Mi amistad con Jorge Ángel Pérez, casi tan larga ya como la mitad de nuestras vidas, podría servir de ejemplo de cuánto puede lograr el respeto mutuo y el espíritu de diálogo entre colegas cuando se trata de de enfrentar a esos muros con los cuales la llamada «Política Cultural de la Revolución» ha dividido a los artistas, escritores e intelectuales cubanos. Cuando ambos comenzamos nuestras andadas en lo que, con toda precisión y justicia, se conoce como «mundillo literario», y pese a que compartíamos las enseñanzas y amistad de un maestro excepcional: el inolvidable Salvador Redonet, nos hicieron creer que andábamos en bandos antagónicos: «los gays de Arrufat» y «los muchachitos del chino Heras». Fue esa, como se ve, una división a todas luces denigratoria: a ellos, se les colocaba como «seres raros» simplemente por su inclinación sexual, cuando lo que en realidad podría haber sido una diferencia seria entre sus estéticas y la nuestra, era que ellos miraban hacia Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas, entre tanto nosotros mirábamos más a la violencia realista manifiesta en textos de autores como Guillermo Cabrera Infante o Eduardo Heras León. Curioso me resultaba también cómo quienes dirigían la cultura, o aquellos que no pertenecían a «nuestros grupos» se las ingeniaban para avivar las brasas de una rencilla personal que había distanciado a nuestros maestros y pretendían que nosotros asumiéramos como propia esa guerra. Debo confesar que en algunos casos lo consiguieron. Pero al final, cuando nuestras obras comenzaron a saltar más allá de esas limitaciones extraliterarias, el respeto por las obras «del otro» comenzó a tender un invisible hilo de Ariadna que, años después, ya libres de los yugos de las instituciones y los maestros, nos permitió a muchos consolidar una verdadera hermandad.
En lo personal, desde que Jorge Ángel publicó su Lapsus calami, raro y extraordinario libro de cuentos, mi admiración por él inició una andadura en ascenso, que terminó solidificándose (ya por entonces comencé a decir y escribir que era uno de los narradores más originales de nuestra generación) cuando leí su novela El paseante cándido. Sin tiempo a respiro, confirmé mi criterio sobre su «voz diferente al concierto generacional» en las páginas de otra novela excepcional: Fumando espero. Y, pasados casi diez años, me repetí las palabras que una vez me dijo nuestro común amigo, el escritor Guillermo Vidal: «ese cabrón es un escritorazo», terminada la lectura (en 2016) de un libro suyo, esta vez de cuentos, En La Habana no son tan elegantes (de 2009).
Más, si no bastara esa altura artística, esa madurez creativa, habría que mencionar también que es uno de los poquísimos escritores cubanos residentes en la isla que se han decidido a plantar cara, desde oposición cívica, a toda la degeneración política, económica y social provocada por lo que todavía los nostálgicos de la izquierda intelectual internacional llaman «Revolución Cubana». Su valentía al enfrentar desde muy temprano a quienes pretendían aislarlo por su inclinación sexual, la libertad y naturalidad con la que llevó a su literatura esa problemática (hasta hace muy poco tabú en nuestras letras), hace orgánica y coherente sus actuales posturas críticas y las denuncias que como ciudadano (y a través del periodismo) viene haciendo en órganos de prensa fuera de la isla sobre la triste realidad que nos ha tocado vivir a los cubanos.
Hoy me enorgullece tenerlo entre mis grandes amigos, por su valor, por su alto sentido ético, por su sinceridad y, claro está, por su excelencia literaria. También por su generosidad: esta entrevista, que nos ha respondido desde su casa en La Habana, ilustrada con imágenes tomadas por el fotógrafo alemán Dirk Skiba, es para mí y todo mi equipo un inmenso honor.