Categoría: Unos escriben

Desayunar en Tiffany’s

Ernesto Pérez Chang y Jorge Ángel Pérez. Estos dos escritores cubanos han ido desapareciendo del campo literario nacional. Pero han ido ganando espacio en el campo de batalla de la prensa independiente.

De estos dos Pérez, todavía se pueden encontrar cuadernos de cuentos y novelas en nuestras librerías, esa red de camposantos.

Últimas fotos de mamá desnuda, por ejemplo, o El paseante Cándido. Leer más…

Fumando espero

Con la letra de un clásico tango argentino, el joven escritor Jorge Ángel Pérez (Encrucijada, Las Villas, Cuba, 1963) nombró una de sus más recientes novelas, Fumando espero; uno de los tantos textos atrevidos publicados en Cuba sobre temática homosexual.  Leer más…

La Habana al límite. La ciudad de Jorge Ángel Pérez

La Habana está suspendida en el espacio, en el tiempo. Mientras los diarios aseguran que “el presente es de lucha” y que “el futuro está garantizado”, la ciudad —atrapada por el mar y carteles con consignas descoloridas— es exportada como una postal o souvenir para turistas quela consumen y la explotan como una puta tropical pos socialista. Cargada y desprovista de sentido, se erige al mismo tiempo —como significado y significante— de una nación y un sujeto social que agonizan diariamente entre sus derrumbes y portales. La ciudad existe de maneras diferentes porque cada quien tiene la suya propia. El escritor Jorge Ángel Pérez también tiene su Habana. En su más reciente producción literaria, Leer más…

Jorge Ángel Pérez, a modo de biografía

(Encrucijada, Villa Clara, Cuba, 1963). Cuentista y novelista cubano.

En 1995 ganó el Premio David de Cuento de la UNEAC con el libro Lapsus calami, publicado por la editorial Unión. En 1996 el Instituto Cubano del Libro le otorgó el Premio Dador, en su primera edición. Leer más…

En Cuba todo se resuelve con la retórica

Mi amistad con Jorge Ángel Pérez, casi tan larga ya como la mitad de nuestras vidas, podría servir de ejemplo de cuánto puede lograr el respeto mutuo y el espíritu de diálogo entre colegas cuando se trata de de enfrentar a esos muros con los cuales la llamada «Política Cultural de la Revolución» ha dividido a los artistas, escritores e intelectuales cubanos. Cuando ambos comenzamos nuestras andadas en lo que, con toda precisión y justicia, se conoce como «mundillo literario», y pese a que compartíamos las enseñanzas y amistad de un maestro excepcional: el inolvidable Salvador Redonet, nos hicieron creer que andábamos en bandos antagónicos: «los gays de Arrufat» y «los muchachitos del chino Heras». Fue esa, como se ve, una división a todas luces denigratoria: a ellos, se les colocaba como «seres raros» simplemente por su inclinación sexual, cuando lo que en realidad podría haber sido una diferencia seria entre sus estéticas y la nuestra, era que ellos miraban hacia Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas, entre tanto nosotros mirábamos más a la violencia realista manifiesta en textos de autores como Guillermo Cabrera Infante o Eduardo Heras León.  Curioso me resultaba también cómo quienes dirigían la cultura, o aquellos que no pertenecían a «nuestros grupos» se las ingeniaban para avivar las brasas de una rencilla personal que había distanciado a nuestros maestros y pretendían que nosotros asumiéramos como propia esa guerra. Debo confesar que en algunos casos lo consiguieron. Pero al final, cuando nuestras obras comenzaron a saltar más allá de esas limitaciones extraliterarias, el respeto por las obras «del otro» comenzó a tender un invisible hilo de Ariadna que, años después, ya libres de los yugos de las instituciones y los maestros, nos permitió a muchos consolidar una verdadera hermandad.

