El paseante Cándido

Reconozco que mi mirada es mínima, pobre, superficial, porque tengo imaginación para adornar,
pero no para penetrar, para descender al interior de los sentimientos y de las sensaciones.

Gastón Baquero

 

Una de las primeras reglas del escritor moderno y presente en las páginas sociales dice: “nunca comenzar con un adverbio de modo que sugiera una redundancia desfachatada e incoherente, que deje al lector en el espacio anfibio de seguir adelante o no con la lectura”. Y está claro que comenzar de esta manera un texto, sería nefasto si solo nos ocupáramos de ofrecer claridades en la manera de comunicar el contenido de tal o más cuál obra. Pero no hay que negar que algunos libros —sobre todo las novelas— necesiten de arriesgarse en el modo de iniciar esa cara oración que signará al resto de las palabras que a continuación estarán en la disposición de lograr que el lector se acerque al libro. Leer más…

La Habana entre elegante y obscena

“¿Acaso no pueden suceder una y mil cosas increíbles en La Habana?”. Si creyera alguien divisar en la Plaza de Armas a Teresa y Sab, a Quijote y Sancho, a la mismísima Cecilia Valdés o al negro Caniquí con uniforme azul de policía llegado de la región oriental, ¿se asombraría? ¿No retozarían, todos juntos, en torno a la comparsa de alegres zanquilargos? ¿No se confundirían sus rostros en medio del jolgorio? ¿Qué de inusual habría en que arremetiera Don Alonso contra los monstruos de trajes coloridos, cuando lo acosa un Mambrino que vende cacahuetes o se abalanza un extraño sobre el caballero por si “guta el Paltagá”? Mientras el escudero obeso sucumbe a las audaces caderas de la mulata, al éxtasis del cáñamo, y los danzantes vislumbran en lontananza el fuego que reclama el hidalgo; el incendio en la calle Aguiar donde perecen Jorge Ángel y el salterio, librados ya por fin del escrutinio. Leer más…

Desayunar en Tiffany’s

Ernesto Pérez Chang y Jorge Ángel Pérez. Estos dos escritores cubanos han ido desapareciendo del campo literario nacional. Pero han ido ganando espacio en el campo de batalla de la prensa independiente.

De estos dos Pérez, todavía se pueden encontrar cuadernos de cuentos y novelas en nuestras librerías, esa red de camposantos.

Últimas fotos de mamá desnuda, por ejemplo, o El paseante Cándido. Leer más…

Fumando espero

Con la letra de un clásico tango argentino, el joven escritor Jorge Ángel Pérez (Encrucijada, Las Villas, Cuba, 1963) nombró una de sus más recientes novelas, Fumando espero; uno de los tantos textos atrevidos publicados en Cuba sobre temática homosexual.  Leer más…

La Habana al límite. La ciudad de Jorge Ángel Pérez

La Habana está suspendida en el espacio, en el tiempo. Mientras los diarios aseguran que “el presente es de lucha” y que “el futuro está garantizado”, la ciudad —atrapada por el mar y carteles con consignas descoloridas— es exportada como una postal o souvenir para turistas quela consumen y la explotan como una puta tropical pos socialista. Cargada y desprovista de sentido, se erige al mismo tiempo —como significado y significante— de una nación y un sujeto social que agonizan diariamente entre sus derrumbes y portales. La ciudad existe de maneras diferentes porque cada quien tiene la suya propia. El escritor Jorge Ángel Pérez también tiene su Habana. En su más reciente producción literaria, Leer más…

Jorge Ángel Pérez, a modo de biografía

(Encrucijada, Villa Clara, Cuba, 1963). Cuentista y novelista cubano.

En 1995 ganó el Premio David de Cuento de la UNEAC con el libro Lapsus calami, publicado por la editorial Unión. En 1996 el Instituto Cubano del Libro le otorgó el Premio Dador, en su primera edición. Leer más…

En Cuba todo se resuelve con la retórica

Mi amistad con Jorge Ángel Pérez, casi tan larga ya como la mitad de nuestras vidas, podría servir de ejemplo de cuánto puede lograr el respeto mutuo y el espíritu de diálogo entre colegas cuando se trata de de enfrentar a esos muros con los cuales la llamada «Política Cultural de la Revolución» ha dividido a los artistas, escritores e intelectuales cubanos. Cuando ambos comenzamos nuestras andadas en lo que, con toda precisión y justicia, se conoce como «mundillo literario», y pese a que compartíamos las enseñanzas y amistad de un maestro excepcional: el inolvidable Salvador Redonet, nos hicieron creer que andábamos en bandos antagónicos: «los gays de Arrufat» y «los muchachitos del chino Heras». Fue esa, como se ve, una división a todas luces denigratoria: a ellos, se les colocaba como «seres raros» simplemente por su inclinación sexual, cuando lo que en realidad podría haber sido una diferencia seria entre sus estéticas y la nuestra, era que ellos miraban hacia Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas, entre tanto nosotros mirábamos más a la violencia realista manifiesta en textos de autores como Guillermo Cabrera Infante o Eduardo Heras León.  Curioso me resultaba también cómo quienes dirigían la cultura, o aquellos que no pertenecían a «nuestros grupos» se las ingeniaban para avivar las brasas de una rencilla personal que había distanciado a nuestros maestros y pretendían que nosotros asumiéramos como propia esa guerra. Debo confesar que en algunos casos lo consiguieron. Pero al final, cuando nuestras obras comenzaron a saltar más allá de esas limitaciones extraliterarias, el respeto por las obras «del otro» comenzó a tender un invisible hilo de Ariadna que, años después, ya libres de los yugos de las instituciones y los maestros, nos permitió a muchos consolidar una verdadera hermandad.

