Jorge Ángel Pérez es uno de los escritores cubanos contemporáneos perteneciente a una generación joven que entró con pie derecho en la literatura, a pesar de la crisis económica.
Con su novela El Paseante Cándido, obtuvo a finales del 2002 el prestigioso premio italiano Grinzane Cavour -instituido desde 1982- para libros publicados y en el que Cuba participaba por primera vez. Un certamen con una tradición lograda en creadores de mucha valía: Gunther Grass, José Saramago, Alfredo Bioy Casares, René Depestre, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, entre otros, quienes ganaron por toda una obra.
Jorge Ángel admite que esto lo halaga. “De todas formas no creo que mi obra esté a ese nivel, aunque es cierto que a los clásicos les fue otorgado este premio mucho antes de conseguir el Nobel.
El Paseante Cándido había ganado el premio de novela UNEAC en el 2000, fue publicado al año siguiente y en México salió también, pero con el título de Cándido Habanero para hacer más evidente la relación del Cándido Volteriano con un personaje que transcurre en La Habana.
“Una novela que escribí durante el 99 –aclara– y que mandé al premio UNEAC y tuvo la suerte de ser premiada y publicarse a principio del 2001. Ha tenido mucha aceptación, se ha vendido y leído mucho.”
Al escritor le interesa mucho el género y quiso que su novela fuera un homenaje a esa tradición picaresca.
“El protagonista se llama Cándido, por el personaje de Voltaire, pero también aparece un Lázaro, como el de Tormes, un Pablo, como el del Buscón, aparece una pícara Justina y otros tipos similares”.
El paseante… de premio en premio, que parece resultar Jorge Ángel Pérez, es hoy por hoy un novelista satisfecho que prefiere la ficción y ya no dejaría la computadora por nada del mundo.
¿Es un pícaro habanero que no llega a ser un pícaro nacional, el Cándido de El Paseante…? ¿No hay un Pangloss que lo equilibre?
No hay un Pangloss y en realidad el protagonista no es habanero, es un pícaro que llega de provincias, además viene de un pueblo llamado Encrucijada, que fue el lugar donde nací en la provincia de Villa Clara –la novela para nada es autobiográfica, aclaro- y quise honrar el lugar.
Ha ocurrido algo muy simpático. Hace poco me llamó un amigo que supo que en la zona de Ranchuelo, también en Villa Clara, había una persona con el número 70 y tanto en la lista de los que esperaban por leer el libro que había en la biblioteca del pueblo.
Este Cándido, el único viaje que ha hecho es del pueblo a la capital y es un personaje contemporáneo al que le ocurren muchísimas cosas. La novela termina con la misa del Papa Juan Pablo II en la Plaza de la Revolución.
¿Fue propósito que el personaje resultara un protagónico positivo o al menos dejara mensajes positivos por oposición?
-Creo que sí. Es un ingenuo, es una persona cándida –por eso el referente de Voltaire- como una manera de adjetivarlo y que se ve enrolado en diversas historias que las afronta con tanta ingenuidad que no sabe en principio cómo resolverlas.
De todos modos, nunca pensé prejuzgar al personaje como bueno o malo. Mi intención era describir el proceder, su accionar y que los lectores disfrutaran de la picaresca y juzgaran. El narrador tampoco juzga los personajes y siempre habrá algún personaje más querido que otros.
Pareces muy satisfecho con esta novela, incluso por el Premio. ¿Quedó algo en el tintero, que no pudiste o no quisiste asumir?
– Creo que era lo que necesitaba escribir en ese momento y no me arrepiento de nada de lo que asumí en la novela. Todo está donde debía, desde la estructura al tema. Me encanta que haya tenido la recepción de público sin que estuviera hecha con resortes comerciales. Estoy contento desde la primera hasta la última línea.
Has dicho que escribiste El Paseante Cándido en el momento que lo necesitabas. ¿Qué necesidades estás dando curso ahora en el plano literario?
Hace unos meses terminé otra novela que se llama Fumando espero, un tanto diferente a lo que he hecho hasta ahora. El personaje central es Virgilio Piñera y fabulo con la estancia porteña que tuvo en la realidad. Aunque en verdad fue a Buenos Aires por una beca, yo lo pongo en búsqueda de su trascendencia física y como poeta, porque ha decidido ser embalsamado por Pedro Ara, un experto anatomista famoso, quien además es el attaché cultural de la embajada de España –personaje también real. Virgilio quiere que a su muerte le sean amputadas y embalsamadas las manos y traídas a La Habana para ser exhibidas en la Sociedad Económica Amigos del País, y desafiar así a sus enemigos, principalmente a Lezama Lima.
Cuando más cerca está de Pedro Ara, muere Eva Perón. Al anatomista le encargan el tratamiento del cadáver de la primera dama, y Virgilio comienza por odiar y tratar de destruir a la momia de Evita que le ha robado la posibilidad de trascender físicamente.
Es una novel más concentrada, en el personaje de Virgilio y su afán por destruir a la momia.
¿Por qué Virgilio?
– Porque en el panteón de los escritores cubanos el más grande de todos es Virgilio Piñera, es el que más me interesa.
Llegué a él de una manera muy casual. En un taller literario me acusaron de ser muy piñeriano yo no lo había leído nunca. Mi padre me pasó un libro de Piñera y me dijo “pues léelo”. Desde entonces me enamoré de su figura, de su literatura, de su modo provocador, irreverente e iconoclasta que tenía, por lo tanto es una especie de homenaje a mi gran héroe de la literatura cubana.
¿Está gozando la literatura cubana de buena salud?
– Creo que hay cosas interesantes. Ahí están los libros de los autores de mi generación, como Ena Lucía Portela, Pedro de Jesús López, Rogelio Riverón, Ernesto Santana y Alberto Garrandés, a los que he leído.
Creo que hay buena salud, pero es que tampoco yo soy un lector enfebrecido de mis contemporáneos.
Primero porque cada vez que veo mi librero me doy cuenta de que hay montones de cosas que no he leído todavía y que son clásicos, entonces vas prorrogando algunos, otros serán leídos algún día.
Has hecho periodismo literario -en La Jiribilla, por ejemplo- pero parece que no es algo que te interese particularmente.
– He hecho crítica literaria también para El Caimán Barbudo. Me gusta y es lo que más he hecho en ambas publicaciones, pero mi pasión es la literatura y el periodismo me resulta más difícil, por lo que dedico más tiempo a la ficción pura. Y está, además, mi labor como editor. Así que todo apunta más hacia una vertiente de la ensayística –y no soy ensayista- que hacia otro tipo de trabajo periodístico.
Algo de lo inmediato que haces.
Estoy haciendo anotaciones y elaborando notas sobre otra novela que también se desarrolla en La Habana y es la historia de una costurera habanera de 72 años, que en el primer capítulo intenta suicidarse, pero no tengo nada más en las manos porque no empecé todavía.
¿Será siempre La Habana el escenario natural de tus obras?
Lo ha sido y parece que sí lo será. Es el rincón de Cuba que más me atrae.
¿Tanto como Encrucijada?
Más que Encrucijada.
La Jiribilla, No.98, 2003