En lo personal, desde que Jorge Ángel publicó su Lapsus calami, raro y extraordinario libro de cuentos, mi admiración por él inició una andadura en ascenso, que terminó solidificándose (ya por entonces comencé a decir y escribir que era uno de los narradores más originales de nuestra generación) cuando leí su novela El paseante cándido. Sin tiempo a respiro, confirmé mi criterio sobre su «voz diferente al concierto generacional» en las páginas de otra novela excepcional: Fumando espero. Y, pasados casi diez años, me repetí las palabras que una vez me dijo nuestro común amigo, el escritor Guillermo Vidal: «ese cabrón es un escritorazo», terminada la lectura (en 2016) de un libro suyo, esta vez de cuentos, En La Habana no son tan elegantes (de 2009).

Más, si no bastara esa altura artística, esa madurez creativa, habría que mencionar también que es uno de los poquísimos escritores cubanos residentes en la isla que se han decidido a plantar cara, desde oposición cívica, a toda la degeneración política, económica y social provocada por lo que todavía los nostálgicos de la izquierda intelectual internacional llaman «Revolución Cubana». Su valentía al enfrentar desde muy temprano a quienes pretendían aislarlo por su inclinación sexual, la libertad y naturalidad con la que llevó a su literatura esa problemática (hasta hace muy poco tabú en nuestras letras), hace orgánica y coherente sus actuales posturas críticas y las denuncias que como ciudadano (y a través del periodismo) viene haciendo en órganos de prensa fuera de la isla sobre la triste realidad que nos ha tocado vivir a los cubanos.

Hoy me enorgullece tenerlo entre mis grandes amigos, por su valor, por su alto sentido ético, por su sinceridad y, claro está, por su excelencia literaria. También por su generosidad: esta entrevista, que nos ha respondido desde su casa en La Habana, ilustrada con imágenes tomadas por el fotógrafo alemán Dirk Skiba, es para mí y todo mi equipo un inmenso honor.

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Jorge Ángel Pérez. Dossier

Jorge Ángel Pérez es, indudablemente, uno de los escritores cubanos que, por su estética y su madurez literaria, puede considerarse «un raro». Admirador de Virgilio Piñera, ha configurado un estilo personal que hurga en el absurdo de lo cotidiano cubano y en la trascendentalidad de lo íntimo alterado por la violencia. Aunque podría ubicársele en una corta lista de autores que han logrado ser íconos del tema gay en la literatura cubana de las últimas décadas: Roberto Urías, Pedro de Jesús, Odette Alonso Yodú, Abel González Melo, Jorge Ángel utiliza una senda más violenta y más asentada en “lo habanero” (y en las circunstancias típicas del tema en una ciudad que se debate entre lo cosmopolita y lo pueblerino en lo tocante a las manifestaciones sociales e íntimas de la intolerancia), es el de  Jorge Ángel Pérez.

Según el escritor y crítico cubano Alberto Garrandés (“El cuento cubano en los últimos años”,  Anales de Literatura Hispanoamericana Vol. 31 (2002) 65-82. Universidad Complutense de Madrid, España), Jorge Ángel ya desde su primer libro, Lapsus Calami, en 1995,

“se desliza hacia el símbolo, combina el ingenio con la frialdad intelectual, intenta continuar las proposiciones del Virgilio Piñera minimalista, el de «El parque», «La montaña» y «El caso Acteón», que son prosas de fines de los años cuarenta”[1].

Y ese camino no se tuerce. En el 2000 traslada esos ingredientes al campo de la novela, se expande en su utilización del símbolo, de la frialdad intelectual y del cinismo como mecanismo crítico para lograr la excelencia de El paseante cándido y, poco después, de Fumando espero, obra que homenajea, parodia y utiliza como personaje a Virgilio Piñera en su estancia argentina, por la cual fue el primer finalista del prestigioso premio Romulo Gallegos 2004, que se concede cada año a las mejores novelas en lengua española. Para terminar de sentar cátedra como uno de los escritores más originales, obtiene el Premio Alejo Carpentier de cuento 2009 con En La Habana no son tan elegantes, un libro donde rompe la clásica estructura del cuento y ofrece un juego de cuentinovela sobre el tema gay desde todas las perspectivas y afincada profundamente en la violencia marginal de  los barrios de Centro Habana.

OtroLunes se siente honrada de poder publicar este breve dossier sobre un escritor imprescindible en el panorama literario cubano.

Amir Valle
Director General Leer más…