En lo personal, desde que Jorge Ángel publicó su Lapsus calami, raro y extraordinario libro de cuentos, mi admiración por él inició una andadura en ascenso, que terminó solidificándose (ya por entonces comencé a decir y escribir que era uno de los narradores más originales de nuestra generación) cuando leí su novela El paseante cándido. Sin tiempo a respiro, confirmé mi criterio sobre su «voz diferente al concierto generacional» en las páginas de otra novela excepcional: Fumando espero. Y, pasados casi diez años, me repetí las palabras que una vez me dijo nuestro común amigo, el escritor Guillermo Vidal: «ese cabrón es un escritorazo», terminada la lectura (en 2016) de un libro suyo, esta vez de cuentos, En La Habana no son tan elegantes (de 2009).

Más, si no bastara esa altura artística, esa madurez creativa, habría que mencionar también que es uno de los poquísimos escritores cubanos residentes en la isla que se han decidido a plantar cara, desde oposición cívica, a toda la degeneración política, económica y social provocada por lo que todavía los nostálgicos de la izquierda intelectual internacional llaman «Revolución Cubana». Su valentía al enfrentar desde muy temprano a quienes pretendían aislarlo por su inclinación sexual, la libertad y naturalidad con la que llevó a su literatura esa problemática (hasta hace muy poco tabú en nuestras letras), hace orgánica y coherente sus actuales posturas críticas y las denuncias que como ciudadano (y a través del periodismo) viene haciendo en órganos de prensa fuera de la isla sobre la triste realidad que nos ha tocado vivir a los cubanos.

Hoy me enorgullece tenerlo entre mis grandes amigos, por su valor, por su alto sentido ético, por su sinceridad y, claro está, por su excelencia literaria. También por su generosidad: esta entrevista, que nos ha respondido desde su casa en La Habana, ilustrada con imágenes tomadas por el fotógrafo alemán Dirk Skiba, es para mí y todo mi equipo un inmenso honor.

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Acrobacias de sobrevida

Estética de la Derrota 
Moisés Mayan.
Ediciones Ancoras, Nueva Gerona, Cuba, 2015

Para hablar con justicia acerca del libro Estética de la derrota, Ediciones Ancoras 2017, del escritor holguinero Moisés Mayán, es necesario primeramente referirse a alguno de los conceptos que alrededor de la poesía se han emitido a través de los tiempos. Octavio Paz, uno de los más grandes exponentes del género en Latinoamérica y el mundo, se refiere a ella en los siguientes términos: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Ejercicio espiritual, liberación interior. Pan de los elegidos; alimento maldito. La poesía revela este mundo; crea otro. Aísla; une. Es invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia. El tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. La poesía es voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario…” Para que un libro alcance estatura poética tiene que ser parte esencial del imperativo que demanda la presente conceptualización. Y de esa dimensión universal, de esa magia que encarna la vida, que da voz a lo que no tiene voz, que se hace corpórea, irreductible e irrepetible, está hecho el poemario Estética de la derrota: Leer más…

Hablar con los ausentes

Animal político
Sergio García Zamora
Editorial El Mar y la Montaña, Guantánamo, Cuba, 2014.

 

Cuando un libro me es tan cotidiano, salto del asiento y balbuceo. Muchas veces he hablado con su autor y pienso que he estado a las puertas de un poema. Hablar con su ausencia –  por qué no – bien pudo haber sido el germen de un poema. Imagino que ha de ser semejante a la “extracción de la piedra de la locura” de Alejandra Pirzarnik, hablar con alguien que está lejos. Todos hemos de hablar con los ausentes cuando la voz del espíritu se quiebre frente a la clarinada de un verso. Si las razones para tal desbordamiento incineran nuestros labios, ya no queda más, hablar solo, es el mayor imperativo. Yo no podía guardar silencio ante la página en blanco cuando las líneas de Animal Político declaran que mi mano es soberana de escribir cuanto desee y dueña de ayudarme si lo necesito. Leer más…