vecino o hasta a los bomberos, pero nunca a la policía. ¿No creé?

Era la segunda ocasión en aquella mañana que Lambert lo advertía de lo mismo. ¿Qué era lo normal, la cabrona lógica…?

–Pero Lambert, usted concuerda conmigo que pudo ser un cruce de líneas, ¿verdad? Lo que pasa es que Fariñas es un negro sin cerebro, que si no, yo agarro al hijoeputa que hizo esto.

–Eso,  fue una casualidad, Jefe.

El policía asintió con desgano, no cree en casualidades. El golpe en la cabeza y el búcaro roto están conectados; el búcaro estaba lleno de arena… Un búcaro de porcelana.

–El moretón en la cabeza, la herida… y el búcaro, Lambert, ¿cree que no significan nada? La porcelana es bien dura… Tenga cuidado ahí donde pisa, no vaya a borrarme eso que está en tiza.

–No es porcelana legítima, fíjese usted en el grosor. No, Jefe, este búcaro no es, no era de porcelana.

Y el Teniente hace un gesto involuntario de no saber. ¿Cómo era la porcelana legítima? Esas cosas todavía no las alcanzaba a saber. Lagunas, charcos y océanos culturales, decía Tony, hay cosas que ni leyendo se aprenden. Lambert venía de una familia fundadora de Minas Blancas, de clase media y con estudios. El Teniente recuerda con pesar y hasta con nostalgia algunos platos de aluminio, de plásticos que su madre compraba a merolicos de los carnavales. ¿Cómo iba a saber él de porcelana legítima o falsa?

–El golpe de la cabeza debió ser en la caída, Teniente. El gallego se desplomó –dijo el doctor Lambert sentándose en un sillón, de pajilla gastada y brillosa, que con el balanceo comenzó a crujir–. Un viejo a esa edad tiene la piel muy delicada, una telita de cebolla, y es puro hueso.

En el portal, la sala y el baño el piso es de cemento, fuera de ahí unos viejísimos y largos tablones de madera amortiguan las pisadas en la casa.

–El golpe fue después de la llamada, Lambert.

–¿Cómo? –y el doctor detuvo el sillón– ¿Cómo sabe o supone, que fue después de la llamada que se golpeó?

–…O lo golpearon, Lambert. Se fijó en el teléfono, está limpio, ni una gota de sangre; tampoco cerca del teléfono.

–Pudieron limpiarla, ¿no?

El Teniente niega con la cabeza, mira las manchas de la bata de Lambert y comprueba otra vez que no hay manchas ni humedades cerca del teléfono. Recuerda la tinta del lapicero que chupó y con disimulo, se refriega la lengua con los dientes. Siempre le ocurría esto con la tinta y los lapiceros, en una clase de literatura o español en el pre, se le había teñido toda la encía y la lengua. La profesora le preguntó algo que ya no recuerda, pero que en aquel instante se negaba a responder por no abrir la boca y mostrar la sin hueso y los dientes azules…

–Profeee…, –dijo y la mujer se le quedó observando, y se molestó. Se tocó en las sienes, frotándose y un olor a mentol chino invadió el aula.

–Ferro… ¿por qué tiene esa boca así?

Y Tony y Pablito, ante su férrea y reciente mudez salieron en su defensa.

–Ah… Profe Cruz…–dijo Tony y sonrió– es que el Tín es un poco lento para escribir con lápiz, y usó un lapicero que el repuesto de la tinta tenía problemas, pero él sabe la respuesta, Profe. El Tín es un mulato de vanguardia… ahora lo que pasa es que le da vergüenza abrir la boca.

–Eso es sólo una posibilidad, Profesora –dijo Pablito y a duras penas lograba contener la risa. Tín, enrojeció, conocía del talento para la burla del amigo y no debía hablar, tragó en seco y fingió una sonrisa para acompañar la sonrisa colectiva de la clase–. La verdad es que el Tín se mordió la lengua y ya ve, este mulato es de sangre azul y no quiere que lo descubran.

Él quiso decir que había estado analizando la clase, que releyó una y otra vez la página del libro de texto y mientras leía se llevó el lapicero a la boca y… La profesora hizo un amago por sonreír, y continuó con la clase. Siempre me pasaba eso, Lily, ya te conté las bromas pesadas de Tony y Pablito en la escuela, pensó que volvería a contarle a la mujer para hacerla reír un poco y que no se molestara tanto por la mancha de tinta en el pañuelo. Total mamita, que no es creyón de labios, ¿no? Sí, ya sé que supongo mal, que yo no soy quien lavo, pero si quieres yo lavo el pañuelo.

–Es usted quien supone Lambert, yo deduzco y observo.

El teniente Agustín, voltea entre los dedos el lapicero y mira sin interés al doctor Lambert que sentado lo observa desde el sillón y comenta:

–¡Shisss…! Me parece que exagera… la vejez es una etapa final. El infarto está en estos días, sato, ¡satísimo!

–El cáncer también anda que pela, Lambert. Pero Rodríguez no murió de cáncer, ¿no?

–No, no murió de cáncer. Bueno, Jefe, no que yo sepa.

–Esta casa no está en su zona de riesgo, ¿no, Lambert? En esta parte del pueblo rara vez caía bagacillo, tenía que virarse mucho el aire.

–No, no está en mi zona de…

Zona de riesgo, fue una ponencia expuesta hace años por el entonces recién graduado doctor Lambert en un fórum de ciencia y tecnología para la salud. La teoría estaba sustentada  en las cifras estadísticas de las muertes por cáncer en el pueblo. En los barrios donde más caía bagacillo en tiempo de zafra, allí coincidían un número mayor de enfermos y muertes por cáncer.

El sillón es mecido por Lambert con impaciencia. Hace años los que conocieron su teoría se rieron, otros lo conminaron a que hiciera silencio y no jugara más al científico. Sólo unos pocos se alarmaron, luego todo se aquietó, se olvidó. El teniente Tín está al tanto, Mamá Olga trabajaba por aquel tiempo de auxiliar de limpieza en Salud Pública y les contó el alboroto que se había armado por zona de riesgo.

–Mi investigación casi me sale más cara que lo otro, Jefe, pero bueno, han empezado a demoler el central. ¿No tendrá algo que ver?

Niega con la cabeza el Teniente. ¿Lambert lo aturde? Sí, ¡mátame tren de la una! ¿Qué tipo más insoportable y entrometido?

–Al gallego lo golpearon con la barriga del búcaro, Lambert, fíjese en la parte alta del búcaro, pa arriba era más frágil y está intacto; por ahí lo agarraron para martillarle la cabeza al ozizo.

–¿A quién? Ah, ¡al occiso!, dice usted, Jefe, al difunto, al gallego…

El Teniente resopla, disgustado por la aclaración irónica. Hablar mal, creían en La Habana, era propio de negros y guajiros orientales. El doctor Lambert hoy sólo interrumpe, entorpece. ¿Por qué no acaba de irse y lo deja que haga tranquilo su trabajo? De la provincia exigen una solución, los chismes de que en Minas Blancas están asesinando a ancianos ya llegó a La Habana. Allá en la capital esto solía suceder, con frecuencia escuchó de operativos para capturar a una banda o un ladrón que se dedicaba a desvalijar de bienes y vida a ancianos solos que les abrían las puertas de las casas. Supo de un caso en que el asesino para lograr su objetivo se hacía pasar por fumigador, usaba hasta el uniforme de la campaña anti vectorial. Los viejos lo dejaban pasar y… Días atrás, cuando apareció el otro anciano muerto, hizo que le confirmaran del Centro Municipal de Higiene y Epidemiología que no tenían reportado ningún uniforme robado. Eso sí, casi todos los ex trabajadores conservaban los uniformes, el centro tenía una plantilla de fuerza de trabajo nada fija. Hasta Pablito Estévez  fue obrero de la campaña contra el mosquito. Por él supo que el viejo no dejaba fumigar dentro de la casa.

Oye Tín, yo reportaba la casa como fumigada, pero Rodríguez no me dejaba pasar ni a mí. Me decía de atrás de la malla plástica de la puerta. Mira, Estévez, ese humito no hace falta aquí; no rapaz, que aquí no entran mosquitos te lo aseguro yo. A los otros el viejo no abría ni la puerta o les decía que era alérgico. Estévez, oye paisano conmigo pásate con ficha.

Después el Teniente no averiguó más, se dio cuenta que el robo no era el móvil  ni la causa de las muertes. ¿Qué entonces…?

El hogar de ancianos del municipio, El Porvenir de Oro, anunció por unos días en un cartel colgado en la cerca por el idiota de su administrador que:

No ay capasidades, fabor no molestar.

El aministrador.

–Ese administrador roba chorizos vive metiendo la nariz donde no lo llaman, Jefe. Creé que sabe como un médico. Como dice aquel gallego senil del hogar, además de roba chorizos es un asesino del idioma. ¿Usted vio el cartel, Jefe?  El cartel era un disparate, lo mandó a quitar el director municipal de Salud. Ese es otro que sabrá de ortografía, pero… la barriga también le comenzó a crecer después del arribo de los chorizos.

El teniente Tín lo mira, curioso. A Lambert le gusta el chisme, rajar del prójimo, pero… ¿qué sabe Lambert de las interioridades del hogar de ancianos?

El doctor adivinó la mirada del policía y le comentó:

–Trabajé en el hogar, Jefe, y sé que es un idiota ese administrador, un casuelero… ¡un requeteidiota! Del hogar al cementerio lo que hay es un paso. A diario puede surgir una capacidad por lo enfermo que están algunos viejos, muchos son unos muertos vivientes. Ese administrador es un ladrón de chorizos, llegó flaco, parecía perro callejero y vaya a verlo, se puede freír  con lo que suda, es tremendo ladrón.

–Entonces es ladrón y no es tan idiota, Lambert, ¿no creé?

Lambert emitió un chirrido y suspiró de aburrimiento.

Antes de que apareciera el primer viejo muerto, el teniente Tín sabía que para el hogar de ancianos entraban donaciones de dinero y comida de España. Allí estuvo Estévez, el abuelo de Pablito se matriculó él solito cuando el hijo, el padre de Pablito se fue con otra mujer. A cualquier viejo le gustaría almorzar un buen potaje de judías blancas con un trozo de chorizo llegado de Galicia y enviado por la familia Fraga Irribarne, hijos adoptivos de Minas Blancas. Latas y latas de chorizos en manteca, todos decían haber visto entrar al hogar de ancianos El Porvenir de Oro, pero de los pocos que tenían acceso al delicioso laterío sólo el administrador engordó. También el director de Salud que quizá recibía sus latas. Los chorizos en manteca les disparaban el colesterol a los ancianos, decían algunos con ironía.

–A los viejos siempre les sube el colesterol, Jefe, y el hígado se les pone graso con y sin chorizos –dijo Lambert  conteniéndose de un manotazo un bostezo.

Luego de los comentarios que se sucedieron tras la segunda aparición de un muerto, los viejos que no pidieron ingreso se acuartelaron en sus casas, desconfiados y huraños hasta de sus parientes o amigos más solidarios.

–A la edad del gallego Rodríguez no se aguanta un golpe en la cabeza  sin perder el sentido, Jefe.

–Eso es verdad, doctor Lambert. No lo aguantó, no había sangre en la palma de ninguna  mano, no tuvo tiempo, no llegó a cogerse la cabeza por la herida, no hay pañuelos ensangrentados. ¡Nada! La herida la tenía muy limpia… la arena muy esparcida, fue en alto que se rompió este búcaro.

Lambert, asintió, meciéndose otra vez, sorprendido de los razonamientos del Teniente. El Tín no estudió universidad, y se le podía escapar una palabra mal dicha porque se le sale lo que tiene de negro, pero es bueno para deducir cosas, se dijo Lambert y lo aduló:

–Está hecho un Sherlot Holmes… Jefe.

–Es sólo lógica, Lambert, sólo lógica.

Y respiró con un mohín de desagrado; el lapicero garabateó en la agenda: El sujeto era de confianza para el gallego. Sino Rodríguez no le hubiera abierto la puerta. ¿O lo esperaba? Ningún viejo abriría la puerta a un extraño, de noche, mucho menos el gallego Rodríguez que la soledad lo volvió un viejo egoísta, y mal llevado con los vecinos.

Un ruido rasgó los zines del techo y Tín observó a Lambert mirar hacia arriba un poco intranquilo.

–Eso es un gajo que roza el techo, Lambert –dijoTín, y abrió de nuevo la agenda.

–Sí, puede  que sea alguna rama movida por el viento, Teniente, pero también…

–¡También se le puede decir gajo, Lambert! –dijo el teniente Tín, que creyó iba a ser rectificado por el doctor– Un gajo que roza los zines del techo.

–Sí, sí, un gajo pudo ser… también, Jefe.

El Doctor resopló mirándole con ironía… ¿gajo o rama? Daba igual, si chocaba con los zines del techo era gracias al peso de las tiñosas, no todas soportaban los zines calientes por el sol, pero lo que pareció al teniente Tín el roce de un árbol bien pudo ser las garras, las uñas curvas de las patas de las tiñosas resbalándose en los zines oxidados del techo. ¿Qué rápido se tomó en serio lo de Sherlot Holmes el teniente Tín?, se dijo Lambert. La próxima le diría… ahora calló por un nuevo retortijón de estómago y porque las auras tiñosas siempre le resultaron asquerosas, detestaba verles el cabezote rojizo, los ojos pendencieros, saberlas cerca lo ponía nervioso.

El Teniente intentó con una mano sacudir de su nariz aquel olor raro e intrigante, luego repasó los informes dados por Chuchú, el jefe de vecinos de vigilancia en el comité. El gallego recibía dinero por la agencia Western Unión; nunca fue cederista y aunque, se decía que muy al principio, apoyó el triunfo revolucionario de 1959, cuando lo expropiaron de su fonda La Rosalía, mandó a paseo sus simpatías socialistas. A finales de 1975, tras la muerte de Franco, soñó volver a España, pero la familia no pudo o no lo quiso ayudar a repatriarse. La misma familia que él había alimentado por años con el dinero que enviaba desde Cuba. Después su familia cubana, la que fundó en la isla, se le astilló de un día para otro. La vida es cruel como un hacha, rapacillo, ponte duro; contaron que había dicho en el cementerio la mañana en que sepultaban a la esposa. Ponte duro, rapaz, repitió ya sin voz. El hijo lo abrazó con alaridos incontenibles. El llanto, produjo escalofríos a los acompañantes que murmuraban apenas sin escucharse por los resuellos del tren, y que poco a poco empezaron a abordar el vagón, cariacontecidos aquella mañana luctuosa del siglo pasado de regreso a Minas Blancas.

****

Nota del Editor:

Si desea comprar el libro, en versión digital o impresa, cómprelo aquí: El viejo aroma de mañana – Iliada Ediciones.