"En Cuba todo se resuelve con la retórica"

Conversación en la distancia con el escritor Jorge Ángel Pérez

Por Amir Valle

Mi amistad con Jorge Ángel Pérez, casi tan larga ya como la mitad de nuestras vidas, podría servir de ejemplo de cuánto puede lograr el respeto mutuo y el espíritu de diálogo entre colegas cuando se trata de de enfrentar a esos muros con los cuales la llamada «Política Cultural de la Revolución» ha dividido a los artistas, escritores e intelectuales cubanos. Cuando ambos comenzamos nuestras andadas en lo que, con toda precisión y justicia, se conoce como «mundillo literario», y pese a que compartíamos las enseñanzas y amistad de un maestro excepcional: el inolvidable Salvador Redonet, nos hicieron creer que andábamos en bandos antagónicos: «los gays de Arrufat» y «los muchachitos del chino Heras». Fue esa, como se ve, una división a todas luces denigratoria: a ellos, se les colocaba como «seres raros» simplemente por su inclinación sexual, cuando lo que en realidad podría haber sido una diferencia seria entre sus estéticas y la nuestra, era que ellos miraban hacia Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas, entre tanto nosotros mirábamos más a la violencia realista manifiesta en textos de autores como Guillermo Cabrera Infante o Eduardo Heras León.  Curioso me resultaba también cómo quienes dirigían la cultura, o aquellos que no pertenecían a «nuestros grupos» se las ingeniaban para avivar las brasas de una rencilla personal que había distanciado a nuestros maestros y pretendían que nosotros asumiéramos como propia esa guerra. Debo confesar que en algunos casos lo consiguieron. Pero al final, cuando nuestras obras comenzaron a saltar más allá de esas limitaciones extraliterarias, el respeto por las obras «del otro» comenzó a tender un invisible hilo de Ariadna que, años después, ya libres de los yugos de las instituciones y los maestros, nos permitió a muchos consolidar una verdadera hermandad.

En lo personal, desde que Jorge Ángel publicó su Lapsus calami, raro y extraordinario libro de cuentos, mi admiración por él inició una andadura en ascenso, que terminó solidificándose (ya por entonces comencé a decir y escribir que era uno de los narradores más originales de nuestra generación) cuando leí su novela El paseante cándido. Sin tiempo a respiro, confirmé mi criterio sobre su «voz diferente al concierto generacional» en las páginas de otra novela excepcional: Fumando espero. Y, pasados casi diez años, me repetí las palabras que una vez me dijo nuestro común amigo, el escritor Guillermo Vidal: «ese cabrón es un escritorazo», terminada la lectura (en 2016) de un libro suyo, esta vez de cuentos, En La Habana no son tan elegantes (de 2009).

Más, si no bastara esa altura artística, esa madurez creativa, habría que mencionar también que es uno de los poquísimos escritores cubanos residentes en la isla que se han decidido a plantar cara, desde oposición cívica, a toda la degeneración política, económica y social provocada por lo que todavía los nostálgicos de la izquierda intelectual internacional llaman «Revolución Cubana». Su valentía al enfrentar desde muy temprano a quienes pretendían aislarlo por su inclinación sexual, la libertad y naturalidad con la que llevó a su literatura esa problemática (hasta hace muy poco tabú en nuestras letras), hace orgánica y coherente sus actuales posturas críticas y las denuncias que como ciudadano (y a través del periodismo) viene haciendo en órganos de prensa fuera de la isla sobre la triste realidad que nos ha tocado vivir a los cubanos.

Hoy me enorgullece tenerlo entre mis grandes amigos, por su valor, por su alto sentido ético, por su sinceridad y, claro está, por su excelencia literaria. También por su generosidad: esta entrevista, que nos ha respondido desde su casa en La Habana, ilustrada con imágenes tomadas por el fotógrafo alemán Dirk Skiba, es para mí y todo mi equipo un inmenso honor.

 

Empecemos por lo que otros considerarían un posible final a esta entrevista, pero que coloco aquí con toda la intención, más que nada por su enorme actualidad: ¿Cómo y por qué razones se produjo ese tránsito entre el escritor respetado por los críticos y «las instituciones culturales» y el periodista que, desde la isla, decide alzar la voz contra una podrida realidad que todos mascullan en la intimidad, pero que la inmensa mayoría calla públicamente?

Yo diría, para ser más exacto, respetado por algunos críticos y soportado por las instituciones culturales. Recuerda que en Cuba un gay nunca es de fiar”. Para probar lo que te digo, aunque sé que no precisas de prueba alguna, te cuento algo que parece un chiste. Alguna vez, en una asamblea de “ejemplares”, que era el inicio de un proceso para otorgar a alguien la condición de comunista, le fue negada a un joven porque, según dijo un compañero, “comía carne por la hendija”…, parece gracioso pero no lo es, aunque ese estigma salvara a muchos homosexuales de esa militancia. Por otro lado, mi literatura no hace esos ditirambos que son tan caros al poder; entonces ese tránsito no fue un proceso tan traumático, se dio espontáneamente. Creo que podía intuirse en mis libros. En el primero, “Lapsus calami”, falta un cuento que fue censurado. “Locus solus o El retrato de Dorian Gay”, y que “paró los pelos de punta” al poder cultural, les hizo poner el grito en el cielo, decir “no, de ningún modo”, y hasta sugirieron, para publicar el cuento, que el “maricón” que se masturbaba mirando un retrato de Martí, cambiara su fetiche, aseguraron que el apóstol no podía ser el objeto del deseo, y hasta sugirieron, con cierta desfachatez, la figura de Estrada Palma, que, según ellos mismos, era también un patricio, pero tú sabes bien como la historia, leída en la “revolución”, ha visto a Estrada Palma. Ellos suponían, frente a la UNEAC, los cañones del ejército apuntando al edificio si el cuento llegaba a publicarse. Y el libro salió, pero sin aquel cuento, que sigue inédito en Cuba, y en su lugar apareció solo un título y una nota a pie de página que yo mismo decidí: “Lugar solitario” fue el título que exhibía un asterisco para advertir esa nota a pie de página en la que se leía: “En este lugar parece no ocurrir nada, pero solo en apariencias”. En este país todo es apariencia. Los otros libros tampoco contaron con el beneplácito de las autoridades culturales. El protagonista de “El paseante cándido” es un pícaro que no cabe en el discurso de la “revolución”, como tampoco entran los que vinieron después, y que también describen, de algún modo, este desastre. Luego, y fuera de los espacios puramente literarios, comencé a poner el dedo en ciertas yagas, usando el correo electrónico o algunos sitios de internet. Así denuncié la aparición de Luis Pavón en la televisión, en aquello que conocimos como “la guerrita de los mails”. Te confieso que nunca supuse que aquel breve mensaje que envié, y que resultó ser el primero de todos, desataría tanto revuelo, que el poder no supiera que hacer ni como enfrentar lo que podría venir, sobre todo porque ya se había anunciado la enfermedad de Fidel Castro y su “temporal” retiro del poder. También usé el correo electrónico para denunciar el gasto de dinero de aquella pérgola que mandó a construir Miguel Barnet en el edificio de la presidencia de la UNEAC, el descaro del hijo de Fidel Castro paseando por Bodrum, la muerte de “La eterna”, transexual y seropositivo, que fuera lapidado en Pinar del Río. Los dos últimos fueron reproducidos en Cubanet, y luego, en un proceso bien natural, sin miedo, comencé a colaborar con ese sitio, en el que sigo, y seguiré publicando.

 

Es sabido ya que, como algunos que lo vivimos antes, desde hace un tiempo recorres ese espacio antinatura que es la conversión de mariposa en gusano. De escritor que recibe y acepta en 2005 la Distinción por la Cultura Nacional que otorga el Consejo de Estado a intelectual que escribe hoy en medios extranjeros sobre el desastre político y social provocado por el mismo régimen que te concedió esa distinción. ¿Qué pérdidas y qué ganancias ha traído para Jorge Ángel ser humano y Jorge Ángel escritor, ese traumático proceso?

Ahora me siento más libre, y no acepto que alguien convenga mis actos, que los limite. Soy libre para decidir que sí o para hacer lo contrario. Aristóteles nos advirtió hace mucho que el hombre no era solo el padre de sus hijos, que también lo era de sus actos. Yo no tengo otros hijos más allá de mis libros, pero soy, seré, el responsable de cada uno de mis actos. Yo los decidí, así que soy quien debe mantenerlos vivos y saludables. Soy su único garante, porque vivo en un país donde prevalece la inercia, esa que el poder define como fidelidad pero que no es cierta. En Cuba predomina la apatía, un desgano político que lleva a ese viejo poder a perpetuarse gracias a esa indolencia, pero también por la fuerza de sus imposiciones. Nuestra última historia está hecha de repeticiones; una celebración “revolucionaria” del año sesenta y cinco resulta idéntica a las que se suceden hoy, las paliza de los sesenta se volvieron a ver en los ochenta, y también ahora…; aunque odio la violencia, aunque le temo, me siento más libre, a pesar del desaire que recibo de montones de “colegas”, esos que voltean la cara para no verse obligados a saludarme. Mi teléfono ya no suena con la misma frecuencia de antes, hasta mi madre lo nota; muchos de los que antes llamaban reconocen que ese aparato puede estar “pinchado” y no están dispuestos a comprometerse, pero tampoco son capaces de enfrentarme, porque muchos se guardan para un mejor momento, que suponen de “reconciliación”. Aun así es triste, Amir, es muy triste, porque no me gusta la soledad, la que solo acojo con gusto a la hora de escribir, y esa misma escritura la hace desparecer en el instante en que comienzo a contar. Es triste, Amir, saber que ninguna editorial cubana me aceptará un nuevo libro. Hace mucho que no recibo, de algún autor cubano, una invitación para la presentación de un libro. Son muy pocos los amigos que permanecen a mi lado, aunque muchos celebraran esa distinción por la cultura nacional o los premios que antes recibí; ahora voltean la cara, me dan la espalda, si descubren que me acerco por algún recoveco de la ciudad, y hasta supongo que si dialogan con la oficialidad se hagan abundantes las diatribas. ¡Pobre gente que ni siquiera se permite el diálogo o la confrontación!…, pero insisto; estoy reconciliado con mis decisiones, con esos textos que aparecen con frecuencia en Cubanet, con su equipo de redacción con el  que, a pesar de la “distancia”, establecí una excelente comunicación; nos escuchamos, dialogamos. A ellos agradezco la posibilidad que me han dado de opinar sobre nuestra realidad, sin imposiciones. Cubanet no me dicta, no decide los temas que enfrento. No escribo en el Granma o Juventud Rebelde, dónde el jefe impone, revisa, censura. Soy, definitivamente, más libre, y eso me anima, aun sabiendo que ese ejercicio de libertad puede ser muy peligroso en este país, que puede traer muy feas consecuencias para las que debo estar preparado, pero no condicionaré mi libertad, aunque eso me lleve a desaparecer como escritor de ficciones. Nunca me imaginé haciendo periodismo, si es que realmente es eso lo que hago, pero lo seguiré haciendo, y también mis novelas, mis cuentos, aunque nadie en Cuba me lea. ¡Ya llegará el momento! Estoy seguro.

 

Alguien a quien mucho admiras: Virgilio Piñera, hablaba de «la maldita circunstancia del agua por todas partes». ¿Gravita sobre ti también el peso de esa frase, como pareció gravitar sobre nuestro Virgilio todo «el peso» de nuestra islita?

Claro que gravita, y lo peor es que amenaza. Cuando era joven mis inquietudes eran muchas y diversas. Mis añoranzas crecían presurosas, para mi desgracia, porque no podía hacer mucho en una isla rodeada de agua por todas partes y señoreada por los comunistas. Te confieso que en el año ochenta soñé con largarme, con montarme en uno de esos barcos que llegaron al Mariel para hacer luego el viaje al norte. Mi viaje, al menos eso creía yo, nada tenía que ver con la política. Era el viaje por el viaje. Soñaba con cruzar fronteras, vivir en otros sitios. No lo hice, no tenía edad para hacerlo solo. Cuando leí el Diario de un ladrón de Genet, me dije, “así me gustaría moverme”, adoré los desplazamientos del Quijote, las andanzas del Orlando Furioso, los viajes de Fray Servando que nos cuenta Arenas. Adoré los muy reales cambios de sitios de Reinaldo Arenas. Añoré mucho, pero me jodí. La primera vez que salí de Cuba fue para llegar a Buenos Aires donde presenté una antología que preparó la escritora y periodista cubana Claribel Terré, y dónde apareció por primera vez mi “Retrato de Dorian Gay”. Allí se me apareció la isla comunista, con todo su peso. A la feria había viajado también una delegación cubana, y la aparición del cuento era un desacato a la autoridad comunista. Yo no existía, no podía decidir, debía soportar todo el peso de la isla, pero estuve, y me enamoré de aquella ciudad. Fue ese primer viaje el que dio pie a “Fumando espero”. ¿Quién podría decir, Amir, que no siente todo el peso de la isla, sobre todo si la comparamos con nuestra levedad? Quizá no la sienta Antonio Castro o la Mariela que en Nueva York se va de compras. Esas malditas circunstancias no la sienten los hijos del Ché Guevara. Yo sí que siento todo el peso de la isla; y tanto peso duele, duele muchísimo, y abruma, porque el comunismo pesa, y es muy pesado.

 

 

Las letras, ese espacio de libertad

Sabemos que es nuestro reino; el único espacio de libertad que nadie puede arrebatarnos. Sería bueno que, para aquellos lectores que no te conocen, rememoraras tus inicios en este reino.

Mi abuelo y mi padre fueron grandes lectores. Estuve cerca de libros, de lápices y papeles desde que era muy niño, mucho antes de ir a la escuela. Por esos días, es obvio, no era capaz de fijar grafías en algún papel, pero trazaba líneas, círculos, hasta que fui consiguiendo algunas figuras, sobre todo hembras muy engalanadas, mujeres con pamelas, reinas con gorgueras, con faldas amplísimas que crecían hacia el centro, que se ampliaban y bajaban luego, reproducía esas formas sin saber que debajo de esas faldas había un miriñaque. A esos seres dibujados les inventaba historias, aunque aún no las escribía. Luego escribí algunos “cuentos” que además ilustraba. También recuerdo que ya con unos doce o trece años escribí “Dialogo de un desesperado con su alma”, sin dudas nada original, con un título idéntico a otro escrito en el antiguo Egipto. Aquel empeño fue el resultado de un terrible estado de ánimo, de un enfrentamiento conmigo mismo, con mis esencias y, por supuesto, tras la lectura de un fragmento de aquel antiguo texto. Aunque era muy joven quise singularizar mi angustia suponiendo que otra entidad me traería la tranquilidad que precisaba. Mi madre guardó el texto por mucho tiempo, pero yo conseguí recuperarlo, y conseguí que se perdiera. Como muchos en mi generación me reuní en los talleres literarios, y participé en sus debates, y gané algunos premios, y perdí otros,  hasta que descubrí que era una tonta manera de perder el tiempo, y que lo mejor era leer y escribir. Eso hice hasta hoy, y creo que haré, hasta que pueda.

 

A estas alturas de nuestra vida, esta pregunta puede ser difícil, pues sabemos que los modelos para un escritor cambian a lo largo de su vida y, en nuestro caso, ya llevamos cerca de 30 años en estos trajines. Si tuvieras que hablar de tus maestros, o tus modelos; esos que te influenciaron y convirtieron en el escritor que hoy eres, ¿a quién o qué estéticas mencionarías?

Ya te hablé de mi abuelo y de mi padre y de sus pasiones por la lectura. A ellos, a sus libros, debo mis primeras leídas, esa vocación de ambos, su interés para que yo atendiera la lectura y abandonara el trazo de mujeres ataviadas con elegancia, fue un magisterio, y me puso lejos de las pasarelas, de Armani y Karl Laggerfeld, y me acerqué mucho más a la escritura, que se convirtió en el centro, aunque en secreto seguí dibujando, hasta hoy, mujeres ingeniosamente emperifolladas. En aquellos días, y quizá imitando a mi abuelo, leí mucha filosofía, desordenadamente, pero algo quedó dentro; tanto me interesé en esas lecturas, que cuando terminé el preuniversitario pretendí estudiar filosofía en la Lomonosov, pero además de la vocación precisaba de otro requisito, ser militante comunista. Supongo que los comunistas de entonces, que son los mismos de hoy, creyeron que yo no estaba preparado para leer a Heidegger, Nietzsche o a Kierkegaard. Los comunistas frustraron mi vocación, pero seguí escribiendo, leyendo. Creo que he leído de todo, pero de esos primeros años, que por ahí anda tu pregunta, te cuento que leí muchas novelas picarescas. Leí el Lazarillo de Tormes, El “Buscón” de Quevedo, La Celestina, La pícara Justina, Moll Flanders, Jacques el fatalista, el “Cándido” de Voltaire, el Simplisius Simplicissimus de Grimmelshausen me dejó boquiabierto y no conseguía creer que del “recio” espíritu alemán saliera una novela picaresca tan sabia y delirante, entre las mejores que leí hasta hoy. Y no digo más, creo que esa lista es suficiente para hacer notar qué libros me hicieron escribir, mi primera novela, “El paseante cándido” que es también la historia de un pícaro. ¿Te parece bien hasta ahí?

 

Voy a mencionar un nombre. Digamos que una especie de homenaje a un ser que fue muy especial para nosotros: Salvador Redonet. ¿En qué piensas cuando algo te lo recuerda?

Yo lo recuerdo con mucha frecuencia, pero quizá, y a diferencia de muchos, pienso más en el amigo que en el mentor. Nos veíamos mucho, hasta tres veces por semana. Alguna vez me contaron, y él lo confirmaría luego, que cuando iba a La Habana Vieja solía decir: “Voy a matar, literalmente, a dos pájaros de un tiro”. Esos dos “pájaros” frente a los que apretaría el gatillo una sola vez, éramos Roberto Urías y yo. La primera de las visitas era para Roberto, y luego hacía el camino desde la Plaza del Cristo hasta mi casa en un viejo solar habanero que hoy está a punto de conseguir definitivamente el desplome. Aquel breve espacio de lo que fuera una casona señorial, se convirtió, supongo que gracias a él, en un punto de reunión de amigos escritores, muy jóvenes entonces. Allí pasábamos horas y horas, leíamos y él nos escuchaba, discutíamos, bebíamos alcohol, cocinábamos, comíamos. Nosotros, que en mayoría, fuimos “internados, en aquellas “becas”, deglutíamos a la velocidad de un rayo, mientras él nos miraba con asombro. “¡Qué bien educados están!”, decía burlón, entre un bocado y otro, que masticaba con una templanza que llegaba a desquiciarnos, pero lo acompañábamos hasta su último bocado. Fueron muchas las veces en las que nos sorprendió el sol sentados en la sala de mi casa. Allí nos reuníamos: Maggie Mateo, Ernesto Santana, Alberto Abreu, Daniel Díaz Mantilla, Damaris Calderón, María Elena Hernández, Pedro de Jesús, Ena Lucía Portela… y muchos más. En esos encuentros Redonet era uno más, y nunca ejerció el magisterio. No tenía un “curso délfico” que proponer. “El negro” escuchaba, leía, hurgaba en el talento y las posibilidades de cada uno de sus contertulios, en esos momentos en los que casi ninguno había publicado un cuaderno. Él apostó por nuestra generación, la defendió a capa y espada, y hasta la “enfrentó” a las anteriores. Atendió nuestra escritura con el mismo entusiasmo con el que explicó a Carpentier o Piñera, dos de sus grandes pasiones cubanas. De mis libros publicados solo alcanzó a conocer “Lapsus Calami”. Me habría gustado que leyera “El paseante cándido” y los que vinieron después, pero no fue así. Lo peor de todo es que creo que se fue muy molesto conmigo; estaba internado en el Hospital Hermanos Ameijeiras, su salud se deterioraba con premura, cada día se complicaba más. Empeoró una noche en la que era yo su “cuidador”, y los médicos decidieron meter un trocar en alguna arteria de su cuello. Redonet, como bien sabes, siempre estuvo acompañado por su barba, y el médico me pidió que lo afeitara. Fue una odisea, pareció revivir, tanto que se lo comuniqué al médico, quién solo dictó: “Aféitelo”, y yo cumplí. Durante mi empeño, y pesar de su depauperada movilidad, a pesar de sueros y aparatos, intentó impedírmelo, quiso golpearme para que desistiera, y solo se me ocurrió decirle: “Si no hubieras leído tanto a Julia Kristeva ahora no estarías así”. Me miró, y creo que hasta sonrió, se dejó afeitar. Esa ocurrencia “mía” tenía un antecedente idéntico, aunque realmente festivo. Tengo una amiga médico, Sofía Valverde, que es una de las mejores lectoras que he conocido en toda mi vida. Alguna vez invité a “Redo” a visitarla, a tomar con ella unos rones. Él, que había pasado antes por un episodio parecido al que se lo llevó para siempre, le contó a la médico todo lo ocurrido, y ella, con una frialdad espantosa, le aseguró que la causa de aquel episodio, el primero, tenía que ver con su empecinamiento en leer a Julia Kristeva. Todavía recuerdo su carcajada, hasta se tiró al suelo, movía los pies, la señalaba, preguntándome de qué lugar había sacado yo a esa médico. Así era Redo, uno de mis más grandes amigos, ese que decía sin, sentir vergüenza, que le interesaban más  las luces y el asfalto de Nueva York o Caracas que los viejos templos religiosos españoles. Así era “el negro”, y yo lo extraño mucho, como seguro lo extrañas tú, Santana, Díaz Mantilla, Maggie o Pedro de Jesús. Él revolucionó los estudios literarios en la universidad de La Habana, introdujo y explicó a los formalistas rusos en la academia cubana, interesó a sus pupilos en la narratología. Y se ocupó de nosotros con un entusiasmo sin límites, como nadie hizo luego. Redonet es lo mejor que le pasó a nuestra generación. Nadie nos protegió mejor que él. Nadie se empeñó como él en divulgar nuestras obras. Yo no lo olvidaré jamás, y sé que tú tampoco.

 

Ahora, un ejercicio de síntesis «publicitaria». Yo voy a mencionar el título de tus libros y, como respuesta, debes pensar en qué dirías a un potencial lector a modo de presentación de ese libro.

Lapsus calami (cuentos, 1996):

un ejercicio de escritura

 

El paseante cándido (novela, 2000):

Un pícaro muy joven pretende triunfar a toda costa y hacerse el dueño del Capitolio de La Habana, un sueño que tienen muchos cubanos que han sufrido desde que ese edificio quedó “vacío”.

 

 

Fumando espero (novela, 2004):

Virgilio Piñera, el más grande de mis héroes, está en Buenos Aires intentando destruir la momia de Eva Perón. Esa mujer le robó a Pedro Ara, a quien él había escogido para que embalsamara sus manos tras su muerte, pero esa mujer, Eva Perón, le roba su embalsamador, le niega la posteridad, y él se empeña en destruir la momia de Eva y enfrentar el poder que ella representa, incluso después de muerta.

 

 

En La Habana no son tan elegantes (2009):

Ese libro de cuentos, que puede ser también una novela, relata el desastre cubano apoyado en las historias que suceden  en un viejo solar habanero antes de su derrumbe total.

Otro ser humano especial con quien compartimos amistad, Guillermo Vidal, en varias de nuestras conversaciones decía que eras uno de los pocos autores con sello propio en las letras de nuestra generación y vaticinaba que con el paso del tiempo serías un autor imprescindible en la historia de la narrativa cubana. Considero que ya ese vaticinio se ha cumplido: desde la originalidad de Lapsus Calami hasta esa fiesta macabra genial que es En La Habana no son tan elegantes, has demostrado, pésele a quien le pese, que cada uno de tus libros es un clásico de nuestra generación y de la narrativa cubana de las últimas décadas. Todo este preámbulo es un pretexto para lanzarte una pregunta que dirás que no debes responder tú, pero es un reto que te lanzo, así que distánciate de tu obra y responde ¿qué piensas que es distinto en la literatura de Jorge Ángel Pérez?

Aunque no lo creas te juro que jamás pensé en eso, pero ahora que me preguntas te diría que supongo, en lo que escribo, una buena cuota de sinceridad, algo de atrevimiento y un gran empeño. Ah, olvidaba algo, creo que también me propongo conseguir una escritura virtuosa. 

 

La Habana, más que espacio físico, es personaje en casi toda tu obra. Define entonces… ¿qué es La Habana para el ser humano que eres?

Casi todo. Creo que no sabría vivir sin Ella. La Habana tiene tintes de grandeza pero en otras ocasiones me recuerda algún intrincado pueblito de provincia oscurecida. Me encantan sus ambigüedades. La Habana es rotunda y también dudosa, errática. Quizá por eso, cuando la abandono por algún tiempo, durante mis regresos, me excito, en todos los sentidos, en todas las lecturas que pueda tener esa exaltación. A pesar de su destrucción y sus miserias yo puedo intuir la Habana de Julián del Casal y Martí, la de Ramón Meza. A pesar del desparpajo puedo suponer esa Habana de Lezama o la de Piñera. De esta ciudad adoro su “asfalto”, ese esplendor que a pesar del desastre aún se puede intuir, pero también reverencio sus suburbios, sus márgenes, esos que transitó Reynaldo Arenas, y por los que yo discurro con alguna frecuencia, aunque no con tanto éxito como él. Me encanta esta ciudad  a pesar de su miseria. Me gusta esa ciudad que acogió en otra época a todo el que pretendió establecerse en ella por un tiempo para mejorar su vida, y también a esta de hoy, a la que llegan tantos buscando la sobrevivencia. Sí, me gusta La Habana de los “habaneros”, pero también La Habana de quienes la “invaden” para mejorar y mejorarla, me gusta esa Habana que suponen los que vienen de provincias pensando en un mejor futuro, o solo en un sitio de tránsito. Me exalta la Habana, esa ciudad repleta de putas, de machos tatuados y despampanantes, dispuestos a todo. Me gusta, me divierte, esta ciudad que ni siquiera es capaz de aportar agentes para imponer orden, esta ciudad que tiene que importarlos, y que ella misma “corrompe” luego, llevándolos al “vicio”, a convertirse en policías prostitutos, en delincuentes. Me gusta descubrir las mentiras de esta ciudad y de quienes la regentan. Hay días en que odio su desfachatez y su bullicio, pero luego me “reconcilio” con esa algazara, que también es una manera de desafiar el “orden”, el poder. Adoro, aunque parezca absurdo, esa Habana que crece, desafiante, en sus bordes, me gustan los márgenes y los marginados. Respeto a quienes habitan esos espacios a pesar de las presiones, las represalias, los desalojos. Esa Habana de desecho, pero desafiante, es capaz de emplazar al poder mostrando sus miserias y la indigencia del país. Me gusta la ciudad que muestra las aberraciones del gobierno, esa Habana que visibiliza las absurdas y dictatoriales leyes de un gobierno atroz. Me gusta el malecón de putas y pingueros, la ciudad que fuma y bebé, la ciudad sexual y promiscua, y aunque a muchos les parezca raro y hasta disparatado y escabroso, prefiero comulgar con esa Habana de favelas, de tristes escusados y repleta de hambrientos; esa que es capaz de desafiar a la otra, aquella muy bien situada en las antípodas, esa que habita la “Zona cero” y acoge y, sobre todo, protege la mentira. Adoro esa Habana que se muestra como es; unas veces en silencios, en susurros y también a grito limpio. La Habana es el ombligo de mi mundo, y si algo me falta en ella se lo invento. En la Habana quiero vivir, y quiero morir en esta ciudad, creo que lo voy a conseguir.

 

Fuiste, acompañado por Roberto Urías, Pedro de Jesús, Odette Alonso y poco después por Abel González Melo, uno de los pioneros en abordar un problemático tabú: el tema gay (lo de problemático, se sobreentiende aquí, es por los graves traumas históricos que vivimos en Cuba en este terreno). Pero luego eso, junto a los balseros y las jineteras, se ha convertido en moda, hasta el punto de que había un lema que anunciaba: «todo escritor que se respete debe tener su gay, su balsero y su jinetera». Las modas literarias, ¿cómo las enfrentaste al escribir? ¿Sigue siendo un reto en la sociedad cubana actual escribir de ese tema?

Yo creo que quien se decida por la escritura de ficción puede escribir de lo que quiera. Antes que yo relatara ese mundo otros lo habían hecho. Reinaldo Arenas lo hizo, y también Sarduy, y Lezama, y hasta Piñera, aunque esas piezas en las que abordó el tema no estén entre las mejores que escribió. El cuento de Roberto apareció en un momento en el que ese era un tema tabú. Nosotros llegamos a la universidad tras la depuración, pero los años ochenta no estaban muy lejos de las UMAP, tampoco de los días en que Fidel Castro nos llamara “Seres extravagantes” o “personajillos”. Estos no son ya, al menos en apariencia, los días en los que Samuel Feijoo, ese que según Cortázar hacía literatura parroquial, nos denigró y exigió los peores castigos. Estos no son tiempos para los héroes de Cofiño ni para los ataques de Pavón. Estos son los días de esos héroes, antihéroes, que impusieron Reinaldo Arenas y Severo Sarduy. No creo que sean tiempos de reclamos ni de súplicas. La literatura que enfrente la homosexualidad deberá hacerlo con más naturalidad y no haciendo reclamos tontos, debe hablar del goce entre dos hombres, “debe” relatar un encuentro erótico, si es que pretende hacer realismo, en el que implique a quince sujetos, entre hombres y mujeres, que se complacen entre ellos, donde se forme de verdad “la gozadera”. Yo creo que no podemos seguir llorando, victimizando al sujeto homosexual, para eso están las tribunas y el periodismo. La literatura de ficción debe ser más atrevida. Eso es lo que hace Pedro de Jesús, lo que yo intenté hacer en mi libro “En La Habana no son tan elegantes”, donde no ocurren enfrentamientos entre maricones buenos y represores terribles. Allí lo gay aparece como yo lo conozco o como los supongo, gozando y quizá sufriendo, pero por amor, por desamor, por gozar. La literatura no está para pedir de rodillas, ni para la denuncia. “Arrodillarse es pa’ otra cosa”. Ojalá elijamos las tribunas, y cualquier espacio público, para hacer manifiestos, aunque no recomiendo el CENESEX de Mariela Castro, quien nunca vivió en la piel de un maricón, pero sí muy cerca de los represores. Ahora que hay cierta reivindicación “de postal” la literatura debe hacer lo suyo, sin que olvidemos que para hacer denuncias lo mejor sería tomar las calles y chillar, denunciar, pero en los espacios públicos, en la prensa. Así que si el escritor pretende mostrase quejumbroso por la marginación, que salga a la calle a denunciar el acoso y los asesinatos.

 

Hay un momento importante que pocos escritores hemos tenido la suerte de vivir: una de tus novelas fue propuesta y resultó finalista del Premio Rómulo Gallegos, otorgado cada año a la mejor novela publicada en lengua española. ¿Cómo fue esa experiencia?

¡Traumática! Está entre las experiencias más traumáticas de mi vida. ¿Te imaginas los que es perder cien mil dólares en medio de tanta miseria? El premio se haría oficial un dos de agosto, porque en esa fecha nació Rómulo Gallegos, y también yo. Así que con esa coincidencia, que creí notable, y tras la llamada de un periodista de “El Nacional” que me entrevistó después de asegurar que era mi nombre el que más se mencionaba y que en ese momento tenía mayoría de votos, me vi con todo aquel dinero en el bolsillo. Y como la cucarachita me pregunté qué iba a hacer con él. Me vi abandonando el destartalado solar, viviendo en una casa mejor, y todavía con mucho dinero para conquistar La Habana. Yo quería gozar con aquel dinero, y para ser sincero debo confesarte, que en medio de tanta miseria pensé más en el dinero que en la distinción. ¿Y cómo no hacerlo en medio de mi indigencia? A veces recuerdo que pude tenerlo, pero las autoridades culturales en Cuba no querían que yo ganara, no por el dinero, su preocupación estaba más cerca de la visibilidad que antes daba ese premio del que ya no se habla mucho. Los jurados fueron invitados a conversar con autoridades de un gobierno que hizo insinuaciones, y la “cosa” fue tomando otro rumbo. En Cuba querían que fuera Isaac Rosa el ganador. Él había realizado un viaje a La Habana, acompañado por Belén Gopegui, y había mostrado su admiración por la “revolución” cubana y por Fidel Castro. Las autoridades culturales querían que fuera él y no otro y, lo hicieron evidente antes y también cuando se dieron a conocer los resultados. La prensa cubana estuvo jubilosa. “La Jiribilla” aplaudió hasta la saciedad. A las autoridades cubanas no les gusta que los escritores cubanos ganen premios fuera de la isla, suponen que eso los hace más propensos a la “traición”, que los vuelve díscolos, y la revolución precisa de una entrega absoluta. Cuando un escritor tiene éxito fuera, en Cuba “lo toleran pero no lo tragan”. Tengo la certeza de que los miles de lectores de Padura, y su predicamento en el mundo de las letras, molestan. Está bien que un escritor gane premios en Cuba, pero fuera es otra cosa, si no ha probado la absoluta “fidelidad” de Carpentier. En fin, que perdí los cien mil dólares, y el premio Rómulo Gallegos para beneplácito de las autoridades culturales cubanas.

 

Un lema muy repetido en eventos fuera de la isla: «Cuba es un país donde existen estructuras culturales y de promoción que no existen en otras partes del mundo». ¿Qué hay de verdad y de propaganda en ese lema?

Toda la verdad, y mi respuesta es muy cercana a la anterior. En Cuba existen estructuras culturales, es cierto, pero hay que ver cómo y para quién funcionan. Cuba tiene dos o tres editoriales y una empresa distribuidora que reparte los libros que publican esas instituciones en la red de librerías, sin distinción, sin estrategias de promoción, mientras que en el mundo crece el número de agencias literarias que promueven las obras de sus representados, y que consiguen que importantes editoriales se interesen en hurgar en esos catálogos y en los autores y obras que ellos destacan. Yo estuve en la nómina de una muy prestigiosa agencia literaria, la de Guillermo Schavelzon, que tenía en su nómina a grandes celebridades de las letras latinoamericanas. No olvido el revuelo que armó Jorge Timossi, presidente de esa fantasma “Agencia Literaria Latinoamericana”, cuando se enteró de que un judío argentino, coterráneo suyo, andaba metiendo las narices en sus predios, aun cuando él desatendía, con impunidad, sus “dominios”. No sé qué autores promovió Timossi, pero estuvo muy dispuesto a la hora de chillar, de enjuiciar, a los autores que habíamos apostado por un agente foráneo, por una verdadera promoción que no ofreció su agencia a quienes él tenía registrados, yo no estaba entre ellos. En Cuba todo se resuelve con la retórica. Las autoridades culturales hacen exaltados discursos insinuando sus buenas maneras, sus intachables propósitos. Hablan de las escuelas en las que forman a sus artistas, que si existen, como en otros sitios. En Cuba si existen estructuras culturales, lo que no tienen es orden, ni concierto.

 

Voy a extenderme ahora: en 2002, mi agente literaria, la alemana Ray Güde Mertin, cuando le pregunté por qué tras su viaje a la isla no había representado a nadie más, me respondió: “No pido que haya una diferencia estilística notable, porque eso ocurre raras veces, pero yo leí una novela tras otra y me parecía que se trataba de un mismo escritor. Y por si no bastara la superficialidad y el provincianismo con la que los abordan, los temas que para ustedes parecen ser esenciales, para el resto del mundo ya ni siquiera importan. Les falta, además, riesgo, valentía, honestidad…, en casi todas las novelas que me entregaron sentí la autocensura muy palpable, y no me refiero sólo a la autocensura que podría ser obvia y hasta entendible en las circunstancias políticas cubanas. La percibí en temas incluso cotidianos, como si escribieran para quedar bien con determinada tendencia literaria o grupo literario, o como si pretendieran enviar el libro a un premio o a una editorial con límites muy claros para el tratamiento de esos temas”. Y en 2017 tras su visita a Cuba, la editora Michi Strausfeld me comentó que la llenaron de manuscritos de novelas que “me asombraron por su falta de valentía y honestidad literaria con la realidad cubana y porque, salvo un par de excepciones, todas parecían haber sido escritas por la misma persona”. Como ves, coinciden en muchas cosas y en épocas distintas. ¿Qué le ha pasado a la narrativa cubana para que dos expertas tan reconocidas piensen así?

Quizá esta sea la pregunta más difícil de responder. Resulta que no estoy al tanto de lo que hoy se está escribiendo en Cuba. Hace tiempo que no me invitan a ser jurado de los premios que convocan las instituciones cubanas, y tampoco vino alguien hasta mi casa para pedir que leyera su manuscrito, y es obvio que así sea porque no soy agente literario ni editor, aunque trabajé durante años en la editorial Arte y literatura, hasta que un día me anunciaron que podía irme a casa, y me quedé “en la calle y sin llavín”. No sé qué pasa, pero si te puedo decir que si me hubiera enterado que Michi Strausfeld buscaba libros y autores en La Habana quizá me hubiera acercado para mostrarle algo, o quizá no, sobre todo si recordaba que ella creyó alguna vez que Alberto Guerra era un escritor destacable, aun cuando no fuera más que  un repitente de temas y estrategias narrativas. Quizá ambas tienen razón, yo tampoco encuentro singularidades, nada trascendente; los mismos temas, los mismos procedimientos, la misma pacatería, la misma abulia, que no es más que un reflejo de la vida cubana, y de la que son culpables esas instituciones que hacen creer que protegen a la cultura y sus creadores.

 

Buscarte la vida como ciudadano común, enfrentarte a problemas por escribir tus artículos tan críticos con la gestión gubernamental, cuidar a tu madre…, parece una Odisea difícil de atravesar para escribir literatura. Pero sé que no eres de los que se rinden, así que pregunto: ¿qué escribes actualmente y qué perspectivas ves de que no se queden apolilladas en una gaveta?

Tengo dos novelas en “anda”, una que se llama Cirella Furiosa, que tiene muchas páginas y dejado descansar por un tiempo, y otra en la que estoy muy centrado y que, hasta este instante, se llama “Cuando tú te hayas ido”, y no tengo idea de lo que pueda pasar con ella, pero si tengo la certeza de que ninguna editorial en la isla se interesará en publicarla